| LA JIRIBILLA |
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¿POR QUÉ JULIO ANTONIO? 1966-2003 Juventud Rebelde ha convocado a escritores noveles, bajo tres nombres significativos. Mella, Pablo y Rubén son ejemplo de unidad de pensamiento y acción revolucionarios. Sus vidas refrendaron sus escritos, y la muerte en la lucha los hizo ya para siempre jóvenes. Así, quizás sería innecesaria la interrogante que encabeza estas líneas. Pero hay más. La sucesión cultural es un índice de la nacionalidad, y no puede reducirse a invocar nombres que, siendo formalmente nuestros, resultan casi desconocidos por su obra. Al recordar a Mella, trataremos de exponer algunos aspectos del problema. Hay una continuidad ideológica, estrechamente vinculada al desarrollo de cada sociedad, que es el suelo en que fructifican y legitiman su vigencia las nuevas ideas y teorías. La liberación de España, la explotación del trabajo asalariado, la nueva colonización azucarera, la dominación económico-política imperialista, modernizaron a Cuba. Pero todo esto trajo también, a través de largas luchas, el "minorismo", la superación de la colonia cultural, la Revista de Avance, el antimperialismo, la Confederación Nacional Obrera de Cuba, el Partido Comunista. Mella es representativo de una época porque, viniendo de Varona, trasciende al anhelo cientificista y al pesimismo de un ideal truncado, para ofrecer una nueva visión cubana de la realidad, asistida por el marxismo. Y su obra resiste las épocas de reacción, el silenciamiento y el tiempo, porque se ha integrado ya a las fuerzas nacionales, para servir de punto de partida hacia metas más altas. No es literario el mérito mayor de Julio Antonio Mella. Pero sería disminuir su estatura ver en él solo al campeón del civismo frente al corrompido protectorado, al atleta de la huelga de hambre, "bello e insolente, como un héroe homérico", al forjador de rebeldías. Mella fue revolucionario de un tiempo de sembrar, y cumplió su tarea a plenitud. En mítines, conferencias, centros de estudios para trabajadores, como publicista, señaló a la dominación imperialista como el mal mayor, y a los obreros su deber de encabezar el futuro. Aunque se asomó al marxismo ya en medio de la lucha, buscó en el estudio de la teoría el derrotero de la actividad revolucionaria. Poco antes del Congreso Antimperialista de Bruselas lamenta "la falta de tiempo para las cosas del pensamiento", ante el imperativo de estudiar y situar a Martí como personalidad revolucionaria. Considera necesario buscarse la raíz en la continuidad revolucionaria de su pueblo, extraer las experiencias de aquella lucha tremenda, calibrar las tareas de la época en el análisis de los principios martianos. Un año antes de su muerte escribe un premonitorio ensayo acerca del APRA. "Los comunistas ayudarán, han ayudado hasta ahora…, a los movimientos nacionales de emancipación aunque tengan una base burguesa democrática."[2] Y él está dispuesto a continuar sus palabras con la acción, junto a los "nacionalistas", partido de oposición a la tiranía machadista. Mella entiende la tesis leninista del frente único como un paso en la lucha partidista hacia el socialismo, y critica las tesis abstractas de los intelectuales que hacen juegos de palabras con el marxismo. El divisionismo en el movimiento antimperialista, el oportunismo político de algunas declaraciones, el anticomunismo de su dirigente, le obligan a denunciar al APRA como organización confusionista, que "según se intensifique la clarificación de las fuerzas sociales, se convertirá más y más en una organización reaccionaria", aunque reconoce la honradez de los que "son carne revolucionaria de las cárceles."