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Cuba en el corazón
Héctor
Díaz-Polanco *|
México
En diversos tonos, intelectuales de
izquierda han condenado las penas de cárcel impuestas en
Cuba a un grupo acusado de varios delitos, así como la
aplicación de la pena de muerte a tres secuestradores de
una lancha. Difiero de los que piensan, a la vieja
usanza, que criticar a los aliados o a los proyectos
progresistas, de suyo es alimentar el proyecto del
imperialismo. Pero me opongo también a quienes piensan
que un desacuerdo, por más fuerte que sea, con las
medidas de las autoridades de la isla, debe implicar el
rechazo de la Revolución Cubana, ponerse al margen,
abandonar el campo. Se diga lo que se diga, en las
circunstancias concretas que vivimos hoy, dar la espalda
al pueblo cubano -lo que no se refiere a la
discrepancia, siempre válida- equivale a alimentar el
proyecto imperial.
Si bien es inaceptable que se detracte a los
intelectuales que discrepan, por el sólo hecho de
manifestar su desacuerdo, es también insostenible que
los críticos, que hablan desde una perspectiva de
izquierda, impliquen que su reprobación conlleva tocar
la retirada o a abandonar la defensa del proceso
revolucionario cubano. En esto no puedo seguir ni a
Saramago ni a otros intelectuales. Tendría que
demostrarse, al menos, que el sistema sometido a juicio
se ha erosionado, que su práctica es la negación del
proyecto sociopolítico que lo alentó y que los derechos
fundamentales de los cubanos han sido conculcados, lo
cual no es, ni de lejos, el caso de la Revolución
Cubana. Saramago proclamó que considera la disidencia un
acto irrenunciable de conciencia y que rechaza la pena
de muerte. No tengo objeción a esos planteamientos
generales, con las precisiones que haré más adelante.
Pero Saramago deriva un rotundo: "Hasta aquí he
llegado". No creo que esta conclusión se deduzca, ni
filosófica ni políticamente, de la discrepancia
manifestada. Oponer preceptos generales a los argumentos
particulares del otro, y con ello dar por terminado el
diálogo, no es un ejercicio de la razón crítica; a
menudo es un gesto dogmático y soberbio que, en la
historia, ha sido la práctica habitual de los poderosos.
Discrepar con uno o más actos de la Revolución Cubana no
tiene por qué conducir a desentenderse de ese
experimento social, uno de los más valiosos de nuestro
tiempo; a implicar que ya nos será ajena la solidaridad
con ese pueblo (al parecer comprendida en esta sentencia
de Saramago: "en adelante Cuba seguirá su camino, yo me
quedo"). Si este proceder se generalizara entre la
intelectualidad que ha sido solidaria con el pueblo de
Cuba -poco interesa aquí la previsible logomaquia del
imperio y de sus intelectuales de derecha-, el
sanguinario totalitarismo imperial que hoy nos amenaza a
todos alcanzaría un triunfo político-ideológico. Y hay
que dejarlo claro: un triunfo de ese tipo de los
enemigos de la Cuba revolucionaria, por ahora
improbable, no podría ser anulado por las buenas
intenciones que animen a los que practican la crítica
como defección.
Las sombras del universalismo
¿Qué es lo que realmente ha cambiado, que induce una
variación de actitud tan drástica en algunos
intelectuales que anteriormente valoraban con entusiasmo
el ejemplo cubano? ¿Han sido las últimas medidas contra
"disidentes" (estas comillas las justificaré más
adelante) y transgresores de las leyes del país? No
parece ser así, ya que por lo que hace a estas medidas
la política del Estado cubano no ha variado. Así, pues,
no es evidente la relación entre los hechos reprobados y
el nuevo camino seguido por algunos intelectuales.
