LA JIRIBILLA

MARIONETAS
 
La defensa emprendida por Cuba los exaspera y ante el ridículo que implica el desmantelamiento de la empresa de la subversión, el imperio clama por la venganza y el desquite. Para ello apela a los viejos y gastados métodos. La guerra mediática entra en acción. En editoriales y declaraciones abundan la cobardía, la infamia y las amenazas.


M. H. Lagarde |
La Habana

Llama la atención la feroz campaña de difamación emprendida por algunos medios de prensa a propósito de las condenas a muerte de tres terroristas que secuestraron una lancha de transporte público y la encarcelación de más de 70 mercenarios a quienes Estados Unidos ha convertido, de la noche a la mañana, en prestigiosos intelectuales y disidentes.

No es necesario ahondar mucho para descubrir quiénes son los incitadores de esta algarabía mediática.

El primer interesado es el gobierno de los Estados Unidos. Su oposición, no obstante, nada tiene que ver con algún remordimiento de tipo ético o filantrópico. Es bueno recordar que durante su mandato como gobernador del estado de Texas, Bush firmó 150 penas de muerte y que en Afganistán, y ahora en Irak, acaba de condenar al juicio sumarísimo de la guerra preventiva a un número indefinido de víctimas civiles. Al mismo tiempo, prevé enviar a miles de prisioneros iraquíes, militares o no, al limbo ilegal de algún campo de concentración al estilo del establecido en la Base Naval de Guantánamo.

Los nuevos dueños del mundo, esos que fusilan con bombas de fragmentación a mujeres y niños y proclaman de forma pública el derecho a eximir de cualquier garantía jurídica a quienes considere un peligro para su seguridad, no se andan, evidentemente, con sentimentalismos altruistas.

Lo que realmente le molesta a Estados Unidos es que la pequeña Isla del Caribe, una vez más, haya dado al traste con sus planes subversivos.

En franca contradicción, la poderosa nación que hoy se auto proclama como la campeona de la lucha contra el terrorismo a nivel mundial, no ha cejado, durante los últimos cuarenta años, de acosar a Cuba con continuas agresiones militares, sabotajes y leyes criminales como la de Ajuste Cubano que incita a la emigración ilegal. Esta última, a la par de la impunidad legal con que los terroristas suelen ser recibidos en Florida, son las razones fundamentales que incitaron la reciente ola de secuestros de naves cubanas.

Quizás tanto como hacer colapsar los tratados migratorios entre ambas naciones, al imperio le preocupa que la firme postura cubana resulte un freno a similares actos de consecuencias imprevisibles; algo que equivaldría además a la pérdida de uno de los principales “hechos” que sustentan las campañas de mentiras con que su poderosa maquinaria de propaganda trata de desprestigiar a la Isla.

Pero nadie se engañe, lo que realmente le preocupa al imperio es la encarcelación de los llamados disidentes. En medio de la euforia prepotente y triunfalista del “nuevo siglo americano” que acaba de iniciarse en Irak, Cuba, tras años de paciente tolerancia, acaba de intervenir parte de la única empresa de propiedad norteamericana que aún funciona en la Isla: la de la contrarrevolución.

No se trata, como se quiere hacer creer, de ningún ataque a la “democracia” y la “libertad” a no ser que estas, en el nuevo contexto mundial, signifiquen doblegarse a los dictados de una potencia extranjera. La Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana funge como una suerte de corporación encargada de dirigir y subvencionar a los grupúsculos mercenarios ya fuese con la intención de prefabricar una oposición dentro del país o para usarlos como voceros de una propaganda destinada a perpetuar el devastador bloqueo contra el pueblo cubano y servir de coartada a venideros ataques.
De igual forma, en realidad no les preocupa tanto que Cuba descalifique a sus empleados cuando revela que en las filas de los llamados intelectuales sólo cuatro ejercieron alguna vez el oficio de periodistas (14 son graduados universitarios), como el descubrimiento de que una buena parte de sus directivos y hombres de confianza eran agentes de la inteligencia cubana.

La defensa emprendida por Cuba los exaspera y ante el ridículo que implica el desmantelamiento de la empresa de la subversión, el imperio clama por la venganza y el desquite. Para ello apela a los viejos y gastados métodos. La guerra mediática entra en acción. En editoriales y declaraciones abundan la cobardía, la infamia y las amenazas. Se evocan condicionados prejuicios y el manido sambenito del totalitarismo.

La ocasión no puede ser más propicia sobre todo si se tiene en cuenta que las acusaciones contra Cuba ayudan a distraer un poco la atención mundial de los llamados “daños colaterales”, el asesinato de periodistas, el arrasamiento del tesoro cultural de una nación o la sangrienta represión de pacíficos manifestaciones. Es una vieja práctica, tras inusitadas masacres y violaciones del derecho internacional, cambiar de tema para que el mundo, que como nunca antes ha repudiado la injusta guerra contra Irak, comience a olvidar.

Desde el exterior, mercenarios emplantillados en publicaciones como Encuentro, tratan de ocultar —ahora que sus “independientes” colegas de la Isla han quedado al descubierto—, su complicidad con el contratista del Norte.

En medio de la intencional confusión generada por la desenfrenada y manipuladora campaña, estos asalariados recurren a cartas y manifiestos tras los que esconden, recopilando firmas de algunas prestigiosas figuras intelectuales, su apostata contubernio. Algunos desinformados se prestan inocentemente al juego; otros, aprovechan la oportunidad que ofrece el escándalo para abjurar de viejos compromisos.
Aparecen en escena los aspirantes a conversos y las “conciencias críticas” que por miedo a poner en juego su pedacito de página de opinión en algún periódico “importante” asienten condescendientes ante las desfachatadas mentiras del fascismo. Los manipuladores saben bien de qué pata cojean estos “librepensadores” que anteponen el ego y el sueldo a la honestidad intelectual. No por gusto los organizadores de la campaña lo primero que hacen es procurarle a sus colaboradores, la gran mayoría meros mercachifles, el estatus de periodistas e intelectuales.

Al coro también se suman otras voces. Oportunistas de última hora como el presidente español, José María Aznar — conocido deudor de la mafia de Miami—. Según sus cálculos, la coyuntura puede servirle de tabla de salvación en medio del naufragio político que enfrenta su partido, precisamente, por la dócil y sumisa actitud adoptada ante la última cruzada imperial.

No faltan tampoco los lacayos del sur. En la 59 Sesión de Derechos Humanos de Ginebra ciertos diplomáticos latinoamericanos olvidan de imprevisto su idioma y leen, en la lengua de Teddy Roosevelt, una condena contra Cuba redactada en Washington.

Para los cubanos nada de esto es nuevo. Desde hace mucho sabemos quién es el que paga y, por tanto, ordena. Los asalariados “disidentes” interpretan siempre el mismo papel: el de marionetas del ventrílocuo. No les interesa de que lado están la verdad, la dignidad o la justicia. Solo les importan las limosnas que les tira su mecenas, aunque este sea el de la traición.


© La Jiribilla.
La Habana. 2003
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