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Conversación con Alfredo Guevara
ANDANDO SE QUITA EL FRÍO
Recibe el Presidente del Festival Internacional del
Nuevo Cine Latinoamericano el Premio Nacional de Cine.
“El cine cubano no es obra mía, es resultado de los
creadores que han marcado su existencia y en ella
momentos de inmenso valor.” “Los artistas, los
creadores, tendrán decires proféticos, esperanzadores,
alucinantes, reveladores...”
Hilario
Rosete Silva y Julio César Guanche|
La
Habana
Hacia las once de la mañana, cuando la nubosidad
comenzaba a incrementarse, llegamos a las oficinas del
Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano.
La temperatura en la calle coqueteaba con los 30 grados,
pero en el despacho de su Presidente marcaba unos diez
puntos menos. Horas atrás, Alfredo Guevara, otrora
presidente del Instituto Cubano del Arte e Industria
Cinematográficos (ICAIC), había anunciado las líneas
temáticas de la próxima edición del evento. Sin embargo,
no para abundar en ellas veníamos a verlo. Queríamos
entrevistar al Alfredo entendido en cine, pero también
al
hombre, al
revolucionario, al intelectual versado en
temas de cultura cubana. Pensamos que iba a ser así,
pero erramos el tiro. Alfredo prefiere responder él, por
escrito, los cuestionarios de las entrevistas. Según nos
dijo, cuida su estilo y preserva de reinterpretaciones a
la historia de la cual se sabe partícipe. Nos recibiría,
claro está, para conversar, y luego nos enviaría las
respuestas. Así entramos a su “oficina-freeze”, le
extendimos la lista de preguntas y permanecimos
expectantes. Habíamos sido puntuales, estábamos
informados sobre su vida y obra, pero su
petición-advertencia nos mantenía cohibidos. No sabíamos
qué hacer, si tomar notas, si encender la grabadora...,
cualquier acción podría intimidar, limitar o incomodar
al autor de Revolución es lucidez. Mientras su
mirada repasaba el “pliego de demandas”, la nuestra
detallaba el despacho. Tres mesas breves, con tablas de
mármol y patas de madera preciosa. Tres lámparas
eléctricas, con pies dorados y pantallas verde-limón.
Tres sillas, todas diferentes. Tres pedestales con
réplicas pequeñas de un cinematógrafo, un David y un
vaso de cristal. Tres cuadros: un juguete de Ángel
Acosta; un interior de Amelia Peláez; y un Martí de
Cabrera Moreno. ¿Algo más? Sí. Una pesada vulva de
mujer, tallada en piedra, abierta de “clítoris en par”,
armarios, gaveteros, teléfonos, papeles y una potente
máquina de aire acondicionado metiendo ¡mucho frío!
Al
final, insistencia y benevolencia de una y otra parte,
Alfredo nos permitió grabar las reflexiones que le
provocaban la primera lectura de nuestras preguntas.
Tiempo después, para el aniversario 80 de la revista
Alma Mater,
el Presidente del Festival consideró nuestra
“interpretación de los hechos” y en 24 horas consintió
en que publicáramos una síntesis de aquella conversación
(Un hombre de cine y de guerra)
que así apareció publicada en la revista universitaria. Hoy, con motivo
de la entrega del Premio Nacional de Cine a este
destacado intelectual revolucionario cubano, La
Jiribilla publica, por primera vez íntegramente, el
fruto de aquel encuentro.
–La pregunta sobre una definición del filme El
brigadista, vertida por él años atrás, le hizo
evocar su réplicAl primero
a a otra interrogante. Esta se la
formuló Ariel Felipe Wood, su asesor en la presidencia
del Festival, al entrevistarlo para Cine Cubano tanto a
él (a Alfredo), como a Omar González, en ese orden,
directores saliente y entrante del ICAIC. “Con palabras
de sabio —le recordaba Ariel Felipe a Alfredo Guevara—
Omar ha dicho que no pretende ocupar su lugar, sino
continuar su obra, la obra de todos los que trabajamos
para el cine cubano. Supongo que hayan conversado
suficiente.” Ahora Alfredo Guevara comparte con
La Jiribilla
la respuesta. Se vale de una versión impresa
por computadora, con enmiendas manuscritas en tinta, de
su puño y letra, a ratos indescifrables para él mismo,
para su secretaria y para nosotros.
