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EL ESTUDIANTE Y PARÍS
 
Alejo Carpentier

20

[…] Florecían los castaños, desflorecían los castaños, reflorecían los castaños, arrojando fechas al cesto de papeles, y tenía el sastre de Monsieur le Prèsident que regresar y regresar a la Rue de Tilsitt para remodelar sus paños sobre una anatomía desgastada que se esmirriaba de día en día. La cadena del reloj le retrocedía visiblemente sobre un chaleco menos abultado, en tanto que los hombros, antaño empinados en inflexible tiesura, se replegaban ahora sobre clavículas ya liberadas de las grasas del tórax —como observaba la Mayorala que, en hora del baño, daba esponja y guante de crin al pecho de su Primer Magistrado. Y, por lo mismo que la alarmaba esa progresiva delgadez y no creía en medicinas de pomo, de las que aquí vendían, por carta dictada —balbuceada, más bien— al Cholo Mendoza, logró que una comadre Balbina, del Palmar de Siquire, donde no había oficina de correos, le mandara un paquete de yerbas curanderas —el mismo que, viajando por burro, mula, bicicleta, autobús, varios trenes, dos barcos y un ferrocarril, iba a recoger hoy Elmira al Despacho de Bultos Postales de la Rue Étienne Marcel. La acompañaban su ex Presidente y su ex Embajador, pues era preciso llenar muchas papeletas, poner muchas firmas, y eso era para gente que supiera leer y escribir —y en francés, que era lo peor… Ya envuelto el envío en un rebozo, muy abrigados los tres porque hacía frío aunque el día fuese iluminado por un claro sol de cielo sin nubes, divisó Elmira, por vez primera, las torres de Notre-Dame. Al saber que era la Catedral de París, se empeñó en ir hasta allá para prender un cirio a la Virgen. Se detuvo, atónita, frente al edificio: —"Lo que yo digo: estas son las cosas que debieran hacerse en nuestros países para atraer al turista." Las figuras del tímpano, de los linteles, la recordaron las esculturas de Pedro Estatua, su paisano de Nueva Córdoba. "No es tonta la zamba" —observó El Ex, quien no había reparado, hasta ahora, en que hubiese algún parentesco estilístico entre esto y aquello, sobre todo en las caras de diablos, el potro encabritado, los mengues cornudos, las zoologías infernales, del Juicio Final. Y fue, luego, una asombrada Penetración en la Nave —nave que rebrillaba por toda la gama de sus cristalerías, aunque dejando en siluetas obscuras, por juego del contraluz, la persona de los visitantes, escasos en esta media tarde de ficticia primavera. Por descansar, se sentaron entre los dos rosetones del crucero. En la otra punta de la hilera de sillas, un joven, de largo abrigo, y bufanda friolenta, lo contemplaba todo con profunda y detenida atención. —"Un calambuco" —dijo la Mayorala. —"Un esteta" —dijo el Cholo Mendoza. —"!Un alumno de Bellas Artes" —dijo el Primer Magistrado. Y en voz baja, para entretener a la zamba, empezó a narrarle, como abuelo a nieta, las verídicas historias que aquí se habían visto: la del archidiácono enamorado de una gitana que, al compás de pandero, hacía bailar una cabra blanca (Elmira, de niña, había visto unos gitanos de esos, pero lo que hacían bailar era un oso…); la de un poeta vagabundo que amotinó a unos mendigos para que asaltaran la iglesia ("cuando hay bochinches, siempre se perjudican las iglesias", dijo Elmira, recordando un caso que mejor hubiese sido no recordar…); la de un campanero jorobado, también enamorado de la gitana ("los gibosos son muy enamorados, y las mujeres como que les hacen caso, pero es mero mero para tocarles la joroba, porque trae buena suerte…"); y la de dos esqueletos que aparecieron abrazados y que acaso fuesen los de Esmeralda y el campanero ("se han visto casos, como el que se cuenta en la canción del viejo enterrador de la comarca, que tenemos en disco…"). Pero en eso bramaron los órganos en tremenda arremetida sonora. No se oían unos a otros. —"Vámonos de aquí" —dijo El Ex pensando en el excelente vino de Alsacia que servían en el café de la esquina, donde, por cierto, habría más calor que aquí… Y en su silla de cabecera permanecía el "calambuco" —como lo había llamado Elmira— entregado a su deslumbrada contemplación. Era este su primer encuentro con el gótico. Y el gótico se le había alzado, a ambos lados, en arquerías y vitrales, con una revelación insospechada: al lado de esto, toda arquitectura le parecía elemental, pegada a la tierra, enraizada, harto ctónica, aun en sus expresiones más sometidas a Código de Proporciones y Reglas de Oro. Esta edificación lanzada hacia arriba, exaltación de la verticalidad, locura de verticalidad, le minimizaba los frontones del Partenón que no eran, en suma, sino una versión trascendida, sublimada, del techo de dos aguas de la choza arcaica, con la columna acanalada que era transfiguración, en forma regida por módulos, del horcón —cuatro troncos, seis troncos, ocho troncos— que sostenían los dinteles, vigas de cedro, de los rústicos portales campesinos. En lo griego, en lo romano, perduraba el parentesco genésico de lo telúrico y vegetal. De la cabaña del porquerizo Eumeo al templo de Fidias, el camino estaba claro y despejado, en su proceso de estilizaciones sucesivas. Aquí, en cambio, la arquitectura se hacía invención, ocurrencia, creación pura, en un nunca visto aligeramiento de materiales —ingravidez de la piedra—, con nervaduras que nada debían a las estructuras del Árbol —con los soles propios de sus rosetones prodigiosos: Sol del Norte, Sol del Sur. Entre dos soles se hallaba el contemplador del crucero, preso entre los rojos de un encendido poniente y la grave y mística sinfonía azul de los vidrios boreales. Al Norte, la Madre, centrando a una corte temporal —como de Intercesora, al fin— de Profetas, Reyes, Jueces y Patriarcas. Al Sur —en sangre de suplicio— el Hijo, soberano de una corte intemporal de