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MEMORIA DE LA BARBARIE
Carlos Montemayor
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La
Habana
El escritor
cubano Alejo Carpentier se presentó ante el Tribunal
Internacional Contra los Crímenes de Guerra en Vietnam
el 8 de mayo de 1967. Las reuniones de trabajo del
tribunal tenían lugar en la ciudad de Estocolmo. Leyó en
la sesión matutina de ese día un documento testimonial
sobre la fuerza devastadora de las armas químicas de
destrucción masiva que el ejército de Estados Unidos
arrojaba sobre la población civil.
En
octubre de 1966 visitó Vietnam, invitado por la Unión de
Escritores de aquel país. Permaneció en él más de dos
semanas y recorrió varias ciudades, a partir de Hanoi,
como Nan Dinh, situada al norte del paralelo 17. En sus
recorridos tuvo conocimiento directo de zonas enteras
destruidas por la invasión. También, y sobre todo, pudo
conversar con sobrevivientes, algunos muy jóvenes, con
cuyas experiencias integró el testimonio que esa mañana
de 1967 presentó en Estocolmo ante el tribunal mejor
conocido por el nombre del filósofo inglés Bertrand
Russell.
La
lectura del documento de Alejo Carpentier es relevante
en estos días de la invasión a Irak. Las semejanzas
pueden estar a la vista si el lector recuerda las
crónicas del periodista Robert Fisk en Bagdad o si
considera las restricciones que a la información
periodística ha impuesto el Pentágono. Los bombardeos
fuera de Bagdad se han llevado a cabo sin la menor
posibilidad de conocer reportajes de periodistas
independientes. Por el control que se ejerce sobre los
periodistas incrustados o encamados en las
fuerzas militares invasoras, podríamos afirmar que los
bombardeos que se han efectuado en regiones que no sean
la ciudad de Bagdad se han realizado con privacidad
absoluta, sin testigos y sin posibilidad alguna de
obtener información veraz, lo que aumenta la impunidad y
crueldad.
Según varias agencias de prensa, como Reuters y AFP, el
Pentágono informó que en los primeros siete días de
ataque contra Irak se habían lanzado más de 600 misiles
Tomahawk y más de 4 300 bombas guiadas de
precisión. Las cifras quizás eran ciertas, quizás no, si
tomamos en cuenta que solo el martes 25 de marzo había
reconocido el Pentágono que los aviones de combate
realizaron cerca de 700 salidas. Los efectos
devastadores en Bagdad, insisto, los sabemos por las
televisoras iraquí y qatarí, por los reportajes de
periodistas occidentales independientes como Robert Fisk,
o por periodistas árabes como el corresponsal de Al
Jazeera en Basora, Mohawmed Al Abdullah, a quien Fisk
reconoció como el periodista quizás más valiente en Irak
en ese momento. En este sentido, la oportuna actuación
de la televisión qatarí Al Jazeera ha sido esencial para
ofrecer un contrapeso informativo al de la Casa Blanca y
por ello ha sido ilegal y bárbaramente atacada por los
medios estadounidenses y el Pentágono. Pero en los
pueblos lejanos a Bagdad, repito, la barbarie de la
invasión opera con impunidad y sin testigos. Este pasaje
de Carpentier es por ello ilustrativo en los momentos
actuales.
"Quiero solo evocar aquí -dijo esa mañana de 1967- lo
que ocurrió en la escuela de Hading, que fue bombardeada
cuatro veces el 9 de febrero de 1966, a las 16:30 horas,
con los siguientes resultados:
‘A
dicha hora los alumnos se encontraban en clase de
Geografía. Hubo una primera pasada de aviones
americanos... Los niños bajaron a un refugio
subterráneo, bastante elemental, naturalmente, pero...
