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El cuento de La Jiribilla

Ya llegará el día del cazador

D
avid Mitrani

Ricardo, mancebo crecido, delgado y rubio, aficionado al basketball, quiere conquistar a joven de pelo castaño, mayúsculas tetas, caderas estrechas pero nalgas paraditas, boca ancha de labios carnosos, ojos verdes y grandes, que se llama Ilka y siente inclinación por la música pop, por cantantes al estilo de Ricky Martin, de quien tiene un afiche pegado en la pared del cuarto y cada noche lo mira y se esmera en soñar con él. A veces, mirándolo, la mencionada Ilka se toca las mencionadas tetas y se palpa el vientre, todo por encima de la ropa, pero cuando ha pasado un rato, se va encuerando, oyendo entonces la voz de Ricky y sintiendo las manos propias como manos de varón sobre su sexo encharcado, dejando luego de mirar hacia la foto inmóvil, dejándose arrastrar por la imagen sabrosa hasta el final. Después permanece acostada, con algunos vestigios de Ricky: una mano cálida acariciando la espalda, una velluda pierna enredada con la suya, y todavía la voz que no se ha ido y dice su nombre:

—Ilka,

con melodía casi, y besándole el cuello:

—Te amo, pequeña.

Ilka es una deformación del nombre bíblico Milca. Ella lo sabe y cree que anuncia una extraña predestinación, que no por gusto tiene similitud fónica con el de Ricky, que no por gusto, con más razón, fue extraído de un libro sagrado. Por su parte, el joven que desea a Ilka con esa sed con que desean los adolescentes, es Ricardo, y cree a su vez que no por gusto él se nombra como el famoso cantante, que no por gusto la gente, incluso ella, también le llama Ricky.

Sólo hay un detalle incongruente. Si Ricardo es alto, rubio, atlético, ¿por qué no puede conquistar a Ilka? No habría razón convincente para distanciar a dos jóvenes hermosos. Sin embargo, Ricardo no es precisamente atlético, con toda la carga de frivolidad que significa la locución, sino más bien un muchacho hábil, que sí, practica basketball, pero no es una promesa para este deporte ni nada que se le parezca. Su talento reside en una modalidad vacua, absurda, ridícula. Él, ingenuamente, espera algún día ser alguien relevante, por eso Ilka resulta inalcanzable, y pocas veces tiene Ricardo la posibilidad de conversar con ella sin que la palabra se le atragante. Para Ilka, él es un muchacho bello, pero estúpido, que siempre está exponiendo su dotes de inmundo cazador ante el resto de los varones, entre los que se destaca su compinche y admirador, Pacolo. Este último, con su irresistible barroquismo existencial, con su cabeza de medusa, también es un elemento fóbico para Ilka. Sí, muy desfavorable la situación para el joven, pobre evolución de la imago ante la doncella. Sin embargo, la suerte sonríe. La suerte, que para ser justos, Ricardo ha buscado tanto, viene a su encuentro. La emoción se respira por todos los rincones: en la bodega, la shopping, la iglesia, la funeraria. Porque ha venido a San Juan y Martínez, sí, señores, Ricky Martin.

El día anterior, casualmente, lo habían visto en el noticiero bailando con el presidente yuma, y el presidente se notaba tosco pero dominante, exigiendo una alta consideración porque él también era una figura, él también, qué carajo, tenía que cuidar su imagen. Así y todo, deslucía el presidente, se veía impostado, demagogo, muy sajón él. En cambio, Ricky, para qué contarlo, puro carisma, puro brillo, y ha venido a este pueblo, sin pena se ha bajado de un viejo automóvil, sin pena con su jean desteñido y su gorra, modesto, chévere; y allí están los jóvenes sanjuaneros poniendo su música a todo meter para que sepa Ricky quiénes son sus verdaderos fans, invencibles bajo el sol que raja las piedras, para que sepa quiénes lo quieren, lo admiran, que Cuba y Puerto Rico son de un pájaro las dos alas; allí sus últimas canciones para que sepa que los guajiros no son ni tan guajiros ni tan comebolas como creen en La Habana, que hasta en el culo del perro se escucha: Tú y yo, Alé, Alé, Alé.

