LA JIRIBILLA Nro. 116

Amaneceres distintos
 
Solamente así fue posible alcanzar el triunfo, pudiendo ahora los cubanos disfrutar de amaneceres muy distantes, y distintos,  de aquella mañana de la Santa Ana.

Magaly Cabrales | La Habana


Era el 12 de julio de 2003  y todavía no se vislumbraba entre las montañas santiagueras  el menor rayo de sol, cuando se dio a conocer la noticia de que la provincia de Santiago de Cuba, junto con la de Villa Clara, había obtenido el primer lugar en la emulación por el 26 de julio, ganando así la sede del acto central de tan memorable fecha.

Como era de esperarse, el pueblo, lleno de júbilo, se lanzó a las calles. Y al unísono, como para que nadie en Santiago durmiera esas plácidas horas de la madrugada en que atenúa el calor, el retumbar de los tambores comenzó a escucharse por toda la ciudad. Así, en medio de una alegría contagiosa, de un ulular constante de sirenas, de banderas cubanas y del 26 de julio desplegadas sobre puertas, ventanas y desde balcones, de la inconfundible fiesta oriental de tambores, maracas, guitarras y ron amaneció la Ciudad Héroe ese día.

Pero cincuenta años atrás otros bien distintos habían sido los amaneceres en Santiago de Cuba, particularmente el de aquel 26 de julio de 1953.     

Ese día, en el santoral católico, está dedicado a  Santa Ana y para rendirle honores se realizaban en la Villa varias festividades religiosas. Años más tarde,  a estas celebraciones comenzaron a incorporarse negros de distintas regiones de África agrupados en Cabildos, llamándosele entonces  fiestas de mamarrachos, las cuales constituyen el antecedente directo de los actuales carnavales en Santiago de Cuba.

Así pues aquel 26 de julio, aprovechando precisamente los festejos por el carnaval, un grupo de jóvenes inspirados en la obra de José Martí y liderados por Fidel Castro y Abel Santamaría, salieron de la Granjita Siboney para dar cumplimiento a un compromiso hecho con la Patria: poner fin a la ignominia que se enseñoreaba en Cuba desde muchos siglos atrás. Y que en aquellos momentos, mediados del siglo XX, había tomado todavía mucho más mando, voz, poder y cuerpo en la figura  del dictador Fulgencio Batista.

Para derrotar al tirano o al menos para dar inicio a la lucha armada contra él, Fidel y sus compañeros habían elaborado en La Habana un pormenorizado plan, cuyas acciones se llevarían a cabo en la región oriental de Cuba tal y como se habían iniciado nuestras anteriores gestas  independentistas. Asimismo, se siguió la tradición en cuanto a aprovechar las fiestas carnavalescas para el desplazamiento de los hombres sin llamar la atención, lo que tuvieron también muy en cuenta José Martí y Máximo Gómez conjuntamente con otros patriotas, en 1895.

De esta suerte los asaltantes fueron arribando a Santiago en distintos grupos sin llamar en lo más mínimo la atención, pues sencillamente venían a carnavalear como jóvenes al fin y al cabo. La mayoría de ellos se hospedaron en distintos hoteles, mientras un reducido grupo lo haría en la Granjita Siboney. De allí partirían todos, en la madrugada del 26 de julio para llevar a cabo la  acción más importante contemplada en el plan que era la toma del cuartel Guillermón Moncada. Esta fortaleza militar era la segunda de importancia en el país, superándola solamente una con similares características en La Habana.  Tanto en una como en la otra se concentraba una enorme cantidad de pertrechos militares, los que en manos de los revolucionarios echarían andar el motor grande, o sea al pueblo, dándose así inicio a lo que después constituyó la última etapa de nuestras guerras de independencia. De igual manera se preveía apoyar la acción principal del  Moncada mediante acciones secundarias como el asalto al cuartel  Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo, con el fin de desviar la atención de los esbirros batistianos y ocupar además el Palacio de Justicia y el Hospital Civil. Edificaciones que, comoquiera que eran civiles, se encuentran muy cercanas a la fortaleza del Moncada, desde donde podía protegerse perfectamente a los asaltantes.

Sin lugar a dudas era un exhaustivo plan donde todo estaba previsto. Sin embargo, la suerte no acompañó, al menos no esta vez a los revolucionarios. Quiso la casualidad, o el destino, o un descuido, a saber, que uno de los vehículos que trasladaba un grupo de asaltantes de la Granjita al Moncada tuviera un encuentro  con una patrulla del ejército provocándose un lamentable incidente. La alarma fue dada de inmediato en el cuartel, por lo que el factor sorpresa, táctica de extraordinario valor para los revolucionarios, no funcionó en modo alguno. Cuando aquellos intrépidos  jóvenes llegaron a la fortaleza los sorprendidos más bien fueron ellos, pues prácticamente los estaban esperando, no teniendo que pasar mucho tiempo para que se desatara una de las más abominables masacres llevadas a cabo por Batista y sus esbirros. Muchos de aquellos combatientes no tuvieron la oportunidad ni siquiera de realizar el primer  disparo. 

Desde La Habana, como fiera herida en lugar vulnerable, el dictador había dado la orden de que por cada soldado muerto había que matar diez revolucionarios. Mas esta disposición llegaba tarde y era por demás innecesaria. Sobre los asaltantes habían caído ya las hienas batistianas, semejando un enjambre de abejas violentamente atacado.

Como hienas buscaban sangre desesperadamente y la encontraron a raudales, no solo entre los que apenas llegaron a poner los pies en el Moncada, sino también en los que disparaban o intentaban disparar desde el Palacio de Justicia y el Hospital. También la hallaron en las salas y quirófanos de aquel centro asistencial. Pero aun así no  estaban todavía satisfechos y salieron a la calle emprendiéndola entonces contra centenares de civiles que residían,  incluso, a kilómetros de la fortaleza, en cuyas viviendas, en efecto, habían acogido a los revolucionarios que lograron escapar del holocausto, en gesto de heroicidad sin par del pueblo santiaguero.

Las matanzas se extendieron a semanas y hasta meses y continuaron  incluso por años, hasta que finalmente se produjo el triunfo de la Revolución en enero de 1959. Pero para que Fidel y sus compañeros de lucha liberaran definitivamente a Cuba de la ignominia tuvieron que exilarse en el extranjero y luego desembarcar en el Granma para combatir a Batista desde las montañas. Y tanto como eso, acometer aquella primera acción del asalto a la fortaleza del Moncada.

Es muy cierto y doloroso al propio tiempo que muchas vidas fueron quedando a lo largo del camino, el cual fue abonándose con cada de gota sangre generosa derramada. Pero solamente así fue posible alcanzar el triunfo definitivo, pudiendo ahora los cubanos y los santiagueros, en particular, disfrutar de amaneceres que en todos los sentidos se encuentran muy distantes de aquella mañana de la Santa Ana.


© La Jiribilla.
La Habana. 2003
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