LOS NADIE DEL PARAÍSO

Después de más de una semana de guerra, la invasión a Iraq no ha resultado ni tan pequeña ni espléndida como se esperaba y las noticias de las primeras víctimas norteamericanas, en forma de bandera, ya han empezado a llegar a casa.

No solo sufre el pueblo iraquí —sobre todo los niños, las mujeres y los ancianos— a quienes la guerra les ha cobrado, sin contar las bajas de los últimos bombardeos, más de 350 muertos y 4 000 heridos, también lloran las familias estadounidenses.

Hasta ahora, según los nada confiables datos oficiales del Pentágono son 50 los soldados caídos en combate, otros han sido hechos prisioneros y a más de una docena se les da por desaparecidos. Por supuesto, ninguno de ellos desciende de la plutocracia imperialista que representan los llamados halcones de la Casa Blanca. Son los hijos del pueblo, los nadie del paraíso, para quienes el ejército resulta una alternativa de progreso.

La mitad de los combatientes norteamericanos en Iraq son de origen latino: un 40 por ciento en la marina y un 50 por ciento en las tropas terrestres. No es de extrañar entonces que la primera víctima de la contienda haya sido un guatemalteco.

José Antonio Gutiérrez, quien fue muerto hace más de una semana en los combates de la ciudad de Umm Qasr, en el sur de Iraq, fue un niño de la calle en la Ciudad de Guatemala, otra nación arrasada por una guerra sucia organizada por Estados Unidos.

Al igual que los 50 mil niños que viajan solos cada año desde Centroamérica a Estados Unidos en busca del futuro que se les niega en sus propios países, llegó a norteamérica en 1997 donde, tras ser detenido por el Servicio de Inmigración y Naturalización, se le concedió asilo.

Su historia probablemente sea la de muchos soldados que se juegan ahora “el sueño americano” en las arenas del desierto. Quizás ninguno de ellos tenga muy claras las razones de su sacrificio.
 

LA JIRIBILLA. 2003