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LA crónica

UN CONOCIDO ENCUENTRO
CON SARTRE, BEAUVOIR Y WILLIAMS

Humberto Arenal
| La Habana
 

El conocido filósofo, dramaturgo y novelista francés Jean Paul Sartre y su compañera la escritora Simone de Beauvoir, estuvieron en La Habana dos veces en el año 1960, muy interesados en seguir el curso de la Revolución cubana. La primera vez permanecieron entre el 20 de febrero y el 15 de marzo. Y la segunda del 21 al 28 de octubre, de regreso de Brasil. En ambas ocasiones se hospedaron en el hotel Nacional. 

En la primera visita tuve la oportunidad de hablar brevemente con ellos en dos ocasiones con la ayuda de amigos que me sirvieron de intérpretes. Mi francés era entonces más deficiente que ahora, pero eso no me detenía. En la segunda ocasión logré, de nuevo con un intérprete, que ambos me concedieran una entrevista que sería publicada en el semanario Lunes de Revolución, donde yo colaboraba. Había un gran interés en que lograra la entrevista pro parte de la dirección de Lunes, pues entonces los dos, especialmente Sartre, eran grandes figuras de la intelectualidad europea. El marxismo de este filósofo existencialista era muy cuestionado por los marxistas más ortodoxos y dogmáticos –por ejemplo en la Unión Soviética sus libros estuvieron prohibidos–, pero entonces Sartre afirmaba que le interesaba la Revolución cubana porque era un movimiento revolucionario joven, sin ataduras con los marxistas de Moscú. Una obra suya de teatro titulada Las manos sucias que yo había visto en Nueva York era evidentemente anticomunista. Se le había mencionado en la segunda de nuestras breves conversaciones y evadió dar una respuesta categórica. Esa era una de las cosas que quería hablar con el Sartre dramaturgo. Esto y otras cosas que se decían quería hablarlas con este matrimonio tan mentado en el mundo intelectual de los años cincuenta y sesenta. Sartre era el director de una revista intelectual de gran nombre en el mundo: Les Temps modernes; y autor de libros tan notables como El ser y la nada, un ensayo de ontología fenomenológica, y Las moscas, una tragedia clásica moderna. Con estas obras definió su visión del existencialismo. Ella era autora de una obra muy divulgada y discutida: El segundo sexo. 

Los llamé por teléfono y acordamos que la entrevista fuera en los jardines del hotel. Me hice acompañar por el fotógrafo Ernesto Fernández, el que no recuerda ahora dónde están esas fotos. Asistí puntual a la cita y al poco rato de llamarlos bajaron al jardín. Simone de Beauvoir hablaba muy bien el inglés pues había vivido un tiempo en Estados Unidos, y Sartre, con cierta torpeza, entendía casi todo lo que yo le preguntaba, aunque me dijo que leía inglés sin dificultad. La entrevista desde el comienzo prometía fluir por un cauce agradable. Sartre aclaró desde el principio que no quería hablar de temas políticos y yo me limité a comentar su obra literaria, especialmente de teatro que conocía bien. En ocasiones ella intervino en la entrevista con ciertas opiniones literarias, especialmente sobre los novelistas norteamericanos. Su favorito era William Faulkner, que calificó de genial. Había renovado no solo la técnica de narrar, sino que había decapitado muchos conceptos moralistas de la sociedad sureña estadounidense, aunque evidentemente había mutilado a esa sociedad dejándola sin futuro. Sartre fue mucho más explícito, su opinión sobre este escritor norteamericano es conocida, pues escribió un largo ensayo sobre él: Faulkner es el defensor a ultranza de un sentido aristocrático de la vida, el de la burguesía del sur de Estados Unidos. Por lo tanto es un reaccionario, pero efectivamente de gran talento narrativo. También ella me habló con simpatía del novelista William Green, que se decía había sido amante suyo, aunque no tocamos ese tema en absoluto. “Lo conozco bien, fuimos muy amigos –dijo en algún momento–, muy inquieto, pero seguidor del mito hemingweyano. Detrás de eso hay un machismo bien conocido. Yo se lo dije en varias ocasiones.” Simone de Beauvoir, como es bien sabido, fue una de las grandes defensoras de la igualdad sexual en el siglo XX. Yo conocía un concepto de Sartre que se había hecho muy popular y que había leído en el ensayo Materialismo y Revolución: “La posibilidad de separarse de una situación y ganar una perspectiva de ella es lo que precisamente se llama revolución.” “¿Puede eso aplicarse a nuestra Revolución?”, le pregunté. ¿Y su obra Los caminos de la libertad debía haberse construido en el modelo de un airstrip? No me respondió directamente. Aunque no tocamos estas cosas estábamos bordeando inevitablemente conceptos políticos que tenían que ver con la Revolución cubana, a la que hasta ese momento había elogiado discretamente. Daba la impresión siempre que no quería comprometer opiniones, era muy observador, preguntaba mucho, anotaba algunas cosas en una libretica que siempre lo acompañaba, fumaba sin cesar, y hablaba en voz baja algunas cosas con ella. En nuestra conversación no fue así. Confesó que en su obra teatral Las manos sucias quería mostrar algunas de las inmoralidades de los partidos comunistas europeos; que conocía muy bien al Partido Comunista Francés, al que había estado vinculado de alguna manera durante cierto tiempo. Pero que eso no lo convertía en un anticomunista, él era un marxista convencido. Le hablé de la puesta en escena de esa obra que había visto en Broadway, protagonizada precisamente por el famoso actor francés de esa época Charles Boyer, que era muy conocido a través del cine. En inglés la titularon tendenciosamente Red Gloves (Guantes rojos). Me dijo que la obra había sido mal traducida, con malas intenciones. No la vio nunca pero cuando le llegó el libreto en inglés y tuvo opiniones de amigos, suspendió la presentación de la obra en Nueva York. Yo sabía parte de esa historia y creo que fue sincero. Después se hizo en Francia una versión cinematográfica con la que estuvo de acuerdo. No se me escapaba entonces que estaba ante una figura muy polémica como pensador, como político (lo era a pesar de que lo negara), como un destacado intelectual. 

