|
LA
JIRIBILLA Hay en esta Isla un brote constante de artistas y muchos de los que salieron a la palestra en la penúltima década del siglo pasado, apenas son recordados. Carlos, sin embargo, ha seguido siendo una presencia constante en el contexto de la canción cubana. Cantor raigalmente urbano, ha logrado decantar una lírica que expresa los acentos de su ciudad. Un personaje que puede cobrar carácter abstracto en su obra, pero esencialmente está ligado con La Habana. La capital del país, no solo en tanto ambiente construido, caprichoso y múltiple a través de muchos siglos. También como vasija portentosa donde dialogan a toda voz, o hablando con otras infinitas claves posibles, todas las medidas del ser humano. La cosmovisión de los jóvenes es la madera de corazón del trabajo de Carlos. Sus aspiraciones, sus contradicciones, su mirada crítica del entorno y la expresión sincera de cómo quieren vincularse a él; lo cual de ninguna manera quiere decir que sus textos no abarquen intereses de los demás. Los versos de sus canciones no han salido del desenfreno de imágenes, sino de la depuración de sus experiencias vitales, a partir de lo cual puede construir una poesía de arboladura sobria, desde la cual la mayoría de las veces es capaz de alzar la auténtica poesía que logra comunicar con emoción, sin transitar por los caminos de la sensiblería. Sin poner en peligro su relación constante con la guitarra, a lo largo de su carrera ha trabajado con diferentes formatos, con tal que le apoyen en su proyecto sonoro y ha estado abierto, por esa misma razón, a muy variadas vertientes musicales, especialmente al pop y al rock. Es muy probable que a consecuencia de ello, algunos piensen que él es solo cubano por lo que dicen sus textos, cuando en realidad un examen profundo de su música, revela la existencia de la natural herencia de los elementos de mayor connotación de la cancionística cubana y la asimilación de otros factores de nuestra música popular, sin acudir a estereotipos, que muchas veces son tomado como el seguro cuño de la música de la mayor de las Antillas. El que cantaba en su hogar o entre los amigos que lo soportaban, en aquel patio de la Casa del Joven Creador -que ahora solo existe en el recuerdo-, o en el Cine 23 y 12. El mismo que estrenó la canción Guillermo Tell en la Sala Chaplin, allá por 1989 y después comenzó a desbordar el Teatro Carlos Marx y hace muchos años ha viajado por Europa, el resto de nuestra América y Estados Unidos; ha alcanzado su madurez con muchas canciones por llevar a los discos venidos, incluidas las que aún el cuerpo a cuerpo con la ciudad, no les ha puesto a rondar en la cabeza.
Sin
embargo, el catálogo de Carlos Varela, que ha crecido
mucho desde aquellos años en los cuales se acompañaba
con su banda Señal en el asfalto, forma ya parte de lo
más valioso de la música de este país, donde la gran
cantidad de nombres de innegable altura, nos impiden
reconocer la trascendencia de quienes hemos visto
empezar a describir su órbita delante de nuestros ojos. |
|
|