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DERROTA ANUNCIADA:
LOS DESAFIOS QUE SE AVENCINAN
Jon
Hillson
|Los
Ángeles
LOS ANGELES—Cae
Bagdad 20 días después de iniciada la brutal invasión
anglo-norteamericana. La esperada resistencia de la
guardia republicana nunca apareció. Pero siguen los
bombardeos —según el alto mando yanqui, más de 33 000
misiones aéreas lanzan más de 23 000 bombas, millones de
libras de explosivos, en todas partes de Irak.
Las
tropas estadounidenses organizan shows en varias calles
de la antigua ciudad. Destruyen las estatuas de Saddam
Hussein, quien, aparentemente, ha desaparecido con su
camarilla. La televisión norteamericana se llena de
imágenes de un pueblo celebrando la entrada de los
invasores. La cantidad de bajas de soldados EE.UU.—102
muertos, 11 desaparecidos en acción, ocho prisioneros—
es “aceptable”, según los sondeos. Por ahora, como era
previsible, la mayoría apoya la guerra. Mientras tanto,
en el norte del país, hay más bombarderos que nunca.
Según fuentes de la
prensa internacional, casi mil civiles y más de 5 000
efectivos iraquíes han muerto en las primeras tres
semanas de la guerra.
“Se acabó el juego”,
dice Mohammed Aldouri, embajador iraquí en Nueva York,
quien ha perdido el contacto con Bagdad. “Espero que el
pueblo iraquí tenga una vida alegre”.
Para otros, el juego
sigue. Hay informes de que en Bagdad existen bolsas de
resistencia, ataques de escuadrones suicidas, emboscadas
de francotiradores. Pasan casa por casa las tropas EE.UU.
en búsqueda del enemigo, usando tácticas aprendidas
recientemente en Israel, durante sus estudios con los
soldados sionistas que participaron en la ocupación del
territorio palestino. A pesar de la ausencia de
liderazgo militar, algunos luchadores iraquíes
—usualmente jóvenes, con pocas armas— siguen combatiendo
anónimamente, hasta morir o ser capturados.
Reina el caos en la
ciudad de casi cinco millones de habitantes: saqueos,
enfrentamientos con los invasores, se profundiza la
crisis en los servicios de salud. Dice un médico en
Basora que hay “una ola incesante y masiva de heridos
civiles”mientras falta la electricidad y el agua
potable.
Pero la destrucción
es menor que durante la primera guerra del golfo, más
sofisticada y no precisamente porque el alto mando y la
Casa Blanca sea más noble. Quieren preservar la
infraestructura del país que van a tomar y dominar. El
uso de la palabra “genocidio” es incorrecto porque esta
es una guerra de conquista, de reparto del botín. Irak,
su patrimonio nacional, sus fábricas y refinerías, son
los trofeos de la guerra. En 1991, las fuerzas militares
EE.UU mataron 150 000 tropas iraquíes y civiles mientras
se replegaban solamente en “el camino de la muerte” en
Basora. Hoy, con una meta diferente, la estrategia de
esta guerra también es diferente.
LA
CAZA SANGRIENTA DE SADDAM HUSSEIN
En la caza de Saddam
Hussein —una cacería sin límites— los yanquis matan,
después de un ataque con cuatro “bunker busters”, a por
lo menos 14 civiles. Las bombas dejan un cráter de una
profundidad de 60 pies. Trabajadores de salud descubren
piernas, brazos y cabezas, pero no a Saddam. También
asesinan a tres periodistas radicados en el Hotel
Palestina. Los comandantes estadounidenses se
justificaron diciendo que habían recibido fuego desde el
edificio, algo que ha sido negado por todos los
reporteros, incluyendo a Ann Garales, de National Public
Radio, una cadena de EE.UU. Hay protestas contra el
ataque a los periodistas. Más tarde, una portavoz del
pentágono dijo que el trabajo de los periodistas era
“muy peligroso”. Ambos casos de violencia son alertas al
pueblo del mundo —especialmente del Irak, Irán y Siria—
sobre la capacidad brutal de los invasores
Anuncia Donald
Rumsfeld, secretario de “defensa”, que la guerra no se
termina con el derrumbe de Bagdad, sino con el control
total del país, la muerte de Saddam y su grupo, el
descubrimiento de las legendarias “armas de destrucción
masiva” y el acopio de la información y secretos
militares del régimen.