Ricardo permanece sentado sobre un muro, a su izquierda Ilka, a su derecha Pacolo. Los tres esperan por Ricky. Mucha gente pasa, preguntan cuál es el barullo, desconocen las canciones del boricua, pero se quedan por curiosidad, tarareando contentos Alé, Alé, Alé a dúo con la grabadora; quieren verle un poco, aunque sea salir de la casa y meterse en el carro, aunque sea un pedazo de la gorra, medio brazo, una pierna. Todos, hasta —quién lo iba a decir— la culta del pueblo, la flacucha de la biblioteca, que Alé, Alé, Alé no le cuadra, y siempre está oyendo a un tal Sabina, y antes escuchó a Pablo Milanés, y antes, antes, cuando todavía Ricky no era Ricky, escuchó a Serrat, y ya ven, está ahí, doblegada, arrebatada por verlo. Ha picado alto y hondo Ricky. Las mujeres hablan de él con escandaloso brillo en los ojos, hasta en las más ancianas parece despertarse cierto arcano gusto. El propio Pacolo, enfermo al soul, a cantantes del año de la corneta, que hace tres días confesó: "Ricky es un mojón envuelto en celofán" y explicó no se qué de los mitos y la sublimación de la mierda, permanece ahí, guitarra en ristre, listo para cantar y rendir tributo. Él dice que no, que está por hacerle la media a Ricardo, pero es mentira, cada vez que abren la puerta se le van los ojos para adentro, ansioso por encontrar a la estrella. Únicamente a Ricardo no le interesa Ricky, ni Alé, Alé, Alé, ni nada de este pueblo, fuera, claro está, de Ilka. Ella, ansiosa, tampoco abandona su puesto al lado de él, ni aparta la mirada de donde está el famoso cantante. Está vestida adecuadamente. Lleva una blusa elástica, especie de sostén al que los modistas han bautizado con el nombre de tope, que tiene impreso un close up de Ricky. La cara impresa, por supuesto, se ensancha de tal manera ante la prominencia pujante de los senos adolescentes, que recuerda por momentos el rostro de Luciano Pavarotti. Hace un rato ella deslizó una nota por debajo de la puerta confesándole al cantante: "Me gustaría conocerte, me llamo Ilka". Pero el hombre no asoma la cara. Seguro, cuando se encuentren, todo va a ser distinto. Ilka se sabe hermosa, y no es para menos, con tales curvas y tales ojos y tal pelo; por eso anda detrás de ella el cazador y Pacolo le advierte:

—Déjala, es mucho para ti,

pero él no ceja en su empeño, con ella hasta el fin del mundo, algún día sabrán quién es él, y entonces todas:

—Ay, papi, mira que tú estás bueno,

y él sólo tendrá ojos para Ilka, la mujer soñada. Ricardo puede cazar hasta cinco presas de un solo intento. Un caso raro. Su padre, antes de morir, negoció con el gobierno las tierras y le aconsejó al hijo que dejara el campo y se largara a La Habana, pero el hijo no cree importante convertirse en capitalino. El viejo también le enseñó a cazar, sólo lo hizo por un deber, por cumplir una tradición secular que de padre a hijo se ha transmitido como tesoro preciado que, a la vez, nadie cree útil. El propio viejo solía decir: "Es una estupidez" y, cierto, fuera de Ricardo, imposible convencer a alguien de que no lo sea. Más bien es un hobby repulsivo; y arte, lo que se llama arte, nunca será. Tal vez podría aventurarse en el campo de los deportes; aun así, difícil suponer cómo. Ricardo ha tratado de convencer, remitiendo al primer hombre que rebotó una pelota contra el piso para calmar su ocio, que recibió en su momento la mofa colectiva por tan estúpido entretenimiento, y mira hoy, un pacífico basquebolista es el ser más famoso y rico de un imperio y de aquí a mil años probablemente sea lo que mejor la humanidad recuerde. Entonces ¿qué? ¿vale la pena o no? Siempre esgrime Ricardo los mismos argumentos y sólo Pacolo asiente con la cabeza equinamente, no faltaría más, y agrega solidario, catedrático tufillo, que aun los dioses empezaron de la nada. Yahvé, mal llamado Jehová, fue acogido con melindres por un puñado de hebreos que Moisés sacó de Egipto —unas cuarenta y cuatro mil almas, según Jue. 5, 8—; sin embargo, mira, en la era cristiana es el dios dominante: blancos, negros, chinos creen en él ¿qué les parece? Pacolo convence porque habla con fluidez y saca referencias exactas de la Biblia, pero es ambia incondicional de Ricardo y algún tornillo también le falta o le sobra. Mira ahora, ya se lanza a cantar, ya raya con furia las cuerdas, ya le corean sus composiciones. Lleva atuendo militar con llamativas charreteras de teniente coronel, calza sandalias de cuero y tiene como pulsera la mano de Orula. Alza la voz por encima de los conversadores, y la cadencia de Louis Amstrong mana de su garganta:

