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EL ESTUDIANTE Y PARÍS
Alejo Carpentier
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[…] Florecían los
castaños, desflorecían los castaños, reflorecían los
castaños, arrojando fechas al cesto de papeles, y tenía
el sastre de Monsieur le Prèsident que regresar y
regresar a la Rue de Tilsitt para remodelar sus paños
sobre una anatomía desgastada que se esmirriaba de día
en día. La cadena del reloj le retrocedía visiblemente
sobre un chaleco menos abultado, en tanto que los
hombros, antaño empinados en inflexible tiesura, se
replegaban ahora sobre clavículas ya liberadas de las
grasas del tórax —como observaba la Mayorala que, en
hora del baño, daba esponja y guante de crin al pecho de
su Primer Magistrado. Y, por lo mismo que la alarmaba
esa progresiva delgadez y no creía en medicinas de pomo,
de las que aquí vendían, por carta dictada —balbuceada,
más bien— al Cholo Mendoza, logró que una comadre
Balbina, del Palmar de Siquire, donde no había oficina
de correos, le mandara un paquete de yerbas curanderas
—el mismo que, viajando por burro, mula, bicicleta,
autobús, varios trenes, dos barcos y un ferrocarril, iba
a recoger hoy Elmira al Despacho de Bultos Postales de
la Rue Étienne Marcel. La acompañaban su
ex Presidente y
su ex Embajador, pues era preciso llenar muchas
papeletas, poner muchas firmas, y eso era para gente que
supiera leer y escribir —y en francés, que era lo peor…
Ya envuelto el envío en un rebozo, muy abrigados los
tres porque hacía frío aunque el día fuese iluminado por
un claro sol de cielo sin nubes, divisó Elmira, por vez
primera, las torres de Notre-Dame. Al saber que era la
Catedral de París, se empeñó en ir hasta allá para
prender un cirio a la Virgen. Se detuvo, atónita, frente
al edificio: —"Lo que yo digo: estas son las cosas que
debieran hacerse en nuestros países para atraer al
turista." Las figuras del tímpano, de los linteles, la
recordaron las esculturas de Pedro Estatua, su paisano
de Nueva Córdoba. "No es tonta la zamba" —observó El
Ex, quien no había reparado, hasta ahora, en que
hubiese algún parentesco estilístico entre esto y
aquello, sobre todo en las caras de diablos, el potro
encabritado, los mengues cornudos, las zoologías
infernales, del Juicio Final. Y fue, luego, una
asombrada Penetración en la Nave —nave que rebrillaba
por toda la gama de sus cristalerías, aunque dejando en
siluetas obscuras, por juego del contraluz, la persona
de los visitantes, escasos en esta media tarde de
ficticia primavera. Por descansar, se sentaron entre los
dos rosetones del crucero. En la otra punta de la hilera
de sillas, un joven, de largo abrigo, y bufanda
friolenta, lo contemplaba todo con profunda y detenida
atención. —"Un calambuco" —dijo la Mayorala. —"Un
esteta" —dijo el Cholo Mendoza. —"!Un alumno de Bellas
Artes" —dijo el Primer Magistrado. Y en voz baja, para
entretener a la zamba, empezó a narrarle, como abuelo a
nieta, las verídicas historias que aquí se habían visto:
la del archidiácono enamorado de una gitana que, al
compás de pandero, hacía bailar una cabra blanca (Elmira,
de niña, había visto unos gitanos de esos, pero lo que
hacían bailar era un oso…); la de un poeta vagabundo que
amotinó a unos mendigos para que asaltaran la iglesia
("cuando hay bochinches, siempre se perjudican las
iglesias", dijo Elmira, recordando un caso que mejor
hubiese sido no recordar…); la de un campanero jorobado,
también enamorado de la gitana ("los gibosos son muy
enamorados, y las mujeres como que les hacen caso, pero
es mero mero para tocarles la joroba, porque trae buena
suerte…"); y la de dos esqueletos que aparecieron
abrazados y que acaso fuesen los de Esmeralda y el
campanero ("se han visto casos, como el que se cuenta en
la canción del viejo enterrador de la comarca, que
tenemos en disco…"). Pero en eso
bramaron los órganos en tremenda arremetida sonora. No
se oían unos a otros. —"Vámonos
de aquí" —dijo El Ex pensando en el excelente
vino de Alsacia que servían en el café de la esquina,
donde, por cierto, habría más calor que aquí… Y en su
silla de cabecera permanecía el "calambuco" —como lo
había llamado Elmira— entregado a su deslumbrada
contemplación. Era este su primer encuentro con el
gótico. Y el gótico se le había alzado, a ambos lados,
en arquerías y vitrales, con una revelación
insospechada: al lado de esto, toda arquitectura le
parecía elemental, pegada a la tierra, enraizada, harto
ctónica, aun en sus expresiones más sometidas a Código
de Proporciones y Reglas de Oro. Esta edificación
lanzada hacia arriba, exaltación de la verticalidad,
locura de verticalidad, le minimizaba los frontones del
Partenón que no eran, en suma, sino una versión
trascendida, sublimada, del techo de dos aguas de la