Ella me dio la impresión que era una mujer de fuerte personalidad, que fuera capaz de discrepar en algunas ocasiones de las opiniones de él (lo había hecho en público en Francia), no era su “alumnita” como a veces la titulaban y parecía tener más sentido de la realidad que Sartre. Que era una pareja unida por lazos muy profundos era evidente en todo, a pesar de la conocida poligamia de él y la libertad sexual de ella. Eran genuinos existencialistas. Pero por algo permanecieron juntos hasta la muerte de Sartre en 1980, y ella escribió cosas muy desgarradoras entonces. He leído alguna vez que el día que Jean Paul Sartre murió Simone de Bauvoir trató de acostarse al lado del cadáver. Parece una escena digna de un melodrama, pero pudo haber sido muy sincera. Físicamente él no era atractivo: era muy pequeño de estatura, con un estrabismo muy pronunciado en el ojo izquierdo, y tenía una peculiar manera de hablar. Ella, en cambio, poseía cierta belleza muy particular. Pero esas diferencias nunca los separaron. Parecían estar por encima de esas cuestiones. Aunque no eran en ningún sentido Romeo y Julieta, fueron innegablemente dos grandes amantes con un sentido muy libre de sus relaciones amorosas. 

Cuando la conversación estaba transitando por un camino más fluido e interesante apareció inesperadamente el dramaturgo estadounidense Tennesse Williams. No estaba invitado a participar en la conversación, estaba borracho, y se aproximó de una manera aparatosa y desconsiderada que nos tomó a todos de sorpresa. Dijo en mal francés y de una manera muy afeminada, unas palabritas de saludo y forzó a Sartre y a Simone a que le dieran la mano (“Bonjour monsieur et madame. Excusez moi, je sui Tennesse Williams”). Entonces se volvió y arrastró a una mujer que evidentemente lo acompañaba; vestida y maquillada como si fuera a una fiesta de noche (eran las once de la mañana). Era una dama de sesenta años o más y estaba también borracha. Él dijo que era una gran amiga suya y que estaba muy interesada en conocerlos, y que se llamaba Mrs. Vaccaro. No olvidaré nunca aquella grotesca escena, digna de uno de sus famosos melodramas teatrales. 

Creo que en el primer momento Sartre no sabía exactamente quién era, y Simone lo reconoció pero, en verdad, estaba sorprendida. Yo, ante la grotesca escena, no sabía qué actitud tomar, aunque estaba obviamente muy molesto. Por eso le dije que yo no era un intruso que estaba allí sin permiso. La entrevista había sido concertada, no estábamos hablando tonterías, y si alguien estaba de más era él. Pero obviamente él estaba dispuesto a interrumpirnos sin ninguna consideración. Típica prepotencia de un ser que se creía superior, ciudadano de una gran nación, un escritor conocido en todo el mundo. No es el lugar para discutir sus méritos como dramaturgo, porque eso no era lo que estaba en juego. Pero él no estaba dispuesto a oírme ni a detenerse. Balbuceando frases incoherentes tomó a Mrs. Vaccaro por una mano y la acercó a nosotros diciendo una y otra vez que ella era una gran admiradora de ellos y que quería conocerlos, hablar con ellos. La pobre mujer, con cierta timidez repetía palabritas en francés y se dejaba llevar de un lado a otro. Han pasado más de cuarenta años pero no olvido lo que pasó entonces. Simone de Beauvoir se puso de pie y le dijo en su buen inglés que él estaba interrumpiéndonos y que por favor se marchara. Después hablarían con él. Entonces él gritó desaforado: “¡I am Tennesse Williams!”. Sartre también se puso de pie y le murmuró algo a ella, que se volvió hacia mí y me dijo que los perdonara que ellos se iban a marchar y salieron caminando. En otro momento hablaríamos. Mr Williams dijo algunas groserías que no voy a repetir. Mejor era ignorarlo. 

Nunca insistí en continuar esta entrevista que terminó tan mal. No había tiempo y sobre todo se rompió la buena atmósfera y la excelente comunicación que había entre nosotros. 

La Habana, septiembre de 2001

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