LA JIRIBILLA Nro. 116

GRAMMYS, MÚSICA, MERCADO...
¿Y DÓNDE ESTÁN LOS CUBANOS?

 
Cada vez que una agrupación o un solista cubano, residente en la Isla o con fuertes vínculos de ida y vuelta, alcanza una nominación en los Grammys —ya sean los tradicionales o los Latinos—, debe saberse que el camino hacia ese reconocimiento ha debido vencer fuertes y poderosos obstáculos.


Pedro de la Hoz | La Habana


Cada vez que una agrupación o un solista cubano, residente en la Isla o con fuertes vínculos de ida y vuelta, alcanza una nominación en los Grammys —ya sean los tradicionales o los Latinos—, debe saberse que el camino hacia ese reconocimiento ha debido vencer fuertes y poderosos obstáculos.

La cuarta edición de los Grammys Latinos, cuya premiación tendrá lugar en Miami el próximo tres de septiembre, dejó prácticamente en manos de nuestros músicos las nominaciones en las categorías Mejor Álbum de Música Tropical Tradicional y Mejor Álbum de Música Tropical Contemporánea.

Que en el acápite tradicional clasifiquen producciones de Ibrahim Ferrer (Buenos hermanos) y Eliades Ochoa  (Estoy como nunca) confirma la conjunción de calidades intrínsecas puestas al descubierto a escala internacional y en los propios Estados Unidos en el segundo lustro de la década pasada, gracias a ese golpe de suerte y mercadotecnia que se llamó Buenavista Social Club.

Digámoslo sin dobleces: para que un disco acceda a una nominación debe circular en el mercado hispano de los Estados Unidos, aunque sin desdeñar el poder de los votos provenientes de México y España, y en general, de los socios de la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE), por el peso que tienen en LARAS, la academia que dirime los premios. Pero si no se hace hecho sentir, de modo particular, en el mercado norteamericano, resulta muy difícil llamar siquiera la atención, aunque se haga el mejor y más convincente arte del mundo.

Buenavista catapultó a Ibrahim y Eliades a ese mercado. En el caso de Ibrahim sigue inserto en la pequeña pero solvente disquera que patrocinó el proyecto, World Circuit, y hay que admitir que le ha hecho dar un salto artístico de Buenavista a nuestros días. El Ibrahim de Buenos hermanos viene de aquel que por mucho tiempo halló espacios a la vera de Chepín-Chovén, Pacho Alonso y Los Bocucos, pero que ahora, cuando la tradición sonera y bolerística cubana asiste a un revival mundial, ha logrado afianzar una personalidad en el canto.

Eliades, por el contrario, sigue siendo el mismo «trovasonero» de fuste que en los 80 concibió nuevas exigencias para el Cuarteto Patria, en su Santiago de Cuba. Su gran hallazgo, bien aprovechado por la Warner, ha sido hacer viva la tradición y despojarla de todo viso de arqueología musical. Es el mismo Eliades que se dio cuenta muy tempranamente, antes que Ry Cooder y Win Wenders, que Compay Segundo era un autor de nuestra época.

El tercero en esa liza ya no podrá disfrutar de la nominación. Polo Montañez, como se sabe, murió en un accidente vial cuando el disco Guitarra mía  apenas comenzaba a circular. Es un disco mejor pensado que su inicial Guajiro natural, sin que por ello haya perdido un ápice de frescura. El presidente de Lusáfrica, el francés de origen caboverdiano José da Silva, y su representante cubana, Maruchi Guerrero, tuvieron olfato para valorizar el interés de un producto en América Latina (furor en Colombia, con impactos notables desde México hasta Argentina)y consiguieron que la tradición tuviera un rostro más completo.

Sin embargo, lo que me parece más interesante de la presencia de músicos de la Isla en esta edición de los Grammys Latinos, es la irrupción por partida doble de la llamada timba en la categoría Tropical Contemporánea. Ya los Van Van habían dado en la diana en los Grammys norteamericanos Llegó Van Van, éxito al que contribuyó la piedra de escándalo que se suscitó en Miami a raíz de la promoción de ese disco en el enclave totalitario de Miami. Porque, a decir verdad, el disco apenas había circulado. Siempre he pensado que los votos por la orquesta de Formell, entonces, se debió a que muchos de los miembros de la Academia la consideraban una agrupación de culto que merecía ser exaltada.

Ahora llegan los Van Van con una grabación en vivo, En el Malecón de La Habana, que marcó, curiosamente, el estreno de una nueva alineación. En Cuba el disco ganó rápida simpatía, grabado por el sello Unicornio. Este lo licenció a Pimienta, una compañía mediana muy bien implantada en el circuito hispano de Norteamérica.

Y llega la Charanga Habanera, de David Calzado, mediante Live in USA, registro de uno de los conciertos que ofreció en el 2001 en Estados Unidos, a cuenta del sello Ciocan.  También se trata de una Charanga renovada, pero como en el caso de los Van Van, Calzado, al igual que Formell, define el estilo.

Mientras casi nadie duda de la contribución de los Van Van a la contemporaneidad musical cubana, la Charanga Habanera ha sido proclive a la polémica. Si hubiera que comparar su lugar en la música bailable insular con la de que ocupan los rockeros en el medio anglosajón, habría que clasificarla como la punta de lanza de la salsa dura (el equivalente al hard rock). La agresividad de los acentos, la dinámica de los desplazamientos, la distribución de los coros, el diseño de los mambos y la asimilación de elementos del universo del rock y el hip hop a lo Charanga Habanera han influido —incluso a veces para mal, por lo que toca a una mimesis injustificada— más de lo que se piensa en el panorama sonoro cubano actual.

Verdaderamente sorprendente, no por el nivel de la entrega sino por la calificación en esta categoría, resulta la nominación de «Mambo sinuendo», del cubano Manolo Galván y el norteamericano Ry Cooder. No este disco, distribuido por Nonesuch/Warner, totalmente tradicional ni absolutamente renovador. Tal vez, aunque no me guste el neologismo, tenga razón el crítico que lo definió como resultado «retrofuturista».

Los otros nominados cubanos en esta edición de los Grammys Latinos están porque no podían estar ajenos. El hip hop latino tiene en Orishas uno de sus más venturosos exponentes. Lúcidos en el discurso textual, mestizos en la expresión sonora, ni apocalípticos ni integrados (dicho sea esto con licencia de Umberto Eco), Orishas, en Emigrante le proporciona a EMI un filón inusitado que se desmarca de la anestesiante saga discotequera tanto como la que hace con relación a la escatología marginalista.

En cuanto a Chucho Valdés, nominado para el Mejor Álbum de Jazz Latino, se merece un capítulo aparte —que prometemos en una próxima entrega de La Jiribilla— por lo que representa no solo para su carrera personal sino para el jazz latino y la pianística cubana.
 


© La Jiribilla.
La Habana. 2003
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