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¿POR QUÉ JULIO ANTONIO? 1966-2003
Recuperar
el pensamiento y la vida de Mella, divulgarlo,
estudiarlo, debatirlo incluso, puede ser una parte
valiosa de nuestro trabajo, porque es una materia
nuestra sobre nuestros problemas y una visión del mundo
desde aquí, un camino para ir hacia la recuperación de
la memoria de los empeños, las ideas y los sueños que
hicieron a Cuba.
Eso hizo
Julio Antonio Mella. Es un accidente venturoso, y un
símbolo, que su aniversario esté a medio camino entre los del 28 de
enero y el 26 de julio.
Fernando
Martínez Heredia|
La
Habana
1.¿Por
qué Julio Antonio?
Juventud Rebelde
ha convocado a escritores noveles, bajo tres nombres
significativos. Mella, Pablo y Rubén son ejemplo de
unidad de pensamiento y acción revolucionarios. Sus
vidas refrendaron sus escritos, y la muerte en la lucha
los hizo ya para siempre jóvenes. Así, quizás sería
innecesaria la interrogante que encabeza estas líneas.
Pero hay más.
La sucesión cultural es un índice de la nacionalidad, y
no puede reducirse a invocar nombres que, siendo
formalmente nuestros, resultan casi desconocidos por su
obra. Al recordar a Mella, trataremos de exponer algunos
aspectos del problema.
Hay una continuidad ideológica, estrechamente vinculada
al desarrollo de cada sociedad, que es el suelo en que
fructifican y legitiman su vigencia las nuevas ideas y
teorías. La liberación de España, la explotación del
trabajo asalariado, la nueva colonización azucarera, la
dominación económico-política imperialista, modernizaron
a Cuba. Pero todo esto trajo también, a través de largas
luchas, el
"minorismo", la superación de la colonia
cultural, la Revista de Avance, el
antimperialismo, la Confederación Nacional Obrera de
Cuba, el Partido Comunista. Mella es representativo de
una época porque, viniendo de Varona, trasciende al
anhelo cientificista y al pesimismo de un ideal
truncado, para ofrecer una nueva visión cubana de la
realidad, asistida por el marxismo. Y su obra resiste
las épocas de reacción, el silenciamiento y el tiempo,
porque se ha integrado ya a las fuerzas nacionales, para
servir de punto de partida hacia metas más altas.
No es literario el mérito mayor de Julio Antonio Mella.
Pero sería disminuir su estatura ver en él solo al
campeón del civismo frente al corrompido protectorado,
al atleta de la huelga de hambre,
"bello e insolente,
como un héroe homérico", al forjador de rebeldías. Mella
fue revolucionario de un tiempo de sembrar, y cumplió su
tarea a plenitud. En mítines, conferencias, centros de
estudios para trabajadores, como publicista, señaló a la
dominación imperialista como el mal mayor, y a los
obreros su deber de encabezar el futuro.
Aunque se asomó al marxismo ya en medio de la lucha,
buscó en el estudio de la teoría el derrotero de la
actividad revolucionaria. Poco antes del Congreso
Antimperialista de Bruselas lamenta
"la falta de tiempo
para las cosas del pensamiento", ante el imperativo de
estudiar y situar a Martí como personalidad
revolucionaria. Considera necesario buscarse la raíz en
la continuidad revolucionaria de su pueblo, extraer las
experiencias de aquella lucha tremenda, calibrar las
tareas de la época en el análisis de los principios
martianos.
Un año antes de su muerte escribe un premonitorio ensayo
acerca del APRA.
"Los
comunistas ayudarán, han ayudado hasta ahora…, a los
movimientos nacionales de emancipación aunque tengan una
base burguesa democrática."