[3] Comentando el pensamiento revolucionario de Martí, nos deja frases de absoluta vigencia: "Internacionalismo significa, en primer término, liberación nacional del yugo extranjero imperialista y, conjuntamente, solidaridad, unión estrecha con los oprimidos de las demás naciones"[4] Y sin dejar ni un momento de luchar por Cuba, presta su esfuerzo constante a la Liga Antimperialista y al intento de lograr la unidad mundial antimperialista —tarea insoslayable para los revolucionarios de hoy—, participa como un miembro y dirigente en el Partido Comunista mexicano y actúa en la solidaridad con la gesta de Sandino. Porque Mella está "entre los más altos guiadores de su tiempo cubano y americano", la Juventud lo tiene, con Camilo, en su emblema. Conocer mejor sus escritos, todavía insuficientemente divulgados, puede ayudarnos a realizar mejor la difícil tarea de nuestro tiempo. Concurrir a la herencia de Julio Antonio significa, en el orden teórico, no solo recoger y divulgar su pensamiento, sino trabajar en los problemas que él se hubiera planteado si estuviera físicamente entre nosotros. La complejidad de nuestra época, que es de lucha a escala mundial entre los pueblos y el imperialismo, y por la liberación nacional y el socialismo en las naciones del "Tercer Mundo", ofrece innumerables campos a la teoría y la lucha ideológica. La "aplicación creadora del marxismo leninismo" puede convertirse en una frase para calificar los aciertos prácticos de los revolucionarios. Pero no fue meramente como propaganda que Marx vio la necesidad de que la teoría encarnara en las masas. El leninismo es el monumento mayor al espíritu creador del marxismo porque no organizó los hechos sociales a la mayor gloria de los principios, sino que utilizó estos como instrumental científico para avanzar en la investigación de la época imperialista, de los principios de la revolución y del tránsito al comunismo. Sin embargo, en cuarenta años la teoría no ha avanzado mucho más allá. Entretanto, el mundo imperialista ha cambiado, el campo socialista se ha desarrollado y ampliado, e insurgen tres continentes que en tiempos de Lenin apenas se desperezaban. Y en muchos casos la teoría de la liberación nacional, de la revolución socialista, de la etapa de tránsito al comunismo, marcha a remolque de los acontecimientos, adornando victorias o derrotas. Podrían ser investigados problemas relacionados con la bancarrota de una ideología correspondiente a nuestra situación prerrevolucionaria, y con la pretensión de sustituirla por un conjunto cultural cimentado por el marxismo. La apreciación del fenómeno económico, el régimen de propiedad, los estímulos materiales y morales al trabajo, la necesidad de correlación en la construcción del socialismo y el comunismo, tesis esbozada por Fidel,[5] el proceso cultural en el campo y el desarrollo agrario, la educación política del pueblo y los riesgos de tergiversación del marxismo en su divulgación, la moral sexual y familiar, son solo algunos temas. Mella prometió escribir una obra que consideraba necesaria, "en una prisión, sobre el puente de un barco, en el vagón de tercera de un ferrocarril, o en la cama de un hospital…" Hoy, cuando el poder revolucionario y la orientación del partido hacen más viable la empresa, el trabajo teórico tiene que llegar a ser un factor importante en la revolución y la construcción de la nueva sociedad. Sólo así se completará la posteridad de Julio Antonio Mella. 2. ¿Por qué Mella en el 2003? Media vida después. En 1966 éramos muy jóvenes, la revolución y yo. La sangre y la belleza, el trabajo y el baile, andaban juntos. En medio de una revolución se crece entre cataclismos y rupturas, los lenguajes y los actos se llenan de creaciones, y todo es urgente. Ante cada avance surgen nuevas necesidades, y una de ellas me convirtió –como a otros— en profesor de filosofía marxista. A través de otras prácticas ya había conocido un poco las distancias y las complejas relaciones que existían entre los hechos e ideales cubanos, por un lado, y el saber constituido en nombre del socialismo por el otro. Pero ahora los que formábamos el grupo al que pertenecía –urgidos de formación a la vez que abrumados de tareas, iniciadores de una actividad muy deseada pero incipiente—nos encontramos de súbito en medio de una diversidad de posiciones y criterios que saltaba a veces en agudas divergencias. Nuestro mayor acierto fue tomar como guía