–Eso dice Omar —lee Alfredo—. Lo comprendo. Agradezco su
inmensa, inagotada gentileza. Gentileza probada en estos
meses que, por de transición, serán los más difíciles.
El cine cubano no es obra mía. Es resultado de los
creadores que han marcado su existencia y en ella
momentos de inmenso valor. Unas veces por útiles, otras,
por definitivos. Lo que ha sido útil, aun perecedero en
otras circunstancias, acaso nuevas y distintas o más
complejas, y para generaciones intelectualmente mejores
formadas e informadas, merece, creo, de todo modo, el
mayor respeto. La obra excelsa, Titón, Humberto Solás,
Santiago Álvarez, Manuel Octavio Gómez, y los que acaso
alcancen ese rango, por igual razón respeto merecen.
Obra y personas son ya parte de nuestro patrimonio
espiritual, de la cultura cubana que es la patria,
testimonio de identidad. La basura-basura, basura se
queda, aunque hay por ahí basura global con intérpretes
de tanta calidad, que aún si en la basura... ¿? la harán
durar. Esa es la obra. Útil, maravillosa o torpe. No de
alguien, de todos. De los creadores.
Quiero decir —dice Alfredo apartándose de la lectura—,
que divido las obras de arte en útiles y en definitivas.
Pero respeto la obra útil. En su circunstancia. Ahora,
cuando pasa el tiempo y el espectador es más maduro, la
obra útil es pieza de arqueología.
Todo será distinto —continúa la transferencia desde el
original de Cine Cubano para
La Jiribilla—, porque siempre
es distinto todo. Por fortuna, y pese a las gentilezas
de Omar, todo irá cambiando, porque los artistas, los
creadores, sería muy triste que así no fuera, tendrán
decires inesperados, retadores, proféticos,
esperanzadores, alucinantes, reveladores... Si
rutinarios, complacientes o de oportunidad, sería el
desastre. No será así. No obstante, conviene subrayar
que la Asociación Nacional de Mediocres y su sección
Oportunistas, la más peligrosa, está alerta y
accionando. La mediocridad es una condición
involuntaria. El oportunismo es una acción calculada. Su
combinación, una maldición. Satán los dirige y suelen
tener éxito. Estaban exhaustos y a la defensiva, aunque
de cuando en vez y de vez en cuando, se sentían sus
estocadas. Estocadas sí, pero tan fétidas que no
lograban su objetivo. Omar, por favor, no continúes la
obra de todos que Ariel, el entrevistador, me echó
encima. Mejórala. Asegura que esta estructura, buena o
mala, y mejor si mejorada, sirva a los artistas, a los
creadores. Qué hacer entonces con los impostores, y son
tantos, eso es asunto tuyo, de Omar.”
–Y
vuelve Alfredo sobre la pregunta.
–El
brigadista,
“síntesis de un modelo y una aspiración para la
juventud”, es una obra útil, pero no es una obra de
arte. Son dos cosas distintas.
–Nuestro cuestionario le parece serio. Carece de
preguntas tontas como las clásicas: “¿Por qué usted usa
el saco por encima de los hombros, por qué nuca se le ve
en guayabera?” “Si me pongo una —ha dicho— y salgo a la
calle, pensaría que olvidé las maracas.” Alguien
aseguró: “Lleva el saco así porque tiene un defecto en
los hombros.” Es la manera con que el público se
desquita de ciertas fobias.
–El mismo caso de José Antonio González,
que fue director
del Centro de Información del ICAIC, hombre apuesto,
conductor de un programa de la televisión de gran
popularidad. Llegaron a decir que tenía un ojo de
vidrio.
–Más adelante se detiene en “cómo entender desde el
socialismo la cuestión del poder”. Y otra vez entronca
con una pregunta —y su respuesta— de la entrevista para
Cine Cubano.
