| LA JIRIBILLA |
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LA CASA A OSCURAS
Solo algún tiempo después de los primeros viajes empecé
a cobrar conciencia de otra compañía que, además del
violín, los cuadernos y la emoción que ellos
visiblemente encarnaban, iba conmigo. Esa otra compañía
era la de la casa a oscuras en que yo despertaba oyendo
como en un tiempo anterior los primeros sonidos
metálicos, sordos o cristalinos de la cocina. La cocina
estaba, honda y abierta, en el traspatio de la casa, y
se encendía únicamente con carbón. Un carromato tirado
por dos mulos llevaba el carbón a la casa. Pero a
aquella hora, para preparar el desayuno solitario del
niño, se encendía solo un reverbero que daba una llama
dulce y adulona. El niño desde su cuarto oscuro solo la
presentía. Cuando la madre encendió el bombillo, más que
iluminarse el cuarto, el resto de la casa se sumió en
las tinieblas, unas tinieblas más espesas que la noche
misma, unas tinieblas de abismo. Si hubiera podido
formulárselo de este modo, el niño hubiera pensado que
la luz no era otra cosa que la conciencia de la sombra;
pero de lo que sí tenía una noción muy clara, aunque
inexpresable, era de la naturaleza propia de la luz
eléctrica, que brotaba de aquella bujía como un líquido
tasado por límites estrictos. Esos límites eran los que
delataban la realidad de la casa a oscuras, salpicada,
como por manchas dolorosas, por dos focos de luz: la
bujía del cuarto y la llama del reverbero, esta última
ganosa de amistarse con las estrellas de la madrugada.
La llama del reverbero y el titilar de las estrellas
formaban como la bandera en jirones de un país ignoto.
En cambio la utilidad de la bujía la apagaba de golpe,
no tenía más allá. Moverse en aquel cuadrado de luz
eléctrica tenía algo de estar en una prisión, si bien
una cierta ternura quería tocar tímidamente las ropas,
la cama, los cuadros... Ah, pero los cuadros —las ruinas
de Palmira, las mujeres semidesnudas junto al lago
enlunado, el abuelo muerto— eran otros, significaban
otras cosas incomprensibles que no había tiempo de
averiguar. El poco tiempo, en realidad, la prisa como
hundida de aquellos minutos anteriores al amanecer, eran
la causa de que no pudiera acercarme a un conocimiento
que por todas partes se me insinuaba y, a partir de un
momento imprecisable, empezó a asediarme. Quizás ese
momento no tuvo lugar dentro de la casa, quiero decir,
dentro de la porción cortantemente iluminada de la casa,
ni siquiera cuando sigilosamente atravesaba con mamá la
casa a oscuras para esperar en la acera desierta el paso
puntualísimo del aerocar, en el que entraba con
el beso de mamá en la frente como si me estuviera yendo
para una batalla de la que, increíblemente, ella
estuviese segura que regresaría siempre vencedor. No
recuerdo que en aquellos momentos habláramos nada. Las
palabras parecían no existir todavía. Despertábamos a un
reino mudo, en el que las cosas que ella y yo teníamos
que hacer —incluso ir yo al húmedo y hostil baño del
traspatio cuyo piso, no sé por qué, siempre temía que se
desplomara sobre un agua subterránea— constituían un
lenguaje suficiente y, en lo posible, arropador. Como
palabra fundamental, el agua fría del lavabo donde me
empapaba la cara y el cuello, aclaraba todo lo necesario
para atravesar la casa a oscuras (mamá ya había apagado
las luces de mi cuarto, el comedor y la cocina), entrar
al aerocar, llegar a la casa de mi maestro en La
Habana, subir la escalera de caracol y pararme frente al
atril. Entonces comenzaba realmente el regreso que,
pasada la ascética disciplina y el baño lustral de la
clase, no tenía ninguna importancia ni emoción, y era la
parte trabajosa, gris, de toda la jornada. Pero quizás
por ello mismo, por el tedio del almuerzo en casa de los
tíos o completamente solo frente a la mole insulsa del
Capitolio, por el marchito retorno, al atardecer, en un
ómnibus común, con su despojamiento de radiosos
obstáculos invisibles, pude ver, de pronto, allá al
fondo, como una cueva pequeñita que lo contenía todo y
no había cesado un instante de estar conmigo, la casa a
oscuras. Ya no se trataba de un fragmento prescindible,
aunque también precioso (en él dormía aún mi padre y
estaban mis plumas, lápices, libros y libretas del
colegio): era una agridulce, constante compañía, pero
también un territorio virgen que me desafiaba. Durante
todo el viaje, casi imperceptible, había estado conmigo.
