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NADA HUMANO ME ES AJENO
 
El especialista norteamericano John Cassidy afirma que un Nobel espera al economista que resucite a Marx. A su vez, Sir John Hicks, economista británico, premio Nobel, aseguró en 1969 “es extraordinario que cien años después de El Capital haya surgido tan poco fuera de eso”. En 1999 por una encuesta realizada en INTERNET, el judío-alemán fue seleccionado el hombre del milenio. Este año, a 185 de su nacimiento, el 5 de mayo, y a 120 de su muerte, el 14 de marzo, muchas son las voces en el mundo vuelven a citar a Marx porque suyos son términos como globalización, mercado único, mundialización, desigualdad y corrupción política tan en boga en estos tiempos.
En Cuba, amén de encuentros y seminarios, en la próxima entrega de la Biblioteca familiar se incluirá el libro Moro, el gran aguafiestas, un reportaje de tranco largo, desacralizador de esa gigantesca figura, de la periodista Paquita Armas Fonseca.
Le ofrecemos a los visitantes de La Jiribilla uno de sus capítulos, precisamente en el que la autora recrea la vocación poética de Marx.

Paquita Armas Fonseca
| La Habana
 

El vapor llegaba a Londres desde el continente. Sus decenas de pasajeros se asomaban a la borda. Una joven, de típica presencia aria, con unos modales que anunciaban su ascendencia militar, se dirigió a un hombre cercano al medio siglo de vida, le pidió información sobre los itinerarios y estaciones del ferrocarril londinense. El caballero le indicó que el tren que debía abordar demoraba varias horas, y se brindó para acompañarla por el Hide Partk mientras esperaba. Conversaron de literatura, historia y arte. Él, con chistes exquisitos, hacía sonreír a la muchacha. 

Resultó llamarse Isabel von Puttakamer –le escribía con cierta fruición Marx a Kugelmann– y ser sobrina de Bismarck, con quien acababa de pasar unas cuantas semanas en Berlín. Llevaba encima todo el censo del ejército, al que esta familia ha dotado copiosamente de caballeros de honor y talla. Era una muchacha viva y dulce, pero aristocrática y nacionalista hasta la médula. Se quedó asombrada cuando supo que había caído en manos rojas. 

La damita no se inmutó mucho por eso y le envió una nota dándole las gracias; a su vez, los padres le mandaban un saludo y se congratulaban de que aún había hombres buenos viajando por el mundo. 

Esta simpática anécdota muestra a un Marx de buen talante; sus razones tenía: acababa de revisar los últimos pliegos del primer tomo de El Capital y en tanto paraban en plomo los capítulos finales, se fue de Hamburgo a Hannover, a la casa de Kugelmann, donde pasó cinco semanas de descanso. Engels le escribió: 

Siempre me pareció que ese maldito libro que has tenido sobre ti tantos años era el principal culpable de todas las desdichas, y que jamás te sentirías libre mientras no te lo quitases de encima. Esa cosa eternamente inacabada te agobiaba física, espiritual y financieramente, y me explico muy bien que ahora, después de sacudirte esa pesadilla, te sientas otro, sobre todo porque el mundo, como verás en cuanto vuelvas a internarte en él, no presenta ya un aspecto tan triste como antes.  

Desde la casa de Kugelmann –la familia recibió a Marx cálidamente– le cuenta a su mejor amigo: “tenemos los dos muchas más simpatías entre la burguesía culta de lo que nos figuramos”. 

Para los “curas marxistas”, en quienes la risa, el humor, la galantería y el buen gusto, constituyen una suerte de pecado. Marx representaría el peor trasgresor de esa falsa ética. De niño, de joven, y al borde de la muerte, fue alegre, y dicharachero. 

Disfrutaba de una buena comida y de la bebida, un hombre culto y mundano que desbordaba vitalidad. Por supuesto que en discusiones personales o escritas, sus enemigos quedaban, generalmente, mal parados. Toda su energía la descargaba y ¡ay! de aquel que no pudiera manejar la ironía, incluso los sarcasmos, como él. 

De la época de Las Gaceta del Rin, en la que en Colonia se fundó una organización aglutinadora de todos los movimientos democráticos de la región, son estos tres testimonios. 

Carlos Schuz cuando lo conoció, era estudiante, tenía 19 años. Devino caudillo de la burguesía: 

Marx tenía entonces 30 años, y era ya el jefe consagrado de una escuela socialista. Aquel hombre bajo y fornido, de ancha frente, pelo y barba negros como la pez, y ojos oscuros y chispeantes, atrajo enseguida la atención general. Tenía fama de hombre muy versado en su especialidad, y no puede negarse que cuanto decía era interesante, lógico y claro. Pero yo no he conocido nunca a un hombre de presentación más mortificante ni de tan insoportable arrogancia. 

El teniente prusiano Gustavo Techow: 

Marx me ha producido la impresión, no solo de una superioridad poco común, sino de una gran personalidad. Si tuviese el corazón tan grande como el odio, sería capaz de echarme al fuego por él, y eso que no se ha recatado nada para darme a entender de diversas maneras el absoluto desprecio que sentía por mí, llegando a declarármelo sin ningún género de ambages. Es el primero, y el único de todos nosotros, a quien reconozco dotes para gobernar y el talento de no perderse en minucias ante los grandes problemas. 

Alberto Brisbane, corresponsal de New York Tribune: 

Allí conocí a Carlos Marx, jefe del movimiento democrático. Eran los tiempos en que empezaba a hacerse famoso; tendría poco más de 30 años, y era un hombre bajo y robusto, de trazos finos y abundante cabellera negra. Sus rasgos denotaban una gran energía, y detrás de su actitud serena, no era difícil adivinar el fuego y la pasión de un alma intrépida. 

