LA JIRIBILLA
CAMARONEROS DE SANTA CRUZ

Onelio Jorge Cardoso


Santa Cruz del Sur está situado bajando de Camagüey por carretera a una hora, o algo más, de la Ciudad Prócer. Es un pueblo de pescadores y además un pueblo con un recuerdo doloroso que no han olvidado nunca sus moradores. Una vez vino el mar bajo un ciclón y murieron cientos de personas y fue devastado el pueblo. Por eso en algunos hogares hay viejas fotografías donde más de un rostro de niño, anciano o mujer, se unen por la técnica del fotógrafo, como brotando de nimbos de luz, para tener un recuerdo de los que murieron aquella vez y tienen que seguir presentes en el cariño de los suyos. Pero Santa Cruz es ya desde hace años un pueblo que regresó a la orilla de su mar y sale casi todos los días a pescar.

La población pescadora está formada por cientos de casitas y casas que se amontonan casi a la orilla del agua y de muelles que salen al mar a recibir los barcos pescadores. Esto es Santa Cruz, más o menos a todo mirar. Hay también la población a la derecha –así como se entra al pueblo– donde florecen los comercios y están las calles arregladas y, como en todo lugar de Cuba, suena fuerte un tocadiscos y se cierran los comercios del domingo. Pero ahora hay algo más en Santa Cruz del Sur. Hay una cooperativa de pescadores compuesta por mil trescientos hombres y una esperanza y una fe de lucha como existe en toda Cuba.

Las aguas frente a Santa Cruz son inagotables en recursos del mar. Allí se pesca el camarón fundamentalmente, la langosta, la sierra, el carey y la tortuga. Entre los peces de escama abundan los más preciados: el pargo, la rabirrubia, la cherna, la cubera, la biajaiba.

La poderosa cayería que está a cinco o seis horas de Santa Cruz y que corresponde al sonero título de Laberinto de las Doce Leguas es un inmenso criadero de peces que hace al puerto cruceño uno de los primeros puertos pesqueros de Cuba. La condición de los numerosos cayos hace más segura la navegación contra vientos y turbonadas. Pues se puede navegar por entre un jardín de islas horas y horas protegidos por el viento. Así, en tan rica zona pesquera se hacen tres tipos de pesca: el camarón, los peces de escama y la langosta por la época en que se termina la veda.

LOGROS Y PROYECTOS DE LA REVOLUCIÓN

Actualmente la Cooperativa de Pescadores de Santa Cruz tiene una flota de barcos camaroneros equipados con “winches” para realizar una pesca verdaderamente tecnificada cuyos resultados son muy superiores a la pesca del camarón con atarraya. Pertenece también a la cooperativa la fábrica de conservas La Gaviota. Esta fábrica fue comprada a su dueño y está envasando distintos productos del mar. El producto de la pesca se lleva al frigorífico donde se puede conservar si es necesario el tiempo que se quiera la frescura del pescado. La cooperativa actualmente envía a Jamaica pescado blanco y sobre todo carne de tortuga y carey. Una flota de barcos pesqueros menores que los camaroneros realizan la pesca de la langosta y los peces de escama. Los proyectos de la Revolución son desde luego mucho más ambiciosos para el beneficio de la cooperativa y ya se van realizando. Entre ellos es muy importante las conversaciones sostenidas con una compañía norteamericana que quiere comprar dieciocho mil libras semanales de pescado. La actual venta de pescado a Jamaica se quiere ampliar negociando con una cooperativa de esa isla vecina y no vendiendo, como hasta ahora se ha hecho, a libres compradores. El negocio con esta cooperativa de Jamaica es interesante, puesto que será planteado a base de un trueque. Ellos recibirán nuestro pescado y pagarán con avíos de pesca. Los avíos de pesca de Jamaica son ingleses y de excelente calidad; así, en estas condiciones de trueques se ahorran divisas por no tener que comprarlos con las mismas. Otro proyecto importante es el dragado de la costa hasta el frigorífico. Actualmente el frigorífico está alejado de la orilla y con este dragado mejorarían las ventajas de trabajo y tiempo. Junto al frigorífico se construirá el pueblo de pescadores o la Ciudad Pesquera. Se va a crear un astillero para la construcción de barcos y de inmediato se harán veinte barcos de treinta y tres pies para la pesca de peces de escamas. Asimismo se construirán cinco barcos para Guayabal, cinco para Playa Florida y tres para Santa María. Otro de los proyectos es organizar carros de reparto para llevar pescado al campesino de tierra adentro. Este tipo de trabajo funciona ya en Nuevitas, dándoles servicio a los campesinos que actualmente están consumiendo carne de pescado. Lo adquieren por medio de las cooperativas, las cuales están autorizadas para facilitarle las compras a todos.

