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El
cuento de La Jiribilla
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TOBÍAS
Félix Pita
Rodríguez
Uno puede clavarse las cosas en la cabeza o en el
corazón. De las dos maneras está bien y son ya de uno,
le pertenecen. Hay, sin embargo, una pequeña diferencia:
las que se clavan en la cabeza, aquí dentro, donde la
luz de Dios se mete en palabras y nos sirve para
comprender un poco lo que nos rodea, esas, pueden
aflojarse con la humedad del tiempo, como las estampas
en la pared. Y una ventana abierta cuando hay viento
afuera, un poco de arena muerta que se desprende, y la
estampa cae, o se olvida uno de lo que parecía tan bien
clavado. Sería loco pensar que eso está bien o está mal.
Y más loco todavía decirlo, porque la mayor locura es
esa: decir cosas y creer que pueden servir a los demás
porque en ese momento son para nosotros como el zapato
al pie.
¿Qué es lo que tiene uno para garantizar algo?
Y
aquí es donde está la diferencia entre las cosas que uno
se clava en la cabeza y las que se clava en el corazón.
Porque el corazón no entiende de razones, ni tiene nada
que hacer con las palabras, pero está hecho de un
material que debe ser hermano de aquel con el que se
hizo, en la mañana más clara del mundo, la carne, única
que no puede ser morada de gusanos, del mismo Dios.
Vayan mirando bien, y digan luego lo que se les antoje,
que eso no va a cambiar en nada lo que estoy diciendo.
Esa es otra de nuestras locuras: creer que con las
palabras que son de uno, que no pueden ser más que de
uno, sea posible convertir en otras las palabras que
encierra la luz de Dios metida en la cabeza ajena. Pero
de esto no vamos a hablar ahora. El caso es que hay una
diferencia entre las cosas clavadas en la cabeza y las
cosas clavadas en el corazón. Y que en el corazón, los
clavos se doblan por la punta y hacen un garfio. Y como
no hay arena, sino del puro material de la carne de
Dios, las cosas no pueden caerse, si no es cuando el
mismo corazón se deja ir de un lado o del otro, para
quedarse quieto después. Eso es lo que me pasa con la
historia del viejo Tobías; que se me clavó en el
corazón, hizo un garfio, y ya no se irá de lo de adentro
de mí, mientras el corazón no se incline de un lado o
del otro, para quedarse quieto después. Y no sé, no sé.
Tal vez todavía, cuando todo lo que yo soy ahora
comience a hervir allá abajo, por donde las raíces
buscan su camino para encontrar el jugo con que se hacen
las flores y las frutas, tal vez todavía luego, lo que
me contó el viejo Tobías siga clavado con su garfio,
quién sabe hasta cuándo.
Fue en la cochina cárcel de San Pedro Sula y allá por el
año veintiséis, un año feo para mis huesos. De tumbo en
tumbo, y como con los ojos cerrados, yo había ido dando
traspiés y recibiendo patadas en el trasero. Ustedes no
pueden saber. Una patada en el trasero siempre lo pone a
uno mal por dentro y con ganas de hacer daño. Pero el
escozor pasa y se puede cargar a la cuenta de las
injusticias de la vida. No queda nada dentro de la
botella y la sonrisa no se pierde. Pero cuando un
puntapié llega cuando todavía el otro no ha dejado de
doler, y a ese viene como de cola otro, y luego otro, y
otro más, la desolladura llega hasta dentro y entonces
uno no sabe claramente si lo que tiene allí es un perro
sarnoso, una serpiente, o un tigre.
Primero yo llegué a pensar que lo mío por dentro era un
perro sarnoso, de esos que huyen hasta de su sombra
flaca. Pero un par de puntapiés más me sacaron al tigre.
Y se me fue el cuchillo en el garito de un tal Ambrosio
Esquivel. Había un hombre delante y que Dios le perdone
sus pecados.
Por eso me tenían allí, esperando la hora de mandarme no
sé a dónde. Era como un agujero entre cuatro muros, con
la tierra debajo de los pies y un olor a demonio
metiéndose por las narices. No había más luz que el
chorro que caía desde un ventanuco alto y con barrotes,
cuando el sol estaba en medio del cielo. Y por eso era
de día en la mitad del calabozo, cuando en la otra mitad
era como de noche. Y luego al revés.