Una fase de la guerra
ya ha terminado con la desintegración del gobierno de
Saddam Hussein y su aparato político-partidista-militar.
Comienza la limpieza y la ocupación.
EL
CONCEPTO DE DEFENSA POPULAR FUE IMPOSIBLE
El
concepto de una defensa popular fue imposible. Salen
muchas noticias con imágenes de almacenes militares
llenos de armas no usadas que los invasores siempre
acaban por descubrir con sorpresa y gozo.
Entonces, cuando el
resultado de la agresión masiva llegó a ser imposible de
negar —el colapso del régimen— y la guardia republicana
sufrió ataques constantes su fuerza simplemente se
esfumó. Para mucho de ellos, fue mejor dejar sus
uniformes en las calles y mezclarse con la población.
Este fenómeno reveló la putrefacción del partido-estado
gobernante. Los dirigentes yanquis entendieron la
amplitud de la destrucción anterior del régimen, las
sanciones y la corrupción de gobierno de Saddam Hussein,
el antiguo aliado de Washington en la guerra contra
Irán, durante la primera guerra del golfo. Está claro
que la existencia de la llegada de miles de voluntarios
árabes —supuestamente en brigadas de suicidas— hecha por
los portavoces iraquíes fue falsa.
Los “éxitos” yanquis,
desde Granada —donde los golpistas encabezados por
Bernard Coard dieron un cheque en blanco a los yanquis
después del asesinato del líder Mauricio Bishop— hasta
Panamá, con el ex-agente de la CIA Manuel Noriega y en
Yugoslavia, con el gobierno estalinista-nacionalista
reaccionario de Slobodan Milosevic y ahora, con Saddam
Hussein: han sido posibles porque en todos esos casos se
trataba de enfrentarse a pseudolideres incapaces de
organizar la lucha popular contra los invasores.
Entonces, los frutos
iniciales de la victoria anglo-norteamericana no ofrecen
una prueba de la supuesta invencibilidad del imperio,
sino de lo fácil y simple que fue su blanco en la
primera guerra emprendida contra sus rivales
imperialistas europeos en el terreno iraquí.
Por eso, el “éxito”
yanqui no debería ocultar lo que es fundamental: las
debilidades del imperio que impulsan a la guerra y el
hecho de que la trayectoria de su campaña militar
resultará en repercusiones imprevisibles cuando enfrente
fuerzas determinadas a resistir.
GANA RUMSFELD EL DEBATE
Por el momento ha
ganado Rumsfeld “el debate” militar con algunos
generales y ex-generales sobre tácticas de guerra. Por
un lado varios militaristas —usando el concepto de Colin
Powell, de “fuerza abrumadora”— apostaron por una enorme
movilización de tropas de tierra. Rumsfeld defendía el
concepto de fuerzas relativamente ligeras, usando fuerza
masiva de aire, bombas inteligentes atacando blancos
específicos y estratégicos. El eje del debate era cómo
utilizar el poder militar más efectivamente contra los
enemigos del imperialismo. La “doctrina de Powell” se
formó en las “lecciones de Vietnam” y en la mentalidad
conservadora de sectores de las fuerzas armadas después
de la derrota de Estados Unidos en el sureste de Asia.
Rumsfeld, que sabe muy bien la necesidad que tiene el
imperio por combatir en el mundo varias guerras
simultáneamente, promueve el concepto de usar unas
fuerzas armadas, de tierra y aire, más ágiles y
sofisticadas.
