| LA JIRIBILLA Nro. 116 |
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PRÓLOGO DE UN TESTIMONIO ANTOLÓGICO
Hay grandes acontecimientos ―grandes por su significado,
grandes por su energía generadora― que solo se nos
muestran en su cabal dimensión histórica cuando podemos
considerarlos, retrospectivamente en función de los
hechos que de ellos derivaron. Entonces es cuando el
acontecimiento se sitúa en el tiempo con todo el
prestigio de su dinámica original y precursora, marcando
el punto de partida de una trayectoria cumplida que,
como tal, por proceso dialéctico, será siempre
propulsora de acciones futuras, cada vez más abierta
sobre el vasto panorama de un ámbito perennemente
acrecido por los sucesivos logros de sus aspiraciones
fundamentales.
Pero ocurre que, a veces, ese gran acontecimiento
inicial y agorero ―que luego se erigirá en símbolo― no
tenga testigos válidos, ni cronistas que hayan
consignado sus peripecias en apuntes tomados a lo vivo,
sobre la marcha, en el lugar mismo de los sucesos,
teniendo varias generaciones de historiadores, más
tarde, que revolver archivos y bibliotecas para
trazarnos un cuadro más o menos exacto de lo ocurrido
«el día aquel» ―día que no fue como los demás días, por
cuanto afectaba el destino de un pueblo entero. Uno de
los ejemplos más curiosos de esto se encuentra en el
caso de la Toma de la Bastilla, muy poco consignado por
las crónicas de la época, visto por muchos como un
disturbio más entre los muy numerosos y cotidianos que
se estaban produciendo en un año revuelto, y tan poco
distinto a los demás, al parecer, que quien mejor
hubiese podido hacerse el historiador de la jornada
trascendental, Restif de la Bretonne, nos confiesa en
sus Noches de París ―documento de inestimable valor para
el estudio de la Revolución Francesa― que «cuando pensó
en ir a presenciar el asedio a la Bastilla, todo había
terminado ya» (Noche 384). Restif de la Bretonne, en
esto, se había comportado como el Fabricio de la Cartuja
de Parma que, habiendo tomado parte, por mera
casualidad, en la batalla de Waterloo, se preguntaba,
algún tiempo después, «si lo visto por él había sido
realmente la batalla de Waterloo».
Gran suerte es, por ello, que ciertos acontecimientos
particularmente importantes hayan tenido su cronista,
oportunamente situado en el lugar de los hechos con el
ánimo de fijar hora por hora, lo que en una encrucijada
de la historia haya podido suceder un día determinado
que, semejante a todos los demás para quienes lo
vivieron rutinariamente, habrá de inscribirse en los
anales de un pueblo como único e insustituible. Y más
aún si, como en el caso que nos interesa, un gobierno
ilegítimo, arbitrario y criminal, temiendo las
repercusiones del acontecimiento mismo, moviliza todos
los medios a su alcance para minimizarlo, tratando de
escamotearlo ante la opinión pública, como ocurrió con
el hoy universalmente famoso proceso por el asalto al
cuartel Moncada, que se desarrolló en Santiago de Cuba
del 21 de septiembre al 16 de octubre de 1953.
Ese juicio oral, para suerte nuestra y de nuestros
historiadores, tuvo su cronista: Marta Rojas, autora del
admirable libro que se nos ofrece en nueva edición.
Acerca de ese libro escribieron las compañeras Melba
Hernández y Haydée Santamaría, en el prólogo a la
edición original:
«Esta obra, La generación del Centenario en el
Moncada» * la consideramos una versión vivaz y
objetiva de la Causa 37 de 1953 radicada en la Audiencia
de Santiago de Cuba por el asalto al cuartel Moncada...
La compañera Marta, en calidad de periodista, había
concurrido a todas las sesiones del juicio oral por los
sucesos del Moncada, incluso a la que se celebró en la
Sala de Enfermeras del hospital Saturnino Lora, donde
fue juzgado el compañero Fidel Castro del 16 de octubre
de aquel mismo año, oportunidad en que el Jefe de la
Revolución pronunció su trascendental alegato conocido
con el nombre de La historia me Absolverá,
programa de la lucha de liberación nacional
antiimperialista, cumplido cabalmente por la Revolución.
«Desde el primer instante, la autora tuvo la proyección
de futuro y no tomó las notas como una función a
cumplir, sino que fue atenta y celosa observadora de
todo lo que estaba sucediendo entre las bayonetas que
invadían el local donde se celebraban las vistas de
aquel juicio. Pudo aquilatar que en ese lugar iba
germinando una simiente renovadora que transformaría por
completo el basamento de aquella sociedad corrompida;
allí no se estaba determinando el porvenir de un puñado
de jóvenes, sino el porvenir de todo un pueblo. Por
reflejar verdades, deseos y anhelos de un pueblo que
supo librarse, estimamos que esta obra ha de ayudar
grandemente al conocimiento pleno del objetivo que
perseguían y las razones que movían a los compañeros del
Moncada cuando se lanzaron al ataque de aquella
fortaleza militar. Después de haber sido leído este
libro por varios participantes del hecho, nos sentimos
con absoluta tranquilidad histórica, ya que los aspectos
más importantes se encuentran reflejados».
Ningún testimonio podría avalar con mayor autoridad la
exactitud de los hechos descritos por Marta Rojas, que
los de estos ejemplares militantes y combatientes de
nuestra Revolución que, como se sabe, tomaron parte
activa y directa en la acción del Moncada ―lo cual
constituye un respaldo que muchos historiadores podrían
envidiar a quien tuvo la fortuna de poder escribir este
tomo sin recurrir a documentos de segunda mano.