Pintar a Marx de una sola pieza, riendo, discutiendo, o escribiendo sería un error. El padre amoroso lloró más de una vez. El 6 de abril de 1855 muere Edgar, Musch, el predilecto de la familia. El fallecimiento del niño devela a un Carlos Marx poco conocido. 

El 30 de marzo le escribe a Engels:  

Mi mujer lleva una semana enferma como jamás la he visto, de excitación molar. A mí, me salta el corazón y me arde la cabeza, aunque naturalmente, tengo que hacerme el valiente. El niño no ha negado durante toda la enfermedad, ni un momento, su carácter original, bondadoso y a la par independiente. 

El 6 de abril le dice:  

El pobre Musch ya no existe. Se me quedó dormido –literalmente hablando– entre los brazos esta madrugada, entre las cinco y las seis. Jamás olvidaré el consuelo que nos ha proporcionado, en estos días espantosos, tu amistad. Ya comprenderás el dolor que ha tenido que causarme la muerte del niño. 

El 12 de abril vuelve sobre el tema: 

Como puedes suponer, la casa desde la muerte de aquella querida criatura que la alegraba y daba la vida, es una desolación. No acierto a decírtelo, pero por todas partes le echamos de menos. Yo, que he pasado en la vida por tantos apuros, no he sabido hasta ahora lo que era sufrir de veras... Solo una cosa me ha sostenido en pie, bajo todos estos tormentos espantosos: la idea de ti y tu amistad y la esperanza de que juntos los dos, aún hemos de hacer algo que merezca la pena en este mundo.  

El 28 de julio, contestándole el pésame, le expresa a Lassalle: 

Dice Baco que el hombre verdaderamente grande tiene tantos lazos que lo atan a la naturaleza y al mundo, tantos objetos que solicitan su interés que puede fácilmente perder uno sin dolor. Yo no me cuento entre esos hombres grandes. La muerte de mi hijo me ha sacudido el corazón y el cerebro, y sigo sintiendo la pérdida tan vivamente como si hubiese ocurrido ayer mismo. Mi pobre mujer está también destrozada. 

El 6 de octubre, Freiligrath, le escribía preocupado: 

Me da mucha, muchísima pena ver que no acabas de sobreponerte a esa pérdida. Son cosas, éstas, en que no cabe hacer ni aconsejar nada. Comprendo y respeto tu dolor pero procura dominarlo, para que no se apodere de ti. Haciéndolo, no cometerás ninguna traición a la memoria de tu hijo. 

Esta muerte fue la culminación de una serie de enfermedades que abatieron a la familia mientras vivieron en la “zona embrujada de Soho Square”. En 1854, según el médico de Carlos, por la acumulación de aguas malsanas hubo en la zona un brote de cólera.  

La cadena de pérdidas de los hijos –tres– está vinculada de alguna manera a la escasez de dinero que, desde el 48 hasta casi 20 años después, padeció el clan. 

Aunque Marx nunca fue prolijo en escribir de sus penurias familiares, la correspondencia que sostiene, particularmente con Engels, ofrece un cuadro de los apuros que pasó. El 31 de marzo de 1851, refiriéndose a Jenny, postrada por el parto de su hija Francisca: 

...más por preocupaciones burguesas que por causa física, no había un céntimo en casa, y eso que por lo visto, no hace uno más que explotar a los obreros y querer alzarse con la dictadura. 

El 27 de febrero del 52: 

Hace una semana que me veo reducido a la agradable situación de no poder salir de casa por tener todas las chaquetas empeñadas, ni puedo tampoco probar un bocado de carne por falta de crédito. 

El 8 de septiembre del 52: 

Tengo a mi mujer enferma, a Jennita enferma, a Lenita con una especie de fiebre nerviosa. Al médico no podía ni puedo llamarlo, pues no tengo dinero para medicinas. Hace ocho o diez días que vengo alimentando a mi familia con pan y patatas, y vamos a ver cuánto dura... He tenido que suspender los artículos para Dana (del New York Tribune), por no tener un penique para comprar periódicos. Lo mejor que podría ocurrirme sería que la señora de la casa me lanzase a la calle. Por lo menos, de este modo me vería exento de una partida de 22 libros. Pero, no hay que esperar de ella tanta complacencia. Por encima del panadero, el lechero, el tío del té, el de las hortalizas, la vieja deuda con el carnicero. No sé cómo voy a salir de este atranco. En estos ocho o diez días últimos, no he tenido más remedio que pedir prestado unos cuantos chelines y peniques a obreros, es lo que más odio, pero he tenido que hacerlo para no perecer.  

A Cluss, el 7 de diciembre de 1852, comentando el folleto que escribió para desmontar las acusaciones que le hicieron en el proceso judicial seguido en Colonia, le manifiesta: 

Os hará cierta gracia el folleto sabiendo que el autor, al escribirlo, estaba poco menos que recluido en su propia casa por falta de zapatos y prendas de vestir; amenazado, además como lo está todavía, de ver estallar la miseria más espantosa sobre su familia. El proceso acabó de acorralarme, pues me obligó a dedicar cinco semanas enteras a trabajar por el partido contra las maquinaciones del gobierno, abandonando todo trabajo lucrativo, además espantó a los libreros alemanes con quienes yo esperaba cerrar trato para obtener algún dinero. 

Glosando la Contribución a la crítica de la economía política, el 21 de enero de 1859 le dice a Engels: 

Seguramente que es la primera vez que alguien escribe acerca del dinero con tanta falta de él. La mayoría de los autores que escribieron sobre este tema estaban en una magnífica armonía con el objeto de sus investigaciones. 

Hacia Holanda, “en un crucero pirata”, al decir de Jenny, partió Marx en febrero del 61. Iba en busca de su tío materno. Lion Philips, comerciante que administraba la fortuna de su madre. Sobrino y tío entablaron buenas relaciones, y también el galante Carlos logró la amistad de su prima Antoniette Philips, Nanette. 