-¿Qué consejo les puedo dar yo a los artistas? No creo
que mis consejos sirvan ya de mucho. El poder que se
ejerce, o que se ansía, o que se abandona, o que se
pierde, es fuente de espejismo que no me atañe. Es tan
frágil el poder. Deforma tanto a veces a sus
protagonistas que en realidad cuando esto se produce,
aquellos dejan de saber quiénes son. No es mi caso. No
solo porque desde mi voluntario apartamiento no tengan
mayor interés esos consejos que no serán dados, por
pudor, prudencia y pulcritud. También porque a los
artistas de cine en particular, los consejos suelen
aburrir, y a los artistas en general, no interesar. En
cambio,
confieso que ahora me digo, tanto, tanto y tantas veces,
que reflexiono con tan mayor serenidad en cuanto me
interesa, sin que me perturben guiones geniales,
absurdos o banales, o teóricos, engolados y ampulosos,
rimbombantes o plenos de equilibrada objetividad, que la
frase liberado cobra dimensión muy especial. Soy un
producto liberado. Es divertido el juego, y me encanta
gozar la clasificación de Angelopoulus, que,
refiriéndose al cine y a los cineastas, los divide en
artistas y hacedores de cine. En las organizaciones
socio-ceremoniales todos conviven. Qué alivio no tener
obligaciones de ese carácter. Nadie entendió, de entre
aquellos a los que estaba dirigido, el consejo que desde
el poder me atreví a dar y que hasta donde pude apliqué:
respetar al artista, expulsar al fariseo.
Recuerdo a Armando Hart —deja de leer y reflexiona en
alta voz—. Él decía “a mí no me avergüenza, yo quiero el
poder. El poder para hacer cosas”. Es una opinión
limpia. No se debe “satanizar” el poder. Solo debemos
cuidarnos de él cuando lo ejercemos. Hay un problema
ético muy serio, relacionado con la dependencia de
muchas personas de tus decisiones. Ha sido intensa mi
lucha en los últimos nueve años dentro del ICAIC para no
ser censor en circunstancias particulares. Debí
dedicarme a analizar un mismo guión, a veces cada quince
días, a lo largo de un año, siguiendo como regla no
cambiar nada hasta convencer al director. Se trata de
convencer, no de imponer. Todos los políticos debieran
tener una formación que les permitiera hacer política.
Hay una diferencia entre hacer política y dirigir. Sin
una formación integral, nadie debía tener derecho a
dirigir. Esta permite comprender la compleja realidad
circundante y cambiante, ante la cual es preciso tomar
nuevas decisiones.
–El uso del término “acaso” es una de las constantes en
la escritura —y el pensamiento— de Alfredo Guevara,
lee en nuestro cuestionario el autor de
No es fácil la herejía.
–La afirmación a rajatablas es un disparate
—
comenta
Alfredo. Yo creo en
dos cosas —es una convicción total—: en el matiz y en el
valor de la ambigüedad. La ambigüedad no es sinónimo de
indefinición. Cuando creamos haber obtenido todo de una
primera lectura, en realidad habremos alcanzado bien
poco, porque no daríamos lugar a una interrelación. En
algún lugar he puesto ejemplos de mi propia experiencia.
He leído varias obras de Thomas Mann y de Marguerite
Yourcenar, por citar solo dos autores, ni se sabe
cuántas veces. Y no es por disciplina, sino por deseo
propio. Cada seis o siete años las releo. Y siempre
descubro un matiz. Siempre es distinto. Porque igual yo
soy distinto. Antes de escribir un trabajo de alguna
envergadura, acostumbro leer a José Martí, aún
tratándose de textos que, porque me apasionan, haya
leído en múltiples ocasiones. Lo hago como para “entrar
en cancha”.
–A propósito, Alfredo Guevara, “sin ser católico”,
reconoce sentirse muy cercano a la forma en que otro
gran intelectual cubano, Cintio Vitier, aborda el
pensamiento y la personalidad de Martí. Entonces hace un
alto en la charla, y se para frente al cuadro del
Apóstol pintado por Cabrera Moreno. Colgado en la pared
del fondo de la oficina, le sirve de ángel guardián.
–En este lienzo, al cual adoro, nos muestra a un Martí
no habitual. Aquí afloran toda su belleza y nobleza
interiores. Y luego, está envuelto en tantos hálitos y
matices... Siento que es el retrato del Espíritu de
Martí. Es muy difícil fotografiar un alma, pero aquí
Servando lo consiguió: están pintadas el alma de José
Martí, su riqueza espiritual, y el coraje que necesitó
para ser bueno por encima de todo.