la ideología más radical, tanto dentro del proceso –la impulsada por Fidel y el Che— como en la acumulación cultural revolucionaria cubana y en la tradición internacional de ideas de liberación y anticapitalistas, y combinarla con el estudio riguroso y el debate de toda expresión lograda del pensamiento que lográbamos conocer. De manera paradójica, la Revolución del 30 nos era muy cercana en el tiempo, pero la gran conmoción y los cambios tan profundos de los sesenta parecían haberla sacado de la escena. La cuestión se me hizo más extraña cuando –con toda fuerza y razón—se produjo una gran recuperación y exaltación de las revoluciones cubanas del siglo XIX. ¿Por qué no sucedía lo mismo con la de los años 30, si esta aportó avances gigantescos a la cultura cubana? Esa revolución rechazó y dejó atrás el régimen republicano surgido en 1902 y socializó en Cuba la confianza en la capacidad de autogobierno, el antimperialismo, ideas socialistas de la justicia social, y exigencias de institucionalidad y política democráticas, un Estado mediador entre las clases e influyente en la economía y la vida social, y una sociedad civil más organizada y fuerte. Hasta el nacionalismo, cemento ideológico primordial del país, fue renovado en sus contenidos y su significación. El complejo orden elaborado en los lustros siguientes a 1935 tenía como función esencial dar cabida en marcos legales y evolutivos a las visiones, necesidades y movimientos que se produjeran, lo que llevaba implícito el temor fundado a que una nueva revolución tomara a la última como punto de partida y fuera mucho más allá, contra la existencia misma del sistema capitalista neocolonial. Mientras más tratábamos de comprender el decurso histórico de nuestro país, más claro nos aparecía que la Revolución del 30 proyectaba una sombra impresionante sobre la sociedad cubana de los años 40-50, estaba en la raíz de los proyectos revolucionarios de los años 50 y había sido la impulsora de una parte de las potencialidades sociales que el proceso puso en acto a partir de 1959. Durante el largo intervalo, Mella y Guiteras siguieron siendo inspiración para las rebeldías, y empate generacional. Ahora la revolución levantaba aquellos nombres, el Che hablaba en El Morrillo y la organización política juvenil colocaba en su bandera a los dos jóvenes, Mella y Camilo. Pero el conocimiento de los hechos y del pensamiento de los líderes de aquella revolución no formaba parte de la fiebre de saber y del apoderamiento de la memoria que llenaban la vida de estos días. Comenzamos a comprender que podía tratarse de un tácito silencio, referido a un terreno comprometido por su posteridad, y por el propio presente de la revolución. De muchacho, la conmemoración insumisa del 10 de enero de 1953 me había llamado la atención sobre Mella, y un tiempo después hice un compromiso muy personal con su nombre. A mediados de los 60, una década de experiencias y cada vez más lecturas me aclaraban algo que es lo primero que quiero destacar: Julio Antonio Mella tuvo que ser muy rebelde para lograr ser revolucionario. Iba conociendo las formas de cooptación, incorporación, abjuración, lenta degeneración, transmutación, que Mella evitó, o a las que tuvo que enfrentarse. El niño con algunos medios, pero sin legitimidad filial, el jovencito que va aprendiendo que es bellísimo, bastardo, fuerte y capaz como atleta, muy díscolo, brillante intelectualmente, puede ofrecer a la posteridad los primeros capítulos de la biografía de un deportista destacado, un galán, un líder estudiantil que luego será político exitoso, un charlatán o un triunfador burgués. Con las armas que poseía se enfrentó a todo y a sí mismo el joven Mella en aquel tiempo de gran descreimiento de hace ochenta años. El ángel rebelde se unió a los humildes que se organizaban, el fundador de la FEU se hizo revolucionario. Mas también tuvo Mella que ser muy rebelde dentro del nuevo mundo de la rebeldía al que se sumó, y en el movimiento comunista cubano y latinoamericano que tanto ayudó a fundar. Una de las incógnitas