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EL CINE CUBANO Y LA LITERATURA *
Luis Rogelio Nogueras
El cine cubano de ficción se ha nutrido hasta hoy,
básicamente, de guiones originales más que de obras
literarias. Ello se ha debido, en parte, a la urgente
necesidad de elaborar un lenguaje propio que tenían –en
los primeros años de poder revolucionario– los jóvenes
cineastas de la Isla; pero también –es justo
reconocerlo– a que la narrativa, que debía haber
aportado una especie de “reserva” (en la cual nuestros
realizadores cinematográficos encontraran temas para sus
filmes) era y en cierta medida es aún relativamente
escasa en un país que, como Cuba, ha tenido siempre una
más sólida y sostenida tradición poética.
No obstante, en los
veinte años transcurridos desde la creación del
Instituto Cubano del Arte y la Industria
Cinematográficos, se han llevado a la pantalla algunas
obras literarias, la mayor parte de las veces en
versiones libres, lo cual, dicho sea de paso, no solo es
un derecho legítimo del cine, sino casi una necesidad,
habida cuenta que el cine y la literatura son dos
sistemas de signos distintos.
La primera novela que
entró en nuestra cinematografía fue la célebre obra de
los humoristas soviéticos Ilya Ilf y Eugene Petrov
Las doce sillas. En los años iniciales de la
Revolución de Octubre, los burgueses abandonaron
masivamente a Rusia; pero imposibilitados de llevarse
con ellos sus joyas, y en la errónea creencia de que los
bolcheviques no podrían mantenerse mucho tiempo en el
poder, las ocultaron, a veces en sitios inverosímiles.
Las doce sillas es, precisamente, la rocambolesca
historia de uno de esos tesoros ocultos. Algo similar
ocurrió en Cuba después de 1959. Por eso no le resultó
difícil al realizador Tomás Gutiérrez Alea adaptar la
hilarante obra de Ilf y Petrov y entregarnos así su
divertida versión de Las doce sillas, filme, por
cierto, que batió en su momento récords de taquilla.
El propio Gutiérrez
Alea filmó en 1963 una historia basada en la amarga
novela Gobernadores del rocío, del gran escritor
haitiano Jacques Roumain. El filme (titulado Cumbite)
no alcanzó ni la calidad ni la popularidad de Las
doce sillas, aunque hoy podemos reconocerle algunos
valores, en especial de ambientación.
En 1967 Julio García
Espinosa rueda Las aventuras de Juan Quinquín,
sobre la novela Juan Quinquín en Pueblo Mocho del
poeta, narrador y folclorista villaclareño Samuel Feijóo.
El gracejo campesino de los diálogos, la frescura y
espontaneidad de la estructura, el bien logrado humor de
las situaciones hacen del filme de García Espinosa una
obra inolvidable.
Ese mismo año Sergio
Giral realiza el documental El cimarrón,
inspirado en el bestseller mundial Biografía
de un cimarrón del cubano Miguel Barnet, y al año
siguiente (1968), Gutiérrez Alea termina una de las
películas cubanas más elogiadas por la crítica
internacional: Memorias del subdesarrollo, basada
en la novela homónima de Edmundo Desnoes. Como ha
ocurrido en muchas ocasiones, la excepcional calidad del
filme no se debe tanto a la desigual noveleta de Desnoes
como al guión, en el que laboraron el propio escritor y
Gutiérrez Alea.
Manuel Herrera
utilizó para su filme Girón (1972) no solo
testimonios personales de combatientes, sino también las
obras Girón en la memoria de Víctor Casaus y
Amanecer en Girón del piloto de guerra Rafael del
Pino. También en 1972, Sergio Giral filma El otro
Francisco, filme que pretende mostrar y rebatir las
concesiones ideológicas que hizo en su Francisco
nuestro costumbrista cubano del siglo XIX Anselmo Suárez
y Romero.
Cuatro años más tarde
(1976), el propio Giral realiza Rancheador,
inspirándose en el extraordinario documento literario
Diario de un rancheador de Cirilo Villaverde.
Lugar aparte merece
la coproducción cubano–francesa–mexicana El recurso
del método, del realizador chileno Miguel Litín.
Basado en la célebre novela de Alejo Carpentier, el
filme de Litín es una excelente muestra de adaptación
cinematográfica de una obra literaria por demás compleja
y muy afincada en los secretos de la palabra.
Resulta significativo
que la década del 80 se inicie con Cecilia de
Humberto Solás. A veinte años del nacimiento de nuestro
cine revolucionario, la más popular obra literaria
cubana de ficción (Cecilia Valdés de Cirilo
Villaverde) llega a las pantallas, seguramente
enriquecida con las enormes posibilidades que brindan el
cine y el indiscutible talento de Solás.
Las predicciones en
materia de arte resultan siempre fallidas. Pero no es
imposible avizorar desde aquí que el cine cubano, dueño
ya de sus recursos expresivos, está en inmejorables
condiciones para replantearse la posibilidad de buscar,
en las obras literarias que ha producido nuestro país
desde El espejo de paciencia (1608) hasta hoy,
nuevas fuentes de inspiración.
* Todo parece indicar que
este texto permaneció inédito hasta ahora.
Presumiblemente fue escrito en 1980, para ser presentado
como ponencia en el Festival del Nuevo Cine
Latinoamericano. (N. del E.)
Tomado de De nube en nube.
Ediciones La Memoria, 2003.
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