–Los caminos de la comunicación son un enigma. El
análisis conduce al tema de la herejía. Aunque pospone la respuesta amplia
para la entrevista, cuenta una vivencia de sus días en
París —en calidad de miembro del Consejo Ejecutivo de la
Organización de las Naciones Unidas para la Educación,
la Ciencia y la Cultura (UNESCO) en los años ochenta—
que sirve de anillo al dedo.
–Aunque
no me gustaba ser embajador, la estancia tenía su
contrapartida positiva: me daba la posibilidad de
“reciclarme”, de estudiar mucho, de escribir. Y descubrí
algo misterioso. Desde el punto de vista de la
información, llevaba una vida intelectual de rutina. Al
pararme frente a los estanquillos de revistas y
periódicos parisienses, pequeñas tiendas donde se ofrece
prácticamente de todo, siempre compraba lo mismo: Le
Monde, The Herald Tribune, Architectural Digest,
Connaissance des Arts y L’Object des Arts. La
diversidad inmensa me producía satisfacción, mas no
porque yo fuese su fiel consumidor. ¿Qué era entonces lo
que yo añoraba a causa de su falta en La Habana? ¡Que
existiera! Desde luego, esta ciudad (La Habana) está
recobrando la diversidad. Amén de no contar con el
transporte adecuado, ya recupera su carácter cosmopolita
en actividades y espectáculos. Aunque uno se ausente de
ellos, es un alivio saber de ese restablecimiento.
–La plática se adentra en el terreno del rescate de las
tradiciones en nuestra capital.
–En
un momento de escasez anterior al período especial,
llevamos a cabo una experiencia en varias tiendas de La
Habana. No había productos, y decidimos exponer ciertas
piezas de museo y obras de arte en las vidrieras de la
calle San Rafael, para lo cual reclamamos la
participación de los artistas en la reparación y
acondicionamiento. La gente, el pueblo, respondió.
Empezó a ir a ver las vitrinas de forma masiva. Yo no
recuerdo exactamente la fecha (se trata del proyecto
conocido como Bulevar de San Rafael, materializado a
finales de los años setenta).
–La mala memoria de Alfredo para las fechas fue
reconocida por él en una conferencia de prensa en el
Hotel Nacional de Cuba. El Presidente del Festival
recordó un capítulo de nuestra Historia y del centro
turístico: el combate con los oficiales del
ejército de Gerardo Machado amotinados allí (octubre de 1933). El hecho fue
enfrentado por Antonio Guiteras como Secretario de
Gobernación del gobierno provisional (septiembre de
1933-enero de 1934) sucesor de la Pentarquía (4-10 de
septiembre de 1933). Pero el
cuartelazo de Batista (enero de 1934)
traicionó
los sueños libertarios y cerró el aro de persecución
contra Guiteras: el luchador antimperialista fue
asesinado (mayo de 1935). Los redactores revivimos
una
posterior tirada de Alma Mater, aún en la época
prerrevolucionaria, en cuya portada aparecía una foto
del mártir, y un titular: “Este es el hombre (Batista)
que mató a Guiteras.” Entonces Alfredo, a su vez,
resucitó la trampa de la cual fue víctima.
–Sucedió
días antes del otro cuartelazo batistiano, el de marzo
del 52. Dos hermanas con sus respectivos novios me
invitaron a comer pollo frito en algún lugar de La
Habana. Salimos en el carro, y de buenas a primeras
estábamos en Kuquine, la finca de Batista. “Pero, ¿qué
es esto?”, les dije. “No te preocupes”, se apuraron en
tranquilizarme, “es cosa de una de nosotras, es un
momento, ni siquiera es preciso bajarse”. Mas pronto
desaparecieron todos, me quedé solo, y salió Batista
invitándome a sentarme con él en la terraza. “¿Qué va a
suceder aquí?”, pensé, “¿qué me va a pasar?” Y empezó a
hablar. Y yo, a observarlo. Su rostro tenía algo de
asiático, cierto aire de un raro mestizaje. “Es un
mayoral de Malasia”, murmuré para mis adentros. Comenzó
a sondearme. Opinó sobre lo que para él sería el futuro
de Cuba y dio a entender su regreso al poder. Yo me
animé a discutir un poco. Él me aseguró ser la única
persona con soluciones para la crisis económica y de
repente me propuso el liderazgo de la juventud en su
Partido de Acción Unitaria. (Ya en 1951 se decía que las
campañas del PAU estaban encaminadas a justificar un
golpe de Estado dirigido por Batista.) Entonces
sobrevino lo difícil. Sin saber cómo salirme de aquello,
respondí: “La vida a veces es injusta con los hombres.
