La Jiribilla | DOSSIER             
Bienvenidos a LA JIRIBILLA

DOSSIER
EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

CUBA EN EL MUNDO

BUSCADOR

LIBRO DIGITAL

•  GALERÍA

LA OPINIÓN
LA CARICATURA
LA CRÓNICA
CALLE DEL OBISPO
MEMORIAS
APRENDE
PÍO TAI
EL CUENTO
POR EMAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
TESTIMONIOS
FILMINUTOS
LA FUENTE VIVA
NOTAS AL FASCISMO
NÚMEROS ANTERIORES
Otros enlaces
Mapa del Sitio


RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

 

VERSIÓN PARA IMPRIMIR

ADIOSES PARA ASTIANACTE
 
Mal que nos pese, los adultos de este inicio de siglo somos herederos de una secular glorificación de los grandes carniceros de la humanidad, y hace tiempo es hora de desterrar esas loas; más aún cuando los halcones yanquis, al parecer ávidos de la gloria roja de esos homicidas, han desatado una contienda que parece el nuncio, no sé si mediato o inmediato, de que no es tan fantástico imaginar una próxima guerra mundial a base de estacas. Al menos ya sabemos que ellos no tienen ningún respeto por ningún sistema de seguridad “colectiva”.


Yunieski Betancourt |
La Habana


Quienes predijeron que esta guerra nos resultaría cercana gracias a la tecnología de las imágenes, han visto cumplida su promesa con creces. Las televisoras se han encargado de difundir algo, que si bien es común a toda guerra, hasta hace poco era tabú televisivo: cada una de las partes contendientes ha aprovechado para mostrar a los muertos y prisioneros de la otra, como dejando claro que lo de ellos no es juego ni trucaje cinematográfico.

Impactadas por tal verismo las agencias de noticias y la recién descubierta nueva potencia, la opinión pública, se han hecho ecos de estas imágenes. Lo cierto es que si para algo sirven es para que no hayan dudas, ni mal entendidos, de que una guerra es eso, por un lado, muertos y más muertos, y por los otros, muertos potenciales: combatientes, prisioneros y civiles.

Eso es algo que ya sabían los cientos de personas que en todo el planeta se han integrado en una cruzada multinacional contra la guerra y sus promotores, y han empleado sus disímiles talentos en hacer patente su rechazo a tomar la violencia como solución a los diferendos ya sean internacionales o nacionales. Es esperanzadora esta actitud más aún cuando la tecnología ha hecho tan accesibles a todos los habitantes de los distintos mundos de esta única Tierra las consecuencias directas de este conflicto.

Así las cosas me siento inclinado a darle la razón a los que afirman que estamos en una etapa diferente de la historia humana, aunque solo sea porque algunos se han empeñado en fortalecer las raíces de algunas de nuestras peores tradiciones, por lo que en este “nuevo” mundo,  heredero de una “superada” etapa moderna parecemos acercarnos a un periodo de guerra perenne.

Mal que nos pese, los adultos de este inicio de siglo somos herederos de una secular glorificación de los grandes carniceros de la humanidad, y hace tiempo es hora de desterrar esas loas; más aún cuando los halcones yanquis, al parecer ávidos de la gloria roja de esos homicidas, han desatado una contienda que parece el nuncio, no sé si mediato o inmediato, de que no es tan fantástico imaginar una próxima guerra mundial a base de estacas. Al menos ya sabemos que ellos no tienen ningún respeto por ningún sistema de seguridad “colectiva”.

De ahí me proviene la angustiosa certidumbre de hallarme en un escenario global en el que la potencia rectora ha aclarado que la guerra se prolongará por “el tiempo que sea necesario”, lo que puede traducirse en dos o tres decenas de años. Por eso nuestros hijos no podrán escapar a crecer en contacto con funcionales modelos de enemigos made in usa, y tendrán que vivir con la única seguridad de que en cualquier momento se verán obligados a cambiar sus ropas de civiles por los atuendos del guerrero.

Por eso una pregunta me movilizó la memoria: ¿Tendrán tiempo para leer la verdad de las entrañas de la guerra? Los halcones de hoy preconizan una contienda “duradera” y eso solo pueden hacerlo personas que creen vivir entre el estruendo de bombas, balas y gritos de moribundos es algo natural y deseable. Según eso, no dudo que sus planes sean evitar que nuestros hijos puedan retener el mínimo de sensibilidad indispensable para condolerse del extrañamiento y la deshumanización que la guerra conlleva. Y estoy seguro de que aspiran a que los atuendos guerreros les resulten familiares al punto de que no sean capaces de comprender por qué Héctor tuvo que quitarse el casco para lograr que su hijo le permitiera acariciarlo.

Los halcones de hoy apuestan por eso: ¿y usted?
 

......................................................................................................

PÁGINA PRINCIPAL
DOSSIER
 
| el GRAN ZOO  | PUEBLO MOCHO | CARTELERA
POR AUTORES | LIBRO DIGITAL 
Otros Enlaces
| Mapa del Sitio | Correo-Electrónico
Actualizaciones por Correo Electrónico

SUBIR



© La Jiribilla. La Habana. 2003
 IE-800X600