De la tierra del queso se dirige a Berlín. Del 17 de marzo al 12 de abril está en Prusia. Pretendía fundar un periódico con Lassalle, intento que fracasó; sin embargo, consiguió un contrato con la Wiener Presse. Tenía un respiro; el New York Tribune le pagaba puntualmente, y ahora contaría con otro ingreso. 

No le duró mucho. El 6 de marzo del 62 se le queja a Engels:  

Me es indiferente que no me publiquen los mejores artículos (a pesar de que me esfuerzo en escribirlos de modo que puedan publicarlos). Lo que no puedo consentir, pecuniariamente, es que no me publiquen ni me paguen más que un artículo de cada cuatro o cinco. Esto me coloca muy por debajo de los cajistas. 

A fines del 62 Marx, rodeado de calamidades financieras, le escribe a Engels contándole que piensa dar el siguiente paso: buscar un empleo fijo, con horario. Por un “tilín” lo alcanza en una oficina inglesa de ferrocarriles; su mala letra lo impidió. Sus hijas, las dos mayores por lo menos, percibían las miserables condiciones de su existencia. Usaban la misma ropa de un año a otro, apenas salían por no poder –no competir– ni siquiera vestir con el mínimo de dignidad al lado de sus amigas. Jenny trató, a espaldas de sus padres, de conseguir un trabajo profesional en el teatro. 

Marx intentó poner en práctica una idea que le rondaba la cabeza hacía tiempo: dejaría los muebles al casero, con los demás acreedores se declararía en quiebra, pondría a Elenita en el servicio de otra casa; él, Jenny y la pequeña Eleanor se irían a vivir en una casa de vecindad, y a sus dos jóvenes hijas las colocaría como institutrices.  

Hasta en los sueños para solucionar los problemas del presupuesto doméstico, Marx era un incapaz; por esa época vivían en Inglaterra dos millones y medio de mujeres solteras de la clase media, –de los pobres las estadísticas no se preocupó–, todo un ejército de señoritas que, esperando por un buen partido, terminaban en la agobiante petición del empleo ideal: institutriz. 

Engels lo sacó del lío una vez más; en 1860 había muerto su padre, dejándole una posición más holgada aunque con menos tiempo para crear. Podría ser socio de la empresa en un plazo relativamente breve. Consiguió, con su habilidad para el comercio, 100 libras esterlinas que impidieron la ejecución del plan de Marx.  

Durante 1863 Carlos más o menos pudo sobrevivir. A fines de ese año murió Enriqueta Marx. El hijo fue a Tréveris a recoger la herencia que no representaba mucho pero sí le sacaba de su precaria situación. En mayo del 64 tuvo otra entrada, también por la muerte, cerca de 900 libras esterlinas que Guillermo Wolff le dejó en calidad de principal heredero.  

Esas ayudas, provenientes de la amistad y la parca, decidieron que la familia no fuera atacada jamás de forma tan brutal por la miseria. A partir de septiembre del 64, Engels pudo venir con dinero más amplia y sistemáticamente; había cerrado un contrato, como socio, por cinco años con los Ermen. 

La dedicación a La Internacional le impedía a Marx escribir textos por los que recibiera algún dinero. El 31 de julio del 65 recurre a su mecenas:  

Ten seguro que de buena gana me hubiera dejado cortar el dedo gordo, antes de escribirte esta carta. Es verdaderamente anonador, esto de pasarse media vida dependiendo de otro. Lo único que me sostiene, cuando pienso en esto, es la idea de que los dos formamos una especie de sociedad, a la que yo aporto mi tiempo para el lado teórico y organizador del negocio. Es cierto que tenemos una casa demasiado cara para nuestras posibilidades, y que además este año hemos vivido mejor que otros. Pero no hay más remedio, si queremos que los niños, aparte de lo mucho que han sufrido y de lo que hay que indemnizarles, aunque solo sea por un poco de tiempo, puedan hacerse de conocimientos y relaciones que le aseguren el porvenir, el día de mañana. Creo que tú mismo convendrás conmigo en que aun considerando el asunto en su aspecto puramente mercantil, no podemos meternos a vivir en un cuarto estrictamente proletario, como podríamos hacerlo si no fuésemos más que mi mujer y yo, o las chicas siguiesen siendo pequeñas.  

El hombre cuya divisa predilecta fue “ponlo todo en duda” no resultó inmune a la desconfianza en sí mismo: 

Me parece –le confiaba a Cluss en 1853– que no voy a conseguirlo nunca. Ya estoy cansado de tanto emborronar periódicos. Me roba la mar de tiempo, me dispersa y no sirve de nada. Sí, todo lo independiente que se quiera, pero uno está sujeto al periódico, y a su público, sobre todo cuando se cobran los trabajos al contado como yo. La labor científica es algo completamente distinto a esto. 

Anhelaba estar tranquilo y lejos por lo menos tres meses. Por esa época –década del 50– en su correspondencia se evidencian reflejos de las controversias con Jenny. Es de suponer que por mucho que tratara de evitarlo, la esposa se quejaría de vez en vez de su situación económica. Carlos llegó a decir que la mayor necedad que puede cometer un hombre de aspiraciones generales es casarse. Contra esos arranques desesperados podían más el amor y el respeto que sentía por su amada. Siempre terminaba justificándola y diciendo que ella sufría más que él.  