Durante toda la clase, había sido el tema inapresable y
central, del que todos los ejercicios y hasta el
Concierto en la menor de Vivaldi, eran variaciones,
aunque el anciano maestro no lo notara. Yo apenas lo
notaba, absorto más bien en el hecho, solo muchos años
después configurado en mi interior, de que ser alumno de
Juan Torroella era como ser alumno de violín de Enrique
José Varona o de Manuel Sanguily, o mejor, de un punto
medio imaginario entre los dos: del uno tenía ese
blancor cubano que llevó a Martí a llamarlo “flor de
mármol”; del otro, la erguidura, el nervio, la prontitud
espiritual, ese fuego que le descubrí ejecutando, ya
casi sin poder, la parte del primer violín del
Quinteto para piano y cuerdas de César Franck.
Demasiadas cosas, algunas evidentes y otras presentidas,
se interponían para que yo no viera lo que estaba al
fondo de mis propios ojos. Cuando por fin, en uno de
aquellos desabridos regresos, empecé a vislumbrarlo, no
estaba preparado, como probablemente no lo estoy aún,
para valorar su significación. De paso debo consignar
que desde muy niño, aunque pareciera distraído o
ensimismado en algún juego, me empeñaba por encontrarle
significación a todo, especialmente a las cosas más
oscuras. En este caso, sin embargo, no se trataba de una
cosa estática, como la pila del lavabo que a veces
hablaba diabólicamente sola, sino de algo que, sin dejar
de quedarse definitivamente atrás, podía viajar conmigo
y servirme de misterioso punto de referencia en cada
nueva circunstancia; ni tampoco de una cosa errante,
como la palabra “política”, que no se podía apresar y lo
ensombrecía todo. La casa a oscuras era un lugar muy
definido dentro y fuera de mí, sin que esa doble
condición de estar adentro y afuera planteara ningún
problema, y, por otra parte —lo que constituía quizás su
mayor encanto—, no podía determinarse si su
significación última era triste o feliz. He dicho
“encanto” y debía decir, para ser más fiel a su esencia,
“atractivo”. La casa a oscuras, en los amaneceres
señalados para las clases de violín en La Habana, era
cada vez más atractiva para mí, sin que la casa
perfectamente conocida, detalle por detalle, donde vivía
diariamente con mis padres, pudiera deshacer o
contrarrestar aquel encanto, aquella atracción, que no
tenían tampoco los otros amaneceres no señalados por las
clases de violín y la prisa de un despertar, de un
llenarse de angustioso júbilo la cara, de un vestirse
con rápido esmero, de un desayunar con la poca luz del
comedor, operaciones que cada vez se iban convirtiendo
más en ávidos reojos a la parte dormida y oscura de la
casa, como si allí estuviera escondido un tesoro, un
secreto, una ilusión mayor aun que la del viaje y las
clases de violín. No estaba desprovista esa atracción de
un cierto miedo comparable al que pudiera sentirse
frente a un animal desconocido. De hecho llegué a
imaginarme aquella parte de la casa, en los nocturnos
despertares señalados, como una ballena en cuyo vientre
dormía mi padre como un niño, aunque pronto —quizás
cuando el aerocar estuviese llegando a la
carreterita de tierra que conducía a Empalme— saldría
enteramente adulto al patio de la mata de mango y las
violetas, con su tacita de café. Pero en general, con
respecto a la casa a oscuras de aquellos amaneceres, no
me gustaba imaginarme nada. Cada vez deseaba más
conocerla, entrar en ella, no dejarla atrás como una
incógnita que me acompañaba tenazmente y que con esa
misma tenacidad me reclamaba. Fue así como una
madrugada, cuando ya estaba listo para salir con mi
estuche y mis cuadernos, apagué las pequeñas luces del
comedor y de mi cuarto, y decidí no ir a la clase de
violín en La Habana sino penetrar en el reino dormido de
la casa a oscuras. Sorprendentemente, como si lo
estuviese esperando, mamá no se opuso y desapareció no
sé dónde. Después de tantear supuestas entradas que eran
ásperos muros o pedazos de muebles irreconocibles, tan
pronto pude entreabrir la puerta de la habitación
contigua a la mía, sentí la mano de una muchacha que en
la densa penumbra de aquel cuarto desconocido se me
pareció a una de las varias hermanas que vivían al lado
de mi casa. “¿Anita?”, susurré. Sin contestarme apretó
mi mano y me condujo a través de varias habitaciones
vacías hasta una débilmente iluminada por un quinqué.
