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LANZAR LA FLECHA BIEN
LEJOS*
Tenía el sentido de la algarada que se convierte en
motín, el motín que se convierte en insurrección, la
insurrección que se alza a Revolución y que quema y
modifica a los pueblos. A través de las conmociones y de
los motines estudiantiles, Mella hubiera podido ir casi
a la Revolución.
José Lezama Lima
-Quisiera reconstruir su época de estudiante
universitario, cómo eran las clases, las reuniones, un
poco el ambiente, la temática de las discusiones.
-La Universidad de mi época estaba injustamente
fundamentada en la concepción de la autoritas, la
mayoría de los profesores eran muy desdeñosos, se
consideraban muy superiores al alumnado y no entraban
con ellos en la menor concesión. Yo recuerdo, por
ejemplo, un profesor que una vez que el bedel no había
acudido a abrir la puerta la abrió a patadas. No se me
olvidará nunca aquel hecho. La impresión que causaba era
de un mercado cartaginés, por la mañana la venta de las
copias y los muchachos que acudían a las taquillas a
comprarlas; unas copias las habían dictado los
profesores a la víspera y otras, eran de años
anteriores. Yo recuerdo que estudiaba con una copia de
Derecho Administrativo en el año 29 que tendría 12
ó 15
años de atraso. Y el profesor, más que un profesor era
un ventrílocuo, todos los años repetía la misma cosa que
ya se sabía de memoria, y muchas veces los alumnos, que
se anticipaban a estudiar las lecciones, iban diciendo
con anterioridad lo que el hombre iba a decir. Y
entonces, por ejemplo, decía que "la administración
pública tenía un carácter general" y se oía una voz al
lado que decía "de ser prestadora de servicios".
En relación con
cultura libre, libros y eso, había muy poca curiosidad.
Había únicamente una minoría de minorías. Tres, cuatro,
cinco estudiantes que tenían afanes de ir a una nueva
cultura y a una nueva fundamentación. Claro, la
Universidad tenía su formación tradicional, su cosa
histórica de haber sido vigilante de la Patria. Y
entonces, pues, cumpliendo esta labor que desarrolló
siempre, cumplió su rol, su deber, hasta que llegó la
época de Machado y entonces surgió la manifestación del
30 de septiembre en que también aquella minoría
universitaria, no tuvo ese eco, porque yo recuerdo que
cuando nosotros desfilábamos le decíamos a la gente que
estaba en los ómnibus y en los balcones que se sumaran y
ninguno venía a acompañarnos. Pero sí con la muerte de
Rafael Trejo se llegó a la profundidad histórica, es
decir, por primera vez en la historia de la cultura
cubana se intentaba lo imposible, a través del
sacrificio de la muerte ir a una forma de poder. La
muerte de Rafael Trejo conmocionó al país de tal forma
que lo abrió para todos los milagros y todas las grandes
sorpresas. A mi manera de ver, se puede decir que toda
la historia posterior de Cuba de carácter revolucionario
se fundamentó en ese 30 de septiembre porque hubo un
gran sentido del sacrificio y de las sorpresas que se
derivan de las frases seculares que no mueren:
"El que
quiere salvar su espíritu lo perderá". Y cuando se llevan
las cosas hasta la apertura última al compás que es la
muerte, todas las sorpresas son posibles.
[…]
-¿Recuerda a otros compañeros que coincidieron con
usted en la Universidad?