Una lluvia de semen

mancha tu pelo

y salgo a salvarte del reflejo

que has de parir.

Rasga la guitarra, mueve la cabeza haciendo serpentear sus trenzas. Aplausos, primeros tragos ("que has de pariiir, que has de pariiir"), bravo, métele Pacolo, y él ya está, como quien dice, madurito, porque ha metido ron desde el amanecer,

y no soy yo quien nace

sino un silencio mortal,

mortal, mortaaal.

Coge impulso y canta, y sería trovador eterno si no llega a abrirse la puerta de la casa, si no llega a salir Tita la dulcera, y viene hasta el grupo, y cuenta cómo bailó con Ricky, que,

—Es un tipo chévere, bueno, eso ya lo sabíamos, y coreó con él Tú y yo, Alé, Alé, Alé, y ella se acordó de sus jóvenes tiempos, que,

—La gordura no impide nada, mi hijita.

—Cuenta más, Tita, ¿es lindo?

—Claro, mi hijita, un hombrazo así de este tamaño, y una cara preciosa, igualito a como es por televisión.

—Y ¿por qué no sale, Tita?

—La gente de la casa teme que lo apachurren.

Increíble pero cierto, es Ricky. Tita no dice mentiras, es tan sincera como sabrosos sus dulces. Pero que salga. Tita se va y con ella unos cuantos tracatanes pidiendo detalles: ¿cómo sonríe el tipo? ¿cómo habla? ¿cómo tiene las manos? ¿qué prendas usa? ¿cómo huele? ¿es simpático? ¿fuma? Dejen la preguntadera, ahora la meta es verlo, que salga, que lo liberen, y entonces se forma un coro que grita alto, con furia casi: "¡Ricky!" Las muchachas más alto que nadie: "¡Ricky" (histéricas) "queremos" (más satas que las gallinas) "verte!" Pacolo toma receso y, aprovechando la algarabía, se concentra en bajar el nivel de la botella de ron.

Ricardo está agradecido. Si bien le importa poco el tocayo, reconoce que gracias a él, a esa idea grande de venir a la tierra más fermosa que ojos humanos han visto, cada vez que abren la puerta de la casa, Ilka baja del muro y pega brinquitos desesperada, como si se estuviera orinando, y aprieta su mano (la de Ricardo), y él, que siente por primera vez el tacto de la novia imposible, se detiene detrás de ella, y en la confusión, le abarca la cintura, y puede oler su cabello, y puede, incluso, arrimar la percha erecta a las nalgas paraditas. Es feliz. Únicamente para cazar apartaría las manos de ella pero sólo sería por unos segundos. Error común pretender a la presa en el mismo lugar donde descansa. Por muy taimadamente que se ande, ésta levanta el vuelo antes de ser rozada siquiera. Siempre es así, aunque ella, la presa, lo ignore. De manera que habrá que anticipársele, capturarla en el aire. Su futuro está previsto, el éxito del cazador es esperarla allí. Ricardo es un maestro haciéndolo. Todos lo saben y lo admiran pero no como a un cantante famoso. Quizás, como él asegura, alguna vez ocurra. Mientras, hay que vacilar con Ricky. Enorme privilegio tenerlo a unos escasos metros, separado sólo por una puerta. Sin escándalo se podrían escuchar sus carcajadas, que el tipo debe ser un jodedor del carajo, así, como los cubanos, caribeños al fin que no tienen gandinga. Pero hay más gente que antes, y más gritos que antes, y más música. Ni siquiera se puede esperar sentado en el muro. Hay que pararse si no se quiere perder el momento en que salga. Ilka también se pone de pie y alarga el cuello hasta alcanzar un perfecto encuadre de la casa. Las muchachas, lidereadas por la flacucha, corean batiendo palmas armónicamente:

—¡Que salga Ricky! ¡Que salga Ricky!