Alrededor de una mesa, donde se adivinaban libros,
papeles y planos en desorden, un grupo de hombres
cuchicheantes y coléricos discutían un asunto urgente.
“Es el cuarto de los conspiradores”, me dijo al oído la
muchacha que cada vez se me parecía más a Anita,
parecido que en el fondo lamentaba pues la así llamada
era la más seria y menos atractiva de nuestras vecinas.
En aquellas circunstancias, sin embargo, la supuesta
Anita estaba dotada de una vaporosidad que, sin hacerla
menos sólida, le confería cierta gracia de que estaba
desprovista la Anita original. La luz del quinqué,
además, alcanzó a descubrirme una distancia excesiva
entre la nariz levemente equina y los labios
exageradamente prolongados, rasgo este último que
procedía fielmente de la que empecé a llamar, para mi
fuero interno, su “modelo”. En suma, era y no era Anita,
como era y no era una muchacha, pues a veces parecía más
bien el ejemplar único de una especie híbrida de venado,
llama y tapir. Nuestras relaciones, sin embargo, en
aquellas oscuridades que tendían a convertirse en
profundidades, eran perfectamente humanas y siempre
sentí su mano apretando la mía como la de una muchacha
normal. La próxima habitación que me mostró fue la de
los esposos. Estaba absolutamente vacía, amueblada en un
estilo indefinible y ordenada con una meticulosidad que
producía escalofríos. Cuando ella sintió que yo
temblaba, sonrió extrañamente con sus extensos labios,
como un animal desconocido. Los dos estábamos bañados en
sudor y por eso fue un inmenso alivio salir al patio
bajo las últimas estrellas, donde se estaba celebrando
un banquete silencioso. Los comensales parecían
abstraídos, como jugadores de ajedrez, por un problema
que no tenía ninguna relación con el banquete, no
obstante lo cual cada cierto tiempo alguno de ellos se
levantaba y pronunciaba un corto brindis o un largo
discurso silencioso. “Anita” me condujo por debajo de un
pequeño arco de mampostería despintada hacia un corral
de puercos donde dos hombres se estaban destrozando a
cuchilladas. La sangre corría con una belleza
independiente del terror y la violencia de sus rostros.
Era una lucha feroz y tan silenciosa como el banquete
que habíamos dejado atrás. De pronto “Anita” se paró
frente a mí como si fuera un espejo oscuro del cual sólo
podía ver sus ojos desorbitados de caballo frente a un
abismo. “Mira”, me dijo, sujetándome las dos manos. No
sabía si estaba vestida o desnuda, viva o muerta. Cuando
miré su frente, vi un cuarto pequeño al que había subido
por una escalera de caracol. Mi maestro, sentado en un
silloncito de mimbre, se abanicaba con un abanico de
mujer. Apreté el violín con el mentón y levanté el arco
blanquísimo, omnipotente, peligroso, implacablemente
dispuesto a caer sobre la cuerda herida, en el espacio
inmenso de la casa a oscuras. |
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