| LA JIRIBILLA |
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VUELVE FERNANDO PÉREZ, Es el mismo hombre que ahora, al abrirse el siglo veintiuno para el cine cubano, que llega a su año 44, nos vuelve a conmocionar desde su largometraje Suite Habana, coproducido por el Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficos (ICAIC) y Wanda Films, de España. Nacido, originalmente como un proyecto de solo 55 minutos, documental solicitado y encargado al realizador, para la serie de las Ciudades invisibles, que pensaba integrarse con las miradas de diversos cineastas del mundo para exhibirse por las televisoras europeas, cuando ya había comenzado el rodaje y el propio Fernando temía de la calidad de la obra, luego de estar más de cuatro años sin filmar, abortan aquellas ciudades, pero se mantiene el trabajo de Fernando, gracias al apoyo del capital español y del ICAIC. Esos son los antecedentes del largometraje de 85 minutos, que con el título de Suite Habana, dio inicio a la premier de cuatro nuevas películas cubanas, después de un vacío en la producción de la cinematografía nacional en el pasado 2002, que llevó a Cuba a ser la gran ausente del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. La clasificación de este filme es tan polémica como su diseño, concepción y estructura argumental. Para algunos es una pieza de ficción, para muchos es un documental que se alimenta a sí mismo del testimonio de la realidad, con la demoledora belleza de la verdad. Solo que la puesta en escena, el manejo de las luces y de las cámaras es de una película de ficción aunque el propio director me haya dicho que es una “ni fiction”, y rechace todo esquema definitorio de una obra cuajada de muchas intertextualidades, con el arte, la política, la ideología, el amor, la filosofía de la existencia ya que Fernando Pérez, amén de ser un cineasta, el mayor que tiene en estos momentos el cine cubano, es un poeta. Los personajes no son ficcionales, sino seres humanos, cotidianas criaturas que pueblan la ciudad y la habitan con sus desgarramientos, penas, alegrías y sinsabores, una anciana que vende maní porque la jubilación no le permite mantener a su esposo enfermo y a ella misma, que dice no tener futuro, y un conjunto de hombres y mujeres, de diversas edades, credos, tendencias sexuales, razas y estratos sociales que viven en los municipios más populosos de la capital cubana, teniendo como eje central de su historia, porque es el escenario que más conmueve a este nuevo quijote que es Fernando Pérez, a Centro Habana. Allí no hay diálogos, ni preguntas ni respuestas, apenas si hay presencia de la voz humana entre los escolares con los que comparte el aula el pequeño Francisco, niño dawn de 10 años de edad que asiste a una escuela pública, no a una escuela especial, o las voces de los intérpretes de las canciones de Silvio Rodríguez, Sindo Garay y Gonzalo Roig, especialmente la de Omara Portuondo que cierra la estampa, con la letra del “Quiéreme mucho”, donde los sufrimientos propios se acallan mientras las olas enfurecidas baten sobre el Malecón y barren las calles de la ciudad. Hace treinta y cinco años que otro director del cine cubano, uno de sus maestros, Tomás Gutiérrez Alea, Titón, -de quien Fernando fue asistente en la filmación de Una pelea cubana contra los demonios, a inicios de los años 70-, realizó un clásico del cine iberoamericano: Memorias del subdesarrollo. Pues ahora, Fernando Pérez vuelve sobre el subdesarrollo, pero no con los ojos burgueses y cínicos de Sergio, el personaje del filme de Titón, y de la novela de Edmundo Desnoes, de donde nació, pero ahora, surge de la pantalla la otra cara del subdesarrollo, esa que no podían ver ni Sergio ni Desnoes, y que la muestra dolorosa y trágicamente Fernando, desde la realidad, no desde la metafísica de un discurso literario.
Con
Suite Habana Fernando Pérez ha logrado algo muy
difícil para cualquier artista: superarse a sí mismo.
Este filme, probablemente un clásico de nuestra
cinematografía, es una lúcida y angustiosa reflexión
sobre la contemporaneidad, un apelativo también al amor
y a la vida, porque bien sabemos que su realizador es un
hombre que busca el apelativo de las emociones y de los
sentimientos para luego inducir al espectador a la
reflexión. |
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