LA JIRIBILLA

LA CASA A OSCURAS
 
Cintio Vitier

La casa a oscuras resulta ser, algunas veces, distinta de la casa en que vivimos. Al principio, cuando empecé a despertarme de noche, casi siempre antes de que mamá me llamara, no me daba cuenta. El motivo de esos despertares nocturnos —las clases de violín en La Habana— era tan emocionante, que no me dejaba espacio para ninguna otra sensación, o más bien todas las soñolientas sensaciones de aquellos extraños amaneceres —la luz eléctrica diferente de sí misma en el cuarto rodeado por lo oscuro, el agua fría del lavabo, el sabor ligeramente heroico del rápido desayuno en el comedor desconocido— se adherían o sumaban a aquella emoción predominante: ir a La Habana, solo con mi violín y mis cuadernos de música, llegar a la casa de mi maestro, subir la escalera de caracol que conducía a su estudio, pararme frente al atril que era como el juez inflexible de toda la semana, mientras el anciano maestro, derechísimo y vibrátil, se sentaba en un silloncito de mimbre, abanicándose con un pequeño abanico de mujer. Esa meta de mi vida tenía lugar entre las nueve y media y las diez de la mañana, y duraba una hora que era como un juicio moral por el que pasaban, convertidos en escalas, arpegios, doblecuerdas, ejercicios de arco y lecciones de Kreutzer, los sucesos conocidos y desconocidos de mi vida, es decir (tenía entonces doce o trece años), todo mi pequeño pasado y todo mi futuro inimaginable, imaginado entonces como una sucesión infinita de viajes a La Habana y clases de violín. En todo ello iba pensando mientras el aerocar (un carro plateado en forma de obús tirado por una cuña blanca), que me recogía en la puerta de mi casa, volaba por la carretera central del machadato, inseparable para mí esta palabra del olor quemado del asfalto que, derritiéndose, empezó a cubrir angustiosamente las calles que rodeaban a mi casa como grandes caminos de tierra y adoquines. La carretera y los paisajes y pueblos ya familiares que atravesaba también eran emocionantes por la emoción avasalladora, aunque serena, dentro de la cual se iban desenvolviendo como sueños, por así decirlo, subsidiarios. Había una parada de ritual, cuya secreta euforia impulsaba a los pasajeros a salir de ese casi absoluto mutismo característico de los viajes que se inician al amanecer. Dejaba mi estuche y mis cuadernos en el asiento, participaba en el breve ritual, prestigiado de sabores e inflexiones populares, pero interiormente seguía viajando hacia mi meta, de tal modo, que paradójicamente el viaje desaparecía y de pronto me sentía caminando por un costado del Instituto de La Habana hacia el portón oscuro de la calle Industria, cuya aldaba de bronce retumbaba el prólogo de una angustiosa dicha: aquel absoluto y efímero juicio final que era cada una de mis clases de violín.