Vuelvo a mirar la foto, tomada en La Habana, en febrero
de 1992, ya en pleno "período especial": un grupo de
intelectuales, entre ellos Saramago, saludamos al
comandante Fidel Castro; a un lado de éste, Roberto
Fernández Retamar, nuestro anfitrión en Casa de las
Américas. Se festejaba el cierre de los trabajos de los
jurados del Premio Casa y de los eventos culturales con
motivo del Quinto Centenario. Revivo la admiración de
Saramago hacia la Revolución Cubana, sus logros y la
calidad de sus dirigentes; sus penetrantes comentarios
sobre la importancia de este vasto experimento social,
temas recurrentes en las numerosas pláticas que
sostuvimos (junto con Consuelo Sánchez) a lo largo de
una semana, a veces hasta altas horas de la noche. En
aquel entonces estaba vigente la pena de muerte en la
isla (de hecho se había aplicado poco antes), y los
tribunales sancionaban con penas de cárcel a aquellos
que violaban las leyes cubanas (sin exceptuar a los que
se definían como disidentes). Así que, por aquel
entonces, intelectuales como Saramago distinguían
claramente su apoyo a la Revolución Cubana de su posible
desacuerdo con la aplicación de la pena de muerte y el
arresto de ciertos transgresores de las leyes. El apoyo,
desde luego, no impedía manifestar el desacuerdo. De
aquellos años a la fecha, insisto, en este punto no hubo
cambios en Cuba. Si hubo cambios en la isla fueron en el
sentido de remontar -contra tantos vaticinios sobre la
catástrofe que se avecinaba- las dificilísimas
condiciones socioeconómicas creadas a raíz del derrumbe
del bloque soviético (el mencionado "período especial"),
sin que Cuba sea ahora el paraíso, una hazaña que sólo
puede explicarse por la unidad del pueblo cubano en
torno al proyecto revolucionario, la sorprendente
vitalidad propia del sistema (roto ya el nexo con las
economías del este) y la lucidez de su dirigencia. ¿ Qué
cambió entonces, que provoca las reacciones ya sabidas?
Me parece que, en el ínterin, hubo un cambio en la
visión de esos intelectuales.
No implico que hay doblez en el giro observado, pero sí
que entraña novedades sobre las que debemos reflexionar.
Dejando de lado las consabidas injurias del pensamiento
conservador contra la Revolución Cubana, creo que los
recientes reposicionamientos de algunos intelectuales no
pueden explicarse, en efecto, como meras reacciones ante
las medidas adoptadas en abril último por el Estado
cubano. Vislumbro que hay otras cuestiones de enfoque.
Exploraré la que puede ser una de ellas. El cambio
referido quizás tiene que ver con el desarrollo de una
ideología universalista -de neto corte liberal- que ha
ido penetrando en el pensamiento de izquierda y
progresista en los últimos tiempos. Lo más destacado del
pensamiento liberal y de sus aparatos de formación de
opinión pública han dedicado un esfuerzo formidable en
décadas recientes a modelar esta visión, especialmente
por lo que hace a los derechos humanos. En este terreno
se ha concentrado parte importante de la batalla
ideológica. Los derechos humanos, de ser prerrogativas
históricas, construidas por las sociedades, que
responden a necesidades concretas de justicia de las
agrupaciones humanas, pasan a ser esquemas previos,
supuestamente fundados en principios ahistóricos,
categóricos, absolutos. De ahí les viene la
"universalidad", puesto que están determinados de
antemano, tanto por lo que hace a su contenido como a la
forma específica de su ejercicio. En suma, la
perspectiva liberal resulta así la depositaria del saber
sobre la libertad, la justicia y otros valores,
traducidos al lenguaje de los derechos.
El liberalismo predominante (especialmente en sus
formulaciones deontológicas más recientes), obtiene un
triunfo notable cuando logra meter al menos parte del
pensamiento progresista o de izquierda en la lógica de
un falso universalismo que favorece en todo al statu quo
capitalista. Entiéndase: no es, ni mucho menos, que los
proyectos democráticos o el socialismo deban reñir con
los derechos de las personas y los grupos
(colectividades con identidades propias, por ejemplo),
sino que tales derechos deben concebirse como
históricos, concretos, emanando de concepciones del
"bien" que son obra de los hombres y sobre las que van
construyendo acuerdos. En este sentido, los derechos son
universalizables: se forman mediante el diálogo, la
discusión y el acuerdo entre las comunidades humanas.
Esa es su verdadera fuente, y no ningún principio o
imperativo del que los pensadores de una o más
sociedades tienen la clave. Así, por cierto, surgieron
los derechos contenidos en la Declaración Universal de
los Derechos Humanos: son universales en cuanto la
generalidad de las sociedades los han adoptado,
manifestando su acuerdo.
