LA JIRIBILLA Nro. 116

DE REGRESO A SANTIAGO
 
Haydée Santamaría protagonizó una de las páginas más heroicas de la historia de la mujer cubana. Además de la vida de muchos compañeros, la represión desatada por la tiranía tras el asalto al cuartel Moncada, le arrebató la de su hermano Abel y la de su novio Boris. Este relato está basado en los testimonios de Melba Hernández.


Manuel Henríquez Lagarde | La Habana

El chorro de luz del faro del morro es como un péndulo oscilando sobre la acuarela lumínica que forman los carteles comerciales y los edificios de la ciudad. Desde la calle Jovellar, uno de esos tantos ríos de asfalto que van a morir al mar, el péndulo plateado es solo un destello que por segundos ahoga los diminutos fulgores de las estrellas contempladas por los novios en medio del silencio de unos pasos solitarios que se alejan calle arriba en dirección a Infanta, de la escandalosa carcajada de un vecino, de una melodía de Silver Star devuelta al éter en su ritmo pegajoso desde una ventana semicerrada.

Llevan rato sin decirse una palabra, sentados en la escalera del edificio marcado con el número 107, mirándose de vez en vez, con las manos tomadas en un abrazo que es del cuerpo todo, aunque los prejuicios, oscuras y difusas siluetas en los cuadrados de luz encima de los balcones, no vean más que una mano sobre la otra, una tenue caricia de los dedos que es como un discurso sobre el futuro que nadie escucha, la disertación secreta de un entrañable deseo compartido, la historia de un amor mayor, que mañana o quizás pasado, ponga fin a la incertidumbre que ahora los mantiene en silencio y que es similar a la oscuridad de la noche que se levanta  y se vuelve infinita allí donde la calle agoniza. 

II 

«Le repito que vi la Chata  y es una maravilla pero no puedo comparar y menos decir cuál nos costó más, pues esta es la misión del periodista, los hechos reales, no ficticios.

Solo me resta, quedar al tanto de su contestación, no la de su secretario.

Atentamente, Boris Luis Sta. Coloma».

Era necesario mucho valor para tanto. Apenas había pasado un mes del cuartelazo cuando él se atrevió a echarle en cara a Batista una acusación de ladrón. El Presidente había levantado dos lujosas fincas sobre los cimientos de la malversación en su anterior etapa de mandatario en los años 40.


Llevaba los pantalones bien puestos. Chucho Montané como que se percató de ello en aquella velada del 27 de noviembre de 1952 en memoria de los estudiantes asesinados en 1871, que inundó de jóvenes la escalinata de la Universidad y toda la calle de San Lázaro.

La amistad nació de un acuerdo: a Batista solo se le sacaba de su caracol de tirano dándole candela. La lucha armada sería la mejor carta, la más rápida, precisa y eficaz, la única a la que estaría obligado a responder.

Ellos lo vieron acercarse abriéndose paso entre la multitud de estudiantes que escuchaban las palabras de Leonardo Rodríguez Sánchez, un veterano de la Revolución del 33.

—Este es Boris Luis Santa Coloma —dijo Montané cuando estuvo frente a las tres muchachas— empleado de la Frigidaire y estudiante de la escuela de Ciencias Comerciales de aquí de la Universidad.

Luego se volvió hacia Boris: «Melba, Elda y ella es Yeyé». 

III 

Al principio, el amor fue como una pequeña conspiración, una conjura de dos, un nuevo secreto aislado de la captación de compañeros, de la recogida de dinero, de las prácticas de tiro de la Universidad, de las páginas mimeografiadas del periódico El Acusador. Pero fue inevitable que la discreción, una de las cualidades primordiales de todo integrante del Movimiento, cediera ante el empuje incontenible de aquel sentimiento clandestino de la pareja que desde un comienzo, por sutiles cambios en el carácter de ambos, algunos compañeros empezaron a notar.

El temor a que no se entendiese la relación que los unía, que se considerase una grieta en la disciplina del grupo, una ofensa a la cuidada moral de los otros, los había obligado los primeros días al silencio. Después, sobreponiéndose al miedo, a la incomprensión, acabaron por contárselo todo a Abel. Eran temores infundados. Él los escuchó con la tranquilidad de quien oye una historia sabida de toda la vida. Hubiera sido un intento inútil disfrazar con falsas apariencias aquel afecto que, en muy poco tiempo, apenas cabía en el pequeño apartamento 603, de 25 y O, en el Vedado y colmaba la ciudad confundido y oculto en los avatares cotidianos de la causa que lo había engendrado.

La ciudad sigue siendo el más perdurable de los testigos. Con sus ojos de persianas, de puertas, de ventanillas de autos, los contempla encontrarse más de una vez, como el primer día, en otras manifestaciones donde la ternura era algo más que una relación de dos.