Tal vez mis prejuicios con usted no sean justos. Pero
mientras yo no tenga claro cómo fue la muerte de Antonio
Guiteras, me sería imposible aceptar su propuesta.” Unos
minutos más, y como mismo apareció, desapareció. Se
presentaron mis amistades. Les recordé a todos sus
progenitores (con otras palabras), y nos fuimos de allí.
Tiempo después, Raquel del Valle, una bella joven que
había sido dirigente estudiantil en el Instituto de La
Habana, donde yo estudié, y cuya casa daba por el fondo
al campamento de Columbia, hoy Ciudad Libertad, me llamó
por teléfono: “¡Batista está entrando! ¡Avísale a quien
puedas!” Era el golpe de Estado.
–Los siguientes recuerdos sobre lo ocurrido ese día
fluyen cual guión cinematográfico.
–Al primero que avisé fue a Flavio (Bravo), el dirigente
de la Juventud Socialista, para que a su vez le avisara
a sus camaradas. Con la misma, vine para El Vedado, yo
estaba en el Cerro, y seguí avisándole a los compañeros
de la universidad. De ahí me fui para lo de Max Lesnik,
detrás del hotel Packard. ¿Cómo? ¿Qué vamos a hacer?
Según las primeras noticias (Rolando) Masferrer, en
postura antibatistiana, se había colado en la
universidad, el lugar natural que debimos originalmente
copar nosotros. Pasados unos días, me fueron a buscar a
mi casa y me metieron en la cárcel. Fui uno de los
primeros detenidos. ¿Cargos? Ninguno. Todos los
“agitadores” universitarios que pudieron localizar
fueron “recogidos”.
– ¿Y qué hay de las personas que sitúan el altoparlante
en la universidad cuando en las jornadas posteriores al
10 de marzo?
¿También ustedes estaban allí?
–Yo no, Max y otros compañeros, sí. Pero se opusieron a
mi entrada en la universidad por la presencia de
Masferrer. Yo me quedé en casa de Max, que era el
secretario general de la juventud ortodoxa. El problema
con Masferrer era grave. Ya en 1948 él había intentado
matar a Fidel, por eso decidimos esconderlo allí, en la
casa de Max, paradójicamente hasta ese instante Fidel
estuvo en el lugar más cercano al MSR (Movimiento
Socialista Revolucionario), la organización de Masferrer,
y después salió de Cuba, y luego nos encontramos en
Bogotá (Fidel y Alfredo son protagonistas de El bogotazo,
verdadera revolución popular ocurrida en abril de 1948,
en Bogotá, Colombia, a raíz del asesinato del
jurista y dirigente político Jorge Eliecer Gaitán). Por
aquellos años, en nuestra relación, Fidel era el
impetuoso y el de audacia infinita, y yo era el
moderado, siempre tratando de controlarlo. Fue una época
muy enredada. La pugna con Masferrer era antigua. Él
procedía del viejo Partido (Comunista). Junto a
(Joaquín) Ordoqui, era de la tropa de choque del
Partido. En el gran lío aquel (del Teatro Principal) de
la Comedia están involucrados los dos. Después del golpe
de Estado, cuando Masferrer se había pasado a Batista y
era ya un monstruo (Los tigres de Masferrer), siempre
debió haberlo sido, le infiltré un agente en su casa y
supe que en el aniversario de la Revolución de Octubre
se encerró con su grupo íntimo y cantaron La
internacional. ¡Estamos ante locos! No cualquiera estuvo
allí. Uno de ellos fue Chito Enríquez, tal vez vive aún,
hijo de una personalidad dominicana (Cotubanaba
Enríquez) del grupo de Juan Bosch. Chito y yo éramos
íntimos amigos. Nosotros estamos vivos de milagro,
bueno, y de milagro y por coraje en el caso de Fidel.