Mi situación, es, como puedes suponerte bastante fastidiosa –le escribe a Weydemeyer el 2 de agosto del 51–. Si esto dura mucho tiempo, acabará con mi mujer. Los desvelos constantes y toda esa mezquina y ruin campaña burguesa la traen abatida. A eso viene a añadirse la infamia de mis enemigos que, incapaces de atacarme objetivamente, se vengan de su impotencia volcando sobre mí sus viles sospechas burguesas y las infamias más inconcebibles... Yo, por mí, me echaría a reír de todas esas basuras, naturalmente, que no me quitan el sueño ni interrumpen un instante mis trabajos, pero ya comprenderás que a mi mujer, que no está bien de salud, que pasa los días enteros sumida en todas estas ingratas miserias burguesas, con el sistema nervioso destrozado, no le sirve precisamente de alivio las apestosas emanaciones de las cloacas democráticas. Es increíble la indiscreción a que llega cierta gente. 

¿Fue El Moro totalmente fiel a Jenny? ¿Nunca sostuvo una relación sexual tras las puertas de su hogar? Es difícil responder a esas interrogantes. Sus biógrafos burgueses –Saúl Padover, entre ellos según Daniel Samper– aseguran que mantuvo una intensa pasión con Elena Demuth; disfrutó de un romance con su prima holandesa Nanette, y otro en Hannover. Ninguna de las fuentes absolutamente fidedignas –de las consultadas para este texto– aborda el tema, mas, ¿qué mujer renunciaría a poseer aunque fuera un día a ese magnífico ejemplar humano? ¿Fue Carlos tan fuerte para resistir la tentación de las aventuras que seguramente se le presentaron en su vida? De haber paladeado en alguna oportunidad el placer escondido, en nada disminuye la grandeza de su amor por Jenny, ni su condición humana, al contrario, lo hace más terrenal. 

Si en el control del dinero personal, Marx fue un desastre, no se le puede achacar que le negara ayuda o tuviera la menor mezquindad con un amigo –o un contrario– en apuros. Un solo hecho basta para ejemplificar tal actitud: Guillermo Weitling, diez años mayor que Marx, admirado por éste en su juventud, a causa de la defensa que el sastre hacía de la causa obrera, no se entendió con el filósofo. Después de desandar Europa, inventando teorías aquí o allá, recala en Bruselas en 1846. Carlos lo recibe cordialmente y le da abrigo. 

En una reunión de la Liga de los Comunistas, Weitling lo ataca: le acusa de querer dejarlo fuera de la fuente de ingreso de una pretendida editorial que querían fundar. Después de esto a Weitling no le quedó más remedio que volver a Marx. Moses Hess, enterado del caso, le escribe a El Moro: 

Ya sabía yo, conociéndote, que tu aversión contra él no había de llegar al punto de cerrarle la bolsa, mientras tuvieses algo en ella. 

Efectivamente, Marx no estaba muy abundante. Otra anécdota se relaciona con la clausura de La Nueva Gaceta del Rin, en 1849. Para echar a andar el periódico –luego que los accionistas se fueron en desbandada, al ser suspendido unos días– Marx se quedó con el diario como propiedad personal. Sacrificó los escasos medios heredados de su padre e hipotecó parte de lo que heredaría en el futuro. Pidió dinero prestado y cuando, el 19 de mayo, el último número salió a la calle, el capitán del barco naufragado cumplió con su deber: los mil 500 talers que le llegaron por concepto de suscripciones, sus prensas, sirvieron para pagar a los cajistas, impresores, los vendedores de papel, el personal de redacción y administrativo. Se quedó con 20 guldem –conseguidos por el empeño de los objetos de plata de Jenny– que le debían servir para montar una nueva casa en París.

No a todos los que recurría se comportaban de igual manera. Algunos le hacían pasar por humillaciones. Con la bancarrota de La Nueva Gaceta. se dirige a Freiligrath y a Lassalle, pidiéndoles ayuda. El poeta le comunica que Lassalle es poco discreto en la solicitud de dinero. 

Prefiero cien mil veces pasar apuros –le decía a Freiligrath, el 31 de julio del 49– antes que aparecer mendigando públicamente. Ya le he escrito (a Lasalle) diciéndole lo que viene al caso. Estoy verdaderamente indignado. 

El método de trabajo, días pegado a la silla con descanso de tres o cuatro horas, una deficiente alimentación, y la sobrecarga de las disputas políticas, hicieron de Carlos Marx, aparte de pobre, un hombre enfermo.

El 23 de enero de 1862 le comunica Weydemeyer: 

Hace unos años que no me siento tan abatido, con este maldito padecimiento de las hemorroides, ni cuando caía sobre mí la lluvia de injurias francesas. 

El 10 de febrero del 66, a Engels: 

Esta vez me he jugado el pellejo. Mi familia no sabía lo serio que era el caso. Y si el negocio vuelve a repetirse tres o cuatro veces en la misma forma, ya estoy listo. Me siento asombrosamente decaído y terriblemente débil todavía, no de la cabeza, sino de los muslos y las piernas. Los médicos tienen mucha razón cuando dicen que la causa principal de la recaída es el trabajo excesivo por las noches. No voy a contarles a esos caballeros –aparte de que no me serviría de nada– cuáles son las razones que me obligan a esta extravagancia. 

Ese mismo día, Engels le aconseja: 

Ya es hora de que hagas algo razonable por salir de esos malditos carbunclos... Deja de trabajar por las noches durante una temporada y procura hacer una vida más normal. 

El día 13, Marx le respondía: 

Ayer volví a estar inutilizado, pues me salió un perverso carbunclo en el costado izquierdo. Si tuviese bastante dinero para mi familia y el libro estuviera terminado, me daría lo mismo estirar la pata y ser arrojado al muladar hoy por la mañana. Pero, en las circunstancias dichas, no puede ser. 