Había dos indios, sentados una hora tras otra en un
rincón, con las cabezas clavadas en el pecho y muy
juntos, como si el sentirse vivir mutuamente les diera
ánimo para resistir. A veces se cogían de la mano y se
miraban. Y nada más.
Y
estaba Tobías.
No
se puede saber si un hombre lo es de veras, mientras no
le haya pasado por encima la rueda del sufrir. Se pueden
hacer historias, y contarlas, y hasta contarlas tan bien
que los demás se quedan pensando que el que habló fue un
hombre. Pero cuando uno estuvo una vez en la cochina
cárcel de San Pedro Sula y conoció a Tobías, a ése no se
le pueden contar historias rellenas de paja, como las
cajas de botellas. Yo lo sé.
El gendarme, un indio con cara de cabra y los calzones
en hilachas, borracho como un perro, me hizo entrar a
cuatro pies con el empujón. Cuando levanté la cabeza, vi
a Tobías. Para decir mejor, le vi los ojos, porque eso
era lo que lo agarraba a uno en su cara cuando lo
miraba: dos moneditas azules, cortadas por el párpado
muy abajo, por la costumbre de estar evitando el humo
del cigarrillo. Dos moneditas azules y como vistas por
la ranura de una alcancía. Si yo hubiera querido decir
por qué en aquel momento, no hubiera podido, pero el
caso fue que me gustó enseguida. Luego, el hablar
durante meses, me explicó la simpatía. Pero en aquel
momento, cuando me estaba levantando después del empujón
del gendarme con cara de cabra, no había razón. Y sin
embargo, fue. Él estaba haciendo algo con una cuchillita
en un pedacito de tronco de Campeche. Después, pero
mucho rato después, fue cuando vi que era un velero de
dos palos, con bauprés y cordajes, y un hombrecito del
tamaño de un frijol parado en la cubierta. Y todo no más
grande que la palma de su mano. Porque Tobías no era
capaz de vivir mucho tiempo lejos del mar, y aquella era
la única manera de lograrlo, allí dentro del calabozo,
en la cárcel de San Pedro Sula. Pero todo esto lo supe
después, y hay que ir por orden para que las cosas
queden claras, en las historias como en todo. También
esto lo aprendí con Tobías.
“Apenas uno ha nacido y ya se empieza a morir.
Cincuenta, sesenta, ochenta años, pero todo es agonía,
todo es irse muriendo poco a poco, como se gasta un
jabón, sin que se caigan los pedazos. De pronto un
ramito de espumas se desprende y permanece. Son los
recuerdos. No están en ninguna parte, no tienen cuerpo
ni alma, nadie puede verlos, y son duros como el hierro.
Si queremos saber de qué madera estamos hechos, hay que
mirarse en ellos como en un espejo”. Así me dijo Tobías
y añadió: “Gracias a que sabemos cómo fuimos, es que
somos. Si no fuera por los recuerdos, no estaríamos aquí
ni estaríamos en ninguna parte. El camino recorrido, ése
es camino... El que estamos recorriendo no es más que un
pedazo de tierra debajo de los pies”.
Esto me dijo al cuarto día de haber llegado yo a la
cárcel de San Pedro Sula, cuando terminó de labrarle el
ancla al velero con la punta de un alfiler. Yo me estaba
quejando de lo que había pasado en el garito de Ambrosio
Esquivel, pero no por el muerto, que a fin de cuentas ni
era mi hermano ni lo hubiera podido ser nunca.
—Un muerto no sería más que un hombre que se sale del
baile y no vuelve a entrar —dijo Tobías alejando en la
palma de su mano el velero para verlo mejor—. No sería
más que eso si no fuera por los recuerdos, que se quedan
dando vueltas alrededor del hueco que dejó en el aire el
hombre muerto. Ahí está lo malo, en esos recuerdos a los
que no se puede matar. Entonces es cuando uno se da
cuenta de lo que significa un hombre. Uno estaba
creyendo que no era más que eso: una cabeza con lo que
está dentro de ella asomando por los ojos, unas manos
moviéndose como ramas delante del pecho, y unos pies que
sirven para no estar siempre mirando lo mismo. Y no era
así. No era así, porque todo aquello empieza a
convertirse en carroña quieta, y, sin embargo, el hombre
sigue vivo —con su sonrisa y sus hambres, y su modo de
decir que tiene frío o que le gusta fumar en ayunas—, en
los recuerdos de la gente. Tú no puedes matar el modo
que tenía aquel hombre de poner la mano sobre la cabeza
de sus hijos, mientras queden las cabezas de los hijos
caminando por el mundo. Ni puedes matar al modo con que
agarraba el cigarrillo entre los labios, y que su mujer
sigue viendo, como si él estuviera allí, fumando.
