LA JIRIBILLA Nro. 116

LOS AMORES DEL POETA DEL MONCADA
 
¿Pudiera acaso suponerse que el Poeta de la Generación del Centenario compuso su último poema pensando en un himno, en una especie de continuación o respuesta a aquella conocida estrofa que nos invita: Al combate corred bayameses...? Difícil sería saberlo. En todo caso, iría a formar parte también de esa leyenda de amor infinito que es el Asalto al Moncada.


César Gómez Chacón | La Habana


Aunque han pasado solo cincuenta años, la historia del Moncada comienza a convertirse en leyenda. Cuenta esa leyenda que en un oscuro rincón del cuartel, donde lo habían golpeado hasta arrancarle los dientes, y luego la vida, pero jamás confesión alguna, Raúl Gómez García recitaba como en un rezo aquel poema que le hizo a Martí: 

Maestro, bajo tu frente enorme,
En la profundidad perenne de tus sueños
Se vislumbra el recuerdo de tus luchas de hombres;
Y en la angustia callada de este pueblo que es tuyo
Hay mil gemidos juntos clamándote en silencio,

Porque es solo tu alma quien nos puede salvar
(...) 

El poeta del Moncada pudo morir o no con un verso en los labios. Los historiadores hoy no pueden confirmar que haya sido exactamente así. Los poquísimos testigos que sobrevivieron a los hechos, tampoco lo recuerdan. No es lo más importante. Lo que nadie duda es que tuvo el raro privilegio de morir como quería. 

AMAR A LO INMENSO 

Raúl llevaba dentro un amor tan grande, que no le alcanzaba el corazón para cargar tanto peso, por eso desde niño comenzó a escribir sus sentimientos: es la fórmula que idearon los poetas para compartir con los demás la dicha de amar a lo inmenso. 

A lo largo de los únicos 24 años que pudo vivir, Gómez García tuvo varias relaciones amorosas intensas, y a todas fue regalando poemas, como si en cada una tuviera la necesidad de dejar un pedazo de sí mismo. 

Dicen que amó, de las primeras, a una muchacha negra allá en su Güines querido, y que los prejuicios raciales de entonces se interpusieron a la relación. Sobre ella escribió más tarde, con ese estilo suyo donde la prosa se confunde con la poesía: 

Aún el borde grueso de los años amontonados no ha hecho olvidar aquellos ojos negros rebeldes, aquel talle divino, aquel busto erguido en toda la suprema ensoñación, aquellas pequeñas manitas de ensueño, aquella piel trigueña... motivos todos ellos del nacimiento de mi Gran Amor (... )

Corrí a ella, juvenil y tierno con el más puro y grande de los amores (...) Fui a ella loco, emocionado, ardiente, enfebrecido..... Pero nada bastó. 

Cuenta Erasmo Moreira, uno de sus mejores amigos, que tiempo después Raúl se enamoró profundamente de una mujer casada, y por absoluto respeto, aún por encima de sus inquietos y grandes anhelos, jamás intentó seducirla. Una vez más lanzó sus frustraciones al papel: 

(...)¡Cuánto amor estrellado contra las murallas de la prohibición...! (...) Cuando la furia del corazón es impotente a las Leyes de Hombres... Cuando la fuerza del alma se exalta inútil contra la Moral reguladora..... Cuando como en un purgatorio, debemos espiar nuestras intenciones furtivas condenadas por demasiado fuertes, entonces el poema brotado adquiere nueva vida. (...) 

De esos amores tempranos y tempestuosos, amores prohibidos y logrados, se conservan muchos poemas. He aquí estos versos de uno de ellos: 

Déjame que te sueñe... Déjame que te adore...
Si tu beso aún no es mío... Si me vedan tus labios,
Si no pueden mis manos acariciar las tuyas,
Si es mi condena verte sin ser míos tus ojos...
Déjame que te sueñe con mi loco querer............!!!!!!

Raúl hacía planes para casarse cuando fue asesinado en el Moncada. Edita Buesa era el nombre de la novia, una trigueña bella y esbelta, sobrina de un famoso poeta, y profesora del Colegio Baldor, donde él también impartió clases, y fue expulsado por sus actividades revolucionarias.  

