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DE
REGRESO A SANTIAGO
Haydée Santamaría protagonizó una de las páginas más
heroicas de la historia de la mujer cubana. Además de la
vida de muchos compañeros, la represión desatada por la
tiranía tras el asalto al cuartel Moncada, le arrebató
la de su hermano Abel y la de su novio Boris. Este
relato está basado en los testimonios de Melba
Hernández.
Manuel
Henríquez Lagarde
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La Habana
El chorro de luz del
faro del morro es como un péndulo oscilando sobre la
acuarela lumínica que forman los carteles comerciales y
los edificios de la ciudad. Desde la calle Jovellar, uno
de esos tantos ríos de asfalto que van a morir al mar,
el péndulo plateado es solo un destello que por segundos
ahoga los diminutos fulgores de las estrellas
contempladas por los novios en medio del silencio de
unos pasos solitarios que se alejan calle arriba en
dirección a Infanta, de la escandalosa carcajada de un
vecino, de una melodía de Silver Star devuelta al éter
en su ritmo pegajoso desde una ventana semicerrada.
Llevan rato sin decirse una palabra, sentados en la
escalera del edificio marcado con el número 107,
mirándose de vez en vez, con las manos tomadas en un
abrazo que es del cuerpo todo, aunque los prejuicios,
oscuras y difusas siluetas en los cuadrados de luz
encima de los balcones, no vean más que una mano sobre
la otra, una tenue caricia de los dedos que es como un
discurso sobre el futuro que nadie escucha, la
disertación secreta de un entrañable deseo compartido,
la historia de un amor mayor, que mañana o quizás
pasado, ponga fin a la incertidumbre que ahora los
mantiene en silencio y que es similar a la oscuridad de
la noche que se levanta y se vuelve infinita allí donde
la calle agoniza.
II
«Le repito que vi la
Chata y es una maravilla pero no puedo comparar y menos
decir cuál nos costó más, pues esta es la misión del
periodista, los hechos reales, no ficticios.
Solo me resta, quedar
al tanto de su contestación, no la de su secretario.
Atentamente, Boris
Luis Sta. Coloma».
Era necesario mucho valor para tanto. Apenas había
pasado un mes del cuartelazo cuando él se atrevió a
echarle en cara a Batista una acusación de ladrón. El
Presidente había levantado dos lujosas fincas sobre los
cimientos de la malversación en su anterior etapa de
mandatario en los años 40.
Llevaba los pantalones bien puestos. Chucho Montané como
que se percató de ello en aquella velada del 27 de
noviembre de 1952 en memoria de los estudiantes
asesinados en 1871, que inundó de jóvenes la escalinata
de la Universidad y toda la calle de San Lázaro.
La
amistad nació de un acuerdo: a Batista solo se le sacaba
de su caracol de tirano dándole candela. La lucha armada
sería la mejor carta, la más rápida, precisa y eficaz,
la única a la que estaría obligado a responder.
Ellos lo vieron
acercarse abriéndose paso entre la multitud de
estudiantes que escuchaban las palabras de Leonardo
Rodríguez Sánchez, un veterano de la Revolución del 33.
—Este es Boris Luis
Santa Coloma —dijo Montané cuando estuvo frente a las
tres muchachas— empleado de la Frigidaire y estudiante
de la escuela de Ciencias Comerciales de aquí de la
Universidad.
Luego se volvió hacia
Boris: «Melba, Elda y ella es Yeyé».
III
Al principio, el amor
fue como una pequeña conspiración, una conjura de dos,
un nuevo secreto aislado de la captación de compañeros,
de la recogida de dinero, de las prácticas de tiro de la
Universidad, de las páginas mimeografiadas del periódico
El Acusador. Pero fue inevitable que la
discreción, una de las cualidades primordiales de todo
integrante del Movimiento, cediera ante el empuje
incontenible de aquel sentimiento clandestino de la
pareja que desde un comienzo, por sutiles cambios en el
carácter de ambos, algunos compañeros empezaron a notar.
El temor a que no se
entendiese la relación que los unía, que se considerase
una grieta en la disciplina del grupo, una ofensa a la
cuidada moral de los otros, los había obligado los
primeros días al silencio. Después, sobreponiéndose al
miedo, a la incomprensión, acabaron por contárselo todo
a Abel. Eran temores infundados. Él los escuchó con la
tranquilidad de quien oye una historia sabida de toda la
vida. Hubiera sido un intento inútil disfrazar con
falsas apariencias aquel afecto que, en muy poco tiempo,
apenas cabía en el pequeño apartamento 603, de 25 y O,
en el Vedado y colmaba la ciudad confundido y oculto en
los avatares cotidianos de la causa que lo había
engendrado.
La ciudad sigue
siendo el más perdurable de los testigos. Con sus ojos
de persianas, de puertas, de ventanillas de autos, los
contempla encontrarse más de una vez, como el primer
día, en otras manifestaciones donde la ternura era algo
más que una relación de dos.
