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Estropicios y reveses
LA GUERRA SE LE FRUSTRA A BUSH
Lisandro Otero|
México
Dicen los chinos que una imagen vale por mil palabras.
Ningún comentario editorial, artículo o análisis puede
expresar mejor la situación de la guerra contra Iraq que
la foto de la agencia Reuters que muestra a George Bush
saliendo del Pentágono tras una reunión con los altos
jefes militares. Evidentemente las noticias fueron tan
adversas que el Presidente salió de la junta cabizbajo,
pensativo, con una mueca de disgusto, sumido en su
pesadumbre, alicaído y desalentado, con una
incuestionable depresión en puertas. Y es que la guerra
no está saliendo como pretendían: el desfile triunfal
por el desierto al son de himnos marciales y con paso de
atletas en competencia gloriosa. Nada de eso ha
ocurrido. Pese a los muchos engaños y falsedades que han
esparcido mediante la guerra psicológica, como también
dicen los chinos la verdad ha sido la primera víctima de
una guerra.
En un
inicio la estrategia estadounidense fue la de lanzar un
ataque rápido a Bagdad para descabezar el gobierno
iraquí. Por ello su primera descarga de bombas destinada
a asesinar a Saddam terminó en un fracaso clamoroso. No
solamente no lograron eliminar al mandatario iraquí,
sino que aún no han logrado saber desde dónde dirige la
resistencia de su pueblo.
Después
se lanzaron al ataque de Basora, Nasiriya, Najaf y el
puerto de Um Qsar. Todas estas localidades las dieron
por ocupadas y después los cables revelan que nunca han
tenido, ni tienen, el control total de ellas y que se
sigue combatiendo ferozmente dentro de los perímetros
urbanos. Incluso, inventaron una rebelión en Basora que
después, evaluaciones más cautelosas, se han encargado
de impugnar. El ejército estadounidense ha declarado su
estupor ante la resistencia encarnizada de los fedayines,
las milicias paramilitares afectas a Saddam, que
protegen a costa de su sangre cada centímetro de su
patria. Las tácticas de la resistencia urbana incluyen
arsenales ocultos, combatientes en vestimenta civil,
aparentes rendiciones que se convierten en emboscadas,
asistencia resuelta de la población a los combatientes
iraquíes.
Ahora
parece que Alá se ha puesto del lado de Saddam (y del
Papa Juan Pablo II) y ha desatado una verdadera tormenta
en el desierto que ha cegado a los invasores,
neutralizado su supremacía aérea y paralizado sus
escuadras de tanques en medio de los arenales iracundos.
Mientras tanto las largas líneas de avituallamiento
deben pasar por zonas encrespadas donde la resistencia
no cede y la repulsa armada es cada vez mayor. Por ello
Estados Unidos ha cambiado su estrategia y ha pospuesto
el ataque contra Bagdad para dedicarse a combatir en las
numerosas ciudades insurrectas. ¿Será que Bush se ha
topado con un nuevo Vietnam?
La
opinión pública en Estados Unidos comienza a tornase
contra Bush y las encuestas ya no revelan el abrumador
respaldo que recibía el demente de la Casa Blanca en las
primeras horas del combate. La situación de la economía,
según lo evalúa The Economist, también se revela
adversa con la caída de los precios de las acciones y la
desaceleración de las Bolsas de Valores, la depreciación
en aumento del dólar, la subida del precio del petróleo,
el incremento del desempleo estadounidense, el
crecimiento de la recesión japonesa y la intensificación
desastrosa de la crisis de las compañías aéreas. De
profundizarse este panorama sombrío es seguro que Bush
no será reelegido.
Para
colmo de reveses ahora un nutrido grupo de generales
retirados ha impugnado el planeamiento de esta invasión
argumentando que ha sido mal concebido y peor ejecutado.
En un primer momento Collin Powell favoreció la
acumulación masiva de fuerzas para la invasión y un
ataque intensivo basado en el predominio numérico, tesis
a la que se opuso Rumsfeld a favor de la superioridad
aérea, la movilidad táctica y el descabezamiento rápido
con el ataque a Bagdad. Si la guerra, como todo parece
indicar, se extiende por un largo período, las fuerzas
norteamericanas sentirán la desventaja de su
insuficiencia.
Parecería que Bush ha hallado su Waterloo, el final de
su larga cadena de estupideces y pillerías en beneficio
de las petroleras.
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