A ella dedicó muchos de los poemas más conocidos, que han sido recogidos en revistas, periódicos y en un trío de libros ya viejos. Son poemas de inmensa ternura, que denotan una relación madura y profunda: 

Para decirte todo no hay que decirte mucho
Es mejor que palpites en lo hondo de mi alma,
Es mejor que te sienta en cada luz del mundo
Y te vea en las sombras de la noche callada.

(...) 

Sin embargo, fueron tres los más grandes amores del poeta: Virginia, Liliam y Cuba. 

EL VALOR DE UNA MADRE 

Virginia García Batista, la mujer que le dio la vida, y gracias a la cual Raúl supo aquilatar cada minuto de su corta existencia, parecía haber nacido con esa imagen de viejecita flaca hasta los huesos, menuda dentro de su impecable traje blanco, el pelo recogido en un moño de cebolla, y una profunda mirada gris, que impresionaba a todos los que le conocieron.  

Virginia enviudó cuando Raúl tenía apenas nueve años, y se vio obligada a criar prácticamente sola a sus seis hijos: tres hembras y tres varones, uno de los cuales sufrió de demencia desde muy temprana edad.  

A fuerza de tesón y voluntad, logró constituir un hogar de donde nunca salió la pobreza, pero jamás entró la deshonra.  

El poema Mi querida viejita, que Raúl le dedicó por el día de las madres de 1951, la define nítidamente: 

Si en la quietud de vida que tú llevas
Y en la amplia pesadumbre que te alberga
Acaso no comprendes los tesoros,
Los alientos purísimos y afables
De seis hijos de amor que te veneran (...)

Si todas las inquietas amarguras
Que con ánimo cruel tu vida asedian
Acaso te convierten en huraña
Habiendo sido siempre rosa tierna
(...)
 

Un día de 1976, a los 98 años, Virginia marchó tranquila de este mundo, con la certeza de haber hecho todo lo posible, y hasta lo imposible, porque nadie nunca ―y menos ella― llorara la pérdida atroz del menor y más mimado de sus hijos. 

Segura de que Raúl había muerto como quería, para ella, como para todos los cubanos, el Veintiséis era (es) «el día más alegre de la historia». 

LA PATRIA EN LAS VENAS DE UN MARTIANO 

Las raíces del poeta estaban profundas en el habanero poblado de Güines. Es en esas tierras del Mayabeque donde el padre de Virginia García colaboró con las huestes mambisas que operaban por la zona. Allí escuchó ella hablar por primera vez de la bandera de las cinco franjas y del triángulo con la estrella solitaria, de la lucha por la independencia.  

Fue en ese ambiente donde Virginia crió a sus muchachos. Desde muy pequeños conocieron de la vida y las hazañas de aquellos hombres imprescindibles como Agramonte, Maceo, Gómez y Martí. Sin embargo, ninguno como Raúl fue tan influenciado, desde la niñez misma, por el ejemplo de los mártires y las enseñanzas del Apóstol. 

«Mamá, yo quiero ser como Martí», le dijo un día a Virginia aquel pequeñín, el mismo que, sin que nadie se lo indicara, recortó una fotografía del Maestro, de alguna revista o periódico, la puso dentro del marco de un viejo retrato, que colocó luego en un lugar de preferencia, y la acompañó siempre con una rosa blanca. 

Fue más tarde, en sus estudios en la escuela Primaria Superior, «José de la Luz y Caballero», en el propio Güines, donde el pequeño Raúl encontró a aquel que llamaría luego, con toda razón, su guía y padre espiritual: el maestro Valentín Cuesta Jiménez, un hombre de basta cultura y profundos sentimientos martianos. 

Como Martí tuvo a su Mendive, el Poeta del Moncada se nutrió de la sabia patriótica de Cuesta. 

A los 15 años, el 27 de enero de 1944, víspera del natalicio de Martí, Raúl escribe el primero de sus poemas dedicados al Apóstol: 

La emoción cunde el espíritu
Se ven, el ramillete sano y nuevo
Que alegra y ufana nuestra alma
Se ven niños que en un sereno ruego
A Martí depositan lindas flores
Hermosas, dulces; henchidos de amores.
(...)
 