Y él está dispuesto a continuar sus palabras con la
acción, junto a los
"nacionalistas", partido de
oposición a la tiranía machadista. Mella entiende la
tesis leninista del frente único como un paso en la
lucha partidista hacia el socialismo, y critica las
tesis abstractas de los intelectuales que hacen juegos
de palabras con el marxismo. El divisionismo en el
movimiento antimperialista, el oportunismo político de
algunas declaraciones, el anticomunismo de su dirigente,
le obligan a denunciar al APRA como organización
confusionista, que
"según se intensifique la
clarificación de las fuerzas sociales, se convertirá más
y más en una organización reaccionaria", aunque reconoce
la honradez de los que
"son
carne revolucionaria de las cárceles."
Comentando el pensamiento revolucionario de Martí, nos
deja frases de absoluta vigencia:
"Internacionalismo
significa, en primer término, liberación nacional del
yugo extranjero imperialista y, conjuntamente,
solidaridad, unión estrecha con los oprimidos de las
demás naciones"
Y sin dejar ni un momento de luchar por Cuba, presta su
esfuerzo constante a la Liga Antimperialista y al
intento de lograr la unidad mundial antimperialista
—tarea insoslayable para los revolucionarios de hoy—,
participa como un miembro y dirigente en el Partido
Comunista mexicano y actúa en la solidaridad con la
gesta de Sandino.
Porque Mella está
"entre los más altos guiadores de su
tiempo cubano y americano", la Juventud lo tiene, con
Camilo, en su emblema. Conocer mejor sus escritos,
todavía insuficientemente divulgados, puede ayudarnos a
realizar mejor la difícil tarea de nuestro tiempo.
Concurrir a la herencia de Julio Antonio significa, en
el orden teórico, no solo recoger y divulgar su
pensamiento, sino trabajar en los problemas que él se
hubiera planteado si estuviera físicamente entre
nosotros. La complejidad de nuestra época, que es de
lucha a escala mundial entre los pueblos y el
imperialismo, y por la liberación nacional y el
socialismo en las naciones del
"Tercer Mundo", ofrece
innumerables campos a la teoría y la lucha ideológica.
La
"aplicación creadora del marxismo leninismo"
puede
convertirse en una frase para calificar los aciertos
prácticos de los revolucionarios. Pero no fue meramente
como propaganda que Marx vio la necesidad de que la
teoría encarnara en las masas. El leninismo es el
monumento mayor al espíritu creador del marxismo porque
no organizó los hechos sociales a la mayor gloria de los
principios, sino que utilizó estos como instrumental
científico para avanzar en la investigación de la época
imperialista, de los principios de la revolución y del
tránsito al comunismo.
Sin embargo, en cuarenta años la teoría no ha avanzado
mucho más allá. Entretanto, el mundo imperialista ha
cambiado, el campo socialista se ha desarrollado y
ampliado, e insurgen tres continentes que en tiempos de
Lenin apenas se desperezaban. Y en muchos casos la
teoría de la liberación nacional, de la revolución
socialista, de la etapa de tránsito al comunismo, marcha
a remolque de los acontecimientos, adornando victorias o
derrotas.
Podrían ser investigados problemas relacionados con la
bancarrota de una ideología correspondiente a nuestra
situación prerrevolucionaria, y con la pretensión de
sustituirla por un conjunto cultural cimentado por el
marxismo. La apreciación del fenómeno económico, el
régimen de propiedad, los estímulos materiales y morales
al trabajo, la necesidad de correlación en la
construcción del socialismo y el comunismo, tesis
esbozada por Fidel,
el proceso cultural en el campo y el desarrollo agrario,
la educación política del pueblo y los riesgos de
tergiversación del marxismo en su divulgación, la moral
sexual y familiar, son solo algunos temas.
Mella prometió escribir una obra que consideraba
necesaria,
"en una prisión, sobre el puente de un barco,
en el vagón de tercera de un ferrocarril, o en la cama
de un hospital…"
Hoy, cuando el poder revolucionario y
la orientación del partido hacen más viable la empresa,
el trabajo teórico tiene que llegar a ser un factor
importante en la revolución y la construcción de la
nueva sociedad. Sólo así se completará la posteridad de
Julio Antonio Mella.
2.
¿Por qué Mella en el 2003?
