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ALFREDO GUEVARA, PREMIO NACIONAL DE CINE*
Entre los grandes méritos de Alfredo están haber
contribuido vivamente a acercar las cinematografías de
nuestra América, y hacer nacer el Festival Internacional
del Nuevo Cine Latinoamericano, que dentro de unos meses
cumplirá su primer cuarto de siglo de existencia. Bien
sé que se trató de empresas colectivas, pero nadie podrá
discutirle a Alfredo lo que han significado su empuje,
su coraje, su cultura a fin de hacer realidad tan magnos
proyectos.
Roberto Fernández Retamar
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La
Habana
Hace pocos días, estando en París, recibí la invitación
para decir estas palabras con motivo de otorgarse por
vez primera en Cuba el Premio Nacional de Cine, que con
toda justicia ha recaído en el compañero Alfredo
Guevara.
Debo decir también que el otorgamiento no produce
sorpresa. Como Afirmara Mario Benedetti, "Alfredo
Guevara es merecidamente considerado como el nombre
fundacional del nuevo cine cubano." Si alguna sorpresa
hay en esta cuestión, estriba en que haya sido yo el
escogido para leer este texto, que escribo a toda prisa.
Pues de sobra se sabe que no soy ni he sido crítico de
cine, aunque sí su veedor impenitente y el compañero
cercano de no pocos de sus mejores practicantes sobre
todo en Cuba. De haberse querido un crítico, y se me
hubiera pedido opinión sobre el punto, sin vacilación
habría sugerido al autor de La edad de la herejía, el
joven y brillante Juan Antonio García Borrero, quien ha
hecho de su Camagüey natal un foco de aguda meditación
sobre el séptimo arte. Pero como algo debe querer decir
el que se me haya honrado con la solicitud, la he
recibido pensando que son harto conocidas mi antigua
relación con Alfredo y la admiración que sus faenas me
han producido y he explicitado en varias ocasiones. El
plural referido a sus faenas no es ocioso. No supe
inicialmente de él como cineasta, pues no lo era
entonces.
Y, dado el carácter personal de lo que vengo diciendo,
insistiré en el hecho.
Raras veces se puede datar con tanta precisión el
momento en que por vez primera uno supo de quién iba a
ser su amigo como me ocurrió en el caso de Alfredo. Una
confusión de vocaciones me había hecho matricular en la
Universidad de La Habana, en 1947, en vez de Filosofía y
Letras, como debía, Arquitectura. Pronto supe que había
incurrido en un error, y quizá la ansiedad que ello me
produjo ayudó a que contrajera una neumonía gracias a la
cual fui a parar al hospital.
Devoto como ya era de Rubén Martínez Villena, llegué a
pensar que, siguiendo el desarrollo de su enfermedad, mi
vida se truncaría recién cumplidos mis diecisiete años,
sin haber podido hacer nada de lo que soñaba. ¿Qué iba a
ser de mi carrera, de mí?
Entonces, escuché por radio la transmisión del acto que
la Federación Estudiantil Universitaria había organizado
el 27 de noviembre de aquel año, en memoria de los
estudiantes de Medicina. Entre los oradores, uno atrajo
poderosamente mi atención. Era el secretario de la FEU,
Alfredo Guevara, alumno de Filosofía y Letras. Su
discurso me decidió a abandonar la carrera que había
matriculado equivocadamente (aunque, al igual que la
pintura, me dejaría en el corazón lo que en inglés
llaman una vieja llama), y hacerlo al año siguiente en
la carrera que estudiaba aquel joven líder. De tal
manera entró Alfredo en mi vida, cuando aún no lo había
encontrado personalmente. Por supuesto, yo ignoraba,
entre tantas cosas, que dos años antes había ingresado
en la Universidad de La Habana otro joven que fascinó a
Alfredo desde el primer momento, e influiría tanto en su
vida que cuando en 1994 recibió el Doctorado Honoris
Causa que le otorgó el Instituto Superior de Arte, el
rebelde Alfredo le comunicó: "Un día te dije y quiero en
ocasión como esta repetirte, querido, respetado Fidel,
que soy quien soy porque eres quien eres; sin ti, sin tu
dimensión, sin tu presencia, sería otro."