Ricardo no aplaude, las altas grupas de Ilka hacen fácil el reposo de las manos sobre ellas. Pacolo rasga la guitarra otra vez, borracho pero inspiradísimo en noche tan especial:

Alguien juega fútbol

patea con rencor

las pelotas que yo guardé

para estar con ella, estar con ella.

Gol, Gol, Gol, Alé, Alé, Alé.

Arriba-ba, el mundo está de pie.

Quiere Pacolo sabotear la espera, hacerse notar como siempre, por eso le ordenan callar, egocéntrico de mierda, negro mono. Se abre la puerta y asoma Norge, el mismo que obró el milagro de traer a Ricky, y que hoy, para orgullo nacional y de este pueblito olvidado, es uno de sus talentosos músicos. Gracias a Dios son magníficos compañeros el cubano y el boricua y decidieron venir juntos a conocer el pueblo, donde el cubano tiró piedras y cazó lagartijas. Ahora el propio Norge mira hacia el público y anuncia:

—Váyanse ya. Ricky se fue.

—Deja que salga.

—Aquí no hay nadie, amigos míos.

—Deja que salga, cabezón.

Sonríe el hombre y vuelve a esconderse, por suerte tiene buen carácter y no repara en la chusmería de la turba. La gente pierde enseguida la compostura. A santo de qué Ricky tiene que dejarse ver como si fuera un payaso de circo. Antes estaban felices, bailando con Alé, Alé, Alé, gritando "¡Ricky!" con cariño sincero y ahora empiezan a rumorar sobre Norge. Por suerte algunos prefieren no inmiscuirse en tales intrigas, sobre todo las muchachas. La flacucha, por ejemplo, desliza otro papel por debajo de la puerta: "Anda, mi amor, déjate ver aunque sea un instante, nos morimos por ti". Parece que surte efecto el mensaje. Parece que Ricky —qué emoción— se apiada de sus admiradores. Todos escuchan cuando se descorre el cerrojo. Los corazones laten apresurados. La puerta se abre y sale, en cambio, una señora maquillada con semblante de tucán, asustada ella. Casi corriendo, saltando sus pliegues abundantes, se dirige hacia un carro destartalado y alguien murmura:

—Ese es Ricky vestido de vieja.

Grande desespero por abrazarlo: se lanzan. Tiran de los pelos del presunto travestido, pero se cierra la portezuela y la cabeza huye de tantas manos anhelantes. Acelera penosamente el auto y grazna el agredido como un mirlo. Ricardo tomando de la mano a Ilka, la saca del tumulto:

—Vamos, tengo una idea.

—¿Cuál?

—Te digo después,

montan la bicicleta. Ilka, detrás, acaricia el abdomen del ciclista. Ya empieza la madrugada. Ella cree inicialmente que Ricardo intenta darle alcance al viejo automóvil. Luego comprende que es imposible. Él tiene otro plan entre manos porque alguien vio otro carro cerca del puente y se lo hizo saber. Tiene otro plan pero no lo confiesa, sólo pedalea con energía.

—Llegará el tiempo de los cazadores —piensa.

Aspira el aire, suelta el aire, aspira el aire, suelta el aire, todo al compás del pedaleo. No puede apartar del pensamiento las manos que lo tocan, ni dejar de creer que ella sabrá algún día sobre él, y entonces:

—Ay, papi, mira que tú me gustas.