Solo algún tiempo después de los primeros viajes empecé a cobrar conciencia de otra compañía que, además del violín, los cuadernos y la emoción que ellos visiblemente encarnaban, iba conmigo. Esa otra compañía era la de la casa a oscuras en que yo despertaba oyendo como en un tiempo anterior los primeros sonidos metálicos, sordos o cristalinos de la cocina. La cocina estaba, honda y abierta, en el traspatio de la casa, y se encendía únicamente con carbón. Un carromato tirado por dos mulos llevaba el carbón a la casa. Pero a aquella hora, para preparar el desayuno solitario del niño, se encendía solo un reverbero que daba una llama dulce y adulona. El niño desde su cuarto oscuro solo la presentía. Cuando la madre encendió el bombillo, más que iluminarse el cuarto, el resto de la casa se sumió en las tinieblas, unas tinieblas más espesas que la noche misma, unas tinieblas de abismo. Si hubiera podido formulárselo de este modo, el niño hubiera pensado que la luz no era otra cosa que la conciencia de la sombra; pero de lo que sí tenía una noción muy clara, aunque inexpresable, era de la naturaleza propia de la luz eléctrica, que brotaba de aquella bujía como un líquido tasado por límites estrictos. Esos límites eran los que delataban la realidad de la casa a oscuras, salpicada, como por manchas dolorosas, por dos focos de luz: la bujía del cuarto y la llama del reverbero, esta última ganosa de amistarse con las estrellas de la madrugada. La llama del reverbero y el titilar de las estrellas formaban como la bandera en jirones de un país ignoto. En cambio la utilidad de la bujía la apagaba de golpe, no tenía más allá. Moverse en aquel cuadrado de luz eléctrica tenía algo de estar en una prisión, si bien una cierta ternura quería tocar tímidamente las ropas, la cama, los cuadros... Ah, pero los cuadros —las ruinas de Palmira, las mujeres semidesnudas junto al lago enlunado, el abuelo muerto— eran otros, significaban otras cosas incomprensibles que no había tiempo de averiguar. El poco tiempo, en realidad, la prisa como hundida de aquellos minutos anteriores al amanecer, eran la causa de que no pudiera acercarme a un conocimiento que por todas partes se me insinuaba y, a partir de un momento imprecisable, empezó a asediarme. Quizás ese momento no tuvo lugar dentro de la casa, quiero decir, dentro de la porción cortantemente iluminada de la casa, ni siquiera cuando sigilosamente atravesaba con mamá la casa a oscuras para esperar en la acera desierta el paso puntualísimo del aerocar, en el que entraba con el beso de mamá en la frente como si me estuviera yendo para una batalla de la que, increíblemente, ella estuviese segura que regresaría siempre vencedor. No recuerdo que en aquellos momentos habláramos nada. Las palabras parecían no existir todavía. Despertábamos a un reino mudo, en el que las cosas que ella y yo teníamos que hacer —incluso ir yo al húmedo y hostil baño del traspatio cuyo piso, no sé por qué, siempre temía que se desplomara sobre un agua subterránea— constituían un lenguaje suficiente y, en lo posible, arropador. Como palabra fundamental, el agua fría del lavabo donde me empapaba la cara y el cuello, aclaraba todo lo necesario para atravesar la casa a oscuras (mamá ya había apagado las luces de mi cuarto, el comedor y la cocina), entrar al aerocar, llegar a la casa de mi maestro en La Habana, subir la escalera de caracol y pararme frente al atril. Entonces comenzaba realmente el regreso que, pasada la ascética disciplina y el baño lustral de la clase, no tenía ninguna importancia ni emoción, y era la parte trabajosa, gris, de toda la jornada. Pero quizás por ello mismo, por el tedio del almuerzo en casa de los tíos o completamente solo frente a la mole insulsa del Capitolio, por el marchito retorno, al atardecer, en un ómnibus común, con su despojamiento de radiosos obstáculos invisibles, pude ver, de pronto, allá al fondo, como una cueva pequeñita que lo contenía todo y no había cesado un instante de estar conmigo, la casa a oscuras. Ya no se trataba de un fragmento prescindible, aunque también precioso (en él dormía aún mi padre y estaban mis plumas, lápices, libros y libretas del colegio): era una agridulce, constante compañía, pero también un territorio virgen que me desafiaba. Durante todo el viaje, casi imperceptible, había estado conmigo. Durante toda la clase, había sido el tema inapresable y central, del que todos los ejercicios y hasta el Concierto en la menor de Vivaldi, eran variaciones, aunque el anciano maestro no lo notara. Yo apenas lo notaba, absorto más bien en el hecho, solo muchos años después configurado en mi interior, de que ser alumno de Juan Torroella era como ser alumno de violín de Enrique José Varona o de Manuel Sanguily, o mejor, de un punto medio imaginario entre los dos: del uno tenía ese blancor cubano que llevó a Martí a llamarlo “flor de mármol”; del otro, la erguidura, el nervio, la prontitud espiritual, ese fuego que le descubrí ejecutando, ya casi sin poder, la parte del primer violín del Quinteto para piano y cuerdas de César Franck. Demasiadas cosas, algunas evidentes y otras presentidas, se interponían para que yo no viera lo que estaba al fondo de mis propios ojos. Cuando por fin, en uno de aquellos desabridos regresos, empecé a vislumbrarlo, no estaba preparado, como probablemente no lo estoy aún, para valorar su significación. De paso debo consignar que desde muy niño, aunque pareciera distraído o ensimismado en algún juego, me empeñaba por encontrarle significación a todo, especialmente a las cosas más oscuras. En este caso, sin embargo, no se trataba de una cosa estática, como la pila del lavabo que a veces hablaba diabólicamente sola, sino de algo que, sin dejar de quedarse definitivamente atrás, podía viajar conmigo y servirme de misterioso punto de referencia