de la Revolución del 30 para los jóvenes revolucionarios de los años 60 que se asomaban a la historia de nuestro movimiento era qué había sucedido realmente entre Mella y su incipiente partido a raíz de su heroica huelga de hambre. Lejos de todo anticomunismo –éramos parte de una masa entusiasta y decidida que creaba el socialismo en Cuba y trataba de ser cada día más comunista—, queríamos conocer una historia que no tenía por qué avergonzar a nadie. Y el ser humano Mella se nos hacía más grande por su actitud legítima de militante que no se alejó ni un milímetro de su deber y su labor en medio de las polémicas más agudas, y por la consecuencia con que fue comunista hasta el fin de sus días. Mella salía vencedor frente a la entonces famosa orden triple –tremenda y romántica- de "Si avanzo sígueme…", y eso era lo importante para los ideales, el arraigo y la fortaleza del comunismo cubano. A inicios de 1966 —los días de la Tricontinental— ya habíamos estudiado ese manifiesto comunista desde el tercer mundo que es El socialismo y el hombre en Cuba, y nos había conmovido a todos la carta del Che, en octubre de aquel 1965, al fundarse el Partido Comunista de Cuba. La construcción paralela del socialismo y el comunismo era propuesta por Fidel en ese mismo acto, mientras la revolución se profundizaba a sí misma en una multitud de terrenos y acciones. Más socialismo era la respuesta general a los problemas y los dilemas. El pan de cada día eran la audacia y la herejía, el trabajo, la entrega y las innovaciones, el antimperialismo y el internacionalismo. Y Fidel postulaba. "que al valor no le falte inteligencia, y a la inteligencia no le falte valor". Era necesario que los revolucionarios –y entre ellos los dedicados al trabajo intelectual— identificaran las posiciones y los problemas, y aprendieran pronto a utilizar todos los instrumentos posibles para enfrentar con acierto aquellas tareas tan grandes, novedosas y difíciles. Aquí apareció otra cuestión que quiero enfatizar: Mella había pensado la pelea en la que estaba inmerso, los caminos de la revolución, la tradición revolucionaria cubana, las experiencias existentes en su tiempo y los rasgos del proyecto. En los textos suyos que conseguía, leía en Julio Antonio problemas reales, ideas luminosas, pensamiento revolucionario cubano, preguntas sin respuestas, intrépidos combates a pluma, dominio de su expresión. El líder revolucionario tenía también una producción intelectual. Y yo constataba que ella era muy poco conocida entre nosotros, y casi no se divulgaba. Había que llamar la atención insistentemente sobre esa realidad: el pensamiento de Mella era otra riqueza nuestra que se debía rescatar y utilizar. Una posición ideológica precisa, y el propósito de relacionar las actividades intelectuales y el deseo de conocer de los jóvenes con la Revolución del 30, nos llevaron a convocar aquel concurso de 1966 bajo la advocación de Mella, Rubén y Pablo. Tres personas comprometidas en un proyecto que nacía, El Caimán Barbudo, asumimos presentar en escritos breves a cada uno y lo que buscábamos con el concurso correspondiente, intención que hacíamos expresa con los títulos: "¿Por qué Rubén?", "¿Por qué Pablo?", "¿Por qué Julio Antonio?" Guillermo Rodríguez Rivera, Ricardo Jorge Machado y yo fuimos los autores. Cuando escribí el artículo, mi hijo Julio Antonio no caminaba aún. Comenzaba un lustro decisivo, en el cual –entre tantas tareas— muchas veces estuve ligado a trabajos y publicaciones sobre la Revolución del 30, sus hechos, ideas y protagonistas. En los años que vinieron después, recreaba a Mella con mis íntimos y con amigos como Raúl Roa, José Tabares o Enrique Pineda Barnet, o sentía una gran satisfacción cuando al fin se publicó una muy apreciable recopilación de escritos suyos en 1975.