LETRA Y SOLFA Nro. 115

TODO MI SER ES MÚSICA Y ES CANTO
SOBRE MÚSICA Y POESÍA EN NICOLÁS GUILLÉN
 

Raúl Martínez Rodríguez | La Habana


Siempre que se habla de la musicalidad en la literatura cubana, se piensa, en primer lugar, en Nicolás Guillén, ante todo por su famoso libro Motivos de son

¿Por qué te pone tan bravo,
cuando te disen negro bembón,
si tiene la boca santa,
negro bembón? 

Antes de que descubrieran su vocación para las letras, ya se apreciaba en el niño Nicolás sus excepcionales aptitudes para la música. Tal es así que hubiera podido dedicarse, con gran éxito, a cualquiera de las disciplinas comprendidas dentro de este arte. De hecho la ejerció, no solo en sus versos impregnados de música, sino también en sus atinadas crónicas a un grupo de los mejores exponentes de nuestra música, como Rita Montaner, Virgilio Diago, Brindis de Salas, Roberto Ondina, Ignacio Villa “Bola de Nieve” y Benny Moré. Al final, quizás sin pretenderlo, poesía y música o música y poesía se integran como una sola y fluirán con fuerza natural y verdadera. 

Tengo el alma hecha ritmo y armonía,
todo mi ser es música y es canto,
desde el réquiem tristísimo del llanto
hasta el trino triunfal de la alegría.
 

En estos versos adolescentes, titulados “Alma música” existe en el temprano Nicolás Guillén toda una revelación y declaración de principio con respecto a la música y, en especial, con la cubana. 

El novelista y musicólogo cubano Alejo Carpentier que como es conocido, fue notable por sus numerosas colaboraciones como letrista de compositores cubanos, como Roldán y Caturla y de extranjeros, como Gillard y Villalobos, entre otros, asegura que el escritor dedicado a crear textos para una partitura debe reunir varios requisitos. Además, en su opinión debe igualmente natural suficiente y, sobre todo, rítmica, condiciones innatas que a Guillén le sobraban y que tanto los músicos aprecian. También necesariamente, prosigue Carpentier, ha de tenerse la suficiente sensibilidad para conocer la esencia y el tono lírico del compositor. 

Me he querido detener brevemente en estas exigencias musicales con relación a la literatura, porque en el momento de musicalizar los versos de Nicolás, el método se invierte. El compositor que quiera utilizar un poema de Guillén, se sentirá poderosamente subordinado al manantial de su influjo de sonido y creatividad, impuestas por la fuerza del poeta. 

Ayé me dijeron negro
pa que me fajara yo,
pero e´ que me lo desía
era un negro como yo.
 

En su prosa, pero sobre todo en su poesía afrocubana, se sugiere, se motiva el diseño rítmico y melódico más adecuado. Es como si ya existiera intrínsecamente una melodía dada por el poeta y que el compositor muchas veces solo tiene que descubrir, que localizar. 

La chiquita que yo tengo
tan negra como e,
no la cambio po ninguna,
po ninguna otra mujé.
 

En el complejo proceso de elaboración de este poeta y el músico, en la medida suficiente que tenga el talento de este último, así será el resultado artístico. 

Al igual que en los sones cubanos bailables y cantados más primitivos predominaba en su estructura la copla y el estribillo, en sus conocidos poemas incluidos en Motivos de son (1930), este recurso se hace más novedoso. Y con singular fuerza aparece el aspecto rítmico–métrico y una pujante riqueza expresiva corporal que invita al baile. Según Guillén, como lo dijo más de una vez, la mayor influencia señalada en ellos está el haber oído las excelentes grabaciones de las interpretaciones del famoso Septeto Habanero y los sones orientales del popular Trío Matamoros. 

Sóngoro, consongo
songo bé
sóngoro consongo
de mamey,

sóngoro, la negra
baila bien,
sóngoro, de uno
sóngoro de tre

En los Motivos de son, Guillén no solo captó intuitivamente, como buen cubano, lo complejo de la cuadratura mestiza de la música cubana, sino también su esencia que, como se sabe, es lo más difícil en todo proceso creativo. También el estilo y su lenguaje eminentemente popular y a su vez culto. No es extraño que sus primeros compositores e intérpretes fueran asimismo parte de la corriente afrocubana de la época y supieran asimilar esa musicalidad intrínseca de sus poemas. Fueron ellos los cubanos Eliseo y Ernesto Grenet y Jorge González Allué. Y, como cantantes, los talentosos Rita Montaner e Ignacio Villa “Bola de Nieve”.

Con tanto inglé que tú sabía,
Bito Manué,
con tanto inglé, no sabe ahora
desí ye.


Aunque en 1931, el violinista, compositor y director de orquesta sinfónica Amadeo Roldán ya había musicalizado su poema “Curujey”, para coro mixto, dos pianos y dos instrumentos de percusión, en una admirable síntesis de los elementos musicales europeos y africanos, no fue hasta poco después que le puso música a ocho de sus motivos, para orquesta de cámara y voz de Soprano. En ellos, Roldán utiliza una partitura muy elaborada, predominando al servicio del texto poético. Junto a los clarinetes, trompeta, violines, violas y violonchelo, incorporó con un concepto muy contemporáneo, el bongó, las maracas, las claves y el cencerro, para sugerir las combinaciones de los grupos soneros de la música popular. 

Ya yo me enteré, mulata
mulata, ya sé que dise
que yo tengo la narise
como nudo de corbata.
 

Esto solo sería el gran comienzo de lo que es un fenómeno en la literatura y música cubana. Es que Nuestro Poeta Nacional para los músicos, nunca escribió un poema que sonara “desafinado” y mucho menos descuadrado. Los primeros atrapados en el sonajero mágico de sus versos fueron el dominicano Juan Pacho García con su breve poema romántico (“El espejo”); los hermanos Grenet, Roldán, García Caturla, El Bola, Horacio Guarany y Los Fronterizos (“No sé por qué piensas tú”); Los Quilapayún (“La Muralla”); Hilario González (“La tarde pidiendo amor”); María Álvarez Ríos, y los boleros y guarachas de Walfrido Guevara. Y los más actuales Gisela Hernández, Electo Silva, Harold Gramatges, Pablo Milanés (“De qué callada manera”), Amaury Pérez (“Nieve”), así como los españoles el compositor Xavier Montsalvatge y la soprano Victoria de los Ángeles, Ana Belén y Víctor Manuel, y muchos más. En general, todos han contribuido a perpetuar aquella declaración de principios del adolescente Guillén, no solo identificándose con la música cubana, sino, también, con la del resto del Caribe. El joven Guillén, autor de aquellos versos que fueron su revelación con la música, siguen teniendo la misma vigencia de ayer.

Tengo el alma hecha ritmo y armonía,
todo en mi ser es música y es canto,
desde el réquiem tristísimo del llanto
hasta el trino triunfal de la alegría.


© La Jiribilla.
La Habana. 2003
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