El reclamo del Centenario es la más completa y conocida poesía de las escritas por Raúl al Héroe Nacional, pero hay otra, Apología al Maestro, sin fecha, igualmente impactante: 

Conmuévase la tierra.
Se hablará de la frente más distinguida y alta
Del pensamiento claro de un paladín de ideas
(...)

Se va a hablar del maestro...
Del patriota que insigne nos ofreció su muerte
En aras de una ardiente y eterna libertad;
Se hablará del poeta que navegó sin suerte,
Del filósofo adusto que fundió el pensamiento
Mil y una realidades de amor y verdad.

(...)

UNA CARTA Y LA «SINFONÍA SENSUAL» 

Desconocido para casi todo el mundo, es que la más bella y profunda relación amorosa del poeta del Moncada, ocurrió entre 1951 y 1952, y tuvo como protagonista a una hermosa y grácil muchacha de ojos azules. A ella dedicó Raúl mucho de lo mejor de su poesía y su epístola. 

Liliam Llerena ya era actriz en un grupo de teatro de aficionados de la Universidad de La Habana, cuando conoció a Raúl a finales de los cuarenta, y siguió actuando entre las tablas, y para la televisión cubana, casi hasta su muerte, ocurrida en la pasada década del noventa.  

Se casó mucho después de la desaparición de Gómez García, y tuvo dos hijos de aquel matrimonio que finalmente no resultó. A pesar de ello, y de no haber sido la última novia del poeta, Liliam llevó toda su vida, en la cartera, una foto de Raúl, por lo cual el esposo siempre le reprochó que ella viviera enamorada de un fantasma.  

Pasados más de cuarenta años después de aquel noviazgo, Liliam conservaba además, como el mayor de sus tesoros, todos los poemas y cartas que Raúl le había escrito. Solo a sus más cercanos e íntimos amigos acostumbraba a leer aquellos papeles amarillos, algunos escritos a mano y otros a máquina, que guardaba amarrados con una cinta dentro de un cofrecito: «Cuando yo muera irán para un museo», afirmó más de una vez, y finalmente, al saberse gravemente enferma, cumplió su palabra. 

Tan hermosas como los poemas, son las cartas de Raúl a Liliam. Increíblemente, muchas de ellas fueron escritas de madrugada, en los pocos momentos de ocio que le dejaba ya la lucha revolucionaria. Otras veces, las escribía minutos después de haber estado los dos juntos. Eran cartas que iban de un lado a otro de la misma ciudad donde vivían. Cartas de amor por sus dos amores compartidos: Liliam y la patria que sufría. 

He aquí algunos fragmentos inéditos:  

...Jamás mujer alguna ha vivido en mi adentro más pura, más honda y más perenne!!! Jamás he visto algo más sincero y noble, más seguro de mi mismo... más dulce y verdadero... 

...Cuando la agitación externa e interna me ahoga el pecho y el corazón salta de júbilo o se duele de contrariedad, hay siempre la esperanza de volver a ver, en paisaje de sueños nuevos, tus ojos azules, tus manos lánguidas, tu rostro sutil. Se va aletargándose en mí el hombre de principios y de ideas y va naciendo el hombre de pasiones fuertes, de remansos dulces y de caricias perennes... 

...La nostalgia de este destierro del deber y del gusto y el regocijo de un buen cubano solo representa la separación forzosa que me aleja de ti y de lo que representas en mi vida interna. Sin ello no puedo vivir... pero no sabría vivir tampoco sin servir a mi patria y ser útil en la tarea de engrandecerla y dignificarla... 

...Tocaré el papel de la visión patria, que es sentirte... Miraré a mi adentro, que es verte... me besaré el alma, que es besarte... 