[6] Leía los textos que aparecían sobre aquellos eventos históricos, de testimonio y —cada vez en mayor proporción— de investigación. Volví luego, hasta hoy, al estudio de la Revolución del 30. Ha estado todo este tiempo conmigo, de un modo u otro, sobre todo en la brega interminable de las ideas revolucionarias. Pero también mirándome desde su foto de estudio, o subido a una mesa de café, rugiendo como un león y enseñando la zarpa, mientras un compañero hace de domador, risa feliz en la pobreza del D.F. En la máquina de escribir en vez de timón del automóvil, escribiendo con su nombre o con seudónimo de crítico de arte, en los tugurios de mineros en Jalisco, reuniendo campesinos cobrizos desconfiados con razón, leyendo el orden del día de la reunión comunista. Y Tina enseñoreándose de su año 28, siete años mayor que él, militante comunista, fotógrafa y rabiosamente bella. El mismo año 28 de la Asociación de los Nuevos Emigrados Revolucionarios Cubanos, de la Secretaría General y la crisis en el Partido Comunista mexicano, la conspiración para ir a pelear a Cuba, la Confederación Campesina, de escribir textos diariamente... ¡Cuántas cosas caben en una vida! Ante la empresa de volver sobre aquella pregunta en el 2003, entre tantos factores diferentes, me encuentro lo que ahora conozco sobre Mella y su época. Sobre la dedicación fundamental de su vida, la revolución en Cuba y la lucha por la universalización del marxismo y el socialismo en los años 20-30 del siglo XX, he seguido investigando, y en la última década he realizado numerosas comunicaciones orales y he ido publicando varios trabajos.[7] Mella me es mejor comprendido como un hombre de su tiempo, a la vez que su grandeza se me hace más evidente, ante sus actos e ideas, y ante sus dificultades. Sobre estas últimas, hace años comprobé que Amauta no publicó su ensayo "¿Qué es el APRA?" hasta el verano de 1930, año y medio después de su asesinato. Y hace solo meses pude leer los documentos de 1926-1927 referidos a su separación y readmisión en el primer Partido Comunista cubano. Para sacar mayor provecho a la experiencia histórica me pregunto: ¿cómo pueden personas que están dentro del campo revolucionario hacer cosas así? Y no me conformo con juicios morales, que en el mejor caso son parciales. Comparo mis dos aproximaciones a Julio Antonio. Aquella interrogante de 1966, escrita de un tirón, era analítica y quería ser rigurosa, buscaba convertir en arma a Mella, para una pelea de la razón revolucionaria contra sus enemigos y sus demonios. Rompía lanzas contra el sectarismo, el dogmatismo, la ignorancia, el reformismo y el cientificismo, y abogaba por la investigación y el debate militantes, por la pregunta, la creatividad y la valentía intelectual, regidas por la honestidad y la entrega irrestricta a la causa. Esta interrogante del 2002 es de otro modo. Se ha permitido desde el inicio la primera persona, trae consigo las señales de un tercio de siglo transcurrido, y quizás explora sobre todo las dimensiones humanas. Pero el autor no viene de vuelta de nada, ni está cansado del camino. A primera vista, el mundo de hoy se parece peligrosamente al de 1903. Otra vez el imperialismo abiertamente, imponiendo su moneda, su idioma, sus consumos, sus modas, su fuerza bruta, su racismo, sus modelos y temas de pensamiento. Si miramos con más cuidado, sin embargo, hay diferencias que pudieran tener un peso enorme. El imperialismo actual ya no tiene un proyecto de civilización ni hace promesas de progreso, ya produjo el nazismo y hace peligrar el planeta, ha dejado de proveer lugares de trabajo y explotación para una gran parte de la población mundial, depende demasiado de la especulación financiera y de las formas de asalto o estafa vinculadas a ella, ya tuvo al fin la democracia y la desgastó en medio siglo. Y frente al dominio capitalista, el XX ha sido un siglo de cultura de autoidentificaciones, protestas y rebeldías de los pueblos, las clases, las etnias, el género, de triunfos de revoluciones sociales y entidades nacionales, de bancarrota del colonialismo, de prácticas e ideales que han involucrado a cientos de millones de personas y han dejado profundas huellas de experiencias y esperanzas. Una gran parte de la gente del globo vive marginada, mil millones son analfabetos, pero la mayoría