Esto está lejos de esquemas previos que definen hasta en
sus menores detalles cuáles son esos derechos de una vez
y para siempre y, particularmente, cómo deben ejercerse
en la práctica (que instituciones, qué mecanismos, qué
procedimientos, etc.). El que los derechos humanos
tienen un claro soporte histórico se deduce del sencillo
hecho de que ellos se han ido construyendo y han
ampliado su rango, proceso que está lejos de haber
concluido. Nuevas "generaciones" de derechos han surgido
en los últimos años, y órdenes nuevos están apenas en
proceso de consolidación, como es el caso de los
llamados "derechos colectivos", parte de los cuales se
está fraguando en el diálogo que realiza el Grupo de
Trabajo de Naciones Unidas sobre los derechos de los
pueblos indígenas del mundo. El procedimiento liberal
sigue otro camino: definir principios universales "de
justicia", por ejemplo, que excluyen cualquier
concepción particular del bien, para poner el énfasis en
una visión de lo justo que también se pretende
universal. Examinada con detalle, se echa de ver que
esta visión de lo justo esconde una concepción
particular del bien, que es en verdad el sustento de la
primera. Por ello, no es sorprendente que los principios
"universales" que sustentan la justicia, los derechos
humanos, correspondan perfectamente con las sociedades
llamadas liberales-democráticas de occidente (y
particularmente de su parte noratlántica). Los teóricos
liberales advierten tan afortunada coincidencia y
razonan que ello se debe a que, en rigor, la forma
particular de ver el mundo de esa parte de occidente es
la consumación de los principios universales que ellos
no han formulado, sino que sólo han descubierto. Ahora
podemos estar tranquilos, pues los principios de la
democracia liberal (anglosajona, para más señas) tienen
la consistencia de la "razón universal" y es por ello
que deben ser adoptados por todas las sociedades
humanas.
Esta manera de razonar, que causa tanta fascinación en
ciertos círculos intelectuales (se perciban o no sus
sutilezas), tiene el doble problema de que oculta el
particularismo que está detrás del universalismo y ahoga
el pensamiento crítico. El primer problema lo advierten
los críticos recientes de este enfoque liberal, tanto
internos como externos. Coinciden en un punto: lo
peculiar del liberalismo no es que sus presupuestos y
los modelos sociopolíticos que de ellos derivan sean
universales (en el sentido de estar fundadas en la razón
humana, como declaran los liberales), sino que es la
doctrina que ha llevado más lejos la pretensión de
convertir todas sus concepciones particulares del bien
en normas generales. El liberalismo en boga, recuerda
Taylor, "parece suponer que hay unos principios
universales que son ciegos a la diferencia". Lo
preocupante, agrega, es "que la misma idea de semejante
liberalismo sea una especie de contradicción pragmática,
un particularismo que se disfraza de universalidad."1 No
hay, en verdad, mejor coartada política que hacer pasar
mi propia e interesada visión del mundo como la única
forma de organización sociopolítica que es racional y
moralmente legítima. Según este enfoque, la libertad, la
democracia, por ejemplo, sólo se pueden ejercer de
acuerdo con ciertos moldes, con lo que los
correspondientes derechos pasan a ser, realmente, muy
particulares: responden más a los patrones de una
tradición cultural y política específica que a supuestos
imperativos universales. Su "universalidad", más bien,
proviene de la voluntad poderosa de un tipo de sociedad
que decide que su visión del mundo debe ser reconocida
universalmente como "la buena vida": la única forma
legítima, democrática, etc., de "ordenar" la sociedad y
sus instituciones. Todo el que se aparta de tal
"universalidad" y explora otros caminos, en aras de
buscar formas más justas de organizar la sociedad (a fin
de acrecentar las libertades reales de todos, la
solidaridad, el bienestar de la colectividad), es un
violador de los derechos humanos. Y es así como se puede
llegar a la aberración de que sociedades en donde los
derechos de las personas y los grupos alcanzan altísimos
niveles, como es el caso de Cuba, puedan ser acusadas de
infringirlos. Esto lleva también, y ya tenemos
inquietantes ejemplos concretos de ello, a justificar la
aplicación de la fuerza contra ciertos países
(intervenciones humanitarias, claro) para reponer la
normalidad dictada desde los centros de poder mundial.
El derecho a la "intervención humanitaria" comienza a
configurarse como un nuevo derecho "universal" a la
medida de los intereses de los mandarines de la
globalización. Para lograr todo ello, adicionalmente el
pensamiento liberal ha realizado una doble operación de
cirugía mayor, consistente en reducir prácticamente los
derechos a unos cuantos, y éstos a su manera.
