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NO HAY CONTRADICCIÓN
 
Un libro útil es siempre un libro virtuoso. Y lo que disfruto inicialmente en él es esa suerte de acceso directo a mis preguntas, a mi propio modo de componer o fragmentar la creación. El libro virtuoso al cual hago referencia es un verdadero desafío individual y podríamos también (con Homero) cantar la cólera del inestable semidiós al que tendremos.


Aymara Aymerich | La Habana


Primero pensé (con Almodóvar): ¿merezco que me confíen una empresa como esta? ¿Quién confía (con Ángel Escobar) en esta otra persona que ante ustedes soy? ¿Por qué?

Mi mérito mayor ha estado, siempre, en el auditorio: me concentro, sé escuchar, aplaudo. Desde el oratorio, normalmente, desfallezco: estoy en total indefinición; mis palabras más queridas huyen; la expresión capa fluctúa o se atropella; yo, por fin, tiemblo.

Luego de bregar a través de mi habitual oscilación, me conecté con algo más preciso: ¿poeta o narradora? ¿Cómo proponer un libro habilitado desde y para el narrador, si en todo momento me proclamo poeta? ¿Con qué moral? ¿Cómo procurarme la verónica correcta si, todo el tiempo, la poesía embiste a su albedrío, a favor o en contra mía?

Sin embargo, a un ritmo muy taimado, aprendo (con Zamora) que no puede haber contradicción. Ha llegado una era en donde alcanzar el equilibrio (con Nietzsche) o la autodefinición mejor (con Lezama) se nos torna potencial, urgente, y en mis manos pesa, sin objeciones, un libro ufanamente útil para el aprendiz.

Con Martí, un libro útil es siempre un libro virtuoso. Y lo que disfruto inicialmente en él es esa suerte de acceso directo a mis preguntas, a mi propio modo de componer o fragmentar la creación. Allí están mis inquietudes de novicia y de aspirante, puedo detectarlas en voces magnas: Cortázar, Borges, Carpentier, Faulkner, Pitol, Vargas Llosa… Están, igual, mi angustia y mi deleite y (con Voltaire) aquella otra cándida inquietud que jamás articulo por pudor. Puedo, incluso, acercar inquietudes venideras; incluso, distanciarlas y luchar por no sentirme perneada pues le temo, como a pocos libertinajes en cuestiones literarias, al estilo jaspeado, a la influencia, provenga de monstruos, decadentes o de los mismísimos eufóricos. En este sentido, he llegado hasta la gran irreverencia, racional o no, porque me asusto y creo (con Éluard) que cada autor trabaja concentrado en el beneficio de su orgullo. Lo cual está muy bien, por cierto. En este sentido, el libro virtuoso al cual hago referencia es un verdadero desafío individual y podríamos también (con Homero) cantar la cólera del inestable semidiós al que tendremos.

No obstante, no habrá contradicción: ecce homo frente al libro útil, frente al axioma, y eso basta. Mi recorrido en solitario a través de sus casi 1300 páginas me generó más suministros y, por lo tanto, más independencia. Sin decretar (con Vanito): “ahora sí tengo la llave”, admito que me asienta la posesión de este libro aunque mis libreros opinen lo contrario; visitarlo y agenciarme su diálogo; discernir allí mi idea gemela o compatible; de vez en vez (con Kelvis) darle pira a mi dolor porque (con Neruda) las criaturas que gesto implacablemente me desgarran. Mi recorrido en solitario, además, me otorgó una peculiar sensación de compañía, lo cual (con Edel) es hermoso. El aislamiento, de esa forma, me soporta.

Reitero, me siento más independiente, pero más responsable a la postre: estoy visualizando al lector nuestro consumiendo toda esta información y veo el reto en los dominios del lector. Un instrumental de tales proporciones en sus manos de estudiante, lo evoluciona por lo menos. Y prefiero no especular en demasía sobre el tema, pues evito imaginarme ante el lector enfático, negociando mi ridículo, disecando mi estrategia para comunicarle a mis congéneres, mostrando mi cabeza en su pared. Creo, tampoco, saberme preparada para la ayuda activa del lector diligente y bonachón, evangelizador (con el Eclesiastés): “No seas demasiado justo, ni seas sabio en exceso; ¿por qué habrás de destruirte?”

Los desafíos de la ficción y las técnicas que ofrece quizás nos avecinen extrañezas como esta, queda esperar, y aún no he dicho que presento una obra minuciosa, agradecible o elogiable, (nuevamente con Martí), para el bien. Una obra, en esencia, para respetar y robustecer nuestro respeto en un lapso de la Historia que lo exige: como individuos, creadores, como patria humana y viva que somos, como nación (con Virgilio) en circunstancia. Pienso, entonces, (con Marx, Engels y Lenin) toda contradicción en esplendor derivará siempre en desarrollo y, obviamente, opto por crecer.

Texto leído en la presentación especial de Los desafíos de la ficción donde se regalaran ejemplares de la edición a jóvenes escritores de todo el país en conmemoración al día mundial del libro.

 

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