Media
vida después. En 1966 éramos muy jóvenes, la revolución
y yo. La sangre y la belleza, el trabajo y el baile,
andaban juntos. En medio de una revolución se crece
entre cataclismos y rupturas, los lenguajes y los actos
se llenan de creaciones, y todo es urgente. Ante cada
avance surgen nuevas necesidades, y una de ellas me
convirtió –como a otros— en profesor de filosofía
marxista. A través de otras prácticas ya había conocido
un poco las distancias y las complejas relaciones que
existían entre los hechos e ideales cubanos, por un
lado, y el saber constituido en nombre del socialismo
por el otro. Pero ahora los que formábamos el grupo al
que pertenecía –urgidos de formación a la vez que
abrumados de tareas, iniciadores de una actividad muy
deseada pero incipiente—nos encontramos de súbito en
medio de una diversidad de posiciones y criterios que
saltaba a veces en agudas divergencias. Nuestro mayor
acierto fue tomar como guía la ideología más radical,
tanto dentro del proceso –la impulsada por Fidel y el
Che— como en la acumulación cultural revolucionaria
cubana y en la tradición internacional de ideas de
liberación y anticapitalistas, y combinarla con el
estudio riguroso y el debate de toda expresión lograda
del pensamiento que lográbamos conocer.
De
manera paradójica, la Revolución del 30 nos era muy
cercana en el tiempo, pero la gran conmoción y los
cambios tan profundos de los sesenta parecían haberla
sacado de la escena. La cuestión se me hizo más extraña
cuando –con toda fuerza y razón—se produjo una gran
recuperación y exaltación de las revoluciones cubanas
del siglo XIX. ¿Por qué no sucedía lo mismo con la de
los años 30, si esta aportó avances gigantescos a la
cultura cubana? Esa revolución rechazó y dejó atrás el
régimen republicano surgido en 1902 y socializó en Cuba
la confianza en la capacidad de autogobierno, el
antimperialismo, ideas socialistas de la justicia
social, y exigencias de institucionalidad y política
democráticas, un Estado mediador entre las clases e
influyente en la economía y la vida social, y una
sociedad civil más organizada y fuerte. Hasta el
nacionalismo, cemento ideológico primordial del país,
fue renovado en sus contenidos y su significación. El
complejo orden elaborado en los lustros siguientes a
1935 tenía como función esencial dar cabida en marcos
legales y evolutivos a las visiones, necesidades y
movimientos que se produjeran, lo que llevaba implícito
el temor fundado a que una nueva revolución tomara a la
última como punto de partida y fuera mucho más allá,
contra la existencia misma del sistema capitalista
neocolonial.
Mientras
más tratábamos de comprender el decurso histórico de
nuestro país, más claro nos aparecía que la Revolución
del 30 proyectaba una sombra impresionante sobre la
sociedad cubana de los años 40-50, estaba en la raíz de
los proyectos revolucionarios de los años 50 y había
sido la impulsora de una parte de las potencialidades
sociales que el proceso puso en acto a partir de 1959.
Durante el largo intervalo, Mella y Guiteras siguieron
siendo inspiración para las rebeldías, y empate
generacional. Ahora la revolución levantaba aquellos
nombres, el Che hablaba en El Morrillo y la organización
política juvenil colocaba en su bandera a los dos
jóvenes, Mella y Camilo. Pero el conocimiento de los
hechos y del pensamiento de los líderes de aquella
revolución no formaba parte de la fiebre de saber y del
apoderamiento de la memoria que llenaban la vida de
estos días. Comenzamos a comprender que podía tratarse
de un tácito silencio, referido a un terreno
comprometido por su posteridad, y por el propio presente
de la revolución.