–Fue un momento complejo. Hubo gángsteres que murieron
en marzo del 52 enfrentados a Batista.
–Gángsteres de estos hubo muchos. Recuerdo que antes de
Batista, cuando lo de la campana de La Demajagua, Fidel
se fue para Manzanillo y yo debí quedarme en La Habana
consiguiendo armas. Contacté a varias personas. Masó,
descendiente de Bartolomé, me llevó a ver a Jesús
González Carta, El extraño. Al llegar al lugar
sentí un miedo intenso, y al mismo tiempo no sabía si
echarme a reír. Aquella simple casa, en altos, de la
calle San Lázaro, no solo era un cuartel. También tenía
un gran salón lleno de banderas, y ¡un trono! Y en el
trono estaba sentado González Carta, un gángster, uno de
los grandes asesinos de la época. ¡Qué locura! ¡Seguro
que era un psicópata!
–La Historia suele ser fascinante y descabellada al
unísono. Alguien ha señalado como una de las causas del
gangsterismo en la universidad, la frustración, la
desesperanza, el sentimiento de derrota con que vuelven
ciertos partícipes de la Guerra Civil Española, marcados
por la cultura de armas.
–No me atrevo a asegurarlo. A mí me tocó conocer a
“monstruos nativos”, no habían estado en la guerra de
España. ¡Nacieron monstruos! (Raúl) Roa hablaba de los
canallas orgánicos, de nacimiento, distintos de aquellos
que habían sido vapuleados y resentidos por la vida.
¡Cómo pondría Roa esas tribunas abiertas de hoy!
–Usted ha dicho que Raúl Roa estaba olvidado.
–Sí. Su figura merecería una atención interesada.
Afirmativa. Es “instrumentalizable” por la juventud.
Tiene
mucho
encanto.
Es un ser movilizativo, es la
Revolución con gracejo cubano. Les cuento una anécdota,
aunque nos vayamos del tema, vivida por mí. Llega Roa al
MINREX, como Ministro, y se reúne todo el personal de
dirección heredado (por el Gobierno Revolucionario). En
el pasado, en las cancillerías del mundo es así, los
jefes de direcciones tenían categoría de embajadores. Y
se aparecieron con sus bandas y atuendos. Y él,
entre otras cosas,
exclamó:
“Debo decir algo: aquí se ha acabado el protocolo y ha
llegado el protoculo.” Los más viejos se
miraron, se retiraron, y creo que se ahorró botarlos.
Debieron irse para sus casas a hacer las maletas y
largarse a Miami. A (Osvaldo) Dorticós lo volvía loco.
Dicen que en una conferencia de la OEA, probablemente en
Punta del Este (Uruguay), estaban juntos en un balcón.
Pasó un canciller. Roa le gritó alma mía y luego se
agachó. Dorticós, tan serio y tan encartonado, se quedó
solo dándole la cara al aludido. Eran cosas
así, como lo que hizo en Panamá. Después de decir
horrores y lanzar veinte acusaciones citó unas palabras
de la Biblia, bajó del podio, se detuvo, regresó y dijo
ante el micrófono: “¡Amén!” Era una persona
rodeada de una aureola muy particular.
–Se debe tener mucha seguridad en sí mismo para actuar
así. Y luego, una sólida formación. Deberíamos conocer
mejor a Roa, a Pablo de la Torriente y a Rubén
Martínez Villena. Hace un tiempo Fernando Martínez
Heredia publicó en La Gaceta de Cuba unas cartas,
hasta entonces inéditas, cruzadas entre Pablo y Roa,
que hablan mucho de sus caracteres, del desenfado con
que se trataban a sí mismos y abordaban los temas más
serios.
–Roa es capaz de tocar los temas más serios con su
proverbial picardía criolla. Le he estado pidiendo a
Raulito Roa (su hijo), el libro Historia de las
Doctrinas Sociales (1949) escrito por su padre, mi
ejemplar no sé por qué desapareció.
Esa
fue
la asignatura de Roa padre como profesor de la
Universidad de La Habana. La obra es extraordinaria. En
aquellos años el carácter autónomo de la universidad era
importante, decisivo en la cultura. Yo fui a estudiar
Ciencias Sociales gracias a él, pero terminé solo
Filosofía. Las clases de Roa eran un problema para los
demás profesores. Venía a oírlo toda la universidad.