—Bueno, Tobías —le dije—, todo eso debe ser verdad,
aunque yo no lo comprendo muy bien. Pero eso no saca al
muerto del cementerio.
—No —me contestó como si estuviera lejos—, no, desde
luego. Pero lo que yo estoy diciendo no entra en el
cementerio con el muerto. Se queda fuera y sigue
viviendo.
Se me llenó la cabeza de ideas extrañas, porque aquel
diablo de Tobías tenía un modo de decir las cosas, que
parecía que estuviera pintando con palabras de colores
delante de uno, y uno viera las imágenes saltando frente
a los ojos, como en un cuadro. Y me creí muy listo
cuando le respondí:
—Pero si fuera así, Tobías, el mundo sería chiquito para
que cupieran en él todos los muertos que no están
muertos. Ponte a pensar, desde Adán para acá. ¿Cómo lo
explicas?
—Acuéstate boca arriba en un prado, una noche de muchas
estrellas, y ponte a pensar en lo que se te está
metiendo en los ojos. Ponte a pensar en las nubes, y en
las estrellas, y en todo ese hueco sin nada que está
arriba de ti y verás si puedes explicarte algo mejor.
Me dejó como un barril vacío al que le están pidiendo
que siga soltando aguardiente.
—Bueno, bueno, Tobías...
—Si quieres enderezarte todos los alambres que tienes
debajo del pellejo, tienes primero que tener un alicate
para hacerlo. Si no tienes el alicate y quieres hacerlo,
pierdes el tiempo. Así andaba yo cuando era grumete en
el “María Victoria” y salía a pescar en el Golfo. Y
luego, cuando pasé a marino y me hicieron el primer
tatuaje en un brazo, igual. No tenía alicate y los
alambres se me hacían una maraña endemoniada cada vez
que quería explicarme algo.
Se puso a retocar el mástil del velero raspándolo con la
cuchillita y pensé que aquello era el punto final.
Todavía yo no sabía que dentro de la cabeza de Tobías,
las palabras no dejaban nunca de nacer y reunirse y
formar cosas, aunque Tobías se estuviera callado. Al
rato lo comprendí.
—Un día, ya no sé por qué, me puse a pensar en eso de
los recuerdos. Y se me fue ocurriendo poco a poco que
estaba como ciego para ver las cosas que valen la pena.
El mar me ayudó mucho en aquel momento y en todos los
momentos que siguieron. ¿Tú no sabes que hay por ahí
libros que dicen que el primer hombre era un animalito
del mar, tan chiquito como la punta de la pata de una
mosca? Debe ser por eso que el mar nos llama tanto.
El humo del cigarro que me estaba fumando, se me fue por
el camino equivocado con la risa y me hizo toser.
—A la verdad, Tobías, que nunca se me había ocurrido
pensar que mi abuelo fue un calamar.
—Tu abuelo fue tu abuelo y no tiene nada que hacer aquí.
Yo te estoy hablando de los tiempos en que Adán estaba
todavía muy lejos de mudarse para el Paraíso. Pero
bueno, hay que ir con orden si queremos ver aunque no
sea más que por una rendija. Y estoy sacando los pies
del plato. Te quería decir que fue mirando al mar,
mientras era marinero en el “María Victoria”, cuando se
me ocurrió que nadie se moría por entero, pero no como
dice el cura, porque el alma sale de su armario y la
agarran allá arriba y la etiquetan y le dan una entrada
para los depósitos de almas del cielo, sino porque se
queda en los recuerdos, y tal vez de alguna otra manera
que yo no sé, dando vueltas alrededor del hueco que dejó
su cuerpo en el aire, cuando lo acostaron debajo de ocho
palmos de tierra.
—Bueno, Tobías, pero ¿y lo del alicate? Eso no me entra
en la cabeza con claridad.
—El alicate fue aquello, el modo de ver las cosas. No se
ve igual desde un lado que desde el otro. Uno tiene que
aprender a colocar los ojos para mirar. Aunque escoja el
lado malo, no importa. La cosa es no andar saltando para
tratar de abarcar más, porque entonces se tienen siempre
los pies en el aire. Cuando a mí se me ocurrió que un
muerto no podía ser más que un hombre que sale del baile
para no volver a entrar, ya había encontrado una grieta
para poner los ojos. Lo demás vino luego, poco a poco.