La primera operación consiste en distinguir
arbitrariamente entre derechos civiles y políticos, por
una parte, y derechos económicos, sociales y culturales,
por otra. Al tiempo que el tema de los derechos humanos
adquiere una relevancia cada vez mayor en el mundo, el
debate crítico en torno a lo que ellos realmente
significan y, sobre todo, a las prerrogativas
individuales y colectivas que abarcan, debería
intensificarse. Lo que creo observar en algunos
intelectuales, en cambio, es una mansa aceptación de los
tópicos que pregona el liberalismo. Aquella separación
entre "órdenes" de derechos es un ejemplo pertinente. No
existe ni el más mínimo fundamento para ello. Pero la
disociación tiene el efecto de apuntalar el sesgo
individualista de los derechos y, como veremos, de
deshacer el eje social que cruza transversalmente los
mismos. Al final, los únicos verdaderos derechos
terminan siendo los civiles y políticos, mientras los
demás son sólo "deseos" poco realistas, moralmente no
exigibles, "aspiraciones" que se dejan para las calendas
griegas. Es un asunto crucial, pues resulta evidente que
desde los países ricos, conforme aumenta su poder
económico y político merced a la llamada globalización,
se impone una visión sesgada, desequilibrada y egoísta
de los derechos humanos, minimizando o dejando de lado
sus contenidos económicos, sociales y culturales. En el
fondo de esto, está la vieja distinción que hace la
doctrina liberal entre la libertad y la igualdad, ahora
convertida por los Estados centrales -incluso en el seno
de las Naciones Unidas y contra el espíritu de su
Declaración- en imperativo ideológico a escala mundial y
en la única y "universal" verdad moral.
La verdad es que los derechos humanos son integrales
(civiles y políticos/sociales, económicos y
culturales/individuales y colectivos) o no son más que
un arma de combate político. Si no se insiste en cada
caso y a cada paso en la integralidad, se favorece un
falso universalismo interesado (en realidad, nada
universal sino muy particular y propio de una manera de
ver el mundo, de organizar la dominación de la
sociedad). La organización de Amnistía Internacional ha
reparado en este hecho recientemente. Paul Hoffman,
presidente de esta organización, lo reconoció en su
discurso ante el III Foro Social Mundial de Porto
Alegre: "El derecho internacional de derechos humanos es
mucho más que los derechos civiles y políticos. Va mucho
más allá del limitado concepto que se circunscribe a la
protección del ciudadano de las injerencias del Estado
en sus libertades fundamentales. La perspectiva de los
derechos humanos hace igual énfasis en la idea de la
dignidad humana y en lo que se requiere que hagan los
Estados (en términos positivos) para garantizar que la
vida se vive con dignidad." Y agregó: "Durante demasiado
tiempo se ha prestado demasiada poca atención a los
derechos económicos y sociales y, en este respecto,
Amnistía Internacional comparte algo de la culpa. Hasta
hace bien poco nuestra organización no se había
comprometido a trabajar por toda la variedad existente
de derechos humanos."2
Veamos la segunda operación: una vez que han sido
separados, los derechos son jerarquizados por el
liberalismo. Ilustres liberales, desde J. Locke a I.
