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YO
NUNCA PIENSO QUE ME TENGO QUE MORIR
Los últimos años del siglo pasado y los
que pudo vivir del presente milenio, fueron para
Repilado un período de constantes presentaciones en los
más increíbles lugares del mundo.
Nada de esto privó al artista de seguir brindando su
sencilla amistad a quienes tuvimos el privilegio de
tratarle. La fama no le cegó la capacidad de agradecer.
Cada vez que me lo encontraba compartiendo con
personalidades cubanas o extranjeras que no me conocían,
lo primero que decía era:
Él fue quien me llevó a Europa las
primeras veces.
Bladimir Zamora Céspedes
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La Habana
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El día que me dejaron ir por primera vez a la tienda de
los Menéndez, a comprarme uno de aquellos paniqueques
que hacía Pedro Barrios, me encontré con Armelio
—viejo amigo de la familia— tamborileando sobre el
mostrador de caoba pulido por los años y cantándole a su
vaso de ron una canción desconocida para mí entonces
—como casi todas— de la que logré llevarme para la casa
el estribillo: Cuando muera yo, cuando muera yo, /
Clarabella quién me llorará...
Regresé a la casa repitiendo esa pregunta y mi abuela me
dijo: ¿Qué haces tú con esa canción de viejos en la
boca? Al yo querer saber, por qué me decía aquello, me
contó que se trataba de un bolero que interpretaba el
Dúo Los Compadres. Aunque no me dijo quiénes lo
integraban, esa fue la primera referencia que yo tuve,
al inicio de los años sesenta de Compay Segundo.
Crecí, anduve por escuelas y vine de mi pueblo oriental
y ya Los Compadres que vi y escuché no eran los mismos a
los que se refería mi abuela, o no eran totalmente los
mismos.
Al fin logré saber que originalmente la agrupación
estuvo integrada por Francisco Repilado y Lorenzo
Hierrezuelo. Y que cada uno de ellos se hacía llamar
Compay Primo (Lorenzo) y Compay Segundo (Repilado), por
las voces que hacían en la agrupación. Un poco después
pude escuchar en una vieja placa, aquellos primeros
Compadres y me quedé maravillado por el acople de las
voces de aquellos trovadores soneros y por la gracia con
la cual hablaban del mundo de monte adentro, de las
peripecias del hombre de campo oriental y de su modo de
definir el entorno. También disfruté los nuevos
Compadres, ahora integrados por el mismo Lorenzo y su
hermano Reinaldo, pero nadie me sabía decir qué hacía,
ni donde estaba Francisco Repilado.
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El
original dúo los compadres: Lorenzo Hierrezuelo y
Francisco Repilado (Compay Segundo) una tarde en
Santa Cruz del Norte
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En el otoño de 1993 Jesús Cosano, de la Fundación Luis
Cernuda de la Diputación de Sevilla, me encomendó la
coordinación de la delegación cubana, que participaría
en el Primer Encuentro entre el Son y el Flamenco. Me
pidieron que buscara cuatro de los más auténticos
grupos, entre los más viejos cultores del son
tradicional. Y me dieron libertad para que los
escogiera. Entonces empecé a indagar la situación de
algunas figuras emblemáticas. Fue así que me enteré con
Danilo Orozco que Compay Segundo estaba aquí en La
Habana y también me brindó su teléfono.
Llamé a Compay a su casa de la calle Salud y me dijo
que lo podía ver por las noches, trabajando con su
cuarteto en el Hotel Kohly. Allí me fui y los encontré
trabajando en la piscina, sin apoyo alguno de
amplificación y un aire un poco molesto. Sin embargo,
sonaban de manera impresionante. No había dudas, estaba
ante una de las más perfectas instituciones musicales de
su género. Volví varias veces más y empecé a asistir a
los ensayos de Compay Segundo y sus Muchachos. Cuando en
julio de 1994 Repilado pisó suelo sevillano, junto a
Faustino Oramas (El Guayabero), el Conjunto Los Naranjos
y el Septeto Espirituano; ya nos habíamos hecho amigos.
Un hombre de tan avanzada edad, lleno de vitalidad, que
no había dejado esencialmente de ser joven, aunque
cargaba un pesado bulto de recuerdos y que dialogaba con
los de muchísimos menos años con pícaro sentido de la
complicidad. Él me dio la posibilidad de conocer
incontables detalles de personas y sucesos importantes
en la historia del son. Mientras compartíamos un trago
de ron y echábamos humo de sendos tabacos, que él mismo
liaba diestramente, desvanecía mis lagunas de
conocimiento, sobre el autor de tal canción, el primer
viaje de Machín a Santiago, la verdadera motivación de
muchas de sus canciones, la seducción que su música le
provocó a Mao cuando lo escuchó cantar en la mismísima
China, sus conversaciones con Matamoros en Guanabacoa...
