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DE LA
BASTILLA A BRUSELAS
Escribí este breve texto para su posible
publicación como artículo de opinión en el diario El
País, de Madrid. La aparición el día 24 de julio de
una parte de mi texto, con el título cambiado, en la
Sección de Cartas al Director,
constituye una falta de ética, porque no fui consultado
para autorizar la publicación parcial ni el cambio de
título. El País tenía derecho a no publicarlo,
pero no a manipularlo.
Fernando
Martínez Heredia
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La Habana
Todavía era la noche
de Santiago, en Cuba, hace medio siglo, cuando comenzó
un evento que cambió la historia del país, con efectos
tan duraderos que marcan su presente y hasta su futuro
previsible. Nadie en su sano juicio negará que esa
nación obtuvo su soberanía, y que la ha defendido con
éxito en un mundo que ayer se hacía pequeño por la
geopolítica, pero donde hoy la autonomía nacional es un
lujo que casi nadie tiene. Tampoco puede negarse que la
vida social se transformó a favor de las mayorías en
muchísimos aspectos, realidades aceptadas por numerosas
instituciones y observadores independientes. Cuba no
logró lo que suele llamarse desarrollo ―un anhelo del
Tercer Mundo de los 60-70 que hoy está olvidado―, pero
su economía no es de las que triunfa mientras la gente
común fracasa, una notable política social redistribuye
bastante el ingreso nacional y está en la base del
sistema político, hay poca corrupción administrativa y
los ciudadanos no le tienen miedo a la policía. Tampoco
ha inventado la forma de gobierno que deje atrás el
camino que va de Aristóteles a las diversas democracias
actuales, pero su régimen tiene bien establecida su
legitimidad y cuenta con un consenso muy notable en la
población.
Estados Unidos ha
logrado estar en contra de todo eso durante medio siglo.
Tanta tozudez es comprensible: ellos controlaban a Cuba
desde aquel 1898, y este país americano y occidental tan
pequeño es un peligroso mal ejemplo. Aun así, su
incapacidad para negociar algún tipo de normalización
con un adversario tan duradero es una muestra ejemplar
de subdesarrollo político. Para Cuba, Europa ha sido
otra cosa. Ante todo, una alternativa de relaciones
económicas en el mundo desarrollado, beneficiosa para
ambas partes. Podría ser también una alternativa de
relaciones políticas, en cuanto coincida el interés de
ambos en que exista un campo autónomo de Estados Unidos,
y que limite su omnipotencia. En este campo, el
desempeño de Europa registra momentos buenos y malos,
aciertos y caídas. Es cierto que emergió de 1945 muy
sujeta a Norteamérica, pero en las décadas siguientes
volvió a crecer y afirmarse, y ha protagonizado el más
exitoso proceso de integración del mundo. Mas hoy debo
confesar mi desilusión ante su progresiva ceguera
respecto a su identidad y sus intereses perspectivos. La
Declaración de la Unión sobre Cuba del 5 de junio, tan
agresiva como ajena a todo el derecho y las prácticas
internacionales de las que fue maestra Europa, la
muestra como una seguidora obsecuente de la política
norteamericana. Mal se protege la Unión Europea de la
obvia pretensión de Estados Unidos de llegar a controlar
al mundo entero, incluida Europa.
España resulta la más
cercana a nuestro país entre las naciones y pueblos
europeos, por tantas razones que no cabe aquí
enumerarlas. Sin embargo, ella fatigó en Cuba el baldón
colonialista que ―junto con el fascismo— tanto
contribuyó a ensombrecer, ensangrentar y quitar
prestigio a la historia moderna europea. El colonialismo
español llegó a inventar en Cuba los campos de
concentración, y vencido sucesivamente por la rebelión
cubana y por los yanquis y mambises aliados, tuvo un
final muy lamentable al facilitar a Estados Unidos
subyugar a la Isla. Ahí nació el imperialismo
norteamericano, a costa de Cuba y de España. ¿No aprende
lecciones el gobierno español de 105 años después, al
acompañar como subalterno al mismo actor, ahora tan
poderoso como infame?
Europa sigue siendo,
sin embargo, un referente importante para mí, a veces
aun a pesar de ella. Como tantos cubanos, he conocido y
apreciado mucho sus movimientos dirigidos al desarrollo
y la búsqueda de la felicidad de la persona y de los
pueblos, sus literatos, filósofos, compositores de
música, científicos y poetas, y también sus estupendas
invenciones y técnicas. Y no quiero creer que la cultura
productora de los sistemas de ideas de la modernidad y
de los movimientos que la pusieron en marcha, se
conforme con ser un elegante pasado en el menesteroso y
humillado mundo actual. Entonces, en este mes de la
Bastilla y el Moncada, espero y la saludo. |