Pero es sobre todo una de esas cartas, la que dibuja claramente al hombre que fue Raúl Gómez García, y también da una idea casi completa de aquella relación idílica, que muchos jóvenes de hoy piensan que solo puede ser fruto de la ficción. Fue escrita en La Habana, el 2 de junio de 1952. Dicen algunos fragmentos: 

Mi Querida Liliam: 

Hace mucho tiempo que no escribo una carta de amor..., ahora lo hago con gusto...,  con el placer que tiene siempre el perfume nuevo, con la feliz realidad que cunde siempre el alma al contemplar de cerca un buen paisaje. Estos días «de prisa» no son un martirio... son un sendero. Evitarlo, sería perdernos en la bruma de la tarde sin hallar objetivo primordial. Nadie quiere evitarlo..., ni tu, ni yo (...)

Veo que aún puedo confiar en ti... y que aún mi apagado corazón puede vibrar de amor (...)

Tú eres una mujer compleja... quizás la más compleja de todas las que han vivido un tiempo de su vida junto a mi, por ser la más inteligente. Yo soy algo complejo también. He visto que muchas veces no nos entendemos y, sin embargo, nos amamos. Los dos somos orgullosos y egoístas y soñadores (...)

Estoy viviendo estos días como de fiesta en mi interior, como un regocijo sano de ver como se empieza a cumplir la meta de mi vida. Esta alegría debe ser tuya también... es la alegría sincera del que ama el sacrificio por un ideal justo y por «la dignidad plena del hombre».

Estoy pasando estos días con humo de holocausto en las entrañas y con fiebre de fe entre las pupilas. Veo venir un cielo azul- rojizo a la Patria que siento... pero veo también un porvenir seguro para el hijo de hoy. Siento que las fuerzas del mal están triunfando... pero estoy seguro que no vencerán más. El sacrificio no es inútil, aunque tal vez sea intangible. ¡Pobre del hombre que no sepa construir..., alzar...., sembrar...! ¡Está vacío! Prefiero estar muerto a estar vacío de ideal. Prefiero «verme muerto a verme vil».

Y así... te hubiera hablado esta noche y todas las noches. Y te tendría a mi lado siempre y aspiro a que la ruta emprendida contigo no se trastoque en el meandro de una noche (...)

Tu corazón me pertenece y no lo podrás entregar más. El mío, que es pequeño... pero que lleva dentro un manojo de anhelos, late para ti en esta noche silenciosa queriéndote buscar. Te sueño en nuestro hogar (...)

¡Sublime torbellino del amor!! Te necesito sí. Mentiría si no te lo dijera. Necesito tenerte entretejida en las fibras de esperanza que retiene mi ser... necesito volver a buscarte para darte un «buen beso» y decirte con él todo lo que tengo para ti de quieto, dulce, melancólico y triste. Reír contigo es para mí reír. Reír yo solo es para mí: llorar!!

No he escrito una carta de amor. He escrito una carta sincera... Créeme. Si la lucha ante el sol me endurece la voz para ti, si la fiebre de tener un mañana me devora mi Hoy... si la esperanza de vivir en calma me consume en el torrente intranquilo... Tú eres mi Hoy y mi mañana... mi calma... mi última y más distinguida meta...: mi Felicidad!!

Sabes que estoy triste por ti... estoy contento de mí... Ponme contento de ti dejándome saber que quieres hacerme feliz.

Te quiere:

                               Tu Raúl. 

Jorge Gómez, el director del Grupo Moncada, y el sobrino que más de cerca siguió los pasos intelectuales del poeta, recordaba recientemente sobre un peculiar encuentro que sostuvo con Haydée Santamaría, compañera de lucha de Raúl, hasta el último combate en el hospital Saturnino Lora. En aquel intercambio casi familiar, la Heroína del Moncada le confesaba su dolor incurable por el asesinato de aquellos jóvenes, como su hermano Abel y su novio Boris Luis Santa Coloma, muchos de los cuales no habían tenido tiempo siquiera para conocer los secretos del amor en toda su plenitud.  

Entre los poemas inéditos entregados por Liliam Llerena a la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado, hay uno hermosísimo que parece demostrar que Raúl Gómez García no fue arrancado de este mundo sin conocer los placeres del sexo. Lo escribió el 14 de septiembre de 1951, y lo tituló «SINFONÍA SENSUAL». Dicen así sus versos finales: 

(...)
El hombre que late en mis venas,
El hombre que vive y que sueña,
El dolor angustiado y fecundo de tenerte en la sombra potente...,
Se agolpó entre mis manos,
Mi sueño, mi carne, mi frente...