A los carbunclos, una enfermedad de los caballos que se le trasmite al hombre, y forúnculos, tumores supurantes, que le duraban meses y años, más las hemorroides, se les unía un padecimiento crónico del hígado, y fuertes depresiones nerviosas que se reflejaban en dolores de cabeza y un insomnio pertinaz. Los médicos le aseguraban que con un poco de descanso sufriría menos, pero ¿quién podía convencer a Marx de este malgasto de tiempo? Sus cartas demuestran que, cuando dormía un poco, recobraba la fuerza y la alegría. En el 66, ante tanta insistencia de Engels, se trasladó a la orilla del mar, en Morgate. Desde allí le escribió a su hija Laura: 

Estoy muy contento de haberme alojado en una casa particular y no en una fonda; donde quieras, o no, te están torturando a todas horas con querellas de política local, escándalos de familia y murmuraciones de vecindad. Sin embargo, no puedo cantar con el molinero de Dee aquello de “No me ocupo de nadie, y nadie pregunta por mí”, pues ahí está su hija, atacada de ronquera crónica. Pero es una gente muy simpática, atenta y nada intrusa. A mí, me tienes convertido en un bastón de paseo viviente, no hago más que andar de un lado a otro la mayor parte del día, sorbiendo aire, me meto en la cama hacia las diez, no leo nada, escribo menos y voy acercándome a ese estado de ánimo de la nada que el budismo considera como el apogeo de la humana felicidad (...) Ese maldito de Lafargue me está atormentando con su proudhonianismo, y no va a dejarme en paz hasta que no le siente bien el puño en su cabeza de criollo. 

Desde Hannover, en abril del 67, salda una vieja deuda con Siegfried Meyer: 

Muy mal tiene usted que pensar de mí, y tanto peor si le digo que sus cartas no sólo me ocasionaron una gran alegría, sino que fueron para mí un verdadero consuelo, en aquellos días terribles en que las recibí. Saber conquistado para nuestro partido a un hombre de valor, bien impuesto en los principios, es cosa que me indemniza de los peores sufrimientos. Además, sus cartas venían henchidas de afectuosa amistad personal hacia mí, y ya comprenderá usted que yo, que libro la más dura de las batallas con el mundo (el oficial se entiende) sé estimar en lo que valen esos testimonios. ¿Por qué, entonces, no le he contestado antes? Porque todo este tiempo he estado al borde de la tumba. Y no tenía más remedio que aprovechar todos los momentos en que me sentía capaz de trabajar para poner término a mi obra, a la que he sacrificado la salud, la felicidad y la familia.

Confío en que esta explicación será suficiente. Yo me río de todos los que se llaman hombres prácticos y de su sabiduría. Quien no tenga más aspiración que ser un buey, puede, naturalmente, volver la espalda a los dolores de la humanidad y atender a su propio provecho. Pero yo me hubiera muerto sin dejar mi obra terminada, al menos en forma de manuscrito. 

El único reconocimiento que recibió Carlos Marx en vida fue el de sus amigos y los conocedores de la materia. Cuando terminó el primer tomo de El capital, por primera vez en su existencia estuvo ansioso por conocer cómo era recibido un producto de su intelecto: El 2 de noviembre de 1867, se confiesa con Engels:  

La suerte que pueda correr mi libro me pone nervioso. No oigo ni veo nada. Los alemanes son buenos chicos. Sus trabajos propios sobre estas materias, al servicio de los ingleses, franceses e incluso los italianos, les autorizan realmente a ignorar mi obra. La gente que tenemos allí no entiende de agitar. En fin, no hay más remedio que hacer lo que los rusos: esperar. La paciencia es el nervio de la diplomacia rusa y de sus triunfos. Pero para uno, que no vive más que una vez, es cosa de reventar.  

Engels y Kugelmann hacían lo imposible por promover el texto. El primero intentó colocar algunas críticas en periódicos burgueses, y ambos preparaban una biografía, con la foto de Marx, con el objetivo de publicarla en una revista ilustrada, a la usanza de los métodos propagandísticos de la época. Marx se negó. El 26 de octubre del 68 le escribe a Engels: 

Para mí esas cosas perjudican más que favorecen y no se avienen con un hombre de ciencia. Hace mucho tiempo, por ejemplo, que los redactores del Diccionario enciclopédico de Meyer me escribieron pidiéndome una biografía. Y no sólo no la entregué, sino que ni siquiera contesté a la carta. Cada cual es libre de entender la dicha a su modo.

La obra no fue comprendida por muchos profesionales. Supuestos especialistas le achacan un uso desaforado de metáforas, otros, lo tildan hasta de idealista. Detrás de esas apreciaciones se esconde la más absoluta ignorancia, tanto en cuestiones económicas y filosóficas como en acervo cultural general.

La primera traducción se hizo al ruso y luego al francés, en la que Marx, intervino personalmente. Hoy existe en todas las lenguas posibles. Dondequiera que viva alguien –burgués, obrero o feudal, budista o cristiano– medianamente culto. El capital está en la biblioteca.

Parte de su masa de lectores desconoce que en sus manuscritos se condensaron los más disímiles sentimientos humanos: amor, duda, odio, fidelidad, pasión, dolor físico y moral, modestia, autosuficiencia, humildad y soberbia, y que su autor, literalmente, fue dejando la vida en cada página.

Piensan mal aquellos que creen que las tentaciones de la fortuna y de disfrutar de una vida cómoda nunca revoletearon alrededor del Diablo Rojo. El 5 de octubre de 1865 recibió una interesante e inesperada carta de Lotario Bucher, antiguo hombre de izquierda, en ese año ya al servicio del gobierno prusiano: 

¡Ante todo al negocio! El periódico Staats Anzaiger desea un resumen mensual acerca de la marcha del mercado del dinero (incluyendo, naturalmente, el de las mercancías, cuando no sea posible separarlos). Me han preguntado si podía recomendar a alguien y yo contesté que nadie podría hacerlo mejor que usted. En vista de ello, me pidieron que le escribiese solicitándole esta colaboración. En punto de extensión de los artículos, no se ponen a usted límites; cuanto más extensos y concienzudos sean, tanto mejor. Por lo que respecta al contenido, se sobreentiende que no tiene usted más norma que sus convicciones científicas; sin embargo, dada el público de lectores del periódico (la haute finance)* no sería aconsejable, en punto de redacción, que tocase usted demasiado la médula de los problemas, como si se tratase de gente especializada, ni se enzarzase en polémicas. 