Un ojo fotográfico
los detuvo en el tiempo aquel 28 de enero, un día
después de que de la escalinata de la Universidad una
interminable marea de antorchas se derramase sobre el
Parque Central donde, juntos a Melba, Montané y Elda
Pérez y cientos de jóvenes más, al pie de la estatua de
Martí, le rendían homenaje al Apóstol en el centenario
de su natalicio.
La ciudad los vio
correr por sus calles cuando comenzaron a resonar por
encima de las azoteas los aullidos de golpe y cárcel de
las perseguidoras. Y los vio detenerse de pronto, en
medio de la huida masiva, delante del lente de uno de
los fotógrafos ambulantes con el rostro partido en dos
por una sonrisa.
Volvió a fijarse en
ellos el 14 de febrero en el cementerio, en el entierro
de Rubén Batista, la primera víctima de la tiranía,
mientras desfilaban tras el féretro por entre los
ángeles y las vírgenes paralizadas en la blancura
fúnebre del mármol. Y cuando regresaron a 25 y O notó
entre las manos de Boris la pequeña caja de perfume
Colibrí y la alegría inefable de ella, a quien le
parecía el regalo más caro del mundo, la más grande de
las pruebas de amor. Entonces ya nadie trabajaba en otra
cosa que no fuera en la preparación de la acción, a
cuyos fondos iba a dar el dinero que se pudiera
conseguir.
Grabó la imagen de
ambos en las vidrieras, cuando él salía al frente de los
trabajadores de la Frigidaire a reclamar el derecho a
formar sindicato y ella lo veía, acompañada de Melba,
desde el garaje Mi Tío porque temía no estar presente si
a él le pasaba algo.
La ciudad los
conservó mucho tiempo en la retina de azogue de los
espejos de los clubes a donde el grupo de siempre,
cuando había un tiempo, se iba a bailar. A él, que no
bailaba, sentado en la mesa frente a su vaso de leche,
mirándola a ella liberar toda la alegría de su carácter
al compás de uno de los cha cha cha de Jorrín que la
victrola no se cansaba de repetir.
Una de esas melodías
a las que él le seguía el ritmo golpeando con el anillo
en el timón del auto los días en que llevaba a Melba y a
Yeyé a ver el mar del Malecón habanero reflejar los
tenues colores del telón del crepúsculo.
La ciudad los vio en
todas partes. En todos los lugares menos en el elevador
del edificio de 25 y O, cuando se quedaba detenido entre
dos pisos por unos minutos y ellos se quedaban
absolutamente solos entre las cuatro paredes de
aluminio.
IV
El péndulo plateado
es solo un destello que por segundo ahoga los diminutos
fulgores de las estrellas contempladas por los novios en
medio del silencio de la calle completamente desierta,
del estrépito de una puerta que se cierra en alguna
parte empujada por la brisa que viene del mar, del
anuncio de Partagás que la ventana entreabierta permite
escuchar.
La noche en Jovellar
107, a pesar de que el reloj se ha movido un par de
horas, continúa tan inexpugnable como el futuro, como el
día por llegar que decidirá sus vidas y las de todo el
país. Como muchas otras veces, ellos dos, sentados en la
escalera, fijando en el lenguaje mudo de los dedos el
día de la boda que ocurrirá cuando todo haya cambiado y
la muerte no sea el más remoto motivo que impida hablar
del mañana y la noche deje de ser metáfora del porvenir.
Los sueños se dicen
sin palabras. Y ellos intuyen la belleza oculta tras la
noche e ignoran que el amanecer tan esperado será el
último encuentro.
V
Al ver acercarse el
último auto de la caravana, él interrumpió la ráfaga e
hizo un gesto hacia la máquina donde iban ellas rumbo al
Hospital Civil. La mano alzada en el aire rojizo de la
mañana era un saludo, un ¡menos mal, al fin aparecen!,
todo, menos una despedida. Entonces nadie pensaba en el
fracaso, en la mala jugada del azar que los colocaría
solo unas horas más tarde separados por una puerta tan
gruesa como el límite entre la vida y la muerte. La
puerta del Club de Oficiales del cuartel donde la habían
encerrado a ella y a través de la que escuchó la voz que
decía: «El de los zapatos de dos tonos es una fiera». Y
supo que lo estaban torturando a él del otro lado.
Cuando Boris le había enseñado los zapatos carmelitas y
blancos que había comprado para el combate, ella le
dijo: «Pero Boris, ¿quién ha visto un soldado de la
tiranía con zapatos de dos tonos? Y él le contestó que
con el uniforme tenía bastante y que no quería parecerse
mucho a los hombres que ahora le tenían amordazadas las
manos y los pies.
Después, ella supo
que él hubiera podido salvarse. Al llegar a la casa de
Siboney y no encontrarla entre los que habían logrado
escapar, regresó otra vez a Santiago. No la pudo hallar.
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