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CARTA DE CORINA MESTRE
A CUBAENCUENTRO
Corina
Mestre Vilaboy|
La
Habana
Señor Hermod:
Es evidente que bajo
ningún concepto debía aparecer mi dirección de correo en
su lista de destinatarios. Por alguna extraña,
sospechosa o desesperada razón, Sr. Hermod (curioso
nombre), acaba de enviarme su libelo y, como siempre
sucede, usted viola derechos elementales que
incesantemente reclama. Si jamás he solicitado su
diario, ¿por qué lo envía? ¿Por qué intenta obligarme a
leer la sarta de embustes, tergiversaciones y
edulcoraciones que se reseñan en su mal llamado Diario
Independiente de Asuntos Cubanos? No acostumbro a
escribir, pues es una profesión que considero en demasía
y para la que no me hallo capacitada, pero resulta que
todos los días de mi vida los he dedicado a servir a
Cuba y a la Revolución, en la que existo, no por
educación sino por absoluta convicción, sin haber
recibido de ella ningún privilegio material, solo el
gran regalo que esta me hizo desde el punto de vista
espiritual de ser absolutamente libre, sin necesidad de
depender de ningún mecenas, benefactor o patrón para el
que tenga constantemente que hacer groseras concesiones.
Nací cinco años antes
del triunfo de la Revolución, y gracias a algunos de los
benefactores (¿o debía llamarlos sponsors?) de su diario
tuve que salir de Cuba en el año 58, meses antes del
triunfo de la Revolución, porque un degenerado asesino
llamado Esteban Ventura Novo torturó a mi padre, por el
único delito de tratar de impedir que la lista de 20 000
muertos que ya tenía en su haber Fulgencio Batista,
siguiera creciendo, y que los 6 millones y tantos
habitantes de aquel entonces encontraran un poquito de
paz para criar a sus hijos. El día 8 de enero de 1959,
día luminoso en que Fidel y los que bajaron de la Sierra
entraron en La Habana, donde nací, pues soy habanera,
regresaba felizmente a Cuba con mi madre y mi padre ya
restablecido, después de ocho meses de exilio. A partir
de ese momento he vivido gracias, por y para la
Revolución, y por supuesto, sin tener ninguna vocación
mortuoria, espero morir en la Revolución. Por principios
éticos elementales en los que fui educada y de los que
estoy absolutamente convencida desde muy temprana edad,
sirvo a la Revolución y nunca he sentido la necesidad de
recibir a cambio más que las bondades sociales,
políticas y espirituales que la misma me ha regalado.
Resulta indecoroso que intente usted que pierda mi
tiempo, precioso por demás, para trabajar por mi patria
y por mi Revolución, en la lectura de su famoso o más
bien infundioso periodicucho.
Por suerte esta
sociedad me ha permitido convivir con intelectuales y
artistas que son inmensos ellos mismos, por cubanos y
por (mal que le pese, Sr. Hermod) revolucionarios
consecuentes; artistas e intelectuales que aún en los
momentos más difíciles, hemos seguido trabajando y
creando para el tiempo que ha de venir, donde estaremos
por supuesto en y junto a Fidel y la Revolución.
Sobran razones para
que elimine mi nombre de su listín, pues el solo hecho
de haber recibido este periodiquito suyo (por primera y
última vez, dada la razón más poderosa que pueda
existir, que no me da la gana, hablando en buen cubano),
viola mis más elementales derechos humanos y ciudadanos.
Una última cosa, no
me gustan los borrachos, ni los drogadictos y mucho
menos los traidores. Al igual que hacían con los actores
en la antigüedad, los traidores deberían ser enterrados
fuera de los muros de la ciudad; el perro que muerde una
vez la mano que lo alimentó, se habitúa y pasado un
tiempo vuelve a hacerlo infinidad de veces.
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