|
ESPAÑA BAJO LAS BOMBAS, IV
MADRID, 1937
El
estrépito infernal de cuatrocientos obuses cayendo sobre
la ciudad no borrará de mi memoria el sonido conmovedor
del pobre piano herido —piano del barrio de Argüelles—,
cuya canción en clave sol ha sido para mí una expresión
simbólica de la resistencia de Madrid.
Alejo
Carpentier
Descubrimiento
de una ciudad
Rondan por tu cielo halcones,
que
precipitarse quieren
sobre tus rojos tejados
tus
calles, tu brava gente.
Rafael Alberti
(Romancero de la guerra de España.)
Nuestra primera noche
en Madrid fue relativamente tranquila. No salimos del
hotel, ya que Corpus Barga nos advirtió que “estábamos
en ciudad en estado de guerra” y que no era oportuno
hacerla después de las nueve, mientras no tuviésemos
nuestros salvoconductos debidamente extendidos y
legalizados... A las seis de la mañana fuimos
despertados por un cañoneo intenso aunque lejano y por
algunas salvas de ametralladora. Pero ya las tinieblas
de una noche más —¡cuántos dirán en Madrid: “ha pasado
una noche más”!— se habían disipado ante el sol
espléndido que tiñe de oro los celajes de la meseta
castellana. Ya podíamos emprender el segundo
descubrimiento de una ciudad transfigurada por la lucha.
En su aspecto
meramente humano, el despertar de Madrid se asemeja al
despertar de cualquier urbe en tiempos de paz. Los
trabajadores de obras públicas realizan su faena
habitual, haciendo rodar latas filarmónicas a lo largo
de las aceras. Los tranvías organizan el ritmo de su
periodicidad. Los últimos barrenderos desaparecen
misteriosamente, llevando su escoba en el hombro, como
brujos sorprendidos por el canto de un gallo.
Los gatos nocturnos,
con las retinas contraídas, organizan su retirada ante
la aparición de los primeros perros.
Las ventanas se
abren, y en el aire fresco de la mañana nacen y crecen
risas de niños...
Sin embargo, estamos
en una ciudad martirizada, en una ciudad cuyas calles,
cuyas casas, cuyo suelo, han sido arados por la muerte.
Aunque los obreros madrileños renuevan cada día su labor
de Danaides, consistente en retirar escombros, apuntalar
murallas inestables o rellenar huecos tan profundos que
llegan hasta los túneles del Metro, no les ha sido
posible borrar totalmente las huellas de los bombardeos,
reconstituyendo el paisaje urbano en su integridad. La
Puerta del Sol, la Gran Vía, la calle de Alcalá, parecen
haber pasado por un terremoto. Los edificios presentan
resquebrajaduras de treinta metros de alto. Estatuas
decapitadas y caballos de bronce suspendidos en el
vacío. La torre de la Telefónica, milagrosamente
sostenida en equilibrio, está atravesada de parte a
parte por innumerables obuses. En la Puerta del Sol, dos
casas de varios pisos han quedado reducidas a cuatro
paredes negras plantadas en un yermo. Una fachada de la
casa de Correos está totalmente estropeada por una
explosión. El Museo del Prado ha sido herido por bombas
incendiarias. Solo quedan ruinas del Café Cristina, en
la calle Mayor. Una bomba caída en los alrededores de
Atocha ha suprimido — ¡la palabra es exacta! — la mitad
de un building de siete pisos, cuyas habitaciones
quedan abiertas sobre la calle como los cuartos de una
casa de juguete. La Carrera de San Jerónimo presenta
idénticos cuadros de devastación... ¡Hasta la histórica
Cibeles ha sido rota por los abuses!
—¡Esto no es nada!
—me dice Herrera Petere—. ¡Cuando vean ustedes el barrio
de Argüelles!...
...Estábamos en aquel
instante junto a la estación del Metro de Correos. Diez
días después un obús caería en aquel mismo sitio,
matando a quince personas.
LOS
TRES COCHINITOS
Por una razón íntima
y sentimental quise ver la plaza del Mercado del Carmen
donde, en otras épocas, había venido varias veces al
alba, con una amiga, para comprar frutas recién traídas
del campo...
Las naves del mercado
han desaparecido, transformándose en unos cuantos
montones de escombros reunidos entre sí por cañerías
atirabuzonadas. Las casas que las rodeaban han perdido
hasta su aspecto de casas, asemejándose más bien a
terrones de azúcar que comenzaran a derretirse en una
taza de té hirviente. ¡Pobre Mercado del Carmen!...
Unos niños juegan
entre los escombros. Cantan. Me acerco para oír lo que
cantan... Y en medio del paisaje de guerra, surgen,
conmovedores, increíbles, los tres cochinitos de Walt
Disney, primos del ratón Miquito y del gato Félix. La
música que popularizaron los tres héroes del dibujo
animado hace girar ahora una rueda de chiquillos asidos
de la mano. Es el tema que conocen todos los chiquillos
del mundo, pero con palabras nuevas. Palabras que hablan
del “lobo malvado” transformado en artefactos de muerte:
Cuando pasa la
aviación, la aviación,
la aviación,
tira balas de
cartón,
de cartón,
de cartón,
¡a, ¡a, ¡a, ¡a,
¡a, ¡a, ¡a, ¡a.
