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AY,
SPIELBERG NO TE RAJES...
(el teatro de la guerra y los “nada sofisticados”)
En
la cobertura de las actuales contiendas de los Estados
Unidos y sus aliados contra el mundo, el Pentágono, en
su nuevo rol de productor de cine y televisión, ha
logrado una perfecta y maquiavélica combinación entre
arte y realidad; tanta, que a veces no es posible
distinguir entre uno y otra. El objetivo es manipular
los sentimientos de los espectadores, léase de la
opinión pública.
César
Gómez Chacón|
La
Habana
Un
alma buena, al ver por televisión las imágenes de la
nueva agresión contra Irak, me preguntó con evidente
tristeza: ¿qué sentirán esos soldados que se van hoy al
campo de batalla?
–No sienten nada, respondí sin pensarlo mucho; y me
quedé un rato observando a aquellos jóvenes
norteamericanos, que la CNN mostraba en el instante
cuando se cubrían los rostros con el negro colorete del
camuflaje, como el actor poco antes de salir a escena.
No
sienten nada, repetí mentalmente... ¿o lo sienten todo?
Comprendí entonces que la pregunta era mucho más
inteligente que la respuesta, porque la última resultó
condicionada por la imagen, y estaba efectivamente
equivocada.
Los rostros camuflados de los marines yanquis, tantas
veces repetidos por el cine y la televisión, provocan
ciertamente la sensación de nada. Las tropas se
convierten en un ente amorfo e impersonal, que se
muestra al espectador –y al enemigo– como piezas exactas
de la perfecta maquinaria bélica del Imperio.
Cada
vez los soldados norteamericanos se asemejan más a
aquellos guerreros estrambóticos de la última versión de
la Guerra de las Galaxias, seres con cuerpos y
semblantes deshumanizados, marchando iguales en
imponente formación hacia el combate. Es eso lo que se
quiere transmitir.
Los marines yanquis de hoy simplemente no tienen rostro.
Es imposible que una madre norteamericana pueda
reconocer a su hijo detrás del maquillaje y el uniforme
de extraterrestre, mucho más si está con el resto de la
tropa. Es como tratar de dar nombre a un soldadito de
plomo, que viene en una caja junto a otros cien
exactamente iguales.
Todo está diseñado para amputar de ahí los sentimientos.
Uno no sufre ni llora cuando ve volar por los aires a
los soldados del montón en cualquier película de guerra.
Las escenas de muertes horrendas, de cientos de extras
que pelean a la vez, se suceden una tras otra; y el
espectador mira la sangre, la espada clavada, la
explosión de la bomba, el brazo o la cabeza cercenados,
pero jamás siente algo por el desconocido. Por el
contrario, busca con ansiedad los rostros familiares de
los actores principales, que son los únicos cuyo destino
importa. Así ha sido siempre. Los nombres de los extras
nunca aparecen en los créditos.
Históricamente se ha respirado cierta atmósfera teatral
en las guerras. De hecho, varios términos militares
sugieren el arte de las tablas: teatro de
operaciones, escenario de los combates y otros
por el estilo, se utilizan para nombrar a esos lugares
inexactos, de cientos y hasta miles de kilómetros de
extensión, donde caen las bombas y los cohetes, donde
explotan las minas y vuelan despedazados los cuerpos.
Gracias a la actuación de las tropas se dispara y
se mata, se hiere y se destruye.
Al
mismo tiempo, el teatro, el cine y la televisión, como
el resto de las artes, se han nutrido de la literatura
de guerra. Conocidos son los nombres de Leon Tolstoi,
Ernest Hemingway, Boris Polevoi, y muchos otros
excelentes escritores, cuyas obras sobre el tema bélico
han inspirado excelentes puestas en escena. Genios del
cine como Charles Chaplin o Steven Spielberg, por solo
poner dos ejemplos distantes en el tiempo y en la forma,
han llevado con éxito las contiendas militares al
celuloide, pero siempre desde la más absoluta ficción.
La
guerra de verdad tiene una principal diferencia con la
guerra reflejada por el arte. En esta última, terminada
la filmación de la escena del combate, el actor se
levanta, limpia el polvo de su rostro y pide una Coca
Cola dietética, mientras el maquillista le retoca la
herida pintada en un costado del pecho. En la guerra de
verdad, al final de la batalla, hay muchos que quedan
para siempre tendidos en el campo. Algunos, los más
afortunados, llevarán de por vida las cicatrices en el
cuerpo y en el alma.
Sin embargo, en la cobertura de las actuales contiendas
de los Estados Unidos y sus aliados contra el mundo, el
Pentágono, en su nuevo rol de productor de cine y
televisión, ha logrado una perfecta y maquiavélica
combinación entre arte y realidad; tanta, que a veces no
es posible distinguir entre uno y otra. El objetivo es
manipular los sentimientos de los espectadores, léase de
la opinión pública.
