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Ballet Nacional de Cuba (BNC)
SUBIENDO LA ESCALERA DEL FUTURO
 
Tres “viejos” ballets bailados por figuras nuevas. Más teatralidad y menos tecnicismo. “Verde que te quiero verde”: Lorca revive la huella española. “Ciertos pasos y movimientos no se pueden cambiar, aunque cada cual le imprima al ballet el sello de su personalidad.”


Hilario Rosete Silva | La Habana


Hace dos semanas, con los ballets La casa de Bernarda Alba, Evasión, y Dido abandonada, cuyos estrenos mundiales, con coreografías de Iván Tenorio, Hilda Riveros y Alicia Alonso, respectivamente, ocurrieron en La Habana de 1975, 1980 y 1988, en ese orden (y con los pas de deux El pájaro azul y Diana y Acteón), el BNC, desde la sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana, homenajeó el aniversario 200 de la muerte del coreógrafo italiano Gaspero Angiolini (1731-1803), y el cumpleaños 90 del Museo Nacional de Bellas Artes. 

“La sorpresa es esa: todos estos ballets serán bailados por figuras nuevas” –anunció Alicia Alonso, directora general de la afamada compañía cubana que en este 2003 igual arriba a su “memoria número 55”. La Prima Ballerina Assoluta habló de “la continuación”, de “la escalera del futuro”, para referirse a un hecho que cada vez es más frecuente y, por supuesto, siempre es bien recibido. 

Moros y troyanos

La obra de Angiolini se hizo notable en Viena. Allí ensayó con temas y gestos dramáticos, y dio a conocer el ballet de pantomima. Se propuso infundir en la danza una expresión cada vez mayor de sentimientos humanos, evadiéndose de la atmósfera decorativa del barroco. Su ejercicio maestro fue el ballet Don Juan, con música de Gluck, el famoso compositor alemán reformador de la ópera. 

Dido abandonada (también originario de Angiolini) es una obra que ya tiene su historia en el BNC. Últimamente se había puesto menos, mas ahora viene recobrando su lugar”, explicó Pedro Simón, director del Museo Nacional de la Danza y de la revista Cuba en el Ballet. “Es un fruto artístico interesante, procedente del siglo XVIII. Angiolini fue un coreógrafo italiano, pero también fue bailarín, compositor y un gran teórico de la danza, tan excelso como el coreógrafo francés Jean Georges Noverre (a la memoria de Noverre la UNESCO instituyó el Día Internacional de la Danza), aunque menos recordado.” 

El propio Gasparo Angiolini creó la música de Dido..., elaboró el libreto (sobre la base de Metastasio y Virgilio) y lo estrenó en San Petersburgo en 1766, bailando en el papel de Eneas. Como muchas obras de la época, esta estuvo perdida. Hace unos años el investigador y crítico itálico Lorenzo Tozzi localizó la partitura original de la música, con anotaciones manuscritas de Angiolini, y se la ofreció a Alicia como una curiosidad. Ella, estudiando al italiano, profundizando en sus criterios sobre la danza, y ajustándose a los patrones esenciales del autor y de la pieza, hizo un nuevo montaje del ballet con la técnica de nuestros días, lo estrenó en La Habana, en 1988, interpretando a Dido, y lo paseó por diferentes escenarios. 

—También averigüé y plasmé los modos de las danzas guerreras y de celebración, los elementos del folklore de los romanos y de los pueblos moros del norte de África, para (recreándolos) usarlos como toques, como pinceladas dentro de la coreografía –agregó la Alonso. 

—Dido, reina de Cartago, es para mí un papel diferente –nos dijo la primera bailarina Viengsay Valdés al término de su primer desempeño en el personaje, aún ataviada con el manto escarlata de la soberana–. El público ya no puede verme como aquella bailarina virtuosa que hace un derroche de técnica en Paquita (Grand pas) o se desdobla entre Odette y Odile, los cisnes Blanco y Negro (del III acto de El Lago de los cisnes). Esta coreografía, en apariencia más sencilla (la propia Alicia Alonso había recordado que no contenía ni un solo fouettè), exige, a cambio, gran teatralidad y capacidad interpretativa. 

—Eso, Dido abandonada es un ballet diferente –coincidió la bailarina principal Anette Delgado–. Es preciso transmitir la clase, el porte, la suavidad de los modales de la reina, y asimismo reflejar su situación un tanto ambivalente: enamorada de Eneas y dispuesta a fingir que prefiere a Jarba, rey moro, para retener al héroe troyano. 

No obstante, las bailarinas –primeras o principales– que ahora se estrenaron en el papel, por momentos se mostraban hieráticas. El hecho revela falta de ensayos, y, por consiguiente, un excesivo desvelo a la hora de bailar por recordar el libreto, en detrimento de la riqueza histriónica, del dominio del personaje. 

Granito y esparto

“Habitación blanquísima del interior de la casa de Bernarda (Alba). Muros gruesos. Puertas en arco con cortinas de yute... Al levantarse el telón, está la escena, ¡sola!” Federico García Lorca. 