Kant, desde I. Berlin a J. Rawls, han insistido en que
la libertad tiene prioridad absoluta sobre la igualdad,
y que ninguna restricción de la primera es admisible
para alcanzar mejorías prácticas en materia de justicia
y fraternidad humanas. La jerarquía liberal establece
que existen derechos sustantivos (que son inalienables),
y adjetivos (que pueden pasarse por alto, al menos hasta
que se realicen plenamente los primeros). En ese marco,
previsiblemente los derechos civiles y políticos se
afirman como los fundamentales, mientras los económicos,
sociales y culturales ocupan una posición secundaria,
aunque el ejercicio pleno de éstos sea una evidente
condición para construir sociedades justas e
igualitarias. En los hechos, esta arbitraria jerarquía,
asumida acríticamente por ciertos círculos
intelectuales, ha operado como el más formidable
obstáculo para que la mayoría de la humanidad disfrute
del elemental derecho a una vida plena. En Teoría de la
justicia, considerada la última obra maestra del
liberalismo, Rawls buscó conciliar la libertad con la
igualdad, incorporando en la doctrina el célebre
"principio de diferencia" (regulador de las
desigualdades). Pero no tardó en recaer en la prioridad
del "principio de libertad", de modo que ningún
principio regulador de las desigualdades socioeconómicas
puede intervenir hasta que aquél haya sido plenamente
satisfecho. En estas condiciones las cuestiones
relativas a la igualdad pueden quedar permanentemente
aplazadas, dando lugar a la paradójica "justicia" de la
desigualdad y la explotación, que no es más que un
retrato de las actuales democracias capitalistas.3
Los derechos humanos así jerarquizados no responden a
ningún imperativo universal; constituyen el punto de
vista particular de una doctrina, asumido por grupos de
intereses también muy determinados. Se entiende que
busquen hacer pasar esta visión como la racional y
universal. El motivo es sencillo: si todos los derechos
fuesen considerados en el mismo plano de importancia y
como interdependientes, gobiernos que hoy se proclaman
como campeones de los derechos humanos quedarían
situados como los mayores violadores, pues con sus
políticas han extendido la sombra de la desigualdad y la
miseria sobre la mayoría de los pueblos. Es un enfoque
que se opone a la construcción de sociedades tan
igualitarias y justas como libres y solidarias, que es
la generalizada aspiración de la humanidad. La reducción
de los derechos humanos es una de las formas ideológicas
que adopta la oposición neoliberal a cualquier cambio
del mundo en un sentido democrático, progresista,
socialista. En su marco, otro mundo jamás será posible.
En los hechos, esta visión se ha concretado como una
defensa abstracta, formal y unilateral de la "libertad"
(en realidad de ciertos derechos civiles, entendidos
según los valores de los poderosos), en detrimento u
olvido de la justicia entendida como igualdad que
constituye, sin duda, la médula de los derechos humanos
proclamados por las naciones en 1948.
En resumidas cuentas, el liberalismo, que nació como una
perspectiva filosófica y una ideología política entre
otras, amenaza con convertirse en un pensamiento único.
Pero no sólo eso. Además, se está traduciendo en una
intolerante política internacional, dogmáticamente
impuesta sobre todo el orbe, que permite repartir
condenas o reconocimientos a conveniencia. En esa
atmósfera, la noble defensa de los derechos humanos
corre cada vez más el peligro de convertirse en mero
instrumento de manipulación política y en el manto que
cubre la hipocresía de los poderosos (particularmente
del gobierno norteamericano y sus aliados), en perjuicio
de los países más débiles. Cuba, por cierto, ha luchado
en los foros internacionales contra estas
deformaciones.4
La Declaración Universal de los derechos Humanos indica
en su primer párrafo que "todos los seres humanos nacen
libres e iguales en dignidad y derechos". No es difícil
llegar al acuerdo de que esta debe ser una idea
inspiradora, un presupuesto internacionalmente aceptado.
Pero lo que necesitamos no es que se nos repita que es
un principio universal, sino que a la luz de él se
saquen las consecuencias y se explique por qué muchos
millones de seres humanos, que según esa máxima nacieron
libres e iguales en dignidad y derecho, viven en la
pobreza y la opresión; y qué sería necesario hacer para
que esto no siguiera ocurriendo. Si todos nacemos libres
e iguales, ningún principio sobre la "libertad" que
pueda esgrimirse para imposibilitar que los seres
humanos alcancen la igualdad en dignidad y derechos
puede proponerse como una norma moralmente válida. La
única norma que puede pretender universalidad es la que
procura la justicia para todos. En mi opinión, en la
actualidad nadie está haciendo más, y en medio de más
dificultades, para avanzar por esa ruta que la
Revolución Cubana.