Para ello, las escenas de los conflictos son
cuidadosamente maquilladas por los grandes expertos de
la imagen, en busca de las proporciones perfectamente
estudiadas, de violencia, sexo y lenguaje de adultos,
con una alta dosis de patrioterismo, que atraiga el
apoyo del espectador hacia los buenos de la película, en
este caso las tropas norteamericanas. Hoy una buena
imagen de la guerra vale tanto o más que ganar una
batalla. De ahí que también se afirma que algunos de los
mejores realizadores de Hollywood han sido reclutados
para la tarea. Por suerte, hasta donde se sabe, el mago
Spielberg no se ha dejado comprar para el juego.
Sofisticada viene a ser entonces la palabra clave.
Sofisticada tiene que ser la puesta en escena de la
guerra, desde su comienzo; primero con una imagen
sofisticada de la maquinaria bélica, que incluye a los
soldados con sus uniformes, su camuflaje y su armamento
ultramoderno, todo bien sofisticado, ¿o no?
He
aquí el detalle, diría Cantinflas: la palabra
sofisticado (a), utilizada hoy por muchas personas
en el mundo, para definir el poderío militar
norteamericano, tiene, según la última edición del
Diccionario de la Lengua de La Real Academia Española,
tres significados:
1. Falto de naturalidad,
afectadamente refinado.
2. Elegante, refinado.
3. Dicho de un sistema o de un
mecanismo: Técnicamente complejo o avanzado.
No
hay dudas de que es la última definición la que avala su
uso para referirse a la maquinaria bélica
estadounidense, efectivamente compleja y avanzada. Sin
embargo, llama poderosamente la atención la abismal
diferencia que existe entre esta tercera y los dos
primeros significados.
Pero lo interesante resulta que la propia Academia
reconoce que sofisticado viene de la palabra
sofisticar, cuyo único significado es: adulterar
(falsificar algo). Y esta, a su vez, procede
del término sofístico:
1. De
refinada sutileza.
2. Movimiento cultural que, en la
Grecia del siglo V a. C., intentaba renovar los hábitos
mentales tradicionales mediante el análisis del lenguaje
y su utilización para influir en los ciudadanos.
Finalmente, los estudiosos del castellano se contentarán
con incluir por si acaso la palabra sofisma:
Razón o argumento aparente con
que se quiere defender o persuadir lo que es falso.
He
aquí las verdaderas raíces del término que tanto se
utiliza para adjetivar el poderío militar de la mayor
potencia militar de este mundo. Coincidiremos entonces
en que “sofisticado” pudiera también definirse como
algo falso, adulterado, que se pretende presentar
(defender) de manera afectadamente refinada, en un
intento por incidir en los
hábitos mentales tradicionales, e influir en las
personas... ¿interesante, verdad?
Por cierto, recuerdo una anécdota de la Gran Guerra
Patria, cuando los soviéticos adulteraron con tubos y
otros implementos los cañones de sus armas antiaéreas y
de artillería, con el objetivo perfectamente logrado de
confundir y asustar a la exploración fascista. Se
trataba entonces de cañones sofisticados (adulterados,
falseados), en nada modernos, ni complejos, ni súper
potentes, como erróneamente creyeron los alemanes.
En última instancia, como se ha demostrado más de una
vez en la historia (remember Vietnam), el más potente,
moderno, complejo, avanzado o sofisticado armamento,
depende en primer lugar de aquellos que lo empuñan, y su
efectividad está condicionada por la sabiduría, la
astucia, el valor y el poder de resistencia y respuesta
de aquellos contra quienes se emplea.
He aquí adónde fueron a parar mis reflexiones cuando, a
pocos días de iniciada la nueva puesta bélica desde Iraq,
a tiempo más o menos real, se colaron de pronto aquellas
primeras imágenes de los súper soldados norteamericanos
con el maquillaje corrido por la muerte y las heridas.
Aparecieron también los rostros vivos de los “nada
sofisticados”, y en ellos se revelaron claramente los
sentimientos de frustración y de miedo ante sus
captores. Como pólvora encendida llegaron igualmente las
escenas de dolor y preocupación de las madres
norteamericanas.
Recordé entonces la tonta respuesta que yo había dado a
aquella pregunta tan bien hecha: nada se convirtió en
todo.
Los extras de la puesta, los soldaditos de la caja... de
pronto pueden tener nombres propios. Como en Vietnam, se
adueñan inesperadamente de la trama y relegan a un
segundo plano a los actores principales (entiéndase
presidente, voceros, generales, ministros de la
guerra...), para convertir en drama real y patético lo
que los realizadores habían vendido como una nueva
aventura con el consabido happy end.
Lo
cierto es que por ahora no aparece el final de la obra,
y cada vez son menos los espectadores que esperan un
desenlace feliz. Es por eso que hay tanta premura por
apuntalar el escenario de la guerra, y por sofisticar
aún más las imágenes que se ofrecen desde el teatro de
operaciones.
Ay, Spielberg no te rajes...
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