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LA JIRIBILLA
EL TEMPLO DE MARTA MARÍA PÉREZ
La imagen se repite y cambia. Se sabe un cuerpo de mujer, un cuerpo que es y que posa. Un Narciso ya superado en el que se pierde el borde, el roce con la vanidad o el autoendiosamiento. Parte del culto personal, sin rubores, del agradecimiento propio, hedonista, regodeo en el goce del propio ser. La verdad, sin embargo, también destruye ese espacio para la divagación sobre el yo dimensionado, exhibido. Su cuerpo no es natural, sino la construcción de un cuerpo que se considera propio, un cuerpo en la mente, versión de sí misma, autorepresentación de una verdad más conceptual que emotiva “Muchas veces me enfrento a mi propia obra como quien se asoma a un templo, una iglesia, un lugar sagrado. La relación espiritual que tengo con ella es lo más importante, y como principio, existe un alto grado de compromiso moral con el tema”, comenta Marta María sobre su propia creación. Hace ya tiempo la fotografía superó el angosto marco que la presuponía “real” en comparación con el arte. Márgenes borrados, manipulaciones mediante, la fotografía hoy es construcción también de la realidad, fabricación de verdades o de historias personales o colectivas, puesta en escena. Roman Barthes, al intuir su sentido mitificador, asociaba la fotografía con el teatro, más que con la tradicional plástica. Realidades hechas para contar un mito, una ritualidad, cotidianidad que no es única sino muchas, vueltas diferentes o metamorfoseadas. Al fin y al cabo la realidad real es tan fabricada como la otra, la aparentemente objetiva. La realidad real es también ficción o invento. Imagen construida como la vida y a partir de ella. Uso de una iconografía en que el hedonismo se mezcla con la ritualidad. Acercamiento a un tema y su simbología, autorreflexión sobre las prácticas d e origen africano que forman parte de su experiencia vital y de la cultura nacional. “Para mí, la concepción de la imagen misma es la última parte del proceso de trabajo, quizás contrario a otros artistas que ponen un título cuando ya la obra está terminada. En mi caso este título es lo primero, y es para mí un verdadero reto el hecho de seleccionar y encontrar las maneras, recursos y elementos o materiales a usar para representar las ideas.” Uno es también su visión de uno mismo, símbolo de lo que cree y espera ser, construido para los otros, intento de trascendencia. La artista se acerca a la obra propia con el mismo distanciamiento con que entra a un templo. Ahí está su misticismo, un misticismo creado por ella misma pero que se le escapa y deja de pertenecerle. Deliciosamente egoísta, reconoce no importarle los múltiples acercamientos a su creación. Segura de las variadas interpretaciones, las aprecia y valora, tanto como la suya propia, espectadora también de sus propias ideas-imágenes.
Estas obras
de Marta María Pérez (La Habana, 1959) continúan el
camino de su acercamiento al cuerpo y las imágenes
sucesivas y diversas de su propia espiritualidad.
Una espiritualidad que se construye tanto como se
fabrica cada día la realidad propia y a partir de
ella, su alma de mujer. |
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