Y un rigor insensible nos trajo la fe pasional.

Y te estrujé tus labios...
Y te estreché en mis brazos...
Y te sentí la curva superior de tus senos...
Y te viví las formas más puras de tu cuerpo...
Y me adentré en tu oído con mi adentro sin mancha...
Y me apunté en la senda sin final de tu entraña......!!!
Los minutos vividos... Esos que ya no vuelven...
Quedan en el recuerdo, en mi alma..., en mi sangre...,
Y en tu frente de pura por siempre quedarán;
La sinfonía sentida en lo hondo del sexo
Como la inerte gama de un emotivo nexo,
Nos llevará la vida hasta la eternidad.

Liliam murió prácticamente sola de familia. A ella debemos agradecer siempre, además de su arte, el haber conservado y dejado para las actuales y futuras generaciones el testimonio vivo del amor inigualable que compartió con Raúl Gómez García.  

AL COMBATE... 

Si unos versos resumen el mayor y más definitivo amor del poeta, son aquellos que componen el poema inconcluso Ya estamos en combate, escrito vísperas del asalto al Moncada, entre el 17 y el propio 26 de julio de 1953, y recitado por él en la Granjita Siboney, momentos antes de partir al encuentro con la historia.

Gerardo Sosa, asaltante del Moncada, que viajó con Gómez García en el último tramo de su recorrido hacia Santiago de Cuba, recordó hace muy poco, en una entrevista, que Raúl les pedía a todos los que iban con él en el carro, que «tararearan» aquellos versos. Fue el verbo exacto que utilizó al rememorar ahora los momentos tan intensamente vividos cincuenta años atrás. 

¿Pudiera acaso suponerse que el Poeta de la Generación del Centenario compuso su último poema pensando en un himno, en una especie de continuación o respuesta a aquella conocida estrofa que nos invita: Al combate corred bayameses...? 

Difícil sería saberlo. En todo caso, iría a formar parte también de esa leyenda de amor infinito que es el Asalto al Moncada.

FUENTES UTILIZADAS: 

Escritos y Poemas Raúl Gómez García, Editorial de Arte y Literatura, julio 1973. 

Documentos Originales, Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado.
 

YA ESTAMOS EN COMBATE

Ya estamos en combate
por defender la idea de todos los que han muerto
para arrojar a los malos del histórico templo
por el heroico gesto de Maceo
por la dulce memoria de Martí. 

En nuestra sangre hierve el hado azaroso
De las generaciones que todo lo brindaron,
En nuestros brazos se alzan los sueños clamorosos
Que vibran en el alma superior del cubano. 

Ya estamos en combate
en nombre de las madres y de los hijos de nuestra tierra heroica
en nombre del honor y del decoro que construyó su historia
por la estrofa magnífica del himno

«que morir por la patria es vivir»
.
 

La libertad anida en los pechos de los que viven hombres
y por verla en la estrella solitaria es un honor luchar
A la Generación del Centenario le caben los honores
de construir la patria que soñara el maestro inmortal. 

Ya estamos en combate... ¡Adelante!
Adelante hasta el nido supremo de la gloria
la república digna y decorosa
que fue el último anhelo de Chibás

No importa que en la lucha caigan más héroes dignos
serán más culpa y fango para el fiero tirano.
Cuando se ama a la Patria como un hermoso símbolo
Si no se tiene armas, se pelea con las manos. 

Ya estamos en combate... ¡Adelante!
De nuestra lucha heroica depende la Cuba verdadera
La de la furia loca de Gómez y Agramonte
La de la lucha pura de Mella y de Guiteras...

Adelante cubanos... ¡Adelante! 

Por nuestro honor de hombres, ya estamos en combate
Pongamos en ridículo la actitud egoísta del tirano
luchemos hoy o nunca por una Cuba sin esclavos
sintamos en lo hondo la sed enfebrecida de la Patria

Pongamos en lo alto del Turquino la Estrella Solitaria.


© La Jiribilla.
La Habana. 2003
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