Terminaba el turno y se quedaba en la escalera de la
Facultad de Derecho diciendo todo lo que le parecía.
–Si nuestro anfitrión no nos despide pudiéramos echar en
su oficina el resto del día, aún sin almuerzo. Por su
propio peso la charla declina, se distiende. Los
redactores se interesan por la estatuilla de David
colocada a la izquierda del Martí de Servando.
–Es una cortesía de Eusebio Leal. Se la trajeron unos
estudiantes italianos, de Florencia. Tengo un libro
donde, es muy interesante, aparecen las fotos de los
moldes de barro cocido, utilizados para el vaciado de la
famosa estatua de David, hallados en unas excavaciones.
Me he dedicado a observar el juego de piezas. Algo
maravilloso, lo más cercano al supuesto original
empleado por el artista.
–Y este cuadro de Acosta León (especie de
máquina-juguete, de pájaro depredador dotado de
ruedecillas), ¿lo conserva por algún motivo?
–No. Primero, me gusta; pero, además, fue el único que
no pudieron llevarse cuando me robaron, porque fue
pintado sobre la tabla. Los otros los desmontaron y los
tiraron por una ventana. Había alguien abajo
recogiéndolos.
–En algún lugar usted se ha referido a uno de los
cuadros eróticos de Servando Cabrera que colocó, como
provocación, detrás de su escritorio...
–Es un cuadro muy sensual, muy bello. En un momento iba
a ser la portada de un número de una revista. Pero
alguien tomó la decisión de quemarla, ya impresa, antes
de entrar en circulación. Servando vino a verme,
destruido por el incidente. Entonces le pedí el cuadro y
lo puse en mi despacho. En esa época visitaban
asiduamente mis oficinas Fidel, Raúl y otros compañeros.
Dejé que lo viera y lo celebrara todo el mundo. Y llamé
a la persona, no voy a decir el nombre, y le dije lo que
ustedes podrán suponer. Al final el autor me obsequió el
lienzo. Años después, de visita en mi casa, interesado
por el estado de los cuadros, por las particularidades
de cada pintor y por su técnica, reconociendo las telas
ya conocidas y preocupado por su seguridad, Fidel quiso
volver a ver precisamente esa pintura.
–El amigo inseparable de la conversación ha sido el
frío. Alfredo Guevara pone el aire acondicionado a todo
tren y se mantiene como si nada en mangas de camisa
mientras sus interlocutores tiritamos y corremos al baño
en más de una ocasión.
–Esta temperatura me hace sentir bien. Estando en París
rara vez usaba abrigos. Y en Praga paseaba por la calle
con unos cuantos grados bajo cero ligeramente arropado.
No por mucho tiempo, porque las orejas se le hielan a
cualquiera. Luego, yo que casi no bebo, en la zona de
Karlovy-Vary (en la actual República Checa), donde
alternadamente con Moscú (Rusia) se celebraba el
Festival de Cine, había un aperitivo, un licor de
hierbas, Becherovka, muy amargo, tomarse un
poco
y
salir al frío era... En La Habana lo descubrí en El
Tocororo. En España los gallegos tienen algo parecido,
el Orujo, también de hierbas. Lo hay dulce y amargo. No
sé si me gustan las hierbas. Me acordé por el tema del
frío. En Cuba no se puede pensar en esto. Hay que
esperar a los inviernos de verdad, y esos ocurren poco.
¿Ustedes prefieren el calor? Yo les advertí (cuando fijó
la cita). Debieron venir preparados. Bueno, voy a pedir
que bajen el aire, pero ¡un poquito nada más! La próxima
vez se abrigan mejor.
–Así quedamos, preparando los sobretodos y gorros de
frío para la próxima vez. Al salir a la calle el reloj
marca las tres de la tarde: nuestro primer diálogo con
Alfredo Guevara clasifica como “de larga duración”. El
cielo está nublado. Sopla una brisa fresca. A lo lejos,
la mar se ve tranquila. Bien pronto una tormenta
eléctrica azotará La Habana hasta el anochecer.
¿Pensará Alfredo Guevara que con la publicación de este
trabajo ya no tiene que contestarnos el cuestionario que
le entregamos aquel día?
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