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EL CASO ROSENBERG
 
Ignacio Ramonet|
Francia

Hace 50 años, el 19 de junio de 1953, los esposos Ethel y Julius Rosenberg fueron ejecutados en la silla eléctrica de la siniestra cárcel de Sing Sing, en el estado de Nueva York. Para el mundo, ese día representa el momento en que se materializó uno de los más escandalosos actos de injusticia de la guerra fría. Los Rosenberg habían sido arrestados por el FBI y acusados de conspiración, en el verano de 1950, por cometer actos de espionaje al servicio de la Unión Soviética y de revelar el secreto de la bomba atómica a ese país. El 15 de abril de 1951, el juez Kaufman declaró que sus «actos eran más graves que un asesinato» y los condenó a muerte.

Fuera de la Casa Blanca, en Washington, pequeños grupos de manifestantes portaban feroces pancartas que rezaban: "¡Muerte a las ratas comunistas!". Pero a unos 50 km. al sur, en la Union Square de Nueva York, una multitud de miles de personas se reunió para pedir clemencia. Stalin acababa de morir en marzo de 1953, y para millones de personas la Unión Soviética era aún la patria del socialismo, el país que a costa de pérdidas humanas infinitas había hecho posible la victoria sobre el nazismo.

Jean Paul Sartre consideró la ejecución de los Rosenberg como "un linchamiento legal que mancha de sangre a todo un país". En Francia, en Italia, en Alemania, en la URSS, en América latina, en el mundo entero, se movilizaron millones de personas. Obreros, estudiantes, intelectuales, científicos como Einstein o artistas como Picasso gritaron: ¡Salvad a los Rosenberg! Hasta el equívoco papa Pío XII solicitó clemencia. Pero de nada sirvió. Eisenhower se mostro inflexible. Michael y Robert, los dos hijos del matrimonio, de siete y diez años respectivamente, quedaron separados de sus padres para siempre. Ni el reclamo internacional, ni los llantos de estos niños pudieron impedir que el 19 de junio de 1953, los Rosenberg fueran víctimas expiatorias de la «caza de brujas», los únicos estadounidenses condenados a muerte y ejecutados por espionaje en tiempos de paz.

En los documentos del FBI desclasificados en los años 1970 se demostró que el juicio había sido falseado, y que si Julius Rosenberg había podido tener alguna relación con una red de espionaje en favor de la Union Soviética (lo que no merecía la pena capital), su esposa Ethel era totalmente inocente.

Pero el cuadro político mundial existente en 1953 era muy complicado e inseguro para el gobierno de Washington. El 28 de agosto de 1948, la Unión Soviética había experimentado su primera bomba atómica, rompiendo así el monopolio norteamericano de esa arma. El 1 de octubre de 1949 triunfó la revolución comunista en China, instaurando el socialismo en ese país. En junio de 1950 estalló la guerra en Corea en la cual se involucró por completo Estados Unidos, cuyas fuerzas armadas combatieron directamente contra los chinos de Mao Zedong e, indirectamente, contra los soviéticos. En aquellos años imperaba en Estados Unidos un ambiente de histeria y de odio hacia los comunistas, como el que existe ahora hacia los árabes.

Los Rosenberg formaban una pareja nacida en el seno de familias judías pobres en Nueva York, en los medios obreros del barrio Lower East Side. Julius, en 1918, y Ethel, en 1915. Se hicieron comunistas en los años 1930. Y siempre sintieron una simpatía particular por la España republicana. En 1936, los Rosenberg participaron en muchas iniciativas de solidaridad con la República española. Ya en la cárcel, en vísperas de su ejecución, Julius proclama en una carta a Ethel su voluntad de seguir luchando y escribe "¡No pasarán!", en castellano, recordando el lema republicano de la guerra civil. En otra declara su repulsa por las negociaciones del gobierno de Eisenhower con la dictadura española y se pregunta cómo los Estados Unidos pueden aliarse con Franco "para defender la democracia". En la correspondencia recuerda su solidaridad con España, rememora una manifestación en Manhattan, en Times Square, en la que cantaron canciones y en la que ambos sostenían la bandera republicana española.

En la última carta que escribió Ethel Rosenberg antes de ser conducida a la silla eléctrica, mostró su convicción de que ella y su marido eran "las primeras víctimas del fascismo norteamericano". Su último deseo es que cuidaran de sus hijos, y añadía:"No estoy sola, y muero con honor y dignidad, sabiendo que mi esposo y yo seremos reivindicados por la historia".

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