...¿Creéis que a un
pueblo de este temple se le puede dominar por la
violencia?...
ALBERTO AGUILERA
A cien metros de la
Plaza del Callao se inicia una zona militar cuya visita
resulta más emocionante que la de los propios campos de
batalla —Guadalajara, Brunete— en terreno descubierto.
Más emocionante, porque constituye uno de los puntos
neurálgicos de la defensa de Madrid, y porque la
violencia de la lucha se hace más evidente aún sobre una
decoración casi irreal de casas y de calles arruinadas,
que conservan, a pesar de todo, algo de su aspecto
pasado.
Después de trazar
innumerables zigzags entre los enormes parapetos de
concreto, superpuestos y escalonados, que transforman
las calles en un laberinto de barricadas inexpugnables;
después de dejar a nuestra izquierda el Cuartel de la
Montaña, roído y ennegrecido como restos de ciudadela
asiria, penetramos en la calle Alberto Aguilera, cuyos
edificios horadados, acribillados, rotos, yerguen un
último biombo de piedra entre nosotros y las
ametralladoras falangistas.
Aquí no queda una
casa sana, un ladrillo sin herida, un árbol con las
ramas enteras. Las fachadas se han abierto, como tapa de
armario, dejando ver el interior de los departamentos,
la intimidad de las habitaciones. Intimidad que violamos
con un asomo de vergüenza, como quien leyera cartas que
no le fueran destinadas. Intimidad que nos conmueve, sin
embargo, porque conoció actos de vida y llantos
de muerte, y porque en ella nacieron sueños de hombre.
Cámara rosa, que debe haber sabido de júbilos nupciales;
cámara gris, que ha oído el último suspiro de ancianos
cuyos retratos adornan las paredes. Objetos humildes,
sin más valor que el conferido por un recuerdo o una
ternura humana: un cofrecillo de cobre repujado, un óleo
de poca alcurnia, una muñeca sonriente, una cortina
bordada por la niña amada, un caballito de madera,
sublime a pesar de su fealdad... Todos estos objetos
están ahí, donde los sorprendió el último bombardeo, sin
que nadie alzara la mano hacia lo que no fuera suyo...
Pablo Neruda, que se ha empeñado en visitar su
departamento de otros tiempos, hoy acribillado por los
cascos de obús y la metralla, encuentra intactos, en
casa habitada por los milicianos, sus ediciones raras,
sus máscaras javanesas, sus souvenirs de poeta
viajero. Su Góngora monumental solo ha sufrido un
percance; está atravesado de parte a parte por una bala.
Un miliciano filósofo que nos acompaña recoge el trozo
de plomo al pie de la biblioteca:
—Es increíble que
esto pueda matar a un hombre. ¿Qué daño quieren ustedes
que le cause al organismo un pedacito de metal de esta
clase?
—¿...?
—¡Lo terrible es la
velocidad que trae! ¡Lo que mata es la velocidad!...
EL
FRENTE DE MADRID
Yo los vi sobre
las lomas
de Carabanchel un
día;
luego, en la Casa
de Campo,
entre arboledas
tranquilas.
Estaban leídos y
eran
como pequeñas
hormigas.
J. MORENO VILLA
(Romancero de la
guerra de España.)
Al llegar a cierta
encrucijada se detiene nuestro guía, un miliciano amigo:
—Debo advertirles que
si quieren salir al Paseo de Rosales será por su cuenta
y riesgo. Estaremos, en pleno, a la vista de las
avanzadas enemigas. Tengo, pues, que declinar toda
responsabilidad...
—¿Es interesante?
—¡Hombre!...,
¡interesante sí es, claro está!
Pita, Neruda,
Vallejo, Octavio Paz y yo nos concertamos con una
mirada.
—¡Vamos!
—¡Adelante, pues!
Centenares de
milicianos montan la guardia a lo largo de la calle
Alberto Aguilera. Están sentados —con el fusil
atravesado en las rodillas— en el borde de las aceras o
en muebles cojos que han caído de las casas: bancos de
cocina y butacas Luis XV, taburetes de piano y sillones
de mimbre. El centro de la vía está constelado de
cristales rotos, tejas quebradas, cazuelas agujereadas,
botellas truncas, maderos con clavos enmohecidos, asas
de ollas y tibores. En la esquina, un fogón de campaña
calienta un rancho apetitoso. El cocinero reparte panes
de libreta a los soldados. Como hace calor, los jarros
desfilan por el garfio de un barril de cerveza recién
traído de la ciudad.
—¡Salud!
—¡Salud!
Se escucha la voz de
nuestro guía:
¡Doblar a la
izquierda!
Veinte metros de
calle fortificada. Paredones de concreto, detrás de
cuyas almenas aguardan las ametralladoras, mudas por el
momento.
Y, de pronto, la
inmensidad de la meseta castellana. Estamos en el Paseo
de Rosales, al borde de la cuesta histórica —uno de los
ejes de la defensa de Madrid— donde se rompieron siete
ofensivas moras desde el principio de la guerra.
