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CARTA DE UN VIEJO DISIDENTE
Fernando
Butazzoni|
Uruguay
Quien esto escribe es un viejo disidente
de la Revolución Cubana. Un militante que, desde el
llano, ocupó cuando llegó su hora el lugar
correspondiente en la trinchera. Lo hice con alegría y
desinterés. Nada me era prometido entonces más que la
felicidad de mis hermanos. Nada había en el horizonte
más que la dignidad del hombre. Después, llegó el tiempo
de la discordia. La hora de la sospecha pudo más que los
amores prometidos, más que la fidelidad jurada. Fue más
la tiniebla que la luz.
Ahora, a la vuelta de los años, Cuba vuelve a ocupar mi
vigilia. No desde la inocencia juvenil de banderas y
consignas, sino desde la agobiada reflexión de alguien
que se considera capaz, como el que más, de reconocer el
signo de los tiempos y actuar en consecuencia.
Digo que para mí Cuba no es, nunca fue, un nombre para
adornar los estandartes. No son cuatro letras. Ni
siquiera es, como dice la canción, “un rubí, cinco
franjas y una estrella”. Cuba no es Fidel Castro. No es
el recuerdo del Che en la Sierra Maestra. No es tampoco
la memoria de la derrota norteamericana en Playa Girón.
Cuba no es la venerada memoria de Martí, ni su mármol
hecho cifra al sol en la Plaza de la Revolución de La
Habana. No es tampoco la voz de Carlos Puebla, ni los
gallos de Mariano, ni los versos de Guillén. Cuba es
mucho más que un sistema de referencias culturales o
políticas: es una nación, construida desde el polvo de
sus huesos, desde el dolor y la sangre de cientos de
miles de esclavos, de campesinos pobres y analfabetos,
de patriotas que se murieron atados a la quimera de la
libertad. Cuba es una nación levantada por los
humillados y ofendidos de la historia para que todos nos
regocijáramos en ella.
La nación cubana ha vivido crucificada a un falaz
destino manifiesto durante toda su existencia. Allí
tenía que estar ese lagarto verde tendido en el mapa que
Colón navegó por vez primera. Allí esa perla de la
corona española, esa fruta madura de los intereses
norteamericanos. Allí ese baluarte de las siempre bellas
malas palabras: socialismo, liberación, independencia.
Allí esa luz tutelar de los parientes negros que en
Angola y Mozambique se sacudían el yugo colonial. Allí
tenía que estar. Y estuvo.
Y allí está ahora, más sola que nunca al parecer. Dejada
de la mano de Dios, acosada por los conspiradores de
siempre, dolida de sus propios muertos, de sus hermanos
idos, de los amigos que están lejos, de su tristeza
infinita. Dividida. Una vez más crucificada. Sostenida
por sí misma, aupada en su propia dignidad.
La pandilla mafiosa entronizada en la Casa Blanca tiene
otra vez a Cuba en la mira. Viejo hábito yanqui, ya lo
hicieron antes. Sin fortuna, es cierto, pero acaso sin
tanta desesperación como ahora. Estados Unidos es un
país fundido, y ese inmenso agujero negro que es la
economía norteamericana es capaz, antes de colapsar en
la autofagia, de tragarse Afganistán, Irak, Siria, Cuba,
Colombia y cuanto bocado se atraviese en su camino.
Cuba se defiende desde hace más de un siglo a dentellada
limpia de la voracidad de su poderoso vecino. Eso duele,
y lastima. Si así no fuera ya habrían caído de nuevo los
muchachos del Séptimo de Caballería “con esa fuerza más”
sobre las ciudades, los pueblos y las playas del
archipiélago cubano. Me lastiman esas dentelladas, como
hace tanto tiempo. Disidente al fin, siguen siendo en mí
heridas abiertas, dolor puro. Pero digo que me siento
bien dispuesto a soportar el dolor una vez más.
Dispuesto a no entender del todo y, sin embargo, a
padecer con alegría ese dolor si de algo sirve.
También soy egoísta, a qué negarlo. Interesado. Lo
confieso: preocupado por mi propio pellejo. No quiero ir
a La Habana en un gesto postrero e inútil para velar la
caída de las bombas inteligentes. No quiero que alguien
les diga después a mis dos hijos que el país donde
nacieron ya no existe, que es un montón de escombros
radiactivos a la deriva en el mar de las Antillas. No
quiero que me alcance la vejez discutiendo si Cuba
merecía lo que no le dimos cuando debíamos darlo. No
quiero que pase lo que va a pasar si el malandraje del
Pentágono le mete mano a Cuba. No quiero que sea
demasiado tarde.
Soy un viejo disidente, ya está dicho. Durante muchos
años discrepé con lo que hacían los cubanos en el ámbito
político, con sus tropezones internacionales, con sus
débiles impulsos democratizadores, con la sinrazón
burocrática de su economía temblequeante. Discrepé con
lo que hacían y con lo que dejaban de hacer. Me sentía
autorizado a ello, aunque muchos me lo reprocharan. Me
sentía obligado a hacerlo y a decirlo, aunque muchos
amigos me aconsejaran el silencio. Hubo algunas peleas,
ofensas mutuas, distanciamientos.
Hoy, tantos años después de aquellas revueltas, quiero
volver sobre mis pasos. Quiero regresar al mismo exacto
punto en el que yo lancé mi piedra. Y lo hago para
ofrendar lo poco que tengo, la nada de mi solidaridad,
mi mano tendida aun en la discrepancia, la disposición
una vez más a ocupar mi lugar en la trinchera. Aunque me
duela y no entienda del todo. Lo hago sin
arrepentimiento y sin rencor. Sin otro sentimiento que
la solidaridad.
Que esta humilde “policrítica a la hora de los chacales”
escrita desde el sur del mundo por un disidente, sea
apenas el testimonio de una voluntad: la de abrazar a
mis hermanos de Cuba ahora, cuando la sombra del Imperio
parece ya oscurecer el cielo encima nuestro.
En Montevideo, domingo de
Pascua de 2003. |