Se puede leer dos
comentarios sobre el pleito: uno, desde el punto de
vista liberal burgués, aparece en el semanario New
Yorker de 7 abril, firmado por Seymour Hersh, y
bajo el título de: “Ofensiva y defensiva”. El otro,
desde el punto de partido del internacionalismo
proletario, aparece en la portada del semanario el
Militante, del 14 de abril, es de Martín Koppel.
La segunda fase de la
guerra —la ocupación y la estabilización de Irak, como
protectorado imperialista— no será tan fácil como la
primera etapa. Esta es la invasión contra un país que ya
ha sido invadido y que no controla su espacio aéreo ni
su territorio norte.
Aunque algunos
iraquíes celebran en las calles las repercusiones de los
daños sufridos por cientos de miles de personas —sin de
mencionar el robo del patrimonio nacional— la mayoría de
la gente sabe y sabrá que las tropas yanquis y del Reino
Unido no son sus libertadores. El 10 de abril Leonard
Dobbins, antiguo asesor del Presidente George Bush,
ahora en el Rand Corporation, gabinete estratégico
imperialista, dijo a la Nacional Public Radio que la
ocupación durará cinco años, y se necesitarán por lo
menos 250 000 soldados estadounidenses. Tendrán más
problemas que el último imperio de Roma y sus extendidas
legiones.
Este drama también
será sangriento.
Llena de triunfalismo
y creyendo sus propias mentiras, la Casa Blanca amenaza
a Siria y a Irán. Hablando en Los Ángeles el 2 de abril,
James Woolsey, ex-jefe de la CIA, dijo que el gobierno
“fascista” de Damasco debería ser reemplazado. Hace
amenazas lo hizo contra Siria, Paul Wolfowitz,
subsecretario de “defensa”, alguien muy cercano a
Rumsfeld y quien es conocido públicamente como
“Wolfowitz de Arabia”. Bush ha aprobado la campaña
contra Damasco que —según Washington— supuestamente
había dado ayuda militar a Bagdad y ha dado refugio a
miembros del su gobierno.
Las tropas de EE.UU.
han probado sangre, han sentido el fuego, han recibido
su bautismo bajo un mando con experiencia de combate,
aunque tal combate haya sido desigual hasta un punto
irreal. Sus comandantes han recibido capacitación en el
campo de batalla. Para ellos, Irak ha sido un ensayo
general.
La guerra real acaba
de empezar.
PROTESTAS Y PROBLEMAS
El 7 de abril abren
fuego — con balas de goma, granadas de “flash” y otras
armas para “controlar a la gente”— la policía de Oakland
contra 500 manifestantes, en una protesta de
desobediencia civil en los muelles contra un contratista
de la guerra. La manifestación, llamada por Direct
Action [Acción Directa] trató de bloquear los portones a
un muelle. “Fue una manifestación completamente
pacifica”, le dijo Steve Stallond, portavoz del
sindicato de estibadores al Los Ángeles Times.
Seis miembros del sindicato recibieron heridas, mientras
diez activistas fueron golpeados. La policía, que
aseguró que los manifestantes tiraron piedras y pernos
—algo que fue negado por los testigos— arrestó a 30
personas.
Siguen las vigilias
contra la guerra. Manifestaciones nacionales están
programadas en San Francisco y Washington para el 12 de
abril —serán, obviamente, más pequeñas de lo que han
sido desde el comienzo de la invasión. Ocurren en el
contexto de una confusión creciente provocada por las
presiones de la guerra, la campaña patriótica del
gobierno y los medios masivos de difusión. Muchas
protestas reflejan tales presiones. Levantan banderas y
pancartas que dicen “apoye a nuestras tropas” y “la paz
es patriótica”—lemas reaccionarios.
No son “nuestras”
tropas, son del gobierno.
Son carne
de cañón. Lo
que es necesario es apoyar sus derechos constitucionales
para hablar, protestar y organizarse en las filas de las
fuerzas armadas como oponentes de la guerra. También,
algunos grupos pacifistas decoran sus websites o
volantes con la bandera de Estados Unidos.