choza arcaica, con la columna acanalada que era
transfiguración, en forma regida por módulos, del horcón
—cuatro troncos, seis troncos, ocho troncos— que
sostenían los dinteles, vigas de cedro, de los rústicos
portales campesinos. En lo griego, en lo romano,
perduraba el parentesco genésico de lo telúrico y
vegetal. De la cabaña del porquerizo Eumeo al templo de
Fidias, el camino estaba claro y despejado, en su
proceso de estilizaciones sucesivas. Aquí, en cambio, la
arquitectura se hacía invención, ocurrencia, creación
pura, en un nunca visto aligeramiento de materiales
—ingravidez de la piedra—, con nervaduras que nada
debían a las estructuras del Árbol —con los soles
propios de sus rosetones prodigiosos: Sol del Norte, Sol
del Sur. Entre dos soles se hallaba el contemplador del
crucero, preso entre los rojos de un encendido poniente
y la grave y mística sinfonía azul de los vidrios
boreales. Al Norte, la Madre, centrando a una corte
temporal —como de Intercesora, al fin— de Profetas,
Reyes, Jueces y Patriarcas. Al Sur —en sangre de
suplicio— el Hijo, soberano de una corte intemporal de
Apóstoles, Confesores, Mártires, Vírgenes Cuerdas y
Vírgenes Locas. Todo el misterio del nacer, del morir,
del eterno renacer de la vida, del paso de las
estaciones, se encontraba en la línea recta, imaginaria,
invisible, tendida entre los dos círculos centrales de
las inmensas luminarias, abiertas en un magníficat de
estructuras desprendidas del suelo, como colgadas, sin
peso, de sus campanas y gárgolas. Una tubería de órgano,
en sombras, alzó de pronto sus triunfales fanfarrias…
Ateo porque sus íntimas interrogaciones no buscaban
respuestas en terreno religioso; descreído, porque ser
descreído era propio de su generación, preparada a ello
por el espíritu cientificista de la anterior; adversario
de las políticas y componendas que demasiado a menudo,
en su mundo, trasladaban las Iglesias al campo de sus
adversarios, manteniendo, en nombre de la fe, un falso
orden que se devoraba a sí mismo, el contemplador de los
Soles de Cristal era sensible, sin embargo, a la
dinámica de los Evangelios, reconociendo que sus textos
habían tenido, en su tiempo, el mérito de promover una
estruendosa devaluación de tótems y genios inexorables,
presencias obscuras, amenazas zodiacales, cayados de
augures, sometimientos a idus de marzo e inapelables
designios. Pero si una nueva toma de conciencia de sí
mismo —el drama de la existencia puesto dentro y
no fuera de sí mismo— había llevado al hombre a
analizarse en función de valores que lo sustraían a los
terrores primordiales, seguía, gigante extraviado,
tiranizado por quienes, semejantes a él, infieles a sus
promesas primeras, habían creado nuevos tótems, nuevos
hados, templos sin altares, cultos sin sacralidad, que
era necesario echar abajo. Próximos estaban acaso los
días en que habrían de sonar las trompetas de un
Apocalipsis, pero esta vez tocados por los
comparecientes y no por los ángeles del Juicio Final.
Tiempo era ya de fijar los protocolos del futuro y de ir
instalando el Tribunal de Reparticiones… El joven miró
su reloj. Las cuatro. El tren. Se sumió nuevamente en la
belleza total de lo circundante, aunque ya era hora de
andar hacia lo suyo. —"Me siento de más donde todo está
hecho" —pensó, saliendo de Notre-Dame por el pórtico
central —el de la Resurrección de los Muertos. Todavía
tenía tiempo de probar un vino de Alsacia, excelente,
que se servía en el café donde había dejado su maleta al
cuidado de un camarero. Cruzó la calle y entró en el
bistrot sin notar que tres personas —una mujer, dos
hombres—, sentados en una banqueta del fondo, lo miraban
con asombro. Pagada su copa, El Estudiante volvió a la
calle y detuvo un taxi. —"A la garra del Norte,
please"… La cita era en el buffet, donde ya
estaban reunidos varios delegados a la "Primera
Conferencia Mundial contra la Política Colonial
Imperialista", que mañana, 10 de febrero, se abriría en Bruselas, bajo la presidencia de Barbusse. Ya estaba ahí
el cubano Julio Antonio Mella, a quien había conocido
horas antes, en compañía de Jawabarlal Nehru, delegado
por el Congreso Nacional Hindú. —"Ya entró el tren en
carrilera" —dijo alguien, señalando la Vía 8. Los tres
agarraron sus magras valijas y subieron a un
compartimiento de segunda. El hindú, arrinconado junto a
una ventanilla, se entregó al examen de unos papeles,
mientras Mella se interesaba por la situación política
de nuestro país. —"Tumbamos a un dictador" —dijo El
Estudiante—: "Pero sigue el mismo combate, puesto que
los enemigos son los mismos. Bajó el telón sobre un
primer acto que fue larguísimo. Ahora estamos en el
segundo que, con otras decoraciones y otras luces, se
está pareciendo ya al primero." —"Nosotros, ahora,
estamos entrando en lo que ustedes pasaron" —dijo Mella.