En 1948 matriculé al fin Filosofía y Letras, y fui de
inmediato a ver a Alfredo para ofrecerme a colaborar con
él en algunos de los comités que entonces auspiciaba la
FEU: Por la independencia de Puerto Rico, Por la
República Española (lo que me hizo conocer la cárcel),
Contra la discriminación racial... Participé también en
el Comité 30 de septiembre, que encabezaba Bilito
Castellanos (defensor más tarde, ya abogado, de los
asaltantes al Moncada), y en el que además de Fidel y
Alfredo estaban Tomás Gutiérrez Alea, Lisandro Otero y
muchos integrantes más de aquella generación emergente.
Pero el año 1948 estuvo marcado sobre todo por la
presencia de Fidel y Alfredo en el Bogotazo (ya Fidel
había participado, en 1947, en la aventura de Cayo
Confites, con la finalidad de derrocar al tirano
Trujillo). Es difícil transmitir aquel ambiente. Y no
menos difícil hacer comprender la llamarada que era, en
aquella Universidad, Alfredo Guevara, de cuyo magro
cuerpo salía una voz tronante y un valor a toda prueba,
como lo demostraba al denunciar frente a frente a los
gángsteres que entonces asolaban aún las aulas de
nuestra casa de estudios. Dentro de unas horas
celebraremos el centenario del nacimiento de Julio
Antonio Mella. Para mí, y para otros y otras, Alfredo
era como nuestro Mella. No por gusto en la portada de su
folleto Nuestra Universidad, publicado en 1949, aparecen
estas palabras de Mella: "La Universidad, fragua de
verdaderos ciudadanos, solo podrá ser reformada por la
juventud heroica y rebelde". El viento poderoso de la
Reforma brotada en Córdoba, Argentina, en 1918, en cuya
estela se formó Mella, soplaba todavía con fuerza. Lo
hacía en Alfredo. Y lo hacía, de modo superior, en
Fidel. Por eso, al cumplirse cincuenta años de su
ingreso en la Universidad, Fidel reconoció, en generoso
discurso, lo que ella le había significado. Una de las
felicidades de nuestra historia fue el haberse
encontrado y compenetrado, en esos días difíciles y
ardientes, Fidel y Alfredo. No fue extraño, en
consecuencia, que, al acercarse Fidel a La Habana en los
primeros, estremecedores días de enero de 1959, coronada
la hazaña de la Sierra y el Llano, pidiera a Alfredo que
participara en aquellas memorables reuniones de Tarará
en las que se perfiló lo que iba a ser la nueva Cuba.
Por cierto, que gracias a esas reuniones se conocieron,
y también se identificaron, Alfredo y el Che.
Junto a sus tareas políticas revolucionarias (que
implicaron para él persecuciones, cárcel y exilio),
Alfredo se había ido acercando al cine, en
Cuba y en México, como ha contado. También ha
contado (sobre todo en su libro Revolución es lucidez)
cómo estuvo dispuesto a sacrificar esa vocación suya en
aras de las exigencias de la Revolución naciente. Pero
al fin, dijo, Fidel le dio "luz verde", y acometió la
tarea de fundar el Instituto Cubano del Arte e Industria
Cinematográficos, tras aquel decreto inolvidable de
marzo de 1959, el primero de carácter cultural de la
Revolución, encabezado por la expresión "Por cuanto el
cine es un arte". Para aquella fundación, Alfredo contó
con compañeros excepcionales a los que había estado
unido sobre todo en la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo.