Apóstoles, Confesores, Mártires, Vírgenes Cuerdas y Vírgenes Locas. Todo el misterio del nacer, del morir, del eterno renacer de la vida, del paso de las estaciones, se encontraba en la línea recta, imaginaria, invisible, tendida entre los dos círculos centrales de las inmensas luminarias, abiertas en un magníficat de estructuras desprendidas del suelo, como colgadas, sin peso, de sus campanas y gárgolas. Una tubería de órgano, en sombras, alzó de pronto sus triunfales fanfarrias… Ateo porque sus íntimas interrogaciones no buscaban respuestas en terreno religioso; descreído, porque ser descreído era propio de su generación, preparada a ello por el espíritu cientificista de la anterior; adversario de las políticas y componendas que demasiado a menudo, en su mundo, trasladaban las Iglesias al campo de sus adversarios, manteniendo, en nombre de la fe, un falso orden que se devoraba a sí mismo, el contemplador de los Soles de Cristal era sensible, sin embargo, a la dinámica de los Evangelios, reconociendo que sus textos habían tenido, en su tiempo, el mérito de promover una estruendosa devaluación de tótems y genios inexorables, presencias obscuras, amenazas zodiacales, cayados de augures, sometimientos a idus de marzo e inapelables designios. Pero si una nueva toma de conciencia de sí mismo —el drama de la existencia puesto dentro y no fuera de sí mismo— había llevado al hombre a analizarse en función de valores que lo sustraían a los terrores primordiales, seguía, gigante extraviado, tiranizado por quienes, semejantes a él, infieles a sus promesas primeras, habían creado nuevos tótems, nuevos hados, templos sin altares, cultos sin sacralidad, que era necesario echar abajo. Próximos estaban acaso los días en que habrían de sonar las trompetas de un Apocalipsis, pero esta vez tocados por los comparecientes y no por los ángeles del Juicio Final. Tiempo era ya de fijar los protocolos del futuro y de ir instalando el Tribunal de Reparticiones… El joven miró su reloj. Las cuatro. El tren. Se sumió nuevamente en la belleza total de lo circundante, aunque ya era hora de andar hacia lo suyo. —"Me siento de más donde todo está hecho" —pensó, saliendo de Notre-Dame por el pórtico central —el de la Resurrección de los Muertos. Todavía tenía tiempo de probar un vino de Alsacia, excelente, que se servía en el café donde había dejado su maleta al cuidado de un camarero. Cruzó la calle y entró en el bistrot sin notar que tres personas —una mujer, dos hombres—, sentados en una banqueta del fondo, lo miraban con asombro. Pagada su copa, El Estudiante volvió a la calle y detuvo un taxi. —"A la garra del Norte, please"… La cita era en el buffet, donde ya estaban reunidos varios delegados a la "Primera Conferencia Mundial contra la Política Colonial Imperialista", que mañana, 10 de febrero, se abriría en Bruselas, bajo la presidencia de Barbusse. Ya estaba ahí el cubano Julio Antonio Mella, a quien había conocido horas antes, en compañía de Jawabarlal Nehru, delegado por el Congreso Nacional Hindú. —"Ya entró el tren en carrilera" —dijo alguien, señalando la Vía 8. Los tres agarraron sus magras valijas y subieron a un compartimiento de segunda. El hindú, arrinconado junto a una ventanilla, se entregó al examen de unos papeles, mientras Mella se interesaba por la situación política de nuestro país. —"Tumbamos a un dictador" —dijo El Estudiante—: "Pero sigue el mismo combate, puesto que los enemigos son los mismos. Bajó el telón sobre un primer acto que fue larguísimo. Ahora estamos en el segundo que, con otras decoraciones y otras luces, se está pareciendo ya al primero.""Nosotros, ahora, estamos entrando en lo que ustedes pasaron" —dijo Mella. Y le habló del nuevo Dictador de Turno, el de Cuba, a quien —lo sabíamos— había doblegado en batalla librada desde la cárcel, por tenaz, prolongada y lúcida huelga de hambre, obligando a su adversario a devolverle la libertad, marchando luego a México, donde proseguía su lucha… Bastante parecido resultaba Gerardo Machado al que había sido Primer Magistrado nuestro, en el físico, el comportamiento político y los métodos, pero era distinto por cuanto, siendo muy inculto, no erigía templos a Minerva como su casi contemporáneo Estrada Cabrera, ni era afrancesado, como habían sido otros muchos dictadores y "tiranos ilustrados" del Continente. Para él, la Suprema Sabiduría estaba en el Norte: —"Soy imperialista" —declaraba, mirando fervorosamente hacia Washington—: "No soy un intelectual, pero soy un patriota." Sin embargo, tuvo el involuntario humorismo de hacer saber al público, un día, por sus periódicos, que estaba "estudiando las tragedias de Esquilo" [sic]. —"Es buen candidato para ingresar en el clan de los Atridas" —dijo El Estudiante. —"Por lo que se está viendo, ya forma parte de la familia" —dijo Mella. —"Pronto ordenará una recogida de libros rojos" —dijo El Estudiante. —"Ya está hecha" —dijo el cubano. —"Cae uno aquí, se levanta otro allá" —dijo El Estudiante. —"Y hace cien años que se repite el espectáculo.""Hasta que el público se canse de ver lo mismo.""Hay que esperarlo"… Abriendo sus carteras de cuero —mexicanas las dos, con calendario azteca repujado en la tapa— intercambiaron los textos de sus informes y ponencias para leerlos por el camino. Nehru, en su rincón, con algunos papeles en las rodillas, estaba como sumido en su mundo interior, oculto tras de sus ojos muy abiertos. Hubo un largo silencio. El tren se acercaba a la frontera en la noche —doble noche— de los corones carboneros. —"Cool, cool" dijo Nehru, sin que los otros acertaran a saber si se refería al carbón o al frío —por una explicable confusión entre coal y cool— pues hacía frío en este vagón de segunda, un frío casi excesivo para ellos, hombres de países cálidos. Y volvió el hindú a dormirse sin dormir, hasta que el tren llegó a Bruselas.