PESCA EN UN CAMARONERO DE INRA

Vamos en un barco del INRA, perteneciente a la Cooperativa de Pescadores de Santa Cruz, a pescar el camarón. Hacia el golfo de Guacanayabo vamos, pero hasta un límite: las aguas referentes a cayo Sevilla, pues por un acuerdo con la Cooperativa de Pescadores de Manzanillo los barcos camaroneros de Santa cruz, que son de arrastres de chinchorros, no deben pasarse de los límites de cayo Levilla. Esta zona de pesca tiene una extensión de doce millas de agua, cuyos fondos, sin piedras, son riquísimos criaderos de camarones. Salimos, pues de Santa Cruz navegando paralelo a la costa, viendo venir cayos y volar gaviotas. Desafortunadamente el día es gris, pero no le ha podido robar el verde intenso ni las líneas blancas de arena a los cayos. La tripulación está compuesta por cuatro hombres, Chunchú, Jesús María Gato, el hijo de Jesús también, Domingo Álvarez, cocinero y trabajador a bordo, y Yoel, un carácter firme y trabajador. Jesús tiene muchos años navegando y trabajando y habla del camarón. Nueve barcos del INRA forman la flota pesquera, los nueve con “winches” para arrastrar por los fondos el chinchorro. En el barco hay radio, teléfono, tres literas, cocina amplia, servicio sanitario y un poderoso motor que no para nunca. Si cuatro, seis y hasta nueve días está el barco navegando y pescando, el motor no se detiene, trabaja abajo comunicando a todo el casco sus vibraciones, su rumor, su lenguaje de tormenta secreta que ni crece ni decrece. Así nos vamos alejando, navegamos cuatro horas o más y ya estamos en las aguas de la pesca. Chuchú avisa a Tabío: “el chinchorro va al agua”. Yoel comenta: “Este es un trabajo descansado, los hierros hacen las cosas por nosotros.” Pero no es verdad, es un trabajo duro, monótono. Lo que sucede es que el pescador cubano, acostumbrado a las peores privaciones para su trabajo, cuando maneja cables y “winches”, estima que hace poco, mas si se tiene en cuenta, como veremos, que esta pesquería no se detiene ni de día ni de noche, que cada dos horas los hombres se levantan para elevar el chinchorro y recibir la pesca, llegamos a la justa conclusión que es trabajo duro y monótono y de hombres verdaderos  quienes sacrifican el sueño y la postura del cuerpo en el breve descanso siempre interrumpido.

Pero vamos a asistir al lanzamiento del chinchorro. El chinchorro tiene como dos mandíbulas de madera, “las puertas”, como dos hojas de puerta, situadas a la entrada del chinchorro y estas son levadas y echadas al mar. Los cables hacen la operación, los brazos de los hombres la otra: echar por la borda la larga red que hace el resto del chinchorro.

–Ahora el asunto es navegar hasta tres horas y levar luego –dice Chuchú.

–Y ¿el chinchorro, qué?

–Abajo, arrastrándose por el fondo, tragando todo lo que puede hasta el copo.

Empezamos a ver los pájaros. Son rabihorcados, gaviotas y alcatraces. De vez en cuando pasa alguna corúa volando, pero con otro rumbo, con otros propósitos, no le interesa los barcos ni sus congéneres que siguen volando sobre el barco como esperando que el chinchorro sea levantado. Como el mar está liso se ven manchas de peces: boquerones, sardinas y machuelos. Le preguntamos a Chuchú si también caen en las redes y contesta afirmativamente; luego cuenta una experiencia que le hace sonreír.

–Una vez cogimos el chinchorro lleno de levisas. ¡Qué se yo cuántas cogimos! Pero ni un solo camarón; levisas inútiles nada más. Fue que pasamos por una mancha de ellas. Las manchas no se separan nunca. Si algunos de esos peces les da por salir de la bola se pierden todos, les entra el tiburón y cuanto peje malo hay.