lo sabe, y no quiere serlo —aunque no sepa cómo superarlo, y aun si cree que no es posible hacerlo—; y en la vida pública, nadie se atreve a sostener que ese es el orden natural. Si a la "bella época" de hace un siglo le esperaba la Primera Guerra Mundial y la Revolución bolchevique, ¿qué puede esperarle a esta que ningún vocero osa considerar hermosa o admirable? Pero no parece cercana la hora de grandes rebeldías, ni de exigencia eficaz de cambios trascendentes. La última fase del siglo pasado fue de centralización extrema del capital, conservatización de la política y control totalitario de la información y la formación de opinión pública. Ese triple éxito se acompañó con el desastre final de los regímenes de Europa oriental, la derrota moral y desprestigio del socialismo, el gran retroceso de las luchas y presiones de las clases oprimidas, el fin de la bipolaridad y el franco predominio y pretensión imperial de los Estados Unidos. No repetiré aquí lo que he expuesto acerca de esos temas, y de la utilización de la guerra cultural imperialista como instrumento de control antisubversivo y de afirmación de hegemonía. La falta de confianza en sí mismos y de proyecto que padecen los oprimidos y de sus representantes, la debilidad general de sus opositores, es un elemento clave para la supervivencia del sistema. La pequeña Cuba muestra al mundo de modo escandaloso la verdad de este aserto: su régimen y su manera de vivir existen a contrapelo de la corriente dominante en el mundo, y hasta de su sentido común.[8] Pero nuestro país está envuelto también en la formidable guerra cultural, que aquí enfrenta los valores del capitalismo a los de la solidaridad socialista, e implica una acumulación social en ambos campos que solo mostrará sus resultados decisivos a mediano o largo plazo. Las contradicciones internas que involucraban a Mella y la Revolución del 30 hace cuatro décadas ya no existen. Pero hoy las fuerzas espirituales de Cuba son convocadas o movilizadas en relaciones —que pueden ser o no conscientes— con esa lucha de valores y esa acumulación social. Volver entonces a Mella en su centenario, y no solo para honrarlo sino para proponerse conocerlo y estudiarlo, es una necesidad de la pugna cultural. Porque Julio Antonio es como un gozne, un lugar de encuentro entre la gesta y las ideologías que hicieron la nación cubana, por una parte, y la plasmación de las luchas y ansias de justicia social en un nuevo ideal y proyecto, el socialismo, por la otra. Y puede serlo porque participa realmente de ambas, es legítimo en uno y otro terreno, y en la unión que emprende de ellos. Esa combinación es la clave del éxito para la política revolucionaria cubana desde los tiempos de Mella hasta hoy. En la riqueza de su vida y sus escritos nos asomamos a una de las fuentes de esa fusión imprescindible. Es muy difícil, sin embargo, hacer realidad ese propósito a escala muy amplia en la sociedad cubana. Vivimos una ausencia de fundamentos intelectuales en lo tocante a las contraposiciones esenciales, una puesta en suspenso de los juicios relativos a ellas. Es muy sano partir siempre de las circunstancias reales, sobre todo si se quiere ir lejos. Por esto recuperar el pensamiento y la vida de Mella, divulgarlo, estudiarlo, debatirlo incluso, puede ser una parte valiosa de nuestro trabajo, porque es una materia nuestra sobre nuestros problemas y una visión del mundo desde aquí, que posee nexos emotivos y textos atractivos, un camino para ir hacia la recuperación de la memoria de los empeños, las ideas y los sueños que hicieron a Cuba y la llevaron a su proceso de liberaciones, que es una vía indispensable para ser capaz de pensar el futuro —y sobre todo, de creer en él— y elaborar proyectos mucho más ambiciosos que los que la realidad parece tolerar, que serán por cierto los únicos viables. Eso hizo Julio Antonio Mella. Es un accidente venturoso, y un símbolo, que su aniversario esté a medio camino entre los del 28 de enero y el 26 de julio. 1966, 2003
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