De
muchacho, la conmemoración insumisa del 10 de enero de
1953 me había llamado la atención sobre Mella, y un
tiempo después hice un compromiso muy personal con su
nombre. A mediados de los 60, una década de experiencias
y cada vez más lecturas me aclaraban algo que es lo
primero que quiero destacar: Julio Antonio Mella tuvo
que ser muy rebelde para lograr ser revolucionario. Iba
conociendo las formas de cooptación, incorporación,
abjuración, lenta degeneración, transmutación, que Mella
evitó, o a las que tuvo que enfrentarse. El niño con
algunos medios, pero sin legitimidad filial, el
jovencito que va aprendiendo que es bellísimo, bastardo,
fuerte y capaz como atleta, muy díscolo, brillante
intelectualmente, puede ofrecer a la posteridad los
primeros capítulos de la biografía de un deportista
destacado, un galán, un líder estudiantil que luego será
político exitoso, un charlatán o un triunfador burgués.
Con las armas que poseía se enfrentó a todo y a sí mismo
el joven Mella en aquel tiempo de gran descreimiento de
hace ochenta años. El ángel rebelde se unió a los
humildes que se organizaban, el fundador de la FEU se
hizo revolucionario.
Mas
también tuvo Mella que ser muy rebelde dentro del nuevo
mundo de la rebeldía al que se sumó, y en el movimiento
comunista cubano y latinoamericano que tanto ayudó a
fundar. Una de las incógnitas de la Revolución del 30
para los jóvenes revolucionarios de los años 60 que se
asomaban a la historia de nuestro movimiento era qué
había sucedido realmente entre Mella y su incipiente
partido a raíz de su heroica huelga de hambre. Lejos de
todo anticomunismo –éramos parte de una masa entusiasta
y decidida que creaba el socialismo en Cuba y trataba de
ser cada día más comunista—, queríamos conocer una
historia que no tenía por qué avergonzar a nadie. Y el
ser humano Mella se nos hacía más grande por su actitud
legítima de militante que no se alejó ni un milímetro de
su deber y su labor en medio de las polémicas más
agudas, y por la consecuencia con que fue comunista
hasta el fin de sus días. Mella salía vencedor frente a
la entonces famosa orden triple –tremenda y romántica-
de "Si avanzo sígueme…", y eso era lo importante para
los ideales, el arraigo y la fortaleza del comunismo
cubano.
A
inicios de 1966 —los días de la Tricontinental— ya
habíamos estudiado ese manifiesto comunista desde el
tercer mundo que es El socialismo y el hombre en Cuba,
y nos había conmovido a todos la carta del Che, en
octubre de aquel 1965, al fundarse el Partido Comunista
de Cuba. La construcción paralela del socialismo y el
comunismo era propuesta por Fidel en ese mismo acto,
mientras la revolución se profundizaba a sí misma en una
multitud de terrenos y acciones. Más socialismo era la
respuesta general a los problemas y los dilemas. El pan
de cada día eran la audacia y la herejía, el trabajo, la
entrega y las innovaciones, el antimperialismo y el
internacionalismo. Y Fidel postulaba.
"que al valor no
le falte inteligencia, y a la inteligencia no le falte
valor". Era necesario que los revolucionarios –y entre
ellos los dedicados al trabajo intelectual—
identificaran las posiciones y los problemas, y
aprendieran pronto a utilizar todos los instrumentos
posibles para enfrentar con acierto aquellas tareas tan
grandes, novedosas y difíciles.
Aquí
apareció otra cuestión que quiero enfatizar: Mella había
pensado la pelea en la que estaba inmerso, los caminos
de la revolución, la tradición revolucionaria cubana,
las experiencias existentes en su tiempo y los rasgos
del proyecto. En los textos suyos que conseguía, leía en
Julio Antonio problemas reales, ideas luminosas,
pensamiento revolucionario cubano, preguntas sin
respuestas, intrépidos combates a pluma, dominio de su
expresión. El líder revolucionario tenía también una
producción intelectual. Y yo constataba que ella era muy
poco conocida entre nosotros, y casi no se divulgaba.
Había que llamar la atención insistentemente sobre esa
realidad: el pensamiento de Mella era otra riqueza
nuestra que se debía rescatar y utilizar.