Me sentía seguro de la actuación de las agrupaciones
elegidas, pero hasta que no vi el gozo compartido entre
los soneros y los flamencos, mientras actuaban sobre un
mismo escenario en entrañables pueblos andaluces, no me
quedé tranquilo. Todos trabajaron de forma estupenda,
pero en honor a la verdad, Compay acaparó los mayores
aplausos. Además de brindar un contundente repertorio de
su autoría, de demostrar que su cuarteto funcionaba como
un bien ajustado mecanismo de relojería; apoyado por el
buen desempeño de los restantes músicos, él no solo
impresionaba por el toque de su armónico y el despliegue
de su voz segunda, sino por la gracia inefable con la
que se movía ante el público. Ahora mismo lo estoy
viendo con su sonrisa oriunda de Siboney, cuando
arrancaban los aplausos y oyéndole decir, al tope de la
satisfacción: ¡Echaaa!
A consecuencia del éxito alcanzado en la primera
edición, me pareció justo que Compay Segundo y sus
Muchachos, volvieran a participar en el Encuentro del
Son Cubano y el Flamenco en el verano de 1995. Ya para
entonces no había misterios. En cualquiera de los sitios
en que se presentaba, era tomado como un viejo amigo.
Empezaron a interesarse por él fuera de España y se
produjo su primer viaje a Francia. En el otoño de ese
mismo año grabó en los Estudios Cinearte de Madrid una
amplia antología, con lo más significativo. La
producción artística estuvo a cargo del importante
músico español Santiago Auserón, quien tuvo la gentileza
de llamarme a trabajar en ese proyecto, como asesor de
contenidos. Un álbum doble editado y distribuido por
Warner Music, que vendió un montón de miles de copias en
Europa, Estados Unidos y países de nuestra América,
antes de que Ry Cooder realizara en La Habana su disco
Buena Vista Social Club. Por ello advierto una
vez más, que la participación de Compay en él, le da
más relevancia en la popularidad mundial, pero de ningún
modo constituye el descubrimiento del incansable
músico.
Los últimos años del siglo pasado y los que pudo vivir
del presente milenio, fueron para Repilado un período de
constantes presentaciones en los más increíbles lugares
del mundo, porque su tiempo en Cuba era escaso y la
mayoría de las veces ocupado en nuevas grabaciones,
entrevistas de la prensa, grabación de documentales y
visitas de personalidades. Nada de esto privó al artista
de seguir brindando su sencilla amistad a quienes
tuvimos el privilegio de tratarle. La fama no le cegó la
capacidad de agradecer. Cada vez que me lo encontraba
compartiendo con personalidades cubanas o extranjeras
que no me conocían, lo primero que decía era: Él fue
quien me llevó a Europa las primeras veces.
En aquella canción de Compay llamada “Clarabella”, que
siendo niño le escuché a Armelio en la tienda de los
Menéndez en Cauto del Paso, hay un verso que se me tornó
emblemático muchos años después, al hacernos amigos:
Yo nunca pienso que me tengo que morir. Por eso, la
llamada seca en la alta madrugada, anunciándome su
muerte, me rajó el tiempo en dos mitades. Llegué a la
funeraria de Calzada y K, sin saber qué hacerme con esa
realidad. Allí estaba él en el ataúd, como al final, en
el mejor de los casos, nos tendrá que ocurrir a todos,
sin embargo, todo Compay estaba allí en el rectángulo
estrecho de esas tablas. Su música, su sabiduría, su
impoluta cubanía, ya se había regado entre jóvenes,
viejecitas, militares, visitantes foráneos, obreros
recién salidos del trabajo, amas de casa que raramente
salen del hogar...todos los que estábamos allí,
mirándonos unos a otros como parientes cercanos.
Nosotros mismos, los que en medio de la pena y el
desconcierto, rompimos en un aplauso interminable en el
momento en que el cadáver dejaba la funeraria habanera
para ir a descansar en tierra santiaguera. Una ovación
que no queríamos terminar, como si el trance fuera una
broma pesada y al final pudiéramos volver a componernos
el ánimo, cuando Compay sacara al aire su sombrero para
volver a saludarnos.
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