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CUBA EN LAS MANOS DE RITA LONGA
 
Josefina Ortega
| La Habana


Las esculturas de Rita Longa enriquecen la geografía cubana  en una perfecta simbiosis entre volumen, espacio y ambiente.

Desde que esa mujer tomó el barro  en sus manos, se sintió transportada.

Alumna fugaz de la Academia de San Alejandro, trató de insuflar a su obra un aire de renovación: “Mis primeros trabajos” -diría- “consistían  en juegos de líneas y de formas, búsquedas de soluciones atrevidas, expresiones nuevas, tanteos que fueron adquiriendo mayor seguridad”.

Desde la década del 30, sus obras eran expuestas  en decenas de exposiciones personales y colectivas, tanto en Cuba y  en el extranjero, las que le hicieron merecedoras de numerosos premios.

Un día alguien le preguntó: ¿Dónde viven sus esculturas? Aquello fue el comienzo de la búsqueda incesante de un hábitat para sus piezas, con el fin de que “las formas estuvieran estrechamente ligadas al espacio donde iban a vivir”.

El reconocimiento popular a la misma altura que el de los académicos fue, sin duda, el gran logro de la artista, que rompió viejos conceptos manteniendo inalterable sus características de siempre: la estilización de las formas y el decorativismo.

Varias  generaciones de cubanos sienten como propias un sinfín de volúmenes de nuestra más importante escultora: el Grupo familiar Los venaditos , del Zoológico de la avenida habanera 26; la Virgen del camino, las Musas del cine Payret; la Ballerina, del famoso cabaret Tropicana; Forma, espacio y luz,  en la entrada del Museo Nacional de Bellas Artes; la Aldea Taína,  en Guamá, a unos doscientos kilómetros al sureste de la capital; la Leyenda de Canimao,  en Matanzas; el conjunto escultórico en la oriental ciudad de las Tunas, donde llegó a tener un taller permanente ;el Bosque de los Héroes,  en Santiago de Cuba; y más cerca  en el tiempo, la Clepsidra, del hotel Habana Libre Trip…

“Tiene que haber mucho de genuino  en la obra de Rita Longa –como dijera el crítico Alejandro G. Alonso- cuando todo un país la ha podido ahijar de modo tan entusiasta.”

En 1995, la incansable creadora recibió el Premio Nacional de Artes Plásticas. Sus palabras de entonces fueron definitorias:

“Las personas conocen mi obra porque la están viendo desde hace más de 60 años y esa es la única razón que doy a mi popularidad. Es el tiempo, la reiteración, lo que impone la obra de un artista. No importa si se recuerda su nombre o no. El trabajo es lo que queda”.

Rita Longa falleció a los 87 años,  en mayo de 2000,  en La Habana que la vio nacer y donde un día trató de descifrar el misterio que esconde la piedra, segura de que “el arte es un idioma universal que cada cual debe hablar con su propio acento”.

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