LA JIRIBILLA Nro. 110

Ciudadano ejemplar
 
Magaly Cabrales | La Habana


Cuando se cumplían veinticinco años del triunfo de la Revolución cubana, el Primero de enero de 1984, se le entregó a Santiago de Cuba el título de Ciudad Héroe. En esta misma Ciudad, hace exactamente 158 años nació un hombre, cuya epopéyica vida ha tenido mucho que ver en el espíritu aguerrido que caracteriza a los santiagueros, convirtiéndolos, en efecto, en dignos acreedores de dicha distinción. Ese hijo de Santiago es Antonio Maceo Grajales.
 

Antonio, el mayor de los nueve hijos del matrimonio formado por doña Mariana y don Marcos, vio la luz primera en el seno de una humilde familia el 14 de junio de 1845.

Don Marcos Maceo había nacido en Venezuela, pero en los primeros años del siglo XIX se traslada a Cuba donde muy pronto se enrola en las aspiraciones independentistas, que desde entonces dominaban las mentes y los corazones de no pocos nacidos en esta tierra. De este modo, cuando se produce el estallido de nuestra primera gesta emancipadora, el 10 de octubre de 1868, don Marcos se encuentra entre los primeros que secundan el llamamiento a la lucha que hace Carlos Manuel de Céspedes, desde su ingenio La Demajagua.

Pero antes de partir a la manigua reúne a su numerosa familia y les da a conocer su decisión de luchar hasta morir por la patria de sus hijos, que era también la suya comoquiera que no hubiera nacido en ella. Al propio tiempo conmina a los mayores a que sigan sus pasos.

Por su parte doña Mariana no solo aceptó con manifiesto orgullo la decisión de su esposo, sino que también alentó a sus hijos ofreciéndose ella misma a acompañarlos, si bien no combatiendo al lado de ellos en las filas del Ejército Libertador al menos como sanitaria para curarle sus heridas.

Cuando esto ocurría Antonio Maceo Grajales era ya un joven de 23 años, contaba por tanto con madurez suficiente para contestar afirmativamente a la petición de su padre de incorporarse a la guerra. Decisión que seguramente no tuvo que pensar ni siquiera media vez, pues desde niño venía abrigando sentimientos verdaderamente patrióticos. En la formación de los mismos había tenido mucho que ver sin lugar a dudas la educación que había recibido de sus padres, el ambiente de su hogar y el hecho de haber nacido en esta tierra, de no poseer riquezas y de ser mulato, por demás. Todo ello le permitió conocer desde edades muy tempranas la humillación y el desprecio que le deparaban los españoles a la gente de su clase. Por eso desde hacía ya un buen tiempo venía conspirando contra la metrópoli de las formas más diversas y no vaciló entonces un instante cuando se presentó el momento de demostrar su amor por Cuba y su odio por España.

Así, junto a su padre y tres hermanos, se incorporó inmediatamente al Ejército Libertador, sin más pretensiones que lograr la independencia de su Patria y alcanzar el título de ciudadano ejemplar. Sin embargo, no había transcurrido ni siquiera un año del estallido revolucionario cuando a Antonio Maceo se le asciende al grado de capitán porque había demostrado, en no pocas ocasiones, un valor incomparable y grandes cualidades como jefe militar.

Sus ascensos militares se sucedieron con tanta rapidez como sus incontables hazañas. Una de ellas, por ejemplo, pone de manifiesto vivamente el arrojo y la osadía de quien de forma muy merecida ha sido llamado el Titán de Bronce: era el 7 de agosto de 1877, los mambises se enfrentaban a los españoles en un lugar de la región oriental conocido como Mangos de Mejía. La lucha era encarnizada. De pronto, al pasar el ya nombrado mayor general de un lugar a otro en el campo de batalla, una emboscada enemiga le hace una descarga cerrada causándole ocho heridas: cinco en el pecho (dos de ellas penetrantes) y tres en la mano derecha (una de ellas en la palma). El caballo asustado se desboca, desplomándose el jinete poco después. La confusión, la tristeza y el desánimo se apoderan de los insurrectos, pero de todos modos acuden rápidamente a socorrer a su jefe.

Para sorpresa y alegría de los soldados, Maceo aún vivía aunque su estado era seriamente grave. Sin pérdida de tiempo lo trasladan a un campamento improvisado y allí, en gesto insuperable de altruismo, Máximo Gómez, el Generalísimo, aunque también herido, ofrece rápidamente su brazo para que fuera transfundido su entrañable amigo y compañero

Los peninsulares, si bien un poco a aturdidos por la ofensiva que contra ellos desataba José Maceo para proteger a su hermano, no se dan por vencidos y tratan por todos los medios a su alcance de completar la muerte de Antonio, pues solo así se daría por terminada la campaña en Oriente. El general González Muñoz, al frente de las tropas españolas, arenga a sus hombres a luchar hasta el fin dada la importancia de aquella batalla.

Antonio mientras tanto se recuperaba lentamente de su gravedad bajo los cuidados de su esposa María Cabrales. Pero obligados por la constante persecución enemiga tenían que cambiar varias veces de lugar empeorándose así el estado del enfermo, el cual era transportado en una camilla conducida por los vericuetos más intrincados.