Una
posición ideológica precisa, y el propósito de
relacionar las actividades intelectuales y el deseo de
conocer de los jóvenes con la Revolución del 30, nos
llevaron a convocar aquel concurso de 1966 bajo la
advocación de Mella, Rubén y Pablo. Tres personas
comprometidas en un proyecto que nacía, El Caimán
Barbudo, asumimos presentar en escritos breves a
cada uno y lo que buscábamos con el concurso
correspondiente, intención que hacíamos expresa con los
títulos:
"¿Por qué Rubén?",
"¿Por qué Pablo?",
"¿Por qué
Julio Antonio?" Guillermo Rodríguez Rivera, Ricardo
Jorge Machado y yo fuimos los autores. Cuando escribí el
artículo, mi hijo Julio Antonio no caminaba aún.
Comenzaba un lustro decisivo, en el cual –entre tantas
tareas— muchas veces estuve ligado a trabajos y
publicaciones sobre la Revolución del 30, sus hechos,
ideas y protagonistas. En los años que vinieron después,
recreaba a Mella con mis íntimos y con amigos como Raúl
Roa, José Tabares o Enrique Pineda Barnet, o sentía una
gran satisfacción cuando al fin se publicó una muy
apreciable recopilación de escritos suyos en 1975.
Leía los textos que aparecían sobre aquellos eventos
históricos, de testimonio y —cada vez en mayor
proporción— de investigación. Volví luego, hasta hoy, al
estudio de la Revolución del 30. Ha estado todo este
tiempo conmigo, de un modo u otro, sobre todo en la
brega interminable de las ideas revolucionarias. Pero
también mirándome desde su foto de estudio, o subido a
una mesa de café, rugiendo como un león y enseñando la
zarpa, mientras un compañero hace de domador, risa feliz
en la pobreza del D.F. En la máquina de escribir en vez
de timón del automóvil, escribiendo con su nombre o con
seudónimo de crítico de arte, en los tugurios de mineros
en Jalisco, reuniendo campesinos cobrizos desconfiados
con razón, leyendo el orden del día de la reunión
comunista. Y Tina enseñoreándose de su año 28, siete
años mayor que él, militante comunista, fotógrafa y
rabiosamente bella. El mismo año 28 de la Asociación de
los Nuevos Emigrados Revolucionarios Cubanos, de la
Secretaría General y la crisis en el Partido Comunista
mexicano, la conspiración para ir a pelear a Cuba, la
Confederación Campesina, de escribir textos
diariamente... ¡Cuántas cosas caben en una vida!
Ante la
empresa de volver sobre aquella pregunta en el 2003,
entre tantos factores diferentes, me encuentro lo que
ahora conozco sobre Mella y su época. Sobre la
dedicación fundamental de su vida, la revolución en Cuba
y la lucha por la universalización del marxismo y el
socialismo en los años 20-30 del siglo
XX, he
seguido investigando, y en la última década he realizado
numerosas comunicaciones orales y he ido publicando
varios trabajos.
Mella me es mejor comprendido como un hombre de su
tiempo, a la vez que su grandeza se me hace más
evidente, ante sus actos e ideas, y ante sus
dificultades. Sobre estas últimas, hace años comprobé
que Amauta no publicó su ensayo
"¿Qué es el
APRA?" hasta el verano de 1930, año y medio
después de su asesinato. Y hace solo meses pude leer los
documentos de 1926-1927 referidos a su separación y
readmisión en el primer Partido Comunista cubano. Para
sacar mayor provecho a la experiencia histórica me
pregunto: ¿cómo pueden personas que están dentro del
campo revolucionario hacer cosas así? Y no me conformo
con juicios morales, que en el mejor caso son parciales.
