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UN GESTO
 
Omar Valiño | La Habana

Que yo recuerde, sobre las luces del camino siempre se discutió. En las noches aquel cruce sobre el Quibú siempre fue muy oscuro. Transitarlo era un riesgo, correrlo una aventura. En mis tiempos de estudiante preferíamos ir en grupo, tal vez para que la sombra de los viejos árboles asustaran menos.

Mi amor por esos muros, ahora más descascarados, sigue intacto. Con exactitud, no sé por qué. Apenas te pagan, crece ante tus ojos el deterioro y el desgano, quisieras que muchas cosas no fueran como son, deseas encontrarte allí con mucha gente que no está...

Sin embargo, vuelvo, como otros, por obcecación, seguramente a dialogar con los estudiantes, algunos de los cuales son las verdaderas piedras de una escuela, transitorias y firmes a un mismo tiempo.

Años hacía que no atravesaba el camino de noche. Ahora la antigua carreterita ha dado paso a una sólida estructura de hormigón que serpentea en la tierra, fruto de los primeros trabajos de reconstrucción general. Cuando la terminaron junto al nuevo puente, me pareció entender, mirándola desde el montículo de Elsinor, que los arquitectos –los mismos que dibujaron hace cuarenta años aquel sueño trunco– habían querido rescatar en el suelo aquellos pasadizos que debieron comunicarlo todo por el aire, cuyos testigos son esas torres dispersas en la geografía de Cubanacán.

La noche del 4 de abril de 2003 me sirvió para descubrir que las nuevas farolas del camino alumbran.

Fui convocado a participar de un performance contra la guerra. La guerra aquí nombra ese asalto rapaz, concreto, ilegal e inmoral a la tierra donde contaba Scherezada. Pero la iniciativa protagonizada por los alumnos de actuación de primer año, de conjunto con diseñadores, bailarines y músicos, se concentró más en poblar el espacio de la Facultad de Artes Escénicas con sensaciones construidas con sencilla eficacia. Es lógico: no conocen el sonido y las imágenes de la devastación en carne propia. Por eso alumbraron más bien las huellas en el hombre: el miedo, la represión, la locura. Aunque también de otro lado la protesta, el deseo, la lucha por la sobrevivencia.

Con pobres recursos, en el sentido de escasos, se lanzaron al ruedo. Sus compañeros de otras especialidades los vieron quizás por primera vez dándose a conocer a través de lo más sagrado para presentarse e infundir respeto: oficiantes que quieren ser de verdades muy suyas.

Los variopintos proyectos, gritos, esfuerzos truncos acumulados entre esos muros a lo largo de años, convertidos ahora en fantasmas, abandonaron su inscripción en la piedra y salieron a apoyarlos en el empeño. La frágil luz de una vela, la humeante de una antorcha los sacó de sus escondrijos y llenó de especial energía el espacio que parecía resistir las sucesivas oleadas producidas por varias generaciones de estudiantes y profesores.

Me llamó la atención el afán por conquistar ese espacio desde dentro, por palpar físicamente la textura de las paredes, por registrar lugares escondidos o cotidianos. Fue una manera de decir: estamos aquí y no pasaremos inadvertidos.

Y fíjense si lo es que han propuesto ante los ojos de un público cómplice una protesta transparente y firme contra la guerra de Estados Unidos por Irak en medio de nuestro inmovilismo social e incapacidad individual para, por iniciativa propia, pronunciarnos públicamente contra la barbarie imperialista, mientras vemos al mundo movilizado contra el crimen gracias a una creatividad sobrecogedora.

Los estudiantes desafiaron con su acción muchas barreras, sobre todo las que resultan de nuestras íntimas represiones. Interesa que sean de actuación porque ese es el centro del teatro. Lo hicieron por su propio deseo. Con candor desvelaron la noche y su simple gesto quedará como un gran gesto.

Otra vez comprendí que en Elsinor siempre hay pudriciones y luz.

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