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ADIOSES PARA ASTIANACTE
Mal
que nos pese, los adultos de este inicio de siglo somos
herederos de una secular glorificación de los grandes
carniceros de la humanidad, y hace tiempo es hora de
desterrar esas loas; más aún cuando los halcones
yanquis, al parecer ávidos de la gloria roja de esos
homicidas, han desatado una contienda que parece el
nuncio, no sé si mediato o inmediato, de que no es tan
fantástico imaginar una próxima guerra mundial a base de
estacas. Al menos ya sabemos que ellos no tienen ningún
respeto por ningún sistema de seguridad “colectiva”.
Yunieski Betancourt
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La
Habana
Quienes predijeron que esta guerra nos resultaría
cercana gracias a la tecnología de las imágenes, han
visto cumplida su promesa con creces. Las televisoras se
han encargado de difundir algo, que si bien es común a
toda guerra, hasta hace poco era tabú televisivo: cada
una de las partes contendientes ha aprovechado para
mostrar a los muertos y prisioneros de la otra, como
dejando claro que lo de ellos no es juego ni trucaje
cinematográfico.
Impactadas por tal verismo las agencias de noticias y la
recién descubierta nueva potencia, la opinión pública,
se han hecho ecos de estas imágenes. Lo cierto es que si
para algo sirven es para que no hayan dudas, ni mal
entendidos, de que una guerra es eso, por un lado,
muertos y más muertos, y por los otros, muertos
potenciales: combatientes, prisioneros y civiles.
Eso es
algo que ya sabían los cientos de personas que en todo
el planeta se han integrado en una cruzada multinacional
contra la guerra y sus promotores, y han empleado sus
disímiles talentos en hacer patente su rechazo a tomar
la violencia como solución a los diferendos ya sean
internacionales o nacionales. Es esperanzadora esta
actitud más aún cuando la tecnología ha hecho tan
accesibles a todos los habitantes de los distintos
mundos de esta única Tierra las consecuencias
directas de este conflicto.
Así las
cosas me siento inclinado a darle la razón a los que
afirman que estamos en una etapa diferente de la
historia humana, aunque solo sea porque algunos se han
empeñado en fortalecer las raíces de algunas de nuestras
peores tradiciones, por lo que en este “nuevo” mundo,
heredero de una “superada” etapa moderna parecemos
acercarnos a un periodo de guerra perenne.
Mal que
nos pese, los adultos de este inicio de siglo somos
herederos de una secular glorificación de los grandes
carniceros de la humanidad, y hace tiempo es hora de
desterrar esas loas; más aún cuando los halcones
yanquis, al parecer ávidos de la gloria roja de esos
homicidas, han desatado una contienda que parece el
nuncio, no sé si mediato o inmediato, de que no es tan
fantástico imaginar una próxima guerra mundial a base de
estacas. Al menos ya sabemos que ellos no tienen ningún
respeto por ningún sistema de seguridad “colectiva”.
De ahí
me proviene la angustiosa certidumbre de hallarme en un
escenario global en el que la potencia rectora ha
aclarado que la guerra se prolongará por “el tiempo que
sea necesario”, lo que puede traducirse en dos o tres
decenas de años. Por eso nuestros hijos no podrán
escapar a crecer en contacto con funcionales modelos de
enemigos made in usa, y tendrán que vivir con la
única seguridad de que en cualquier momento se verán
obligados a cambiar sus ropas de civiles por los
atuendos del guerrero.
Por eso
una pregunta me movilizó la memoria: ¿Tendrán tiempo
para leer la verdad de las entrañas de la
guerra? Los halcones de hoy preconizan una contienda
“duradera” y eso solo pueden hacerlo personas que creen
vivir entre el estruendo de bombas, balas y gritos de
moribundos es algo natural y deseable. Según eso, no
dudo que sus planes sean evitar que nuestros hijos
puedan retener el mínimo de sensibilidad indispensable
para condolerse del extrañamiento y la deshumanización
que la guerra conlleva. Y estoy seguro de que aspiran a
que los atuendos guerreros les resulten familiares al
punto de que no sean capaces de comprender por qué
Héctor tuvo que quitarse el casco para lograr que su
hijo le permitiera acariciarlo.
Los
halcones de hoy apuestan por eso: ¿y usted?
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