Comparo
mis dos aproximaciones a Julio Antonio. Aquella
interrogante de 1966, escrita de un tirón, era analítica
y quería ser rigurosa, buscaba convertir en arma a
Mella, para una pelea de la razón revolucionaria contra
sus enemigos y sus demonios. Rompía lanzas contra el
sectarismo, el dogmatismo, la ignorancia, el reformismo
y el cientificismo, y abogaba por la investigación y el
debate militantes, por la pregunta, la creatividad y la
valentía intelectual, regidas por la honestidad y la
entrega irrestricta a la causa. Esta interrogante del
2002 es de otro modo. Se ha permitido desde el inicio la
primera persona, trae consigo las señales de un tercio
de siglo transcurrido, y quizás explora sobre todo las
dimensiones humanas. Pero el autor no viene de vuelta de
nada, ni está cansado del camino.
A
primera vista, el mundo de hoy se parece peligrosamente
al de 1903. Otra vez el imperialismo abiertamente,
imponiendo su moneda, su idioma, sus consumos, sus
modas, su fuerza bruta, su racismo, sus modelos y temas
de pensamiento. Si miramos con más cuidado, sin embargo,
hay diferencias que pudieran tener un peso enorme. El
imperialismo actual ya no tiene un proyecto de
civilización ni hace promesas de progreso, ya produjo el
nazismo y hace peligrar el planeta, ha dejado de proveer
lugares de trabajo y explotación para una gran parte de
la población mundial, depende demasiado de la
especulación financiera y de las formas de asalto o
estafa vinculadas a ella, ya tuvo al fin la democracia y
la desgastó en medio siglo. Y frente al dominio
capitalista, el
XX ha sido un siglo de cultura de
autoidentificaciones, protestas y rebeldías de los
pueblos, las clases, las etnias, el género, de triunfos
de revoluciones sociales y entidades nacionales, de
bancarrota del colonialismo, de prácticas e ideales que
han involucrado a cientos de millones de personas y han
dejado profundas huellas de experiencias y esperanzas.
Una gran parte de la gente del globo vive marginada, mil
millones son analfabetos, pero la mayoría lo sabe, y no
quiere serlo —aunque no sepa cómo superarlo, y aun si
cree que no es posible hacerlo—; y en la vida pública,
nadie se atreve a sostener que ese es el orden natural.
Si a la
"bella época" de hace un siglo le esperaba la
Primera Guerra Mundial y la Revolución bolchevique, ¿qué
puede esperarle a esta que ningún vocero osa considerar
hermosa o admirable?
Pero no
parece cercana la hora de grandes rebeldías, ni de
exigencia eficaz de cambios trascendentes. La última
fase del siglo pasado fue de centralización extrema del
capital, conservatización de la política y control
totalitario de la información y la formación de opinión
pública. Ese triple éxito se acompañó con el desastre
final de los regímenes de Europa oriental, la derrota
moral y desprestigio del socialismo, el gran retroceso
de las luchas y presiones de las clases oprimidas, el
fin de la bipolaridad y el franco predominio y
pretensión imperial de los Estados Unidos. No repetiré
aquí lo que he expuesto acerca de esos temas, y de la
utilización de la guerra cultural imperialista como
instrumento de control antisubversivo y de afirmación de
hegemonía. La falta de confianza en sí mismos y de
proyecto que padecen los oprimidos y de sus
representantes, la debilidad general de sus opositores,
es un elemento clave para la supervivencia del sistema.
La pequeña Cuba muestra al mundo de modo escandaloso la
verdad de este aserto: su régimen y su manera de vivir
existen a contrapelo de la corriente dominante en el
mundo, y hasta de su sentido común.
Pero nuestro país está envuelto también en la formidable
guerra cultural, que aquí enfrenta los valores del
capitalismo a los de la solidaridad socialista, e
implica una acumulación social en ambos campos que solo
mostrará sus resultados decisivos a mediano o largo
plazo.
Las
contradicciones internas que involucraban a Mella y la
Revolución del 30 hace cuatro décadas ya no existen.
Pero hoy las fuerzas espirituales de Cuba son convocadas
o movilizadas en relaciones —que pueden ser o no
conscientes— con esa lucha de valores y esa acumulación
social. Volver entonces a Mella en su centenario, y no
solo para honrarlo sino para proponerse conocerlo y
estudiarlo, es una necesidad de la pugna cultural.
