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EDUARDO PONJUÁN:
LAS ERRATAS DE LA FE

A propósito de la exposición Fe de erratas, del artista Eduardo Ponjuán, en el Museo de Arte de Pinar del Río
.

Iris Cepero
| La Habana

Errante anda por la plástica hace ya varias décadas, recorriendo ideas, caminos, vagando, di-vagando en búsquedas permanentes, senderos de razones y sinrazones, de morfologías impensadas. El corredor de caminos e ideas que es Eduardo Ponjuán (Pinar del Río, 1956) sigue errando, dando vueltas a los gestos y las palabras, acercándose a cada objeto o gente en círculos interminables de mensajes que se vuelven cosas y más cosas. 

Porque errar es de sabios, dice el proverbio, sin saber que hablaban del andar y no de la pena de equivocarse. Vagando se llega a Roma, o a los libros y se les vuelve bichos, cosas, caras, más-caras, libros-caras, ya vacíos o recargados de nuevas palabras-cosas, a lo Ponjuán. 

Todo objeto cuyo fin desconocemos es provisionalmente monstruoso, escribía en sus años en el ISA. Por eso, a los suyos les busco usos, que no explicaciones. Todas válidas en especulación, en invento semántico, en intento de palabrería más o menos inútil. La belleza bastaría. Ingenuidad de espectador atrapado, libérrima inocencia.  

Así, con varita mágica, estos complicados objetos contrastan con la sencillez de sus dibujos, impecables, donde no falta ni sobra un trazo, donde la palabra añadida peca, también, de precisión. “No es la mente, no es el Buda, no es nada”. El hombre de las líneas límpidas sobre folios de  antiguos de registros es capaz de inventar amasijos de brújulas y medidores, (¿de cuerdas y tendones, de carne con madera?), de hierros y espejos,  de tarecos vueltos bocas y ojos, los ojos y bocas precisos en la cara del libro elegido, quise decir casual. 

No, no es inocente el artista. Nunca lo fue. Ahí está la exposición para dar fe de sus erratas. Faltas-huellas dejadas en la memoria, caminos-huellas salvados también con ambiciones astronómicas. La suerte está echada, desperdigada en cada pulgada de arte expuesto. Uno sonríe y no percibe la dimensión del absurdo. Los pinareños no miran al cielo, dice Ponjuán. Lo corrobora la prensa. El miedo pica y se extiende. Uno se asoma fuera, para no errar, para no pecar de pinareño. El cielo sigue ahí, suspiro aliviada y paranoicamente. Quizás sea una nueva errata. No importa, es solo cuestión de fe.

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