Nombrarlos a todos es desde luego imposible. Pero no me
es dable dejar de mencionar al menos, entre los
desaparecidos, a tres de ellos, a quienes, por
añadidura, me unieron desde antes
de 1959 profundos lazos de afecto: Tomás Gutiérrez Alea,
Santiago Álvarez y Saúl Yelín.
Si solo hubiera hecho nacer, de modo orgánico, la nueva
cinematografía del país, y auspiciado las de otros, la
tarea del ICAIC sería ya formidable.
Pero, además, bajo la conducción dinámica, imaginativa y
valiente de Alfredo, participó en polémicas iluminadoras
en las que se defendió el arte y más, renovó la
cartelística del país, vertebró y enriqueció, gracias al
Grupo de Experimentación Sonora, la música de los
jóvenes, atrajo a numerosos escritores, artistas y
pensadores, demostró que la lealtad a los principios
revolucionarios y la audacia, el rigor y la belleza
pueden y deben estar enlazados.
Entre los grandes méritos de Alfredo están haber
contribuido vivamente a acercar
las cinematografías de nuestra América, y hacer nacer el
Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano,
que dentro de unos meses cumplirá su primer cuarto de
siglo de existencia. Bien sé que se trató de empresas
colectivas, pero nadie podrá discutirle a Alfredo lo que
han significado su empuje, su coraje, su cultura a fin
de hacer realidad tan magnos proyectos.
Esas características suyas lo han acompañado siempre,
desde sus Fértiles años universitarios que recuerdo con
tanta admiración y gratitud. Por ejemplo, cuando dejó de
estar temporalmente al frente del ICAIC y fue nombrado
Embajador de Cuba ante la UNESCO, hizo de su nueva
responsabilidad un baluarte de lucha y creación.
Recuerdo haber sido invitado por él a París en momentos
de tensión como los que tan frecuentemente ha vivido
nuestro país. Y también a las jornadas Cuba en Venecia,
con motivo de las cuales reunió a un vasto conglomerado
de artistas y estudiosos que dejaron una fuerte
impresión en la bella ciudad italiana.
En el momento de recibir este Premio que corona su vida,
Alfredo se halla al frente de los Festivales
Internacionales del Nuevo Cine Latinoamericano, que
fueron su hechura y llevarán siempre su impronta. Desde
ese frente, prosigue, desafiante, fundando, inventando.
Alfredo ha sabido conjugar la defensa de nuestros más
genuinos valores del pasado con el estímulo a los nuevos
que van apareciendo. Entre los primeros, recuérdese su
admiración desde luego por Martí, pero también por el
Padre Varela, Del Monte, Saco, Mella, Martínez Villena,
Pablo de la Torriente, Nicolás, Alejo, Lezama, Carlos
Rafael, Lam, Portocarrero, Cabrera Moreno, Raúl
Martínez, Alicia, Titón, Santiago, Benny, Leo; y entre
los segundos, los integrantes de la Nueva Trova o
jóvenes escritores, artistas plásticos y directores de
cine. Fuera de nuestras fronteras, nos dejó otros
ejemplos en sus libros recientes, donde dio a conocer
sus cálidas relaciones con Zavattini y Glauber Rocha.
Ahora que voy llegando al final, y después de haber
hecho tantos elogios, merecidos, de Alfredo, no quiero
ni de lejos parecer que lo estoy convirtiendo en
estatua, cosa que sé que a él le produciría horror.
Recuerdo, en cambio, lo que alguien que ambos admiramos
mucho, Pablo de la Torriente, en su intenso artículo
laudatorio "Hombres de la revolución", dijo de uno de
ellos, a cuya estirpe pertenece Alfredo: "Fue un hombre
de las avalanchas. Fue un turbión. Fue un hombre de la
revolución. No tuvo nada de
perfecto."
Notas:
* Leído en el cine Charles Chaplin, de
La Habana, el 24 de marzo del 2003, al entregarse el
Premio Nacional de Cine a Alfredo Guevara.
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