21

 

…esos insensatos se empeñan en hacer creer
que son reyes, siendo unos pobres,
y que, estando desnudos,
se visten de oro y de púrpura.
Descartes

 

"Desterrado"… —"Expulsado"… —"Extrañado"… —"O huido"… —"Escapado"… —"En fuga"… —"Yo, lo que sé es que estaba en una iglesia" —observaba la Mayorala—: "Y los comunistas no visitan iglesias ni en siendo Semana Santa." Y volvían las conjeturas: "Desterrado""Extrañado""Escapado"… —"Acaso arrepentido"… —"Converso"… —"Crisis mística"… —"Peleado con su gente"… Y durante días y días no se habló de otra cosa en la Rue de Tilsitt, en espera de que los periódicos de allá —los de febrero en abril— llegaran por sus lentos y especiales barcos de carga, en rollos de siete números apretados, con vista del Volcán Tutelar en las estampillas. Porque los diarios de aquí, desde luego, nada dijeron del Estudiante, personaje sin interés para ellos. Y se supo por fin, gracias a El Faro de Nueva Córdoba, entrándose en mayo, lo de la Conferencia Mundial de Bruselas, en la que habían estado representadas la "Liga Campesina Nacional de México", y la "Liga Antimperialista de las Américas", que ya tenía una filial en nuestro país. —"Se explica todo" —dijo el Cholo Mendoza. —"Pendejadas" —murmuró El Ex: "El imperialismo está más fuerte que nunca. Por eso el hombre de la hora presente, en Europa, es Benito Mussolini"… Y florecieron los castaños otra vez y volvieron las conversaciones, en la mansarda, a sus acostumbrados temas. […]

1974
 

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