Estimo que el análisis de estos problemas, que apenas he
esbozado, debería ser materia del trabajo de los
intelectuales que adoptan un talante crítico, en sus
variadas modalidades. Parece haber cierto acuerdo acerca
de que la principal tarea de estos intelectuales es
abordar críticamente la sociedad que les tocó vivir,
mediante la evaluación atenta de las evidencias,
contrastando los enfoques con las pruebas que brotan de
la diversidad del mundo... Pero esto no puede lograrse a
partir de vaporosas nociones que ahorran el análisis
concreto e ignoran los contextos. Al contrario, el
pensamiento crítico no se lleva bien con los pretendidos
principios universales o inmutables. En este sentido, me
parece que es deber de los intelectuales reflexionar
sobre los temas apuntados, buscando remontar los tópicos
que están configurando un pensamiento "políticamente
correcto": por ejemplo, la defensa abstracta de ciertos
derechos "civiles y políticos", mientras cotidianamente,
y en parte merced a esos tópicos, se violan los derechos
a la vida digna y plena de millones de personas. La
crítica debería enfocar sus baterías hacia un orden
sustentado en la impostura, en el que unas "libertades"
se oponen a la justicia y modelan un planeta atestado de
menesterosos y desesperados: la inmensa multitud de los
"condenados de la tierra". Está visto que esa crítica no
puede realizarse con los instrumentos de un
universalismo hueco que hace caso omiso de la variedad
del mundo; que en su intolerancia y soberbia no es
capaz, como añoraba Borges, de apreciar "las excelencias
ajenas" porque está enceguecido por sus propios valores
y verdades inalterables; que exonera a los culpables y
condena a las víctimas que no aceptan las reglas del
juego, sin ni siquiera escuchar sus razones (pues ya se
impuso el canon: las razones son "universales" o no son
razones).
Los derechos humanos en Cuba
En Cuba se han llevado los derechos humanos en su
"vertiente" económica, social y cultural, más lejos que
nadie, al menos en el contexto latinoamericano. ¿Se
violan, en cambio, los derechos civiles y políticos?
Nadie ha podido fundar expedientes de desapariciones,
ejecuciones extrajudiciales, torturas, represiones
policíacas, y otras violaciones por el estilo, contra
ciudadanos cubanos. Esto puede decirse de muy pocos
países en el mundo; desde luego, no puede afirmarse de
los Estados Unidos, cuyo gobierno es un contumaz
ejecutor o promotor de todas las violaciones
imaginables. Digamos de paso que el gobierno
norteamericano no sólo viola tales derechos, sino que
además ha roto todas las marcas en su oposición a los
acuerdos e instrumentos internacionales destinados a
mejorar el respeto a los derechos de las personas y
hacer del planeta un mundo mejor para todos. La negativa
del gobierno estadounidense a reconocer tales acuerdos
internacionales va desde el protocolo de Kyoto hasta la
Corte Penal Internacional, desde la Convención sobre
imprescriptibilidad de los crímenes de guerra y de lesa
humanidad hasta la que garantiza los derechos de los
niños...5
Por lo que respecta a Cuba, pues, la cuestión entonces
se restringe a ciertos derechos civiles y políticos que
tienen que ver con la libertad de expresión y prensa,
participación política, etc. Pero la sociedad cubana se
ha dado formas de expresión, participación, etc.,
adaptadas a su realidad y circunstancia. El debate es en
torno a si esas formas y los procedimientos conexos son
adecuados o no. Y es un debate válido, pues es absurdo
pretender que la sociedad cubana alcanzó el punto
culminante y que no es perfectible; o que no deba
discutirse sobre ello. Pero ese debate no puede
realizarse provechosamente a partir de supuestos
principios universales que han definido de antemano las
únicas formas legítimas y que, por ejemplo, repudian por
principio cualquier modalidad de democracia
participativa, etc. La universalidad que excluye la
consideración de la diversidad, como lo han comprobado
tantos pueblos a lo largo de la historia (y en
particular los pueblos indígenas), es una impostura. La
universalidad que aspira a ser válida debe alimentarse
de la diversidad, a la que no puede ser ciega. Y esto
tiene un presupuesto insoslayable: no perder de vista
los contextos y comprenderlos. Si hay una sociedad
juzgada al buen tuntún sin un esfuerzo razonable por
allegarse la información pertinente, y a veces con una
ignorancia hasta de lo más elemental, esa es la Cuba de
hoy. Y aquí cabría recordar la máxima de Geertz: "El
juzgar sin comprensión constituye una ofensa contra la
moralidad".6
Volviendo al punto, ¿acaso puede sostenerse
reflexivamente que las únicas formas válidas y
"universales" de ejercer esos derechos "civiles y
políticos" son las dictadas por los países ricos y sus
pensadores? ¿Y, en cualquier caso, una evaluación
equilibrada no tendría que tomar en cuenta la situación
a que ha sido orillado el país, a la defensiva frente a
un asedio y una agresión constantes? ¿En esas
condiciones, el ejercicio de tales derechos civiles y
políticos podría realizarse sin previsiones para evitar
que los propósitos declarados de los Estados Unidos de
destruir el sistema cubano mismo se cumplan?