Marx se olvidó de su hígado y forúnculos y fue corriendo a conferenciar con Engels en Manchester. No podía hacer menos: Bucher no tomaba ninguna decisión sin contar con Bismarch; el Staats Anzeiger (Monitor del estado prusiano) era desde el 48 el órgano oficial del gobierno; cinco años atrás del ofrecimiento, en el 61, al calor de la amnistía, al Doctor Rojo le fue negada, una vez más, la ciudadanía prusiana, aduciendo su actividad subversiva, entonces ¿qué significaba aquel gesto bondadoso?

El filósofo reconocía que Bismarck no era un ser despreciable ni por su inteligencia, ni por su habilidad diplomática; presintió que su mano estaba detrás; el solo hecho que él escribiera en aquel diario, en los términos solicitados –y su labor tan bien remunerada–, lo pondría en evidencia ante los lectores alemanes y extranjeros.

Marx actuó con la certeza propia de los políticos agudos. En 1920, en los días de la revolución alemana, en los archivos de Bismarck, se descubrieron documentos en los que se evidencia que el canciller austríaco logró comprar a Lassalle y a Schweitzer.

Catorce años más tarde de realizar la oferta a Marx, Bucher era Secretario del Congreso de Berlín. Dos atentados, en los que intervienen Hodel y Nobiling, desencadenaron una intensa campaña en contra de los socialistas, y Bucher redactó la ley, en que se pretendía justificar la persecución de los miembros del partido socialdemócrata alemán.

Le tocó el turno al Rojo: envió la carta de Bucher a Berlín; ni una bomba pudo provocar el efecto que causó aquella revelación.

La visión en cuestiones políticas y el tacto diplomático de El Moro se constataron en numerosas ocasiones. La sección inglesa de la Primera Internacional decidió enviarle un mensaje de felicitación a Abraham Lincoln por ganar las elecciones, y por el triunfo del Norte sobre el Sur. Marx aprueba esta iniciativa y sobre él, naturalmente, recayó la responsabilidad de redactar el mensaje.

Le escribe a Engels, diciéndole que ha tenido que elaborar aquel papel con más cuidado que sus trabajos serios, procurando que la fraseología se diferenciara de la democrática vulgar. En una de sus partes, refiriéndose al destinatario, dice: 

...sencillo hijo de la clase obrera a quien había correspondido la misión de dirigir el país en aquella lucha augusta por la liberación de una raza esclavizada. 

Lincoln distinguió la diferencia. Contestó, para asombro de la prensa de Londres, en un tono amistoso y cordial. El old man sólo acuñaba recibos protocolarios. Con Marx hizo la excepción.

Para Carlos, a quien la musa de la poesía resultó casquivana, la relación con los poetas representó una manera de estar cerca del amor literario de su adolescencia. En el París de 1843 conoció a Henry Heine, quien vivía en el suburbio de Poissonier número 46. Por esa miserable residencia desfilaron Lisz, Wagner, Schumann, Grillparzer, y Andersen. Marx tenía 26 años y Heine 46. Los versos no constituían el único eslabón entre ellos. el amor a la patria había expulsado al bardo alemán. 

Ya oigo sus voces embriagadas por la cerveza: “¡Deshonras nuestros colores nacionales, traidor a la patria, amigo de los franceses, a los cuales quieres ceder el Rin Libre!” Tranquilícense. Honraré y respetaré sus colores nacionales, pero cuando merezcan, cuando dejen de ser juguete esclavizado e insignificante. Prendan una bandera negra, roja y dorada en la cumbre del pensamiento alemán, conviértanlo en el estandarte de la humanidad libre y entonces sí que daré mi sangre por él. Cálmense, amo a mi patria igual que ustedes. Por este amor he pasado 13 años en el destierro, y precisamente por este amor mío regreso de nuevo al destierro, tal vez para siempre.  

En cualquiera de las dos casas Carlos Heine sostenía largas conversaciones, especialmente políticas. Un día de la primera quincena de junio del 44, Heine visita a los recién casados. Carlos y Jenny intentan conferenciar con él acerca del alzamiento de los tejedores de Silecia. El poeta, increíblemente, no los deja, insiste en que escuchen los versos de un manuscrito que trae en sus manos. Por fin los jóvenes acceden y Heine lee: 

Con los ojos secos, lúgubres y ardientes,

Rechinando los dientes,

Se sienta en su telar el tejedor:

¡Germania vieja, tu capuz zurcimos!

Tres maldiciones en la tela urdimos;

¡Adelante, adelante el tejedor!

 

¡Maldito el falso Dios que implora en vano,

Es invierno tirano,

Muerto de hambre el jayán en su abrador!

¡En vano fue la queja y la esperanza!

Al Dios que nos burló, la guerra y venganza:

¡Adelante, adelante el tejedor!

 

¡Maldito el falso rey del poderoso

Cuyo pecho orgulloso

Nuestra angustia mortal lo conmovió!

¡El último doblón nos arrebata,

Y como a perros luego el Rey nos mata!

¡Adelante, adelante el tejedor!

 

¡Maldito el falso estado en que florece

Y como yedra crece

Vasto y sin tasa el público baldón;

Donde la tempestad la flor avienta

Y el gusano con podre se sustenta!

¡Adelante, adelante el tejedor!

 

¡Corre, corre, sin miedo, tela mía!

¡Corre bien noche y día,

Tierra maldita, tierra sin honor!

Con mano firme tu capuz zurcimos:

Tres veces, tres, la maldición urdimos:

¡Adelante, adelante el tejedor!** 

Este poema, “Los tejedores de Silecia”, uno de los más conocidos de Heine, junto a “Cuentos de invierno”, fue publicado, después de mucha insistencia de Marx, en el periódico alemán Vorwarts.

