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LA
JIRIBILLA Cuando me encontré con Buster Keaton en una conferencia de prensa en Nueva York le dije lo de mi experiencia personal con sus películas y le interesó mucho que le contara. Para él fue algo nuevo y estimulante saber que en aquellas proyecciones familiares su arte era altamente apreciado por aquel público ingenuo pero muy genuino. Mientras le contaba me decía: “Amasing, amasing” (Sorprendente, sorprendente), muy complacido. Y me preguntó varias veces: “¿Y entendían mis películas?” Le contesté que sí porque era verdad, aunque no le dije que su humor hermético, inexpresivo, no nos era tan grato ni hacía reír tanto como nuestro favorito, que era Canillitas. Inevitablemente le pregunté sus opiniones sobre Chaplin, pues sabia que en una época había existido una gran rivalidad entre ambos, en la que siempre salía ganando Chaplin. Pero los había visto en 1952 trabajar juntos en Candilejas y medir sus fuerzas de igual a igual, aunque la película, lógicamente, estaba dominada por su director y actor principal: Charles Chaplin. Fue bastante objetivo y justo en sus comentarios que fueron muy parcos, que era no sólo su estilo cinematográfico sino personal. Me dijo que Charles (siempre se refirió al otro así, usando solo el nombre) era un gran actor, un incansable trabajador, un perfeccionista. Nunca antes habían trabajado juntos, tenían estilos muy diferentes. El suyo era contenido, introspectivo y el de Charles era democrático. “Pero Charles fue muy respetuoso conmigo, me dejó hacer las cosas a mi manera”, me dijo Keaton. Quizás la verdad estuviera en que se decía que Chaplin le había dado trabajo en Candilejas sobre todo por la mala situación económica de Buster Keaton que apenas trabajaba. Además, era sabido que durante un buen tiempo se había convertido en un alcohólico, aunque en la entrevista solo se tomó una Coca Cola. En esa época, que fue al final de su carrera y de su vida (murió en 1966) vivía haciendo comerciales para la televisión. Le pregunté su opinión sobre Cantinflas, los había visto trabajar juntos en Alrededor del mundo en 80 días, y me respondió que tenía una mala opinión del cómico mexicano. Me confesó que lo consideraba un actor exagerado, externo. Que dependía mucho de la palabra. No creía que había hecho bien el personaje de Paspartout, que no sabía por qué el director lo había escogido. “Quizás fue porque dicen que puso una buena cantidad de dinero para el presupuesto de la película.” El comentario era rencoroso, de mala fe. Por eso le dije que en los países de habla hispana Cantinflas era considerado un gran cómico, que hasta habían inventado una palabra aceptada por el diccionario “cantinflismo”. Y ese hombre que no sonreía fácilmente dijo con una sonrisa sardónica: “Quizás entre ustedes resulte gracioso, ustedes tienen otro sentido del humor.” Era como para haber seguido la discusión hacia otros limites, pero en una entrevista colectiva no cabía más que dejarlo con su resentimiento. Buster Keaton había sido para mí un maravilloso recuerdo de la infancia. Una de esas imágenes preciosas que uno conserva toda la vida. Son quizás recuerdos idealizados, ingenuos, y verdaderos que uno quiere y debe conservar. Un ídolo roto, mantenido desde la infancia, es algo muy doloroso. Esa es una de las ingratitudes que puede tener el trabajo periodístico en algunas ocasiones.
Del libro Encuentros, Ediciones
Unión 2002. |
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