Un ojo fotográfico los detuvo en el tiempo aquel 28 de enero, un día después de que de la escalinata de la Universidad una interminable marea de antorchas se derramase sobre el Parque Central donde, juntos a Melba, Montané y Elda Pérez y cientos de jóvenes más, al pie de la estatua de Martí, le rendían homenaje al Apóstol en el centenario de su natalicio.

La ciudad los vio correr por sus calles cuando comenzaron a resonar por encima de las azoteas los aullidos de golpe y cárcel de las perseguidoras. Y los vio detenerse de pronto, en medio de la huida masiva, delante del lente de uno de los fotógrafos ambulantes con el rostro partido en dos por una sonrisa.

Volvió a fijarse en ellos el 14 de febrero en el cementerio, en el entierro de Rubén Batista, la primera víctima de la tiranía, mientras desfilaban tras el féretro por entre los ángeles y las vírgenes paralizadas en la blancura fúnebre del mármol. Y cuando regresaron a 25 y O notó entre las manos de Boris la pequeña caja de perfume Colibrí y la alegría inefable de ella,  a quien le parecía el regalo más caro del mundo, la más grande de las pruebas de amor. Entonces ya nadie trabajaba en otra cosa que no fuera en la preparación de la acción, a cuyos fondos iba a dar el dinero que se pudiera conseguir.

Grabó la imagen de ambos en las vidrieras, cuando él salía al frente de los trabajadores de la Frigidaire a reclamar el derecho a formar sindicato y ella lo veía, acompañada de Melba, desde el garaje Mi Tío porque temía no estar presente si a él le pasaba algo.

La ciudad los conservó mucho tiempo en la retina de azogue de los espejos de los clubes a donde el grupo de siempre, cuando había un tiempo, se iba a bailar.  A él, que no bailaba, sentado en la mesa frente a su vaso de leche, mirándola a ella liberar toda la alegría de su carácter al compás de uno de los cha cha cha de Jorrín que la victrola no se cansaba de repetir.

Una de esas melodías a las que él le seguía el ritmo golpeando con el anillo en el timón del auto los días en que llevaba a Melba y a Yeyé a ver el mar del Malecón habanero reflejar los tenues colores del telón del crepúsculo.

La ciudad los vio en todas partes. En todos los lugares menos en el elevador del edificio de 25 y O, cuando se quedaba detenido entre dos pisos por unos minutos y ellos se quedaban absolutamente solos entre las cuatro paredes de aluminio. 

IV 

El péndulo plateado es solo un destello que por segundo ahoga los diminutos fulgores de las estrellas contempladas por los novios en medio del silencio de la calle completamente desierta, del estrépito de una puerta que se cierra en alguna parte empujada por la brisa que viene del mar, del anuncio de Partagás que la ventana entreabierta permite escuchar.

La noche en Jovellar 107, a pesar de que el reloj se ha movido un par de horas, continúa tan inexpugnable como el futuro, como el día por llegar que decidirá sus vidas y las de todo el país. Como muchas otras veces, ellos dos, sentados en la escalera, fijando en el lenguaje mudo de los dedos el día de la boda que ocurrirá cuando todo haya cambiado y la muerte no sea el más remoto motivo que impida hablar del mañana y la noche deje de ser metáfora del porvenir.

Los sueños se dicen sin palabras. Y ellos intuyen la belleza oculta tras la noche e ignoran que el amanecer tan esperado será el último encuentro. 

Al ver acercarse el último auto de la caravana, él interrumpió la ráfaga e hizo un gesto hacia la máquina donde iban ellas rumbo al Hospital Civil. La mano alzada en el aire rojizo de la mañana era un saludo, un ¡menos mal, al fin aparecen!, todo, menos una despedida. Entonces nadie pensaba en el fracaso, en la mala jugada del azar que los colocaría solo unas horas más tarde separados por una puerta tan gruesa como el límite entre la vida y la muerte. La puerta del Club de Oficiales del cuartel donde la habían encerrado a ella y a través de la que escuchó la voz que decía: «El de los zapatos de dos tonos es una fiera». Y supo que lo estaban torturando a él del otro lado. Cuando Boris le había enseñado los zapatos carmelitas y blancos que había comprado para el combate, ella le dijo: «Pero Boris, ¿quién ha visto un soldado de la tiranía con zapatos de dos tonos? Y él le contestó que con el uniforme tenía bastante y que no quería parecerse mucho a los hombres que ahora le tenían amordazadas las manos y los pies.

Después, ella supo que él hubiera podido salvarse. Al llegar a la casa de Siboney y no encontrarla entre los que habían logrado escapar, regresó otra vez a Santiago. No la pudo hallar.
 


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La Habana. 2003
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