Porque, como dice Pacolo, la guitarra antes fue vihuela; y el piano, clavicordio; y los comediantes fueron meros bufones de corte. Todo tiene su comienzo vergonzoso. Ahora, cuesta arriba, más difícil el pedaleo, y, sin embargo, qué carga más ligera Ilka. Las primeras intenciones del lenguaje fueron meramente comunicantes, designativas; la tautología, puro accidente mimético. Ricardo se encorva hacia adelante. Ya llegará, ya llegará. Hace presión con las caderas sobre el muslo y el muslo a su vez sobre la rodilla y ésta sobre la pantorrilla y la pantorrilla sobre el pie, y el pie sobre el pedal. Algún día podrá elegir el cazador entre las más bellas y, entonces:

—Ay, papi, mira que tú estás bueno.

Pedalea Ricardo. De un acto tribal, los conjuros se transformaron en versos. Siente que la hembra se aprieta a él como a una gruesa soga que la salva del abismo. De los sentimientos propios, emancipados del clan, nació el primer poeta clásico. Pedalea Ricardo. Todo tiene su comienzo de patito feo en el estanque. Los demás han quedado atrás, lamentando la fuga del ídolo disfrazado de mujer; poco a poco se han cansado. Claro, no tienen la estrategia de Ricardo, no tienen olfato de cazador. Sólo las muchachas, bellas adolescentes insulares, creen todavía que el hombre sigue allí. Sólo ellas continúan deslizando papeles por debajo de la puerta.

Ya la cuesta acaba. Siente Ricardo que el sudor cesa de fluir y que la hembra apoya la sien en su espalda, pegándole la camisa húmeda a la carne. Pacolo, sentado en el contén de la acera, rasga la guitarra y recita con áspera voz:

Los exhorto a dedicar himnos

y odas a la pinga.

Hagan como yo, que a partir de hoy

le dedicaré toda mi obra.

Nadie le hace caso ya; conversan entre sí, sobre si la mujer era o no un hombre, que parecía muy baja, que estaba arrugada y demasiado gorda, que alguien le tocó una teta y era una teta real, que alguien le haló los pelos y eran pelos reales, que no cedían. Pacolo repite sus exhortaciones. Sólo Ricky lo escucha. Sólo él ríe desde la sala de la casa. Pacolo lo sabe, y ahora, que puede escucharlo, continúa recitando, provocando la risa cómplice que se comunica con él desde el otro lado de la puerta. Ricardo cesa de pedalear, se deja caer cuesta bajo. Ahora es dichoso, sólo por ese momento de regocijo valió la pena cansarse. Desciende a toda velocidad con las piernas reposadas. El aire refresca el rostro. Ya llegará el día. Sí, es posible. Los cazadores serán aplaudidos y entonces:

—Ay, papi, contigo hasta el fin del mundo.

Lo incipiente inspira descrédito. El boom, como dice Pacolo, tiene su pasado carbónico, su crisálida punible que se arrastró al margen de la repulsión ajena. Ricardo sobrepasa el puente, y qué carro más hermoso, qué moderno, parqueado en la cuneta. Frena con estilo.

—Llegamos.

—¿Ricky está ahí?

—No, ya vendrá.

Hay un hombre dentro del auto, duerme con soltura y no repara en el joven que se detiene al otro lado de la carretera y escucha los ronquidos y cruza sigiloso junto a la muchacha. Se ocultan entre las hierbas, acostados uno al lado del otro, mirando hacia el auto como hacia la pantalla de un cine. El instinto de cazador le asegura a Ricardo que allí, dentro de breves instantes, estará el ídolo. Ha venido a esperarlo en el futuro. Ilka confía. Ahora respiran entrecortados, mudos. Ricardo abraza frescamente a la muchacha, comenta:

—Está al aparecer por ahí.

—¿Cómo lo sabes?

—Para alguien somos como insectos y en ocasiones me lo hace saber.

