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EE.UU.:
el problema eres tú, no el espejo
Víctor C.
Martínez
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La Habana
La
Administración Bush asegura que la creciente oposición a
su patrón de dominación es un problema de imagen; una
dificultad en la comunicación (“a PR Problem”).
Según esta interpretación, quienes hoy se levantan
contra las imposiciones norteamericanas, “están
confundidos”, por lo que hay que influirlos para que
acepten “la Doctrina Bush“. El rechazo a los EE.UU. se
debe a que este “no ha podido contar su historia”.
EE.UU. no admite rivales a su esquema ideológico. Según
la Estrategia de Seguridad Nacional de George W. Bush,
“la gran batalla del siglo XX entre libertad y
totalitarismo concluyó con una decisiva victoria
para las fuerzas de la libertad —y en un único modelo
sustentable para el éxito nacional”
Este único modelo se factura en Washington y quienes no
lo defiendan o compartan son “enemigos de la paz”. Por
lo tanto, solo donde haya gobiernos aliados a los EE.UU.
o un sistema que este certifique como el “único modelo
sustentable”, habrá garantías de seguridad, estabilidad
y paz. La Doctrina únicamente es flexible para ajustarse
a los intereses del gran capital: tolera un sistema
diferente si el Gobierno es un aliado.
En
virtud de esta Doctrina, hoy es posible que una oscura
reunión en la Oficina Oval con la asistencia de seis
personas, decida terminar con siglos de Derecho
Internacional. Una decisión imperial acaba de un plumazo
con el tratado que en Westfalia dio origen al sistema
internacional moderno, en particular con el principio de
la soberanía de los Estados y nos retrotrae al de la
soberanía de los Reyes.
EE.UU. va a “actuar contra tales amenazas emergentes
antes de que se hayan formado totalmente”. Este axioma
parece tomado de un manual de práctica médica
preventiva. Una suerte de anticonceptivos y vacunas,
aunque aquí prevención significa, derrocar un Gobierno
popularmente electo; asesinar un líder político;
exterminar una población; bombardear quirúrgicamente una
ciudad.
Aquellos “impíos” que osen cuestionar la práctica
norteamericana, necesitan ser silenciados o convertidos.
Y solo hay dos caminos: la acción (la guerra) o la
manipulación (la guerra de imágenes).
Un
producto vencido todavía en el mercado
Cuando en febrero de 2002, se divulgó que una nueva
estructura en el Departamento de Defensa manipularía
noticias para influir en audiencias extranjeras, se
desató tal polémica que la Administración dijo
descartaría esa opción. ¿Pero realmente se desechó?
Parece que fue más fácil acudir a una de las ya
existentes oficinas secretas o con vínculos cuasi-secretos,
insertadas en la tenebrosa comunidad de inteligencia
norteamericana, antes de instalar una nueva estructura.
EE.UU. echó mano a una de sus innegables improntas en la
historia: vender un producto. Llamó a la exitosa
vendedora de Uncle’s Ben Rice, Charlotte Beers,
para que hiciera con la política exterior
norteamericana, lo que consiguió con el arroz.
En
octubre de 2001, la señora Beers, promotora de ventas
con un historial en el mundo de los negocios, quien
además de alimentos vendió ordenadores IBM, asumió con
entusiasmo infantil el cargo de Subsecretaria de Estado
para las Diplomacia Pública. Su tarea parecía fácil: con
dinero compraría audiencias y pensamientos.
El
Secretario de Estado declaró que “no hay nada malo con
traer a alguien que sepa vender algo. Estamos vendiendo
un producto. Necesitamos alguien que ponga un nuevo
sello a la política exterior norteamericana, que cambie
la diplomacia”.
Beers tomó 15 millones de dólares para comprar espacios
de Televisión en "audiencias hostiles". Consiguió
presentarlos en Paquistán, Malasia, Indonesia, Kuwait y
en lo que llama “televisión panárabe”, así como publicó
anuncios en la prensa del Medio Oriente. En algunos
países, la campaña fue coordinada con los Gobiernos de
los respectivos países, pero en otros, no fue aceptada.
La
campaña se centró fundamentalmente en un programa
(especie de operación de servicios especiales) llamado
“Valores compartidos”, tratando de presentar la plena
inserción en los EE.UU. de seguidores del Islam.
Preseleccionó unos rostros felices y atractivos como un
casting de Hollywood y los grabó enalteciendo las
bondades del “American Way of Life”.
La
“vendedora de rosas”, impúdicamente declaró que estas
personas “se convertirían en estrellas de cine, y
compartirían sus experiencias con la población de los
países” donde hay hostilidad hacia los EE.UU.
Después de millones gastados, varios sondeos de opinión
determinaron que la percepción sobre los EE.UU. en
poblaciones islámicas no había cambiado. Seguían siendo
vistos como el principal enemigo de la fe y la moral
islámica.
El
producto de Beers no se vende
El
pragmatismo desbordado, que provoca vicios como comprar
las conciencias, es difícil de aceptar, desde una
perspectiva histórica celosamente guiada por el honor.
El
problema de los EE.UU. no es que no “haya podido contar
su historia”; de hecho cree que el único modo de
pacificar el mundo es adaptarlo a sus instituciones, a
su historia, por cierto tan corta como que toda ella
junta dura menos que 10 de las 14 dinastías que han
gobernado China. El asunto es que ha contagiado a tanta
gente con el modo de vida norteamericano, (el llamado
“soft power”), que ha generado traiciones y falsas
expectativas.
En
marzo de 2003, tras dos años inventando un mensaje
moderno para una doctrina de las cavernas, Mrs. Beers
renunció. |