| LA JIRIBILLA Nro. 116 |
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CUBA: EL HUMANISMO ARMADO Han pasado ya 50 años desde aquel 26 de Julio de 1953, en que un grupo de revolucionarios cubanos fracasaron en su intento de asaltar los cuarteles de la tiranía Moncada y Carlos Manuel de Céspedes. Unos fueron muertos, otros detenidos, muchos torturados. En el juicio, Fidel Castro asumió el papel de su propio abogado defensor, en un alegato («La Historia me absolverá») que, lejos de ser su defensa, exponía punto por punto las medidas de corte nacionalista, agrario y popular que la Revolución proponía para una eventual toma del poder: profunda reforma agraria antilatifundista, rebaja de las tarifas de los servicios básicos, programas sociales para la población más pobre, construcción del sistema público de educación y salud, expropiación de las propiedades de los corruptos, nacionalización de las grandes empresas, etc. Exactamente el tronco del programa de transformaciones estructurales que seis años después comenzó a desarrollar la Revolución en el poder, y que más tarde multiplicó sus ramas y hojas en forma de medidas legales, sociales y económicas, cada vez más profundas y radicales tras la declarada impronta socialista y marxista-leninista que fue la respuesta al intento de invasión mercenaria en Playa Girón. Aquel programa presocialista recogido en la defensa de Fidel, hoy sería considerado un «loco proyecto de extrema izquierda» en cualquier país del mundo, incluidas las naciones más pobres. El Capital en todas sus formas (económicas, políticas, militares y mediáticas) se ha encargado de convencernos de ello. Pero los resultados de 44 años de Revolución triunfante, con errores, contradicciones y sinsabores históricos, están ahí. El Informe sobre Desarrollo Humano del PNUD de Naciones Unidas, publicado recientemente, reafirma lo que silencian los mentirosos oficiales y también los «sin fronteras»: que la Revolución cubana es una gesta humanista sin precedentes en la historia de los pueblos del Tercer Mundo, y uno de los escasos ejemplos de gallardía ante el imperio norteamericano, nacido a finales del XIX de la doctrina Monroe y de la estrategia de expansionismo del presidente McKinley tras el último genocidio indio en Wounded Knee. Los medios de comunicación del Capital, enemigos acérrimos de Cuba, tienen capacidad de influencia y convencen. La clave no son sus argumentos, porque estos son débiles y anecdóticos. Sencillamente disponen, como un verdadero poder de estado, del «monopolio de la violencia mediática». El Medio es el Mensaje. El Medio es el Poder. Pero a estos millonarios de la sinvergüenza, hay que tratar de desmontarles su castillo de cartas marcadas, aprovechando cada rinconcito que nos dejan dentro de su «pluralidad» cínica. La Revolución cubana y el Movimiento de Solidaridad somos como un surfista subido en una ola en el centro mismo de un maremoto de desinformación, de mentira, de calumnia, de parcialidad interesada y dirigida. Siendo conscientes de su Poder, debemos quitarnos los complejos, y plantarles cara con la verdad por delante. Dígannos señores propietarios de los medios de comunicación: ¿Dónde están los meninos da rua en Cuba? ¿Y los campesinos sin tierra, apaleados y explotados por los terratenientes? ¿Qué nombre tienen los desaparecidos y torturados? ¿Por qué barriada podemos ver a los niños desnutridos y sin escuela? ¿Y los ejércitos de desarrapados escarbando de los basureros? ¿Qué contestan a la demostración estadística que el sistema de salud de Cuba salvaría anualmente la vida a más de medio millón de niños y niñas en América Latina? Hace tiempo una persona me preguntaba que cuándo Cuba iba a convertirse en un país «normal». Yo le expliqué que la «normalidad» cubana no sería otra que el contrapunto miserable a la dignidad de lo escaso pero bien repartido, a la jerarquía social casi autoritaria de que lo primero son los niños y niñas, y que esa hipotética Cuba «normal» tendría «normales» bolsas de hambre y de miseria, con «europeas» bolsas de confort y riqueza, «normales» y racionalizadores despidos, muchos