Sonríe Ilka. La luna platea sus cabellos. Ricky en otro lugar se desternilla de la risa. Se introduce en un inmenso maletín que vino desde Miami atestado de ropa. Qué gozadera, qué bien se pasa en esta isla, qué gente más sencilla y, a la vez, más ocurrente. Todavía cuando cierran la cremallera se siente la risa del boricua, y Norge, jodedor de la mata, le hace cosquillas desde afuera, y se monta a caballo encima del bulto, y la risa es descomunal, indefensa, y parece el bolso un verdadero gusano negro contorsionándose, reptando por la sala, y la familia se divierte hasta que entre Norge y otro señor cargan en hombros a Ricky y lo sacan ante la vista entretenida de las mujeres. Pacolo entonces alza su voz ebria y Ricky ahoga la carcajada después de oír a quien a estas alturas parece una vieja estreñida cantando el Ave María. Dejan el bulto en el asiento trasero del auto que antes se llevara a la gorda, y Norge, sentado al volante, aprieta el acelerador y se aleja dejando una estela de humo negro en el aire. Después de haber observado cómo el propio Norge le guiñaba un ojo, Pacolo se levanta y se marcha zigzagueante. Ha terminado la función. Nadie más sospechó la fuga. En un pueblo pequeño, donde no se estilan tales ardides, un bulto es lo que es, jamás alguien disfrazado de bulto. Por ello los admiradores esperarán una hora más antes de marcharse definitivamente. Menos aguardará Ricardo, que ahora ve acercarse el viejo automóvil, lo ve detenerse, abrir la puerta del chofer. Ve a Norge bajarse, cruzar la carretera, despertar al hombre del auto moderno. Sacan el bulto entre los dos, lo abren, y ¡ja!, sale Ricky, y se abraza fuertemente a Norge. Ríen contentos. Lo lograron, fantástico.

—Es él —susurra Ilka, se muerde el labio nerviosamente.

Ricardo, tranquilo, recibe el puño emocionado en su hombro, y escucha el grito contenido de su amada:

—¡Ay, Dios mío, sí, es él!

El otro hombre aún amodorrado se despide, sonrisa, estrechón de manos:

—Ha sido un honor.

Se marcha en el viejo automóvil. Hora de irse. Norge al volante del auto rentado. Se levanta Ilka, corre hacia ellos que ya inician la marcha, grita:

—Ricky,

y Norge pisa el freno. Un rato ella en la ventanilla, encorvada, vibrante la voz:

—Yo soy Ilka, me sé todas tus canciones. Ricky llévame contigo anda mi amor.

—¿Qué tú crees, Norgito?

—Otro día de suerte, Ricky.

—Linda ¿verdad, Norgito?

—Sí, una perla del edén.

Ríe el cantante. A todas luces la hembra impresiona. No es para menos, con tales curvas y tales ojos y tal pelo, y ahora se agrega tal voz aterciopelada, tal sonrisa. Sin embargo, Ricky ríe desternillado como si aún estuviera dentro de la bolsa y todavía Norge le hiciera cosquillas:

—Aquel tipo cantaba como una vieja, Norgito.

Ilka ya tiene el rostro pegado al de Ricky; qué privilegio respirar cerca de él, lanzar palabras hacia su oreja perfecta. Ricky se dobla de la risa recordando el canto de Pacolo. Hermoso el boricua cuando ríe, varonil. Ilka ya no aguanta, lo sorprende y sosteniéndole el rostro con las manos lo besa en los labios, y siente el aliento de Ricky, y siente que él responde. Entonces Ricardo se levanta, camina hacia el auto. Por el retrovisor Norge lo ve acercarse:

—Es una trampa, son más gentes,

grita y pisa el acelerador. La gomas friccionan con el pavimento. El carro arrastra unos metros a la muchacha antes de soltarla sobre la carretera. Ricardo corre desesperado, suelta una palabrota, lanza una piedra inútil contra el auto que se aleja a toda velocidad, se acerca a Ilka, sostiene su cabeza. Ella balbucea:

—Lo besé, le agarré la cara así, y le hice así, y él... él...

Se pone de pie, sonríe Ilka. Ricardo la abraza. Los pechos, colisionan. Ella siente mareo, la rodillas arden, los codos, pero haciendo acopio de voluntad empuja al cazador.       

—Suéltame.

Se pone de pie, sonríe, y se va caminando. Ricardo se queda detenido, quisiera gritarle que regrese pero no lo hace, quisiera darle alcance pero no tiene fuerzas. Ilka se aleja feliz con la mejor reliquia de su vida en los labios, y él no tiene derecho a inmiscuirse, a contaminar tan famosa humedad, mejor es olvidarla, mejor marcharse para La Habana y dedicarse a hacer zapatos o pizzas, mejor confesarle a Pacolo que la apología de los cazadores de moscas es ridícula, muy ridícula.

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