Porque Julio Antonio es como un gozne, un lugar de
encuentro entre la gesta y las ideologías que hicieron
la nación cubana, por una parte, y la plasmación de las
luchas y ansias de justicia social en un nuevo ideal y
proyecto, el socialismo, por la otra. Y puede serlo
porque participa realmente de ambas, es legítimo en uno
y otro terreno, y en la unión que emprende de ellos. Esa
combinación es la clave del éxito para la política
revolucionaria cubana desde los tiempos de Mella hasta
hoy. En la riqueza de su vida y sus escritos nos
asomamos a una de las fuentes de esa fusión
imprescindible.
Es muy
difícil, sin embargo, hacer realidad ese propósito a
escala muy amplia en la sociedad cubana. Vivimos una
ausencia de fundamentos intelectuales en lo tocante a
las contraposiciones esenciales, una puesta en suspenso
de los juicios relativos a ellas. Es muy sano partir
siempre de las circunstancias reales, sobre todo si se
quiere ir lejos. Por esto recuperar el pensamiento y la
vida de Mella, divulgarlo, estudiarlo, debatirlo
incluso, puede ser una parte valiosa de nuestro trabajo,
porque es una materia nuestra sobre nuestros problemas y
una visión del mundo desde aquí, que posee nexos
emotivos y textos atractivos, un camino para ir hacia la
recuperación de la memoria de los empeños, las ideas y
los sueños que hicieron a Cuba y la llevaron a su
proceso de liberaciones, que es una vía indispensable
para ser capaz de pensar el futuro —y sobre todo, de
creer en él— y elaborar proyectos mucho más ambiciosos
que los que la realidad parece tolerar, que serán por
cierto los únicos viables. Eso hizo Julio Antonio Mella.
Es un accidente venturoso, y un símbolo, que su
aniversario esté a medio camino entre los del 28 de
enero y el 26 de julio.
1966, 2003
Notas:
Escrito a inicios de 1966. Publicado en El Caimán
Barbudo [La Habana], núm. 1, marzo de 1966.
Julio Antonio Mella. La lucha revolucionaria contra
el imperialismo. Editora Popular de Cuba y el
Caribe, La Habana, 1960, ps. 19-20
Ídem, p. 41. Nota para esta edición: poco después
de publicar este artículo conocí un hecho histórico
fundamental respecto al asunto de este párrafo. El VI
Congreso de la III Internacional (1928) aprobó una línea
sectaria para los partidos comunistas, de enfrentamiento
de «clase contra clase»; en ella no cabía la acertada
posición de Mella para una insurrección en Cuba, a la
que se refiere al inicio del párrafo.
Julio Antonio Mella. "Glosas al pensamientos de José
Martí". En La lucha revolucionaria contra el
imperialismo. Ob. cit., p. 96.
Fidel Castro. "Revista del Granma" [La Habana],
núm. 2, Granma, 24 de octubre de 1965, p. 4.
Discurso en la reunión en que se presentó el primer
Comité Central del PCC. (N. del A.)
Instituto de Historia del Movimiento Comunista y la
Revolución Socialista de Cuba. Mella. Documentos y
artículos, Editorial Ciencias Sociales, La Habana,
1975
Entre los más recientes están "El poeta y la
revolución", sobre Rubén Martínez Villena (La Gaceta
de Cuba [La Habana], no. 6, 1999) y
"Guiteras
y la revolución" (en El corrimiento hacia el rojo.
La Habana, Letras Cubanas, 2001). Tengo en
edición dos textos míos. "Problemas del pensamiento
marxista en tiempos de Mariátegui" y
"Pablo y su época",
como partes en libros del Centro Juan Marinello y el
Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau,
respectivamente.
Mi texto más reciente acerca de esta situación es
"La
alternativa cubana", (en El corrimiento hacia el rojo.
Ob. cit., pp. 9-44.
Tomado de Mella: cien años, de próxima aparición
por la Editorial Oriente y Ediciones La Memoria del
Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau.
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