Veamos el caso concreto de la disidencia, esto es, el
derecho a tener ideas divergentes de cualquier tipo y a
expresarlas. Hasta Saramago, que en su texto citado
caracteriza la disidencia como irrenunciable, admite que
ésta debe tener al menos un límite: por ejemplo, la
traición. Ahora bien, en Cuba el que piensa diferente no
es considerado un traidor ni es encarcelado por ello. En
las condiciones de Cuba, en cambio, las acciones del
disidente que consisten en hacer tratos y realizar
actividades con los agentes de una potencia extranjera
que explícitamente ha manifestado querer socavar y
derribar el régimen, se consideran una grave falta,
rayana en la traición, y están penadas por leyes previas
y públicas (no ad hoc ni secretas). Lo penado, en el
caso de las sentencias recientes, no fueron las ideas,
sino las acciones conducentes a derribar el gobierno, en
complicidad con entidades oficiales norteamericanas que
no ocultan sus propósitos. El asunto aquí radica en si
la traición fue probada adecuadamente en el caso de los
sentenciados ("Puede que disentir conduzca a la
traición, pero eso siempre tiene que ser demostrado con
pruebas irrefutables", escribió Saramago). Los
tribunales cubanos creen que sí fue acreditada, y se han
exhibido las pruebas. Saramago cree que no. Por
consiguiente, la cuestión se coloca en el terreno de las
pruebas y su evaluación, y no ya en el de un pregonado
derecho universal a la "disidencia" que no admite
restricciones, lo que colocaría a Cuba en la indefensión
frente a un gigante que no ceja en su empeño de
someterla. La mejor prueba de que en Cuba no se
encarcela por las ideas es que los que piensan
diferente, pero no violan las normas que previenen el
complot y la conspiración contra la sociedad
revolucionaria, andan libres. Ya se ha dicho hasta el
cansancio: ningún país (incluyendo a los que se precian
de ser campeones de la libertad de pensamiento y de ser
el modelo para juzgar a los demás, como es el caso de
Estados Unidos) permite que sus nacionales participen en
operaciones con agentes o funcionarios extranjeros para
derribar el régimen sociopolítico. Si ciudadanos
norteamericanos hubieran realizado actividades con el
responsable de la oficina de intereses cubanos en
Washington, orientadas a "cambiar el régimen", estarían
ahora encarcelados de acuerdo con las leyes
estadounidenses.
Yo diría que el verdadero problema de los derechos
humanos en Cuba se encuentra en otra parte. Es cierto
que el pueblo cubano sufre la violación de sus derechos
humanos, masivamente, cada día. Pero ello no es obra del
régimen cubano. Los instrumentos de esas violaciones
tienen nombres y a veces hasta apellidos: el bloqueo
contra la isla, la Ley de Ajuste Cubano, la Enmienda
Torricelli, la Ley Helms-Burton, todos obras de los
Estados Unidos.
La amenaza imperial
Hasta los críticos de izquierda más acérrimos tienen que
reconocer un hecho incontestable: la amenaza
imperialista contra la sociedad que los cubanos han
construido en las últimas décadas es más seria e
inminente que nunca. Sólo hay que atender a las
declaraciones de los voceros del imperio y sus corifeos,
y a sus aprestos contra Cuba, inmediatamente después de
haber arrasado con Afganistán e Iraq. Dado el historial
del imperio, no hay razones para tomar en serio la
declaración de Powell, del 4 de mayo pasado, en el
sentido que no cree necesario el uso de la fuerza
militar contra Cuba. De todos modos, él creyó
conveniente agregar que era sólo "por el momento".
Comprendo la reacción de los cubanos. El 28 de abril
pasado rememoré la experiencia más traumática y amarga
de mi vida: la invasión de mi país de origen por tropas
norteamericanas. Una insurrección popular, iniciada el
24 de abril de 1965, había derribado el gobierno de
facto en la República Dominicana y buscaba restablecer
el régimen democrático y constitucional (depuesto unos
años antes por el propio Estados Unidos). Alegando que
en las filas de los constitucionalistas había "53
comunistas" -algo parecido al pretexto de las "armas de
destrucción masiva" de hoy-, desembarcaron en la isla
miles de marines. Se formaron comandos populares para
resistir y se logró combatir contra el invasor durante
cerca de seis meses. Miles de mis compañeros murieron.