¿qué otra cosa hacer, sino esas galerías de topo en la
tierra húmeda si ello constituye la única defensa
posible? Por tanto, los niños se encontraban en aquel
refugio. Los aviones volvieron (técnica habitual). Las
bombas empezaron a caer. Caen justo en los refugios y
quedan sepultados. Un profesor empezó a quitar escombros
para salvar a los niños que se encontraban debajo. Pero
la tarea era tal que se desmayó. Murieron sepultados 33
niños. Algunos fueron encontrados abrazando fuertemente
a su compañero de estudios. Otros, que lograron salir,
fueron alcanzados por las bombas a campo raso. Se
encontró la camisa de uno de ellos colgada de un árbol.
El suelo estaba cubierto de libros manchados de sangre.’
"Lo que quedó de esta escuela de Hading es un agujero de
13 metros de diámetro y siete de profundidad; 33 niños
muertos, 34 heridos, más de uno de sus profesores. A uno
de los alumnos, quemado por el azufre, le fue amputado
un brazo. Otros han quedado inválidos para siempre."
Este relato quizás no resulte al lector demasiado
distante de la descripción que el pasado 26 de marzo
Robert Fisk difundió de la devastación que dos misiles
disparados por un avión estadounidense produjeron en un
barrio populoso de Bagdad y que La Jornada
publicó el 27 de marzo. Pero lo que está ocurriendo hoy
en Irak ha ocurrido en años pasados también, por
invasiones del ejército de Estados Unidos, en Corea del
Norte, en Granada, en Panamá, en Yugoslavia. Ahora el
control informativo del Pentágono priva a los ciudadanos
estadounidenses de todas las noticias que en favor de la
paz se generan en el mundo entero y los priva igualmente
de conocer la barbarie asesina que su gobierno ha
volcado sobre la población civil de Irak. Gran parte de
nosotros, en diversos enclaves del país, nos hallamos
sometidos quizás a la misma limitación informativa.
Irak recibe las bombas inteligentes y
devastadoras. Nosotros estamos sometidos a un bombardeo
informativo que solo se decide y parte de la Casa Blanca
y del Pentágono. El testimonio de Alejo Carpentier puede
ser, hoy mismo, una ventana que nos permita ver hacia el
exterior, hacia la realidad que devasta la guerra
imperial. Así transmitió, en otra parte de su
testimonio, la barbarie de las armas de destrucción
masiva estadounidenses, en un relato que posee
aterradora actualidad:
"Voy a referirme a un tema que me afecta
particularmente: el de los colegiales alcanzados por las
bombas de napalm. He conocido a dos: a Ho Van Bot, de
dieciséis años, y al niño Le The Hoa, de doce años, en
cuyos cuerpos he podido ver las quemaduras... creo útil
ceder la palabra a Ho Van Bot, cuyo brevísimo relato no
necesita comentario:
‘Era el 8 de julio de 1964’, me dijo. ‘Estábamos en el
colegio. Llegó un avión de reconocimiento disparando
contra nuestra escuela. Dos obuses cayeron en el
edificio. El maestro hizo evacuar el lugar. Corrimos a
los refugios, amenazados por la caída de escombros.
Varios alumnos resultaron muertos. Poco después, los
americanos enviaron seis aviones que lanzaron bombas de
napalm sobre la escuela. Tres cayeron en los
alrededores, provocando un incendio. Algunos alumnos
ardían como antorchas; corrían a todos lados llamando al
maestro, a sus padres. Pero algunos se lanzaron a los
agujeros llenos de agua donde acabaron de arder. En
cuanto a mí, me empezó a arder la cara. Intenté apagarla
con las manos; cometí el error de meter los brazos en
agua y me quedé sin piel. Hubo alumnos que murieron por
el soplo de la bomba. Entretanto los aviones
ametrallaban a los demás. Algunos cayeron muertos en los
campos; otros, mutilados, perdieron las piernas o los
brazos. Enloquecido corrí hacia la casa, teniendo que
saltar sobre cadáveres de niños. En ese momento, los
aviones americanos volvieron...’
"Están los niños quemados por el napalm, las escuelas
destruidas, la matanza de adolescentes, las ruinas de
Fou Li y de Nam Dinh, la destrucción de las ciudades
frágiles, la guerra abominable dirigida contra un
pequeño país pobre por una gigantesca potencia militar."
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