Los españoles superaban a los insurrectos en hombres y armas. González Muñoz ya se sentía dueño de la victoria y complacido se acariciaba el pecho sobre el cual veía ya colocadas las condecoraciones por su importante misión. Disfrutaba de los abrazos de sus jefes y de la admiración de sus subordinados cuando el propio Antonio, no obstante su gravedad, ideó un arriesgado pero certero plan: pidió un caballo y con esfuerzo sobrehumano subió a él. Emprendió la marcha a todo galope acompañado solamente por su hermano José, su esposa y su madre.

Mientras, González Muñoz continuó persiguiendo y hostigando al grueso de los hombres que conducían y custodiaban la camilla, los cuales mantuvieron sus simulacros durante un buen trecho para darle tiempo a su general a que llegara a lugar seguro. Después de algunas horas de marcha abandonaron la camilla y se dispersaron rápidamente en la manigua. Cuando el general español llegó con sus hombres, de Antonio Maceo solo encontró sus huellas de sangre impresas en una maltrecha sábana.

De modo que, al no conseguir el bando español darle muerte o siquiera hacer prisionero al principal caudillo de la insurrección en Oriente, la contienda logró salvarse, al menos momentáneamente, en esa región del país.

Poco tiempo después, sin embargo, diezmadas las tropas insurrectas por la falta de armas y alimentos, por el cansancio de diez largos años de lucha, por las discrepancias entre los jefes mambises, por la desunión entre los propios cubanos, se llegaría al Pacto del Zanjón. Cuba firmaba la paz con España, pero no por ello alcanzaba su independencia y tampoco quedaba abolida la esclavitud.

Antonio Maceo por su lado, aun cuando efectivamente había ya más que ganado el título de ciudadano ejemplar, no se sentía satisfecho. Faltaba todavía por cumplirse, si se quiere, la pretensión más importante por la que se había incorporado a la guerra. Entonces decidió cumplirla resueltamente en Baraguá, donde, ante la presencia del alto mando español, protestó enérgicamente por la paz que se había firmado en el Zanjón, manifestando al propio tiempo su irrevocable decisión de continuar la guerra al precio que fuera necesario.

Esfuerzos por parte del Titán y de sus soldados para reiniciar la contienda no faltaron en modo alguno, pero en cambio faltó sobre manera el respaldo de otros jefes militares y del grueso del Ejército Libertador. Así que, prácticamente solo y acosado por el enemigo que centró en él todas sus fuerzas, Maceo se vio obligado a refugiarse en el extranjero, adonde habían ido a parar también un buen número de sus compatriotas.

Entre Jamaica, Costa Rica y Haití pasó algunos años convertido aparentemente en un laborioso trabajador agrícola, cuando en realidad dedicaba la mayor parte de su tiempo a trabajar incansablemente en la preparación de una nueva guerra junto a José Martí, Máximo Gómez, Flor Crombet y otros patriotas.

En febrero de 1895 nuevamente los cubanos se alzaron contra España. Pretendían ahora conseguir definitivamente aquella independencia que les había sido arrebata con la paz del Zanjón. Los principales jefes de esta nueva contienda llegarían poco tiempo después, en el mes de abril, encontrándose entre ellos, por supuesto, el mayor de los hijos de don Marcos y de doña Mariana

La experiencia militar de Maceo, sus cualidades indiscutibles como gran caudillo, su valentía, su gran sentido de la responsabilidad, su disciplina, su intransigencia revolucionaria y su heroísmo puesto a prueba en incontables ocasiones, hizo que Martí depositara en él toda su confianza y lo nombrara jefe del Departamento oriental a escasos días de haber llegado a Cuba, al tiempo que ascendía sus grados militares a los de Lugarteniente General. Asimismo, poco tiempo después, Máximo Gómez le encargaría una misión digna solamente de grandes estrategas militares: extender la guerra por toda Cuba, desde Oriente hasta Occidente, mediante una invasión.

Si bien la Protesta de Baraguá constituye sin lugar a dudas una de las hazañas más grandes protagonizadas por el Titán de Bronce, no es menos relevante la conducción del Ejército Libertador a lo largo y ancho del país. Con esta acción, España vio desplomarse su dominio en la Isla y ya los cubanos se preparaban para saborear la victoria, cuando el Imperio del Norte, extendiendo uno de sus tentáculos, les arrebató la independencia tantas veces soñada y tantas veces luchada.

Cuando se produjo ese triste episodio de nuestra historia, Antonio Maceo había caído mortalmente herido en un fatídico encuentro con las tropas españolas en Mantua, provincia de Pinar del Río, después de haber conducido a sus invasores y con ellos la guerra hasta el rincón más occidental de la Isla.

Cuba perdía así a uno de sus más valerosos soldados. Sin embargo, acontecimientos que habían hecho posible que la dignidad y el heroísmo del pueblo cubano alcanzaran su punto más elevado, como la Protesta de Baraguá, la invasión de Oriente a Occidente y otras muchas hazañas heroicas protagonizadas por el Titán de Bronce, quedaron grabados con letras doradas en nuestra historia. De este modo jamás podrían ser borrados y sí, por el contrario, revividos cada día en el quehacer cotidiano de todos los cubanos, como homenaje digno y permanente a aquel hijo de Santiago de Cuba que prestó grandes servicios a su Patria para ganar, simplemente, el título de ciudadano ejemplar.


© La Jiribilla.
La Habana. 2003
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