LA JIRIBILLA
MANTECA
 
Miguel Gerardo Valdés Pérez* | La Habana

Dos cosas llaman la atención del espectador en  Manteca - obra original del cubano Alberto Pedro, bajo la dirección de Miriam Lezcano-; una, es la sutil ironía del texto teatral y la otra, el desempeño de sus actores. La puesta en escena es como un diálogo abierto con el público, en el que afloran las situaciones de la vida cotidiana, reflejadas,  con una crudeza que recuerda  aquel repertorio de  Héctor Quintero que hacía  reír y sufrir  al espectador.

En tiempos en los que la temática social contemporánea  ha sido un tema poco frecuente en la escena cubana,  la manera descarnada con que Manteca ofrece su visión, sitúa a la obra -aún cuando apela a  géneros tradicionales como el sainete-, en una vertiente  novedosa y  singular, que de hecho,  la  hacen universal,  vivencial  y  vigente, a pesar de los diez años  que la distancian de su estreno.

Y es que la pieza, de comienzo a fin, se disfruta sin empaques. La trama, carente de las complicaciones que origina el tratamiento de diferentes espacios temporales, presenta una narración lineal con referencias a un pasado casi inmediato, que es palpable y  posible  para quien la observa.

El conflicto de tres hermanos conviviendo en un mismo espacio, en el que coexisten sus bien diferenciadas  personalidades,  fluye sin rigidez. El escenario,  pudiera ser  cualquiera de las casas de La Habana, y en ello juega un papel decisivo la escenografía de Calixto Manzanares. Cuando la escena se ilumina por primera vez, algo de ella agrede al espectador  que experimenta  la misma sensación que si llegara a una de las tantas casas de vecindad  de algunos  barrios de la ciudad, y  este efecto -con su  realismo-,  apuesta a la veracidad y a la credibilidad de lo que allí va a suceder, al poner al descubierto simples objetos imprescindibles en cualquier hogar: sogas, latas y  tanques para recoger y almacenar el agua "en los días pares"; bicicleta, cuchillo,  palangana, por solo mencionar algunos.

Pero esta escenografía  sería insuficiente sin la presencia del  texto dramático que logra complementar los propósitos del autor de  reflejar  un cuadro cotidiano. Un  hilo conductor se encarga de condicionar la mente del espectador.  Hilo que no está exento del suspenso que entraña escuchar la reiterada sentencia  ¡Hay que hacerlo!, y que sugiere inevitablemente, entre los posibles hechos terribles, el del asesinato. También, ese texto es el que va desnudando el mundo verídico e interior de los tres hermanos, con  las discrepancias y  los rencores que, con frecuencia, anidan en el seno de aquellos a quienes la vida  impone el difícil reto de  la convivencia familiar. Vale destacar, que en la crudeza del planteamiento de este escabroso tema,  también asoma la poesía - presente entre otros momentos en el texto de Alberto Pedro-,  en la referencia a ese libro paradigmático de  valores universales que es El Pequeño Príncipe, de Antoine de Saint- Exupéry;  y  en la propia interrelación afectiva que proyectan los tres personajes, la que en más de una oportunidad se alza por encima de las preferencias ideológicas, sexuales  o sociales que los diferencian, para dejar por sentado,  "a lo criollo",  que  el concepto de familia resulta más fuerte que  las mismas diferencias individuales entre ellos.

Pancho García,  María Teresa Pina y Mario Guerra, en sus respectivos papeles de los hermanos  (Celestino, Dulce y Pucho),  hacen que la obra  resulte breve, que la trama transcurra sin la fatiga que a veces las altas y bajas de los desempeños actorales  imponen al espectador.  Muy  bien lo logran los tres, y una vez más asombra el dominio en la caracterización de personajes de Pancho García, sobre todo, si se recuerda y se contrasta el  actual con el de  La Legionaria.

Algo que,  sin duda, conspira contra esta  entrega del Grupo Teatro Mío, es el espacio de la Sala Alternativa  del Centro Cultural Bertolt Brecht, en el que  se disocia demasiado la escena,  y los parlamentos, en ocasiones resultan intelegibles  dada la deficiente acústica del lugar que igualmente, reduce un  mayor impacto  de la banda sonora alusiva a la trama y al título de la obra. Las mencionadas condiciones, posiblemente, también atenten contra el final,  al debilitar la necesaria carga emotiva y dramática que la última escena  demanda.

Manteca,  hace galas del éxito que la acompañó en el año de su estreno y de los premios que obtuvo; entre ellos,  el  Villanueva de la crítica especializada en 1993. No es casual el  hecho de que transcurrida una década de esos ecos, el público haya colmado la sala, para regocijarse ante el reflejo de una realidad, que no por  cotidiana, excluye la satisfacción de verla desde lo singular de la  representación teatral.

* Editor Jefe de la revista Universidad de La Habana y Profesor Asistente Adjunto de la Facultad de Comunicación Social.
 


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La Habana. 2003
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