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UNA FUERZA DE LA NATURALEZA

Bladimir Zamora Céspedes | La Habana

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Un Diálogo. Juan Formell. Dúo de Elena Burke con el autor.
Te han informado mal. Alberto Vera. Elena Burke.
Ámame como soy. Pablo Milanés. Elena Burke.
 

ELENA BURKE EN LA JIRIBILLA
 

El nueve de junio hace un año de la muerte de Elena Burke. Se nos ha venido encima ese tiempo, sin todavía explicarnos cómo se puede vivir sin tener siempre pendiente una cita con ella en algún rincón de La Habana, donde poder sujetarnos a su voz como al más poderoso talismán.

Ahora cuando uno se reúne con otros también entregados a su manera de hacer la canción, o cuando reflexiona solo, mientras ella vuelve a cantar como si fuera la primera, desde el aparato de discos compactos; se impone la necesidad de buscar las razones, a partir de las cuales se la puede considerar una artista irrepetible.

Sus datos biográficos, analizados con frialdad, arrojan una trayectoria muy semejante al de muchas otras figuras de la música cubana, que cobraron mucha o poca trascendencia, pero que de ninguna manera se le pueden comparar. Nacida en La Habana de 1928 y en un hogar humilde, no cursó altos estudios, ni de música ni de alguna otra materia. Y en una ciudad que es un hervidero de figuras establecidas en el mundo del espectáculo, cuando ella era apenas una jovencita, se siente fuertemente atraída por cantar. No faltaría mucho para que algunos experimentados advirtieran sus sorprendentes dotes vocales.

Comenzó a frecuentar el ambiente del feeling, cuando todavía sus más significativos compositores no eran reconocidos como figuras cimeras de la cancionística cubana. Tomó de ellos y de otros valiosos autores que se habían dado a conocer en los primeros años cuarenta, un repertorio del más alto nivel. Nadie podría sospechar entonces que Elena iba a ser la más alta expresión interpretativa de ese movimiento que comenzó a gestarse en el Callejón de Hammel.

Talló su voz en varias agrupaciones vocales, donde se ejercía la más depurada técnica. Los cuartetos de Orlando de la Rosa y Aida Diestro y ya en 1958 el sello Gema le produce su primer disco en solitario. Al escucharlo en estos momentos, se hacen elocuentes todas las cualidades que le permitirían adueñarse de cualquier canción. Decirla de una manera que nadie más podría hacerlo, como si ella hubiera inventado la palabra sentimiento. Estuvo cantando prácticamente hasta su hora final. Siendo fiel a las composiciones con que se mostró las primeras veces en público y muy atenta a las nuevas composiciones, a las cuales su voz le alimentaba como una bendición.


Cuarteto `D' Aída. Elena Burke a la derecha.

Elena no solo fue la intérprete de oído absoluto y esa voz inefable de la que les vengo hablando. Ella también, como es natural en los genios de la música popular, tenía una sabia intuición para descubrir el síntoma de lo nuevo, los primeros brotes de creadores que después serían sólidos árboles en el bosque de la música cubana. Juan Formell ha confesado hace poco, que cuando ella cantó sus primeras composiciones, él estuvo seguro de que por fin había llegado a un hito importante en los inicios de su carrera. Pablo Milanés y Silvio Rodríguez, cuando no llenaban plazas del patio, ni foráneas, tuvieron también el espaldarazo de la Burke.

Cualquiera podría pensar que esta mujer tan gozadora del ambiente de los grandes cabarets y los pequeños clubes nocturnos, amante de las inmortales canciones de amor y desamor, y capaz de hacer temas de pura burla y picardía femenina; no se interesaría por esa que han llamado desde hace mucho, canción comprometida. Afortunadamente las muchísimas grabaciones que se conservan demuestran lo contrario. La misma cantante que dimensionó “En nosotros”, de Tania Castellanos, grabó de esa misma compositora, una canción hecha inmediatamente después de la muerte de su esposo Lázaro Peña. Y es de las pocas intérpretes cubanas, que grabó varias composiciones del entrañable cantor chileno Víctor Jara.

Ella ya ha muerto y hace más de un año que no puede mover desde sí misma todas las canciones que echó en magnífico zurrón de su voz. Alienta saber que en los archivos cubanos hay quienes no descansan, buscando todos los temas inéditos interpretados por ella. Pero no basta. Si uno fuera egoísta, estuviera contento con el privilegio de haber disfrutado hasta hoy del magisterio de Elena Burke y de poderlo llevar hasta el final como parte del equipaje imprescindible. Queda pendiente aún que mucha gente que vive también al resplandor de las buenas canciones, mucho más allá de nuestras aguas territoriales se las vea de momento bajo los ramajes de su voz, sin duda, una de las más importantes del cancionero del siglo XX.
 

            

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