—Asumir el personaje de Bernarda Alba fue aún más difícil –reconoció Viengsay–. Es un alma de gran temperamento, muy severa. Para interiorizar los rasgos de su carácter debí documentarme sobre la sociedad española de la época y llegar a respirar el clima de aquel verano, doblemente asfixiante dentro de su casa por la coacción que ella ejercía sobre sus hijas. Es un rol distinto, nuevo, que me enriquece desde el punto de vista interpretativo. Ya no se trata de Giselle, la inocente y noble campesina enamorada, sino de una mujer de 60 años endurecida por las circunstancias. 

La casa..., y Adela (la hija menor, de apenas 20 años), es uno de los personajes más difíciles de todos los que he interpretado –observó Anette. –Sobre todo la quinta escena tiene una gran carga interpretativa. Todas las hermanas denuncian a la más joven, pelean, riñen, la golpean, le van con el chisme a Bernarda, la propia madre interviene, descubre que está embarazada, la trata brutalmente... La desesperación crece y Adela decide ahorcarse. ¡Eso es lo más difícil! 

—De estas interpretaciones de La casa..., ¿cuál elenco respetó mejor la concepción coreográfica original? 

La casa... exige gran laboriosidad, y a medida que los bailarines lo vayan bailando tendrán que irlo puliendo, ir encontrándole nuevas relaciones, opinó María Elena Llorente, maitre del BNC–. Raras veces en el día del estreno un trabajo como este puede dar muestras de plenitud, siempre faltan detalles que el propio bailarín, con la ayuda del coreógrafo y del ensayador, deberá descubrir. 

Esto se reflejó, para bien, en la labor de la primera bailarina Laura Hormigón, quien tuvo la oportunidad de interpretar el personaje de Bernarda en tres de las cuatro funciones ofrecidas. Entre la primera y la tercera ya fue notable el crecimiento. 

El libreto de La casa... se basa en la obra homónima de Federico García Lorca, considerada como su pieza teatral fundamental. Sobre las tablas de la sala habanera interpretaron por vez primera el papel de Pepe, el romano (Pepe Romero), los primeros bailarines Víctor Gilí y Octavio Martín, y el solista Miguelángel Blanco. 

—El desafío estriba en poder transmitir la profundidad del personaje a pesar del poco tiempo que este se mantiene en la escena –comentó Víctor Gilí–. En ese breve lapso es preciso dar a entender, primero, que Pepe es recibido en la casa para que se junte con una de las hermanas que, si bien le reportaría beneficios, no es la que le gusta como mujer; y, segundo, que el descubrimiento de sus citas con Adela, la hija menor, es para él no solo un descrédito –el personaje es un tanto cínico, no anda creyendo en vergüenza o pundonor–, sino también la pérdida de toda posibilidad. De ahí que la salida, la retirada de Pepe, no destruido, pero sí herido en su orgullo de hombre, es un momento tan fugaz como crucial. 

— ¿Coincidirás en que las tres interpretaciones masculinas están todavía “verdes”? 

— ¡Verdes! Somos los miembros de una nueva generación. Hace mucho que este ballet no se bailaba. La gran mayoría de nosotros nunca asistimos a una función que lo incluyera, sino que lo vimos por vídeo, y así es imposible captar toda su fuerza. La lectura de la obra me ayudó. Es imprescindible estudiar la psicología de los personajes. Ese es uno de mis hábitos, de la misma forma abordo otros roles, como el de Hilarión (el guardabosque de la aldea alemana donde vive Giselle, de quien está enamorado, papel que suele ser representado por un bailarín de caractère), me sirve de base para saber el qué, el cómo y el cuándo.  

Quiero evadirme de mí misma

“Mi espíritu está ciego y ondea entre planetas llenos de cataclismos.” Vicente Huidobro. 

Fue grato ver a una nueva generación de bailarines, representada por Viengsay Valdés y Joel Carreño, danzar otra vez un ballet como Evasión, a cuyo estreno asistimos en nuestra juventud, pronto harán 23 años. Aquel estreno, a cargo del primer bailarín José Zamorano y de la entonces bailarina principal Rosario Suárez, ocurrió en el VII Festival Internacional de Ballet de La Habana (1980), en una gala dedicada a las artes plásticas en el ballet. 

—La pieza Evasión se retomó por el BNC desde hace varios años – evocó Viengsay. Tuve la oportunidad de estrenarme en ella por los días del centenario del nacimiento del pintor cubano Marcelo Pogolotti (1902-1988), en el Museo Nacional de Bellas Artes: la pose inicial del ballet se inspira en su cuadro homónimo. Es un personaje que me atrae por su gran versatilidad, a través de tres temas musicales muy conocidos lo bailo y disfruto mucho, es divertido, pero quizás está ya pasado de moda. Yoel baila poco, pero me acompaña muy bien. 

—Sí –agregó el primer bailarín Yoel Carreño–, es un ballet muy agradable de bailar, y divertido...  

—Sobre la posibilidad de las nuevas generaciones, ¡esa es la ley de la vida! –concluyó María Elena Llorente–, lo que en verdad importa es que las generaciones precedentes les transmitan sus conocimientos, y que los jóvenes sepan captarlos como conviene. Amén de la evolución del mundo, hay ballets que se consideran obras de tradición y requieren determinados movimientos o pasos técnicos. Eso no se puede perder. Ciertas cosas no se pueden cambiar, aunque cada uno de los bailarines y bailarinas le impriman al ballet, a la obra en cuestión, el propio sello de su personalidad.

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