Empezó a sacar hilos de su chaqueta raída para
trenzarlos y hacer con ellos los cordajes de su velero.
Yo me salí de sus palabras que seguían zumbándome en los
oídos, para ponerme a pensar en lo que iban a hacer
conmigo a causa del muerto en el garito de Ambrosio
Esquivel.
—Mira —oí de pronto sus palabras otra vez—, si no
hubiera sido así, yo no estaría aquí ahora, trenzando
las cuerdas del velero.
No se me había ocurrido imaginar por qué estaba Tobías
en la cárcel de San Pedro Sula, y se lo dije.
—Por una muerte —dijo.
Me le quedé mirando alelado. No había dicho: “Maté a un
hombre”. O: “Maté a una mujer”. Había dicho: “Por una
muerte”. Era lo mismo pero me sonó tan diferente en las
orejas, que era como si hubiese dicho otra cosa. Por una
muerte. Aquello alejaba al muerto, lo borraba, oscurecía
la forma del hombre y dejaba sola a la muerte, como si
fuera una muerte sin hombre en el medio. Pero todo esto
lo pensé después. Lo primero que me vino a la cabeza fue
una confusión, una pelea entre la tuerca y el tornillo,
entre el zapato y el pie. ¿Cómo imaginar a Tobías, que
estaba allí, calibrando con el ojo entornado a su velero
de tronco de Campeche, cómo imaginarlo con un cuchillo
en la mano, saltando sobre un hombre con la furia de
matar en el corazón? Se me desajustaba el pensamiento y
no podía reunir a Tobías con lo que acababa de decir.
Pero ya Tobías estaba hablando otra vez.
—Yo iba camino de la costa después de unos meses tierra
adentro. No tenía prisa y me iba comiendo los maizales
con los ojos. Eran lindos y el cielo arriba, liso como
un papel azul, descansaba y hacía feliz. Con esto te
quiero decir que estaba contento. Cuando llegué frente a
la cabaña de Villalba, debía de ser mediodía. Era un
viejo pequeñito y delgado, como gastado por el vivir.
Del indio que andaba por su sangre, no le quedaba más
que el ojo chino y levantado hacia la sien. Me dio la
bienvenida en el nombre de Dios y en seguida se puso a
prepararme unas tortillas con no recuerdo qué, como
aquel que sabe que cuando un hombre llega al final de un
camino, tiene que tener hambre. No más que de mirar un
poco dentro de la cabaña, supe que vivía solo, en medio
de su maizal. Cuando le oí hablar al sinsonte que
gorjeaba en la jaula, colgado de la viga, junto a la
puerta, me convencí de su soledad.
—A lo mejor usted viene de Tegucigalpa.
Esto fue lo primero que me dijo, después de la
bienvenida y el ofrecimiento de las tortillas. Parece
nada, ¿verdad? Pues allí en aquellas palabras que no
eran siquiera una pregunta, estaba toda su vida.
—Pues no —le dije—, no de tan lejos. Vengo de los
potreros de La Estrella. Andaba de faena por allá.
— ¡Ah, de La Estrella!
No entonó las palabras con tristeza, no las dijo de un
modo o de otro, y sin embargo, me di cuenta de que le
había causado pena. Es tremenda la fuerza de las
palabras cuando son del corazón. Me le quedé mirando
callado, por temor a lastimarle otra vez aquello que yo
no sabía lo que era.
—Siempre pregunto lo mismo, usted sabe. Los caminantes
vienen a veces de muy lejos y a lo mejor llega uno que
venga de Tegucigalpa.
— ¿Tiene algo que saber de por allá? —me atreví.
—Pues sí, tengo allá a Gilberto.
Parece mentira, pero yo no necesité preguntarle para
saber que Gilberto era su hijo. Había dicho “tengo”, y
aquello me fue bastante para comprender en seguida. Por
los ojos en aquel momento, le adiviné la nostalgia y el
sueño y algo que era como tristeza sin serlo de una vez.
—Se fue ya va para diez años. Andaba cumpliendo los
veinte cuando me dijo que quería estudiar y salir de la
esclavitud de los maizales. Remigio, el hijo de don
Suárez, fue quien le dio la idea por tanto hablarle de
Tegucigalpa. ¿Cómo iba yo a decirle que no, si estaba
queriendo mejorar su vida? ¿No le parece?