Es una historia larga que no me propongo exponer aquí.
Fue, en síntesis, el heroísmo de un pueblo que afrontó
con todo al invasor; pero también la afrenta, el
atropello, la humillación, la muerte para muchos en la
flor de la vida. Cuando finalmente se marcharon las
tropas de ocupación, dejaron a los dominicanos una de
las dictaduras más feroces del continente (encabezada
por Joaquín Balaguer, el "hombre" de Estados Unidos en
Santo Domingo): durante 12 años, millares de ciudadanos
fueron asesinados, decenas de miles perseguidos,
encarcelados y torturados, sin contar a los deportados.
Los grupos paramilitares, los cuerpos represivos del
Estado y los "asesores" de la CIA (el más conocido es
Dan Mitrione) ejecutaron el trabajo. Para ellos, violar
los derechos de los dominicanos se convirtió en una de
las bellas artes. Hasta hoy, el país (que tiene la
mayoría de su población sumida en la pobreza) no se ha
recuperado de estos infames actos.
Creo entender la preocupación del pueblo y el gobierno
de Cuba. La idea de tropas extrajeras hollando su suelo
debe provocarles el mismo vértigo de rebeldía que me
produjo hace 38 años el cuadro horrendo de una invasión
a mi país. Yo espero con toda el alma que millones en el
mundo compartan ese sentimiento. Si el pueblo cubano y
su revolución fueran agredidos, no bastará decir: Me
atuve al dictado de mi conciencia y a los principios que
me aconsejaron decir: "Hasta aquí he llegado con Cuba;
aquí me quedo". Y no importará si las intenciones fueron
las mejores del mundo. Supongo que especialmente en este
caso, la pesadumbre, el dolor no podrán describirse. Y
ningún principio universal será consuelo para un pueblo
herido.
Debemos llevar, hoy más que nunca, a Cuba en el corazón.
Ni aun el rechazo a la pena de muerte, causa que
suscribo, debe llevarnos a darle la espalda. En este
momento de amenaza para el pueblo cubano, estas palabras
de José Martí deben ser nuestra divisa: "Quien se
levanta hoy por Cuba, se levanta para todos los
tiempos".
Notas
1. Charles Taylor, El multiculturalismo y "la política
del reconocimiento", FCE, México, 1993, p. 68.
2. Paul Hoffman, "Respeto para los derechos humanos:
¡esto es lo que hay que globalizar!", en Memoria, núm.
169, cemos, México, marzo de 2002. (En la red cf.: http://www.memoria.com.mx/).
3. John Rawls, Teoría de la justicia, Fondo de Cultura
Económica, México, 1979, pp. 52-53.
4. Véase, por ejemplo, el discurso del Ministro de
Relaciones Exteriores de Cuba en el 56 período de
sesiones de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones
Unidas, Ginebra, 30 de marzo de 2000: Felipe Pérez
Roque, "Cuba, ¿país libre o colonia de los Estados
Unidos?", en Memoria, núm. 141, cemos, México, noviembre
de 2000, pp. 45-50.
5. Asociación Americana de Juristas, "La violación de
los derechos humanos en Estados Unidos", en Memoria,
núm. 149, cemos, México, julio de 2001, pp. 51-53.
6. Clifford Geertz, "El pensar en cuanto acto moral", en
Los usos de la diversidad, Paidós, Barcelona, 1996. No
está de más señalar que el rechazo del universalismo que
hace caso omiso de la diversidad no requiere suscribir
el relativismo absoluto del "todo vale" ni asumir sus
supuestos. En otra parte me he referido a esta cuestión:
cf., "Dilemas de la diversidad", en Diálogos
Latinoamericanos, Universidad de Aarhus (Dinamarca),
octubre-diciembre de 2000, pp. 77-91.
*El autor es profesor-investigador del Centro de
Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología
Social (ciesas), México. Director de la revista
Memoria.
Obras recientes: Indigenous peoples in Latin America.
The quest for self-determination (Westview Press,
Colorado/Oxford, 1997), La rebelión zapatista y la
autonomía (Siglo XXI Editores, México, 1998) y México
diverso (Siglo XXI Editores, México, 2002.
diazp@prodigy.net.mx.
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