LA JIRIBILLA Nro. 116

¿PROCESO A LOS INTELECTUALES?
 
Hoy podría recomendar que se sacaran ramos de flores ante el anuncio de la aparición de ciertos intelectuales, cada vez más numerosos, que se sientan alegremente a la mesa de la más rancia derecha española, y se aposentan en sus cuadras.

Alfonso Sastre
| España


Sorprendentemente, mi reciente librillo sobre Los intelectuales y la Utopía está despertando una cierta atención en un medio lector por el que, desde hace años, están circulando de modo casi invisible —sin romperlo ni mancharlo— la mayor parte de mis trabajos teóricos, evidenciándose así la descolocación general en que estos trabajos se encuentran. ¿Y por qué esto ahora? Aquí, en verdad, no hay más que unas setenta páginas, que contienen una reflexión, muy breve pues, que se sitúa, críticamente, en aquel terreno en el que algunos intelectuales y artistas han pensado siempre sobre su función social —o lo propio de ella—, y en el que se expresaron a través de los años escritores tan opuestos ideológicamente como Julien Benda, que en su libro La trahison des clercs, sometió a su crítica la «traición» —a la pureza de su vocación filosófica o poética— de aquellos intelectuales y artistas que se comprometían (comprometían su obra) políticamente, y Jean Paul Sartre, que opinó años después (y con una Guerra Mundial por medio) exactamente todo lo contrario.

En realidad, siempre fue difícil, si no imposible, incluso para los intelectuales más «puros», situarse au dessus de la melée. Como ha dicho nuestro admirado Howard Zinn, «no se puede ser neutral en un tren en marcha», aun en el caso de que se haya tomado billete para este tren y para este trayecto, y siempre tendrá uno, si no está dormido, alguna opinión sobre el curso del viaje; pero es que además los seres humanos no elegimos el tren en el que nos vemos viajando ni la época de nuestro viaje, ni la geografía por la que circula («arrojados al mundo», decían los existencialistas). ¿Y cómo no vamos a opinar sobre todo esto, y a actuar, o intentarlo al menos, sobre las condiciones y el destino de nuestro viaje, sobre todo si ellas (las condiciones) nos parecen insufribles, y el objetivo intolerable? ¿Nos echaremos a dormir mientras el tren circula en una dirección que, por ejemplo, nos puede conducir al vacío, a la catástrofe o simplemente a la injusticia o a la estupidez?

El desplazamiento a la derecha de muchos intelectuales en los últimos tiempos se ha hecho en la forma de una presunta superación de aquel «compromiso» postulado, en la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, por escritores como Jean Paul Sartre. ¿Habrán quedado, pues, superados por la «posmodernidad» los ejemplos de aquellos escritores que apostaron con sus vidas por sus ideas contra las imposiciones del Poder, o a favor de este, ya conservador, ya revolucionario —nosotros no somos dogmáticos, y consideramos los fenómenos en su conjunto—, cuando ellos consideraban ese Poder legítimo y deseable, el compromiso que condujo a Miguel Hernández a morir en una cárcel franquista, el compromiso que hizo un peregrinaje de la vida de José Bergamín, el compromiso que hizo a poetas como Vladimir Maiakovski apostar fervientemente por el Poder Soviético, o a Bertolt Brecht por el socialismo, o a Leni Riefenstahl a hacerlo por el Nacionalsocialismo, o a Ezra Pound por el fascismo italiano?

La línea de la «posmodernidad» tendría que ver con una mezcla de descompromiso y convivencia (más bien connivencia) de la izquierda con la derecha, como presuntas autocrítica y cura de viejos dogmatismos nacidos en el «tiempo de los hornos», y que pueden atribuirse, a veces con razón, a los «escritores comprometidos», que con frecuencia permanecían ciegos a los valores poéticos de los poetas «enemigos». ¿La poesía ha de hermanarnos por encima de nuestras ideas? Desde luego, yo nunca he admirado a un poeta solo por sus ideas, sino también —o sobre todo— por la profundidad de sus imágenes y de sus intuiciones, pero también he de decir que por mucho que me cante al oído la «posmodenidad» no dejaré de tener en cuenta si un gran poeta se alinea en un lado o en otro de lo que, en definitiva, no deja de ser una barricada que ha de enfrentarnos y confrontarnos a los unos con los otros: quienes hoy defienden al imperio —la forma actual del imperialismo— y quienes deseamos y tratamos de contribuir con nuestras pobres fuerzas a su demolición; quienes se ponen del lado de los ricos y quienes lo hacen con los pobres, hablando en términos sencillos y, sin embargo, profundos. (Nunca me gustó el término «compromiso» para este tipo de comportamiento intelectual, y alguna vez ya traté de proponer el de «implicación»: intelectuales y artistas que «se implican» voluntaria y decididamente en las luchas sociales y políticas de su tiempo, »descendiendo» así de lo que ya en otros tiempos se llamó las «torres de marfil», en las que se encastillaban tantos artistas e intelectuales).

¿Tema muy interesante este? Creemos que sí lo es. Los intelectuales y los artistas constituimos unas capas sociales muy activas en un sentido o en otro, en el sector Servicios, y lo que hacemos y el sentido que damos a nuestros trabajos no puede ser una cuestión indiferente, por poco que signifiquemos, en principio, en la dialéctica visible de la vida política, tan lejos nos hallamos —tanto quienes están en la derecha como quienes estamos en la izquierda— de los centros en los que se deciden las cosas, sometidos como estamos todos a los dictados de la economía y de la política.

¿Procesos a los intelectuales? Goebbels recomendaba sacar la pistola cuando oía que se hablaba de nosotros. Hoy podría recomendar que se sacaran ramos de flores ante el anuncio de la aparición de ciertos intelectuales, cada vez más numerosos, que se sientan alegremente a la mesa de la más rancia derecha española, y se aposentan en sus cuadras. Los procesos a los intelectuales pueden, pues, tanto conducirnos a las prisiones o a la muerte como, según los casos, constituirse en procesos de beatificación.

La verdad es que los únicos procesos serios que pueden recaer sobre nosotros son los que nos planteemos nosotros mismos en el modo de nuestra autocrítica: ¿Qué pintamos nosotros en todo esto? ¿Qué hacemos? ¿Por qué? ¿Y para qué? Somos, pues, nosotros quienes hemos de «procesarnos» a nosotros mismos.

Fragmento del libro La batalla de los intelectuales, compilación de ensayos de Alfonso Sastre que será publicado próximamente por la Editorial Ciencias Sociales.


© La Jiribilla.
La Habana. 2003
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