–Igual que los hombres y los pueblos, Chuchú, juntos inspiran respeto, divididos se pierden.

–Sí, igualito que nosotros –repite Chuchú.

Como son diez de la mañana del domingo, ha empezado el almuerzo y desde la ventanita de la cocina se derrama un olor que aviva los sentidos. Pasa el tiempo y el mar y al fin Chuchú viene con la orden de levar. Yoel maneja el “winche” y empiezan los cables a tirar.

El barco reduce la velocidad y los pájaros también. No sé de dónde, de qué parte del cielo pueden venir tantos pájaros. Es como si de pronto aparecieran por docenas. Los cables van saliendo y esta operación la vamos a ver cada dos o tres horas como dos días seguidos sin parar; sin embargo, siempre es interesante, siempre tiene la pregunta del misterio: ¿qué vendrá ahora en la red?, ¿cómo andará el copo? Las puertas salen a la superficie. Jesús, el hijo, tira de la soga que acerca el copo y los cables terminan por elevarlo sobre cubierta. El copo es una bolsa grande chorreante de agua que viene agitado de vidas. Chuchú se pone casi debajo, tira de una soga y se abre el copo. Una gran masa de seres vivos, distintos, multiformes, cae sobre cubierta. Jaibas de todos tamaños echan a correr asustadas, amenazando con sus tijeras, tirando tijeretazos, huyendo sorprendidas a no saben dónde. Una especie llamada langostino, calzado de espinas, mueve muchas patas y resuelve poco en huir. Lenguados y machuelos saltan; pero debajo de ellos, junto a ellos y hasta encima de ellos, camarones, muchos camarones grandes y medianos que apenas vienen con vida por el tiempo metido en el coplo.

Los hombres ni los miran, solo una mirada rápida a ver si predomina el camarón. Hay que echar otra vez el copo al agua, es un ritmo de trabajo. De nuevo Yoel, el “winche”, la fuerza del motor y las compuertas al agua. Cuando otra vez ha descendido el largo chinchorro los hombres agrupan la pesca y con pequeños banquitos se sientan a escoger el camarón. Se van llenando las cestas y los pájaros siguen volando. Detrás de la estela del barco ahora hay otros habitantes. Habitantes que hacen levantarse desde el agua en un solo golpe de alas a los pelícanos que se han echado a descansar en espera de lo que se va a botar al agua. Estos nuevos habitantes son los tiburones. Se les ve por popa, cuatro, cinco, hasta catorce. Ellos también esperan y los hombres siguen apartando el camarón. Una vez terminada esta labor todos los demás seres, vivos y muertos, van al agua. Entonces crece la nube de pájaros, llenan el aire con sus chillidos, los rabihorcados aprovechan para descender majestuosamente. Apenas rozan el pico con las alas y levantan un machuelo que se le olvidó a un tiburón. Allí están sobre la marcha el barco todo el tiempo que dura el echar al agua la “morralla”, lo que no es camarón. Chuchú trabaja y explica:

–Hay el proyecto de hacer con esa morralla que ahora botamos, harina para pienso de aves. Cuando eso se haga, ya no se perderá nada de la pesca.

Es el pensamiento de ahora. De todo se quiere sacar algo útil si no para uno, para otros, para los hermanos de las cooperativas campesinas, para Cuba en una palabra.

Sigue el día subiendo; viene el almuerzo, la comida, y llega la noche. Aquí es cuando uno piensa que el trabajo no es tan suave como opina, por su bravura y hombre hecho a los rigores del cuerpo, Yoel. No, en la noche se sigue trabajando. Cada dos o tres horas se leva el chinchorro, se enciende el reflector y se escoge el camarón. Esto dura una hora más o menos, después a dormir como apurados, que son dos horas más de descanso.

Tal es el trabajo de los camaroneros en la Cooperativa de Pescadores de Santa Cruz, pero ahora el producto no tiene intermediarios y en la mente y el corazón de cada hombre hay la seguridad de un hogar decente que se construirá en la Ciudad Pesquera, de una seguridad personal en el trabajo que nadie comprará a otro hombre para que haga el mismo trabajo por unas monedas de menos.

P
ublicado en la Revista INRA, en agosto de 1960

 


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La Habana. 2003
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