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WICHY EN LA IMAGINACIÓN DE LA MEMORIA
 
Sandra González| La Habana

Recuerdo que conocí en persona a Luis Rogelio Nogueras, Wichy, en 1967 en la Escuela de Letras. Pertenecía ya al grupo de poetas jóvenes que publicaban en el Caimán Barbudo, cuyas entregas perseguíamos con verdadera fruición y donde también habían aparecido los poemas de Guillermo Rodríguez Rivera y Víctor Casaus, que sería mi compañero de aula. Yo los admiraba a los tres antes de haberlos visto nunca porque escribían, cada uno con sus matices personales, como me hubiera gustado hacerlo a mí. Sin embargo, me intimidaban muchísimo y, aunque eran solo unos pocos años mayores que yo, sentía que la diferencia entre nosotros era abismal, a favor de ellos y muy en detrimento mío. Además era bastante tímida y retraída así que, aunque me hubiera gustado contarlos entre mis amigos de entonces, apenas intercambiaba con ellos algún que otro saludo ocasional. Y todo esto a pesar de que disfrutaba del raro privilegio de tratar casi a diario a otros importantes poetas como José Lezama Lima, por ejemplo, en el Instituto de Literatura y Lingüística
donde trabajaba, o tal vez por eso mismo. El caso es que de los tres el que me parecía más distante era Wichy. Quizás esa apreciación estaba influida por su fama de conquistador irresistible, el premio David de poesía que había acabado casi de ganar con su Cabeza de zanahoria, o el hecho de que mantenía relaciones con una de las muchachas más atractivas de la escuela, Virgen Gutiérrez, que paseaba su linda cabecita rubia por los pasillos, con la mirada en las alturas. Cuando se casaron corrió por la escuela una anécdota que nunca he olvidado, pues se dijo que cuando el notario preguntó a la novia si era Virgen, ella contestó que de nombre. Aquel hecho me pareció muy digno de la boda de un poeta como él, pero lo hizo todavía más inabordable para mí.

Andando el tiempo fue Wichy jurado de un concurso de poesía donde gané el primer premio con un librito de poemas que tuvo, como mérito principal, el contarlo junto a Sigifredo Álvarez Conesa y Alberto Rocasolano, entre los que tuvieron la responsabilidad de juzgarlo. Recuerdo que le envié el poemario cuando fue publicado por la Cámara de Comercio, donde me ocupaba en ese entonces de la promoción de los bienes culturales exportables y que un día, en que nos encontramos por casualidad, me dio las gracias. Esa fue de seguro la ocasión en que más hablamos.

Ahora está aquí el libro De nube en nube*, amorosamente compilado, prologado y editado por quienes lo quisieron en vida y fueron sus amigos y publicado también como manifestación patente de la simpatía y el afecto que perviven más allá de su temprana desaparición física. Y duele ver a Wichy en las fotos de la portada y la cubierta feliz, tranquilo, con esa media sonrisa con la que deambulaba por la escuela, hoy que sabemos lo breve que iba a ser
el tiempo de que disponía para dejarnos su mundo espiritual, sus vivencias transmutadas en poemas, en cuentos, en novelas, en ensayos, en películas, creaciones admirables de su imaginación desbordada. Pero debido a esa magia de la literatura, en este nuevo libro está Wichy revelando distintas facetas de su personalidad, acaso mucho más directamente que en otras obras suyas.

Así abre el volumen una entrevista del periodista Orlando Castellanos, quien conversó con él en 1981 y quien logró, con pericia y experiencia, que le contara detalles de su infancia, sus años de formación, las etapas de gestación de sus libros y sus sueños. Al encanto de la primera persona se unen en el recuento el estilo conversacional, desenfadado, que se continúa en uno de sus primeros trabajos, donde pasa a entrevistador en una original entrevista -¿real? ¿simulada?- a Tomás Gutiérrez Alea sobre la Muerte de un burócrata estructurada con el estilo lúdico y el humor que iban a caracterizar su obra posterior. Se encuentran además críticas de libros -Guillén, Retamar, Dámaso Alonso, Brecht, ¡Cervantes! Entre otros-el jovial recuento de la escuela militar en la que participamos en aquellos años estudiantiles, sus reflexiones en torno a la novela policial que constituyen un clásico para todos aquellos que se interesen en el tema, crónicas de viajes, como la dedicada a Roma, que recorremos junto a él en un paseo fresco y a la vez lleno de asociaciones, o la referente a la librería Shakespeare and Company de París con anécdotas que parecen vividas. Mención aparte merece "Taj Mahal: amor más allá de la muerte", texto de reflexión poética sobre la existencia que tiene el sabor de una premonición: el propio autor ha sabido resultar vencedor "sobre la muerte y el olvido".

Se ha dicho que este es un libro de artículos y efectivamente estos trabajos han sido recopilados de diversos medios de prensa. Pero en la cultura todo encasillamiento es superficial, por eso yo confieso que los he leído como un poema, o como extensión de la poética de Wichy y en ello he encontrado su mayor encanto. Y si es cierto que no se conoce a alguien ni siquiera caminando toda la vida de la mano sino solo cuando podemos leer lo que ha escrito, quienes no tuvimos la oportunidad de conocer a Wichy, a partir de esta lectura, podemos contarlo entre nuestros amigos más cercanos y queridos. Porque el amor lo ha hecho regresar y aquí está, de cuerpo entero, tocando a nuestra puerta. Dejémoslo entrar.

*De nube en nube, La Habana, Ediciones La Memoria, Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, 2003,178 p.

Además de los textos de Wichy, el libro se completa con interesantes prólogos de Virgen Gutiérrez, Guillermo Rodríguez Rivera y Silvio Rodríguez, con la letra de su canción "La tonada inasible" dedicada a Wichy, y un apéndice que incluye un esclarecedor Utílogo" de Víctor Casasus, una cronología elaborada por la investigadora Rosa Báez de la Biblioteca Nacional José Martí y un esbozo de bibliografía activa y pasiva.
 

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