-Bueno, recuerdo a mi amigo de muchos años, Raúl Roa, que
ha hecho varias evocaciones de este hecho histórico del
30 de septiembre, en su estilo saltante, alegre,
jubiloso, ha evocado en varias ocasiones esa mañana que
se recuerda en mi presencia entre los participantes de
aquella gran manifestación; al extremo de que cuando
triunfó la Revolución, se hizo una especie de comandos
culturales, invitaron a hablar a algunas figuras
intelectuales y entre ellas a mi sencilla persona. Y yo
recuerdo que al comenzar a hablar dije:
"Ningún honor yo prefiero al que me gané para
siempre en la mañana del 30 de septiembre de 1930". Y a medida que van pasando los
años, repetiré siempre esa frase con más orgullo y con
más énfasis porque creo que está en la razón creadora de
mi vida. Ese es el honor que más prefiero, que menos se
me olvida, que más recuerdo a través del tiempo en el
tumulto de mi sangre. Jamás se me aparta del recuerdo.
-¿Qué es lo que queda en su recuerdo de la
manifestación dirigida por Mella?
-Yo era entonces un muchacho, creo que tendría catorce
años, pero ya estaba interesado por este tipo de
movimiento, me despertaba la curiosidad. Leía revistas
donde hablaban de reformas universitarias, de las
preocupaciones de los estudiantes de las Universidades
de Argentina y México. Entonces, el que no pudo ver a
Antonio Maceo en combate, pues, al ver a Julio Antonio
Mella dirigiendo una gran manifestación estudiantil —que
yo he intentado presentar esto, en lo posible, en mi
libro Paradiso en la manifestación estudiantil.
Recordaba las arremetidas de Maceo, cómo se le hinchaba
el cuello, los grandes gritos y cómo empujaba a los
soldados contra el enemigo, a empujones casi, es decir,
Mella comunicaba ese ardor, esa fiebre que lo devoraba
dirigiendo los motines, como si fueran movimientos
estratégicos.
Aquel motín bajaba
por la calle San Lázaro, atravesaba el monumento de los
Estudiantes y después se encaminó a Palacio. Yo apostado
detrás de una de las columnas de la cigarrería Bock —la
cigarrería que está frente a Palacio—. Ahí yo,
resguardado detrás de poderosas columnas babilónicas,
veía el curso de los acontecimientos con una gran
timidez infantil.
Pero Zayas era un
hombre en eso que tenía su estilo, era un malvado, pero
tenía su estilo en eso. Y entonces dejó que la
manifestación llegara a la estatua. La finalidad que
perseguía Mella era echar abajo esa estatua; llegó
frente a la estatua y tiró una soga con tan buena
puntería que la encajó en el cuello broncíneo de Alfredo
Zayas. Los estudiantes lo coreaban y daban grandes
gritos, pero cuando ya aquel enorme muñeco de bronce
empezó a dar señales de estremecimiento y angustia por
la presión de la soga, irrumpió el piquete de la policía
dando grandes golpes de palo, pegando reciamente, y
entonces, hubo una gran corrida y Mella se quedó casi
solo. Y al día siguiente apareció Mella en los
periódicos de la capital con la cabeza vendada ya que se
quedó allí hasta el último momento, la policía le rompió
la cabeza y fue para la casa de socorros.
Eso ha dejado en mi recuerdo una gran memoria, lo que
era Julio Antonio Mela dirigiendo un motín estudiantil.
Era como un gran estratega, como un gran capitán,
ordenando un motín estudiantil.
Dirigía aquello como si fuera una tropa.
Tenía
el sentido de la algarada que se convierte en motín, el
motín que se convierte en insurrección, la insurrección
que se alza a Revolución y que quema y modifica a los
pueblos. A través de las conmociones y de los motines
estudiantiles, Mella hubiera podido ir casi a la
Revolución.
-¿No lo conoció personalmente?
-No, personalmente no, porque Mella se va de Cuba en el
año 25, y en el año 25, no olvide usted, que yo tengo 15
años. Y entonces yo voy un poco a estas cosas como el
muchacho atrevido que me acerco con simpatía a estas
cosas, pero soy un niño. Yo sí asistí al discurso último
de Julio Antonio Mella en Cuba en la Sociedad de
Torcedores, donde hablaron distintos profesores de la
Universidad Popular José Martí. Y habló Mella. Creo que