en cada nueva circunstancia; ni tampoco de una cosa errante, como la palabra “política”, que no se podía apresar y lo ensombrecía todo. La casa a oscuras era un lugar muy definido dentro y fuera de mí, sin que esa doble condición de estar adentro y afuera planteara ningún problema, y, por otra parte —lo que constituía quizás su mayor encanto—, no podía determinarse si su significación última era triste o feliz. He dicho “encanto” y debía decir, para ser más fiel a su esencia, “atractivo”. La casa a oscuras, en los amaneceres señalados para las clases de violín en La Habana, era cada vez más atractiva para mí, sin que la casa perfectamente conocida, detalle por detalle, donde vivía diariamente con mis padres, pudiera deshacer o contrarrestar aquel encanto, aquella atracción, que no tenían tampoco los otros amaneceres no señalados por las clases de violín y la prisa de un despertar, de un llenarse de angustioso júbilo la cara, de un vestirse con rápido esmero, de un desayunar con la poca luz del comedor, operaciones que cada vez se iban convirtiendo más en ávidos reojos a la parte dormida y oscura de la casa, como si allí estuviera escondido un tesoro, un secreto, una ilusión mayor aun que la del viaje y las clases de violín. No estaba desprovista esa atracción de un cierto miedo comparable al que pudiera sentirse frente a un animal desconocido. De hecho llegué a imaginarme aquella parte de la casa, en los nocturnos despertares señalados, como una ballena en cuyo vientre dormía mi padre como un niño, aunque pronto —quizás cuando el aerocar estuviese llegando a la carreterita de tierra que conducía a Empalme— saldría enteramente adulto al patio de la mata de mango y las violetas, con su tacita de café. Pero en general, con respecto a la casa a oscuras de aquellos amaneceres, no me gustaba imaginarme nada. Cada vez deseaba más conocerla, entrar en ella, no dejarla atrás como una incógnita que me acompañaba tenazmente y que con esa misma tenacidad me reclamaba. Fue así como una madrugada, cuando ya estaba listo para salir con mi estuche y mis cuadernos, apagué las pequeñas luces del comedor y de mi cuarto, y decidí no ir a la clase de violín en La Habana sino penetrar en el reino dormido de la casa a oscuras. Sorprendentemente, como si lo estuviese esperando, mamá no se opuso y desapareció no sé dónde. Después de tantear supuestas entradas que eran ásperos muros o pedazos de muebles irreconocibles, tan pronto pude entreabrir la puerta de la habitación contigua a la mía, sentí la mano de una muchacha que en la densa penumbra de aquel cuarto desconocido se me pareció a una de las varias hermanas que vivían al lado de mi casa. “¿Anita?”, susurré. Sin contestarme apretó mi mano y me condujo a través de varias habitaciones vacías hasta una débilmente iluminada por un quinqué. Alrededor de una mesa, donde se adivinaban libros, papeles y planos en desorden, un grupo de hombres cuchicheantes y coléricos discutían un asunto urgente. “Es el cuarto de los conspiradores”, me dijo al oído la muchacha que cada vez se me parecía más a Anita, parecido que en el fondo lamentaba pues la así llamada era la más seria y menos atractiva de nuestras vecinas. En aquellas circunstancias, sin embargo, la supuesta Anita estaba dotada de una vaporosidad que, sin hacerla menos sólida, le confería cierta gracia de que estaba desprovista la Anita original. La luz del quinqué, además, alcanzó a descubrirme una distancia excesiva entre la nariz levemente equina y los labios exageradamente prolongados, rasgo este último que procedía fielmente de la que empecé a llamar, para mi fuero interno, su “modelo”. En suma, era y no era Anita, como era y no era una muchacha, pues a veces parecía más bien el ejemplar único de una especie híbrida de venado, llama y tapir. Nuestras relaciones, sin embargo, en aquellas oscuridades que tendían a convertirse en profundidades, eran perfectamente humanas y siempre sentí su mano apretando la mía como la de una muchacha normal. La próxima habitación que me mostró fue la de los esposos. Estaba absolutamente vacía, amueblada en un estilo indefinible y ordenada con una meticulosidad que producía escalofríos. Cuando ella sintió que yo temblaba, sonrió extrañamente con sus extensos labios, como un animal desconocido. Los dos estábamos bañados en sudor y por eso fue un inmenso alivio salir al patio bajo las últimas estrellas, donde se estaba celebrando un banquete silencioso. Los comensales parecían abstraídos, como jugadores de ajedrez, por un problema que no tenía ninguna relación con el banquete, no obstante lo cual cada cierto tiempo alguno de ellos se levantaba y pronunciaba un corto brindis o un largo discurso silencioso. “Anita” me condujo por debajo de un pequeño arco de mampostería despintada hacia un corral de puercos donde dos hombres se estaban destrozando a cuchilladas. La sangre corría con una belleza independiente del terror y la violencia de sus rostros. Era una lucha feroz y tan silenciosa como el banquete que habíamos dejado atrás. De pronto “Anita” se paró frente a mí como si fuera un espejo oscuro del cual sólo podía ver sus ojos desorbitados de caballo frente a un abismo. “Mira”, me dijo, sujetándome las dos manos. No sabía si estaba vestida o desnuda, viva o muerta. Cuando miré su frente, vi un cuarto pequeño al que había subido por una escalera de caracol. Mi maestro, sentado en un silloncito de mimbre, se abanicaba con un abanico de mujer. Apreté el violín con el mentón y levanté el arco blanquísimo, omnipotente, peligroso, implacablemente dispuesto a caer sobre la cuerda herida, en el espacio inmenso de la casa a oscuras.

El Castillito
Sierra del Escambray
5 de marzo de 1989

 


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La Habana. 2003
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