Bajo estas presiones,
las marchas han perdido el foco contra la guerra: atacan
a Bush personalmente o exigen su destitución, protestan
la cobertura parcial hecha por la prensa burguesa o
critican a las corporaciones. Todos estas variantes
constituyen un puente al partido demócrata o su cola
verde. Las acciones de desobediencia civil son, sobre
todo, prueba del agotamiento de las fuerzas pacifistas;
no son contra las leyes injustas, como durante la lucha
negra por derechos civiles en el sur del país, contra
los códigos racistas de apartheid americano, Jim Crow.
Los manifestantes quieren ser arrestados como defensores
de sus principios personales, religiosos o políticos.
Abandonan conceptos claves de la lucha popular.
La fría verdad es que
vemos el fin del llamado “movimiento antiguerra” en que
se basaron las protestas de la época preguerra,
que terminó hace menos que cuatro semanas, como las
manifestaciones antiguerras antes la primera y la
segunda guerras mundiales. Todo parece indicar que
habrán manifestaciones, pero no un movimiento social
contra las guerras imperialistas.
CRISIS IMPLACABLE Y RESISTENCIA INEVITABLE
La guerra, la
limpieza, la ocupación, los factores no conocidos no
pueden detener la crisis económica mundial. Al
contrario. Todas las vulnerabilidades del sistema serán
más profundas, incluyendo los pleitos entre
Washington-Londres y el resto del mundo.
El gobierno anunció
que 108 000 empleos desaparecieron solamente en marzo.
Este fin de semana,
decenas de miles de empleados sindicalizados de American
Airlines —la más grande en el mundo— votarán para
aprobar o no concesiones de $1.8 mil millones. Si votan
no, dice el jefe de la aerolínea que se declarará en
quiebra.
Una semana más tarde,
otras decenas de miles de trabajadores de United
Airlines —ya en bancarrota— también votarán si estamos
dispuestos a dar más miles de millones en concesiones a
los patrones. Los recortes de salario, beneficios de
salud, vacaciones y beneficios podrían alcanzar 50 por
ciento para algunos empleados.
Esta es la guerra en
casa —el otro lado de la guerra de afuera— con la misma
meta. Debido a esos golpes —una avalancha de despidos,
recortes y ataques contra programas sociales— la “ola
patriótica” afecta a mucha gente de la clase obrera. Hay
muchas menos “banderas americanas” en carros o frente a
las casas particulares, menos cintas amarillas, menos
desfiles y más espacio en las fábricas para hablar
públicamente contra ambas guerras que durante la primera
agresión contra Irak. Yo soy testigo de esos cambios.
Cada vez más obreros
entienden esto y luchan, como las docenas de miles de
jóvenes negros y latinos que marcharon frente a la corte
suprema el primero de abril en defensa de acción
afirmativa. Son los hijos de la clase trabajadora y no
están dispuestos a parar su lucha por levantar la
bandera roja, blanca y azul.
Después de seis
semanas de huelga, los 470 militantes del sindicato de
empacadores de la compañía Tyson —la más grande
corporación de carne, pollo y puerco en el mundo— siguen
luchando, sin una defección. La huelga responde a un
ataque frontal de la clase patronal en la industria, un
desafío a todo del sindicato nacional. Hay información
disponible a través el internet del sindicato.
“Hay una guerra
contra los trabajadores en Estados Unidos”, dice David
Newby, presidente de AFL-CIO durante un mitin de
solidaridad, según el Militante. “El ejemplo de
eso aquí es en Tyson”.
Hay y habrá guerras
contra los trabajadores en Estados Unidos y en otros
países del mundo —países industrializados y naciones
oprimidas. Aunque celebran su triunfo vacío en Irak, los
imperialistas enfrentarán otros ejércitos más grandes,
firmes y listos— la clase trabajadora del mundo.
Preparémonos para batallas más equivalentes, con
conclusiones más favorables y decisivas.
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