—¡No formar grupo! ¡Y
si pasa algo, tirarse al suelo!... Debe creerse, en
efecto, que el lugar es poco recomendable, a juzgar por
el aspecto de la trinchera que bordea al paseo a tres
metros de nosotros. Trinchera recubierta casi
íntegramente de bóvedas de tierra y piedra, o de sacos
de arena, donde los hombres solo se hacen visibles
cuando asoman la cabeza por diminutos tragaluces y
huecos de aireación.
Nuestro guía nos
señala un bosquecillo cuyos árboles desgarrados se alzan
a menos de un kilómetro.
—¡Ahí están “los
otros”!
Nuestros ojos
comienzan a habituarse a la contemplación de un terreno
que parece haber sufrido una monstruosa convulsión
geológica. Terreno deshecho en agujeros y purulencias,
embudos y cráteres, con montones de tierra removida,
árboles con las raíces vueltas hacia el cielo, baldosas
hendidas que señalan que ahí se alzó una vivienda.
Nuestras miradas aprenden a discernir lo que aún vive en
medio de estos diagramas de muerte, lo que aún es
voluntad y premeditación en ese mapa de cataclismos.
¡Efectivamente! Ahí están los otros, en sus
trincheras desdibujadas por las obras de defensa y
camouflage. Se les divisa a simple vista,
fugazmente, cuando algún centinela insurgente se escurre
entre las ruinas, lanza una ojeada sobre el “no man's
land” del Manzanares, o se insinúa entre los árboles
reducidos a esqueleto. Parecen “pequeñas hormigas”, como
dijo Moreno Villa, pero “pequeñas hormigas” que llevaran
turbante y embozo blanco de moro.
EL
QUIOSCO DE MÚSICA
A lo largo de este
“paseo” de Rosales reina hoy el silencio más absoluto
que hayan percibido nuestros sentidos: verdadero
silencio de muerte. Ha comenzado esta mañana la ofensiva
republicana sobre Brunete, lo cual significa tregua
momentánea en este frente. Los milicianos permanecen en
sus trincheras que más bien parecen galerías de topos.
No se les oye. No se les ve. Cada diez o veinte metros
un centinela atisba el paisaje hostil por el hueco de
una atalaya, con la mano apoyada en el cañón de su
ametralladora. Expresión de voluntad, de concentración
de todos los sentidos en su tarea de vigilancia. No se
vuelve siquiera al sentir nuestros pasos. Silencio...
Silencio... Silencio...
La calzada está
cubierta de enormes cascos de obús, de formidables
virutas de hierro, de casquillos y balas. Tremendos
hongos de metal han ido a encajarse en el asfalto,
creando una horrorosa vegetación lunar. Las casas que
existían —hay que hablar en tiempo pretérito, a nuestra
derecha, no son ya sino cavernas informes, producto de
alguna caries monstruosa. ¿Y el quiosco de la Moncloa,
donde tantas veces oí ejecutar prestigiosamente el
Andantino de la Séptima sinfonía? Está ahí,
hecho una maraña de alambres y de barrotes, en su media
plataforma donde las granadas hicieron carambolas de
fuego. A su alrededor yacen los postes del alumbrado,
como plantas derribadas por un ciclón.
— ¡Y dirán que la
guerra es algo bonito! —comenta irónicamente nuestro
guía.
Suenan a nuestros
pies algunos golpes secos que levantan diminutas
polvaredas.
—No se inquieten...
Son balas perdidas... Vienen sin fuerza...
Vuelve a reinar el
silencio.
CLAVE DE SOL
Muchos vecinos del
barrio de Argüelles se han negado a abandonar sus
casas, a pesar del llamado de las autoridades. Conviven
con los milicianos, comparten sus momentos de alegría o
de necesaria despreocupación. Como sus viviendas han
perdido, en muchos casos, un piso o una pared, se han
habituado a entregarse a sus quehaceres domésticos al
aire libre. Cocinan en la calle. Comen debajo de los
árboles. Tienden su ropa de acera a acera. Todavía
quedan, en esa zona, algunos almacenes abiertos.
Durante un paseo por
el barrio de Argüelles he contemplado este espectáculo
increíble: en el medio salón de una media casa, bajo un
medio techo, junto a una media ventana, una muchacha
sonriente y linda hace sus ejercicios en un medio piano.
La parte del teclado
correspondiente a la clave de fa ha desaparecido.
Solo quedan las notas de la clave de sol.
Estamos a 7 de julio.
Esta tarde caerá Brunete en manos de los republicanos.
Esta noche viviremos el bombardeo más terrible que ha
conocido Madrid en un año de guerra. .
Pero el estrépito
infernal de cuatrocientos obuses cayendo sobre la ciudad
no borrará de mi memoria el sonido conmovedor del pobre
piano herido —piano del barrio de Argüelles—, cuya
canción en clave sol ha sido para mí una
expresión simbólica de la resistencia de Madrid.
Carteles,
31 de octubre de 1937.
Tomado de Crónicas. Tomo II.
Editorial Arte y Literatura, 1976. |