En el presente libro, los ejemplos de un gran estilo
periodístico se nos ofrecen en cada página. Veamos, por
ejemplo, esta magistral entrada en materia, rápida y
sobrecogedora como una visión cinematográfica: «A todos
los condujeron esposados a la Sala de Justicia. El ruido
metálico que sobresaltó al público había sido producido
por las cadenas cromadas que aprisionaban más de cien
muñecas. Fidel hizo un alto para tratar de hablarle al
tribunal, y los guardias, en actitud de zafarrancho de
combate, rastrillaron sus armas. Había doscientos de
ellos dentro de la Sala del Pleno ―un aposento
rectangular de quince metros de largo por siete de
ancho― y muchos más afuera. Harían un total de
seiscientos los guardias que ocupaban la manzana donde
estaba situado el Palacio de Justicia.» Ha empezado a
representarse el drama. En diez líneas, Marta Rojas ha
plantado el decorado, dando entrada inmediata a la
acción en una atmósfera cargada de amenazas... Prosigue
el juicio, y la periodista nos mantendrá en la misma
tónica de extrema tensión: «...Llegó el sábado y la
guardia blindada volvió a sus puestos. En la Audiencia
coparon la azotea, el sótano y hasta los servicios
sanitarios. Los empleados del Palacio de Justicia, los
abogados, los familiares de los acusados, y los
periodistas que asistíamos al juicio veíamos entrar a
los moncadistas desde la terraza interior del segundo
piso de la Audiencia que da al patio central del
edificio, recién inaugurado entonces, cuyas áreas verdes
estaban ralas; en el patio solo un pequeño arbusto débil
y delgado pugnaba por crecer.» Aquí, Marta Rojas,
novelista por instinto, utiliza el elemento accesorio y
menudo (el de la magra vegetación) para dar mayor
relieve a la acción humana... y se llega al momento en
que Fidel Castro va a pronunciar el histórico discurso
de La historia me Absolverá: «Los empleados del
hospital y los escoltas comenzaron a ocupar posiciones
para verlo y oírlo; eso lo hacían por mera curiosidad al
principio, luego su informe iba despertando tanto
interés que los puestos se rotaban entre ellos para que
todos escucharan algo. Así inició (Fidel) su histórico
alegato, y a medida que su palabra se extendía, crecía
la impaciencia por escucharlo aún más. Hablaba un
lenguaje distinto (...) Luego, el propio Fidel
reconstruirá su autodefensa durante su prisión en Isla
de Pinos. En pequeños papeles escritos de su puño y
letra con jugo de limón, hizo llegar su manuscrito a
Haydée y Melba, quienes con la ayuda de otros
compañeros, lo hicieron editar en 1954, y se distribuyó
clandestinamente...» Y, a continuación, el texto
completo del discurso, traducido hoy a tantos idiomas,
comentado por tantos historiadores contemporáneos, que
cerró el ciclo de dramáticas jornadas que hubo de hallar
en Marta Rojas su cronista ante la posteridad.
Y ella misma añadiría, a modo de reflexión personal: «El
epílogo del proceso sería la Revolución triunfante, unos
seis años después... Aquella mañana de octubre culminó
el ciclo del Moncada, la semilla de la Revolución
esparcida y abonada con la sangre de los mártires del 26
de Julio de 1953 germinaba por primera vez en un
instrumento teórico capaz de nuclear a un pueblo y
armarlo para conquistar la victoria escamoteada a los
cubanos por varias generaciones que precedieron a la del
Centenario de Martí.»
Quien, en el futuro, quiera informarse acerca del
histórico Juicio del Moncada, tendrá que acudir, pro
fuerza, a la crónica de Marta Rojas, testimonio
elocuente y fidedigno de un trascendental
acontecimiento.
Permítame Marta Rojas señalar una asombrosa coincidencia
que se me hace evidente al leer una frase suya: «El
epílogo del suceso sería la Revolución triunfante, unos
seis años después.»
Un día 3 de diciembre de 1911 tuvo lugar, en París, el
entierro de Laura y Paul Lafargue ―siendo inútil
recordar aquí que Paul Lafargue era aquel
revolucionario, yerno de Karl Marx, nacido en Santiago
de Cuba, nieto de mestiza caribeña, orgulloso de «la
sangre de razas oprimidas que le corrían en las venas»
que, después de haber combatido con la Comuna, tan
activo papel desempeñó en el desarrollo del movimiento
socialista en Francia. Y quien tomó la palabra, sobre la
tumba, para hacer su elogio, fue nadie menos que Lenin.
Y en su discurso dijo Lenin: «Para nosotros, rusos, que
conocimos la opresión del absolutismo impregnado de
barbarie asiática, y que tuvimos la suerte de hallar, en
la sobras de Lafargue y de sus amigos un acontecimiento
directo de la experiencia y del pensamiento
revolucionario de los trabajadores europeos, nos
resulta, ahora, particularmente evidente que la victoria
de la causa a la cual Lafargue consagró su vida se
aproxima rápidamente.»
Quiero recordar que esto decía Lenin en 1911. Y que la
Gran Revolución de Octubre se produjo, muy exactamente,
seis años después. Seis años después como, muy exactamente también, se asistió al triunfo de la Revolución cubana seis años después de que el futuro Comandante Fidel Castro dijera a sus jueces de Santiago: «Condenadme, no importa, la historia me absolverá.»
Los anales de los pueblos suelen ofrecernos esos
extraordinarios paralelos. |
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