Y le habló del nuevo Dictador de Turno, el de Cuba, a
quien —lo sabíamos— había doblegado en batalla librada
desde la cárcel, por tenaz, prolongada y lúcida huelga
de hambre, obligando a su adversario a devolverle la
libertad, marchando luego a México, donde proseguía su
lucha… Bastante parecido resultaba Gerardo Machado al
que había sido Primer Magistrado nuestro, en el físico,
el comportamiento político y los métodos, pero era
distinto por cuanto, siendo muy inculto, no erigía
templos a Minerva como su casi contemporáneo Estrada
Cabrera, ni era afrancesado, como habían sido otros
muchos dictadores y "tiranos ilustrados" del Continente.
Para él, la Suprema Sabiduría estaba en el Norte: —"Soy
imperialista" —declaraba, mirando fervorosamente hacia
Washington—: "No soy un intelectual, pero soy un
patriota." Sin embargo, tuvo el involuntario humorismo
de hacer saber al público, un día, por sus periódicos,
que estaba "estudiando las tragedias de Esquilo" [sic].
—"Es buen candidato para ingresar en el clan de los Atridas" —dijo El Estudiante. —"Por lo que se está
viendo, ya forma parte de la familia" —dijo Mella.
—"Pronto ordenará una recogida de libros rojos"
—dijo El Estudiante. —"Ya está hecha" —dijo el cubano.
—"Cae uno aquí, se levanta otro allá" —dijo El
Estudiante. —"Y hace cien años que se repite el
espectáculo." —"Hasta que el público se canse de ver lo
mismo." —"Hay que esperarlo"… Abriendo sus carteras de
cuero —mexicanas las dos, con calendario azteca repujado
en la tapa— intercambiaron los textos de sus informes y
ponencias para leerlos por el camino. Nehru, en su
rincón, con algunos papeles en las rodillas, estaba como
sumido en su mundo interior, oculto tras de sus ojos muy
abiertos. Hubo un largo silencio. El tren se acercaba a
la frontera en la noche —doble noche— de los corones
carboneros. —"Cool, cool" dijo Nehru, sin que los
otros acertaran a saber si se refería al carbón o al
frío —por una explicable confusión entre coal y cool—
pues hacía frío en este vagón de segunda, un frío casi
excesivo para ellos, hombres de países cálidos. Y volvió
el hindú a dormirse sin dormir, hasta que el tren llegó
a Bruselas.
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…esos insensatos se empeñan en hacer creer
que son reyes, siendo unos pobres,
y que, estando desnudos,
se visten de oro y de púrpura.
Descartes
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—"Desterrado"…
—"Expulsado"… —"Extrañado"… —"O huido"… —"Escapado"…
—"En fuga"… —"Yo, lo que sé es que estaba en una
iglesia" —observaba la Mayorala—:
"Y los comunistas no
visitan iglesias ni en siendo Semana Santa." Y volvían
las conjeturas: "Desterrado"…
"Extrañado"…
"Escapado"…
—"Acaso arrepentido"… —"Converso"… —"Crisis mística"…
—"Peleado con su gente"… Y durante días y días no se
habló de otra cosa en la Rue de Tilsitt, en espera de
que los periódicos de allá —los de febrero en
abril— llegaran por sus lentos y especiales barcos de
carga, en rollos de siete números apretados, con vista
del Volcán Tutelar en las estampillas. Porque los
diarios de aquí, desde luego, nada dijeron del
Estudiante, personaje sin interés para ellos. Y se supo
por fin, gracias a El Faro de Nueva Córdoba,
entrándose en mayo, lo de la Conferencia Mundial de
Bruselas, en la que habían estado representadas la
"Liga
Campesina Nacional de México", y la
"Liga Antimperialista
de las Américas", que ya tenía una filial en nuestro
país. —"Se explica todo"
—dijo el Cholo Mendoza. —"Pendejadas"
—murmuró El Ex: "El imperialismo está más fuerte
que nunca. Por eso el hombre de la hora presente, en
Europa, es Benito Mussolini"… Y florecieron los castaños
otra vez y volvieron las conversaciones, en la mansarda,
a sus acostumbrados temas. […]
1974
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