miles de «normales» muertos por violencia común diaria y una dramática pero muy «normal» desestructuración social. Han pasado 50 años del Asalto al Moncada, y 44 años del Triunfo de la Revolución. Y los logros del proyecto humanista cubano que encarnaba el alegato de Fidel han sido espectaculares para una nación de su entorno geográfico, sometida a uno de los cercos imperiales más prolongados y crueles de la Historia. Los resultados que hoy avala el PNUD, la OMS, la UNICEF, la FAO o la UNESCO en cuanto a calidad educativa, tratamiento social de la infancia, del adulto mayor, de los discapacitados de todo orden o de la equidad de género, son las calificaciones a un trabajo bien hecho, pero que implica heroicos sacrificios día a día para los trabajadores y trabajadoras cubanos. ¿Es posible que la prepotencia imperial y una mafia asesina y ávida de recuperar lo que robó puedan acabar con todo esto? ¿Por qué la Revolución cubana, obra construida desde el centro del ser humano, debe ser mancillada, día sí y día también, por el Gran Hermano mediático? Hoy Cuba se enfrenta a una de las más perversas, mentirosas y abyectas campañas que haya podido sufrir en estos 44 años. Es una guerra total y desde muchos frentes. La administración Bush, con sus decenas de altos funcionarios de origen cubano, pretende devolver los favores de la mafia de la Florida por su fraudulenta victoria electoral, y trabaja sin descanso para desgastar a la Revolución: con su doble juego migratorio, negando visados a los cubanos que desean viajar con normalidad a Estados Unidos, pero a la vez estimulando y premiando todo tipo de aventuras en busca del asilo político al llegar a las costas del Norte, aunque sea a costa del terror o la vida de inocentes rehenes; financiando a mercenarios como Raúl Rivero, personaje miserable donde los haya que vendió su talento poético por una suculenta paga en el interior de la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana; agudizando el bloqueo, que impone a la economía cubana una insostenible situación de casi «crédito cero», y las prohibiciones de todo tipo (para viajes, intercambios científicos, envío de remesas familiares,...); subvencionando a grupos armados terroristas en Miami, etc. Ahora es la vieja y prostituida Europa, ávida de cerrar las teatrales diferencias con los yanquis en la agresión al pueblo iraquí, la que ha preparado su propio bloqueo a la Isla. Estupenda manera de apoyar «a la población cubana» la de retirar fondos para decenas programas de cooperación en reparación de viviendas y centros sociales, e invitar a sus actos oficiales a mercenarios que ensucian el noble término de «disidente». Pero esta no es la primera vez en que el proyecto humanista de la Revolución tiene que enseñar los dientes, afilar los cuchillos y apuntar los cañones. Le asiste el derecho a la defensa, el mismo que asiste a la resistencia iraquí cuando ejecuta sus legítimas acciones armadas contra los marines invasores. Cuba está defendiendo sus escuelas, sus círculos de abuelos, la tranquilidad en los barrios, su ausencia de sangrantes desigualdades y el tono social que marca la vida en esta Isla y que tanto sorprende al visitante, resultado de los valores que fomentan los subsistemas institucional, social, económico, educativo y cultural de la Revolución: la solidaridad, el compañerismo, el internacionalismo, en suma, el amor al ser humano que Fidel proclamaba en su alegato de defensa hace 50 años, cuya raíz es el pensamiento de José Martí: Pongamos alrededor de la estrella, en la bandera nueva, esta fórmula del amor triunfante: con todos, y para el bien de todos. Hoy todo esto está amenazado por una gigantesca estrategia del Poder, que utiliza todo sus resortes: el dinero, la agresión militar, el chantaje y la mentira. Es necesario estar alertas, porque está en juego no solo la soberanía de este pequeño país. Está en juego uno de los proyectos más justos, más dignos, más humanos, más hermosos. Está en juego el humanismo cubano. Obligado por el imperio a ser un humanismo armado. |
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