En febrero del 45, cuando Marx es expulsado del suelo galo, le escribe al poeta: “De todas las personas que dejo aquí, es el abandono de Heine el que me resulta más triste. Quisiera llevármelo en mis maletas.”

El bardo en su lecho de muerte –1856– invocó a Marx, como falso testigo, acerca de la pensión que recibía de Guizot. Carlos nunca lo desmintió. Su hija Eleanor apunta:  

(era) un gran admirador de Heine. Quería tanto al hombre como a sus obras y era muy indulgente para sus debilidades políticas. Decía que los poetas son hombres originales, que había que dejarlos ir por su camino, y que no se les podía aplicar la misma medida que a las personas ordinarias.  

Tal indulgencia la practicó en más de una oportunidad. En el contexto de las querellas entre emigrados, Marx se vio involucrado en una convulsa disputa con el materialista vulgar Carlos Vogt. Éste lo acusó en 1859 en su folleto Mi proceso contra la Gaceta General, de ser el cabecilla de “una cuadrilla de incendiarios” y que era, además, jefe de una banda dedicada a extorsionar, por medio de amenazas, a ciudadanos que vivían en Alemania. Según Vogt, Marx y sus compinches, mediante cartas, les pedían a los escogidos que les enviaran dinero o los involucraban en actividades subversivas. Fue una de las calumnias más viles que El Moro tuvo que aclarar.

Para desmentir a Vogt le pide apoyo al poeta Fernando Freiligrath. Los unía una larga amistad, probada en la revolución del 48 y en las vicisitudes del destierro. A esta altura habían tenido algunas discrepancias, sin embargo, Marx lo trata como amigo: 

¡Querido Freiligrath!

Te escribo una vez más ésta vez es la última, sobre el asunto Vogt. No has siquiera acusado recibo de mis dos primeras cartas, lo que hubieras hecho en atención a cualquier filisteo. No puedo comprender cómo has podido imaginar que yo quería de ti una carta para publicarla. Sabes que poseo al menos 200 cartas tuyas, y que es un material más que suficiente para atestiguar, si hiciera falta, de las relaciones que mantienes conmigo y con el partido.

Te escribo esta carta, porque como poeta y también como hombre ocupado que eres, parece que te equivocas sobre la significación de los procesos que he intentado en Berlín y en Londres. Tienen una importancia decisiva para la reivindicación histórica del partido y para su porvenir en Alemania.

Te lo repito una vez más: esta carta no concierne a intereses privados. En el proceso de Londres puedo, sin tu autorización, obtener que se te obligue a declarar bajo pena de sanciones. Para el proceso de Berlín dispongo de tus cartas, que puedo, en caso de necesidad, unir al caso. En todos lados –en Bélgica, en Suiza, en Francia e Inglaterra– la innoble agresión de Vogt me ha procurado aliados inesperados, personas muy alejadas de mí.

Mas en nuestro interés común y por el mismo asunto, más valdría actuar en pleno entendimiento. Por otra parte, te confieso francamente que no puedo decidirme a perder, como consecuencia de malentendidos sin importancia, uno de los raros hombres a los que he querido como amigo, en el más elevado sentido de la palabra. Si en algo me he hecho culpable ante ti, estoy dispuesto a reconocer, en todo momento, mis faltas. “Nihil humani a me alienum puto.”*** 

Freiligrath no supo –o no quiso–entender que aquel gigante se inclinaba para tender la mano. Tiempo después regresó a Alemania, y fuera de la “jaula”, como definió al partido ante Marx, jamás entonó un canto que lo trascendiera. Los mejores versos los hizo en el tiempo de su mayor vínculo político.

Los textos de otro poeta, Johann Goethe, acompañaron a El Moro desde su adolescencia. En 1841, en la revista literaria Athenaum, apareció con la firma de Carlos Marx, este raro poema, de clara relación con el Fausto: 

EL VIOLINISTA 

El violinista toca su violín

Con sus largos cabellos en desorden

Lleva una espada en el cinto

Y una túnica amplia y arrugada.

 

!¡Oh, violinista!, ¿por qué tocas con tal furia?

¿Por qué hay en tus ojos un brillo salvaje?

¿ Por qué la sangre ardiente y las olas

 encrespadas?

¿Por qué rompes tu arco en mil pedazos?

 

“Toco para el mar embravecido

Que se estrella contra el acantilado,

Para cegar mis ojos y que arda mi corazón

Y que mi alma resuene en el fondo

 del infierno”

 

“Oh, violinista!, ¿por qué desgarras

 tu corazón

con esta burla? Tu arte te fue dado

Por un Dios radiante para elevar tu mente

Hasta la armoniosa música de las estrellas.”

 

“Escucha, mi espada teñida de sangre

Traspasará certeramente tu alma.

Dios no conoce ni respeta el arte.

Los vapores infernales invaden el cerebro

Hasta que enloquezco y se transforma

mi corazón.

 

Mira esta espada: me la vendió el Príncipe

de las Tinieblas.

Porque él marca el tiempo y traza los signos.

Con furia creciente toco la danza de la

 muerte.

Debo tocar con furia, debo tocar raudamente,

Hasta que mi corazón y mi violín estallen”.

 

El violinista toca su violín

Con sus largos cabellos en desorden.

Lleva una espada en el cinto

Y una túnica amplia y arrugada.