—Claro, claro —le dije.
Se sentó en el petate, a mi lado, después de ponerme el
plato en las rodillas.
—Hubiese hecho mal si no le dejo. Por no quedarme solo,
le hubiese cortado su vida. Si uno echa una semilla en
la tierra, no tiene derecho a ponerle encima una piedra
que no la deje salir al aire y convertirse en planta,
¿verdad? Eso fue lo que pensé.
—Estoy seguro de que hizo bien —le dije—. Cuando se
piensa con la buena intención, siempre se hace lo mejor.
—
¿Verdad que sí? —Su pregunta era alegre y en la mirada
estaba el contento—. La prueba está en que arregló su
vida y se me hizo un señor por allá. No lo veo y desde
hace mucho tiempo no tengo una carta, pero ganó la
pelea, estudió, y hoy es hombre de mucha importancia.
¡El doctor Villalba! ¿Se imagina?
Me
pareció que crecía con el orgullo.
—Claro que yo estoy aquí solo y me gustaría darle un
abrazo y hablar con él un poco antes de morirme, pero
comprendo. ¡Un doctor es un hombre atareado! No tiene
tiempo para escribir cartas, pero yo sé que no me olvida
y que el día menos pensado voy a saber de él y hasta a
lo mejor viene a verme.
Oyéndole, yo pensaba en el doctor Villalba, pensaba en
Tegucigalpa, tan lejos de aquella tierra de maizales,
pensaba en que me gustaría estar frente a él, para
decirle de mala manera que él era la semilla y que su
padre había quedado sin corazón, por no ponerle encima
una piedra que le estorbara el salir al aire y
convertirse en planta. Pero claro que no le dije nada de
esto. Seguimos hablando un rato y siempre de aquel hijo
que no estaba allí y que sin embargo llenaba la cabaña,
cubría todo el maizal, ocupaba como el viento todo el
hueco enorme entre la tierra y el cielo. Hablando
estábamos, cuando la puerta se movió dejando entrar una
cinta de sol y apareció aquel hombre. Con verle los ojos
y el mover de los labios mientras pedía a Villalba algo
de comer, bastó para que no me gustara. Dijo que iba
hacia la costa y que llevaba muchos días de camino.
Pedir no es feo cuando uno necesita, pero hay muchas
maneras de hacerlo. Y él pedía de un modo que parecía
que estaba poniéndose de rodillas y diciendo que le
tuvieran lástima. No lo decía, pero era así. Villalba
hizo como conmigo. Le preparó un plato con los restos de
su fogón y en seguida le preguntó si por un azar no
vendría de Tegucigalpa.
—No —le dijo aquel hombre—, vengo de Santa Bárbara. Tuve
un lío por allá y me encerraron tres meses. Cosas del
aguardiente. Pero estuve en Tegucigalpa hace ahora un
año.
Vi
en los ojos del viejo un resplandor de alegría tan
fuerte, que era como si de pronto volviera a tener
veinte años.
—
¡Oh! —le dijo—, entonces usted tiene que saber de él.
Todo el mundo lo conoce allá en Tegucigalpa.
—
¿A quién? —preguntó el hombre.
—A
mi hijo. Al doctor Gilberto Villalba. Es un abogado
famoso, de mucho nombre por allá.
Yo
tengo una manera de sentir las cosas, que nunca he
podido explicármela. Es como si alguien me dijera por
dentro lo que va a pasar. Pues bien, cuando vi la cara
de aquel perro mientras el viejo le explicaba, tratando
de acercarle la imagen del hijo para ayudarle en el
recuerdo, sentí que algo malo iba a pasar. Y no me
equivocaba.
—Gilberto Villalba —dijo sonriendo—, Gilberto Villalba.
Bueno, conocí a uno de ese nombre, y ha de ser el mismo
porque en la cárcel le decían el Doctor.
—
¿En la cárcel? —La voz del viejo se rompió en la
pregunta, pero en seguida se volvió atrás, sonriendo.
—No. Ése no puede ser. Mi hijo es un abogado de mucho
nombre. En su última carta me decía que era hasta amigo
del señor Presidente.
Yo
empecé a temblar por dentro y me hubiera muerto gustoso
si con ello hubiese podido cerrar la boca de aquel
hombre. Pero una cosa es lo que uno quiere y otra lo que
pasa.
—Tiene que ser el mismo —decía el hombre—. Tiene que ser
el mismo. Ese nombre no abunda y además, ya le digo que
le apodaban el Doctor, porque era astuto y pícaro como
un picapleitos.
—Mire, amigo —le corté la palabra—, mire que Villalba es
un apellido que abunda en Tegucigalpa. Y ese hombre del
que usted habla no puede ser el hijo del señor.
—Podrá no serlo —me dijo sonriendo—, pero lo de que
abunde no es verdad. Y sería demasiada casualidad que le
dijeran el doctor.
—Ese no puede ser Gilberto —opuso débilmente el viejo—,
no puede ser.
Yo
hice un esfuerzo desolador para arreglar las cosas.
—Bueno —le dije—, aún suponiendo que lo fuera. La
política lleva a muchos hombres a la cárcel. Y los que
valen tienen enemigos.
Lo
dije mirando a los ojos del hombre y poniendo en la
mirada todo lo que tenía por dentro, para que
comprendiera, pero su respuesta fue una carcajada.
—
¡La política! ¡Qué cosas se le ocurren, amigo! El Doctor
estaba allí por haber matado a un hombre, que ya era el
tercero en su cuenta. Y en sus papeles del juzgado había
de todo además. Robos, estafas, escándalos por el
aguardiente, juego prohibido... ¡Cuando yo les digo que
es una joya el Doctor!
Hacía la lista de las condenas con un gozo, que me
arrancó la última esperanza de poder arreglar las cosas.
Pero además, ya era tarde. El viejo Villalba se había
vuelto como de piedra y estaba allí, más pequeñito y
consumido que nunca, embrutecido por el dolor. ¿Ves tú?
Cuando me tropiezo con hombres como aquél es cuando
pienso que el hombre no comenzó siendo un animalito del
mar, tan pequeño como la punta de la pata de una mosca,
sino que nació entero y ya hecho hombre, de la entraña
sucia del tigre. La naturaleza no puede haber trabajado
tanto para eso. Pero bueno, la sangre me estaba ardiendo
en las venas con la rabia, cuando él sacó su último
argumento como un puñal. Y lo soltó sonriendo.
—Mire, para aclarar de una vez, ¿no tenía su hijo un
lunar, grande como un centavo, aquí mismo, en el cuello,
por el lado derecho?
Las fuerzas de Villalba no le alcanzaron para responder
con palabras, pero movió la cabeza de arriba abajo,
afirmando.
—
¡Pues ya ve, es el mismo! ¡Mire usted que venir a
encontrarme aquí con el padre del Doctor! —dijo soltando
la risa—. Si alguna vez me lo vuelvo a encontrar por
ahí, se lo contaré.
—
¡No —salté yo, ya con el cuchillo en la mano—, no le vas
a contar nada a nadie, maldito perro de los caminos! Ya
contaste más de lo que le está permitido contar a un
hombre en este mundo.
Tobías calló y se puso a retocar con el alfiler el ancla
del velero. Yo le miraba a las manos que acariciaban el
pedacito de tronco de Campeche y me sentí contento por
dentro.
—Se llamaba Juan Aguinaldo —dijo Tobías al cabo de un
momento.
— ¿Quién? —le pregunté.
—Aquel perro —me dijo—. Y no me lo explico, porque es un
nombre muy bonito para que lo llevara encima aquella
carroña sucia, que entró con el sol en la cabaña de
Villalba. ¿No te parece?
—Verdad que sí —le dije—. Verdad que sí. Juan Aguinaldo
es un nombre muy bonito para que lo usara semejante
puerco.
—Bueno, ya no lo usa —terminó Tobías atando los últimos
cordajes al bauprés—, ya no lo usa. Y a lo mejor lo
recoge cualquier día un hombre, que no sea capaz de
entrar en la cabaña de un viejo y romperle con sus
zapatos sucios todas las cosas hermosas que tenga dentro
de su cabeza.
No
se puede saber si un hombre lo es de veras, mientras no
le haya pasado por encima la rueda del sufrir. Se pueden
hacer historias y contarlas, y hasta contarlas tan bien,
que los demás se queden pensando que el que habló fue un
hombre. Pero cuando uno estuvo una vez en la cochina
cárcel de San Pedro Sula y conoció a Tobías, a ése no se
le pueden contar historias rellenas de paja, como las
cajas de botellas. Yo lo sé.
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