El disfrute de Marx por cualquier manifestación artística ha sido reseñado por todos sus biógrafos, amigos y enemigos. Su formación, iniciada por el padre y el suegro, es casi enciclopédica. Pablo Lafargue, en un artículo titulado “Los gustos literarios de Marx”, dejó asentado: 

Marx no permitía a nadie poner orden, o más bien desorden en sus libros y papeles. En realidad, el desorden en ellos era sólo aparente: todo estaba en su lugar; siempre encontraba sin dificultad el libro o el cuaderno que necesitaba. Incluso, durante una conversación, se interrumpía a veces para mostrar en el libro mismo la cita que acababa de hacer o la cifra que había indicado. Formaba un solo ser con su gabinete de trabajo, cuyos libros le obedecían como si fueran sus propios miembros. En el modo de situar los libros no tomaba en cuenta para nada la simetría: los in-cuarto,**** los in-octavo***** y los folletos estaban confundidos unos con otros. No los alineaba según sus dimensiones, sino según su contenido. 

Sus libros le servían de instrumentos de trabajo en lugar de ser objetos de lujo. “Son mis esclavos –decía– y deben servirme cuando yo quiera.” Los maltrataba sin cuidarse de su formato, de su cubierta, de la belleza del papel o de la impresión, doblaba las esquinas de las páginas, cubría las márgenes con rayas de lápiz y subrayaba los pasajes históricos. No escribía notas en ellos, sino únicamente, de modo muy espaciado, un punto de exclamación o de interrogación, cuando sucedía que un autor colmaba la medida. El sistema de que se servía para subrayar le permitía encontrar fácilmente el pasaje buscado. Tenía la costumbre de releer, después de años, sus cuadernos de notas, y los pasajes subrayados en sus libros, para conservarlos bien en la memoria, que era notable. La había ejercitado en su juventud, según el consejo de Hegel, aprendiendo de memoria versos escritos en lenguas que ignoraba. 

Conocía de memoria a Henry Heine y a Goethe, a los que citaba frecuentemente en su conversación. Leía a los poetas de todas las latitudes europeas. Todos los años releía a Esquilo en el texto original. Consideraba a Esquilo y a Shakespeare los dos grandes genios dramáticos de todos los tiempos. Había estudiado profundamente a Shakespeare al cual admiraba sin límites (...) Desde 1848, queriendo perfeccionarse en el conocimiento de la lengua inglesa, que leía ya con fluidez, buscó y clasificó todas las expresiones particulares de Shakespeare, hizo lo mismo con una parte de la obra del polemista inglés William Cobbett, por el cual tenía una gran estimación. Dante y Robert Burns estaban entre sus poetas favoritos. Sentía un gran placer en escuchar a sus hijas declamar o cantar las sátiras o los poemas de amor del poeta escocés (...) De cuando en cuando se tendía en un diván y leía una novela, leía hasta dos o tres a la vez, yendo de una a otra. Como Darwin, era un gran lector de novelas. Le gustaban sobre todo las del siglo XVIII y, particularmente, el Tom Jones de Fielding. Los autores modernos que más le tentaron eran Paul de Kock, Charles Lever, Alejandro Dumas, padre y Walter Scott. Consideraba Old Mortality, de este último, una obra magistral. Sus novelistas favoritos eran Cervantes y Balzac (...) Tenía tal admiración por Balzac que se proponía escribir una obra crítica sobre La comedia humana cuando hubiera terminado su obra económica (...) Marx leía fluidamente todas las lenguas europeas y escribía tres: alemán, francés y el inglés, con asombro de quienes poseían estas lenguas. “Una lengua extranjera es un arma en la lucha por la existencia”, tenía la costumbre de decir. Tenía para las lenguas una facilidad que heredaron sus hijas. A la edad de 50 años emprendió el estudio del ruso, y aunque esta lengua no tiene ningún contacto etimológico con las demás lenguas modernas que conocía, sabía bastante al cabo de seis meses para poder leer en el original a los poetas y los escritores rusos que más le gustaban: Puschkin, Gogol y Chtchedrin (...) Además de los poetas y los novelistas Marx tenía otro género de distracciones: las matemáticas, que amaba particularmente. El álgebra era para él un reconfortante moral, y le sirvió de refugio en los momentos más dolorosos de su inquieta existencia.

Durante la última enfermedad de su mujer, le fue imposible ocuparse, como de ordinario, de sus trabajos científicos: no podía escapar a la impresión de que los sufrimientos de su compañera dejaban en él sino sumergiéndose en las matemáticas (...) La biblioteca de Marx, que contaba más de mil volúmenes, cuidadosamente reunidos en el curso de una larga vida consagrada a las búsquedas científicas, no le bastaba, sin embargo; y por ello durante años fue huésped asiduo del British Museum, cuyo catálogo estimada mucho... 

Sus lecturas de Timón de Atenas de Shakespeare y de un fragmento del Fausto de Goethe, lo llevaron a realizar algunas reflexiones sobre el dinero. Son notas manuscritas, recopiladas y publicadas decenas de años después de la muerte de su autor. Aparecen en un tomito denominado Manuscritos económicos y filosóficos de 1844. Carlos Marx tenía entre 24 y 26 años cuando razonó: 

Supongamos que el hombre sea hombre y que su relación con el mundo es humana: entonces sólo puedes cambiar amor por amor, confianza por confianza, etcétera. Si quieres disfrutar del arte, debes ser una persona artísticamente cultivada; si quieres ejercer influencia sobre los demás, debes ser una persona que produzca efectos estimulantes e incitantes en la gente. Cada una de sus relaciones con el hombre y con la naturaleza debe ser una expresión especifica, que corresponda al objeto de tu voluntad, de tu verdadera vida individual. Si amas sin que tu amor sea correspondido, es decir, si tu amor en cuanto a tal no produce el amor recíproco; si a través de una expresión viva de ti misma en cuanto a amante, no te haces una persona amada, entonces tu amor es impotente: es una desdicha. 

Notas

(*) La alta finanza
(**) Versión de José Martí
(***)Nada humano me es ajeno
(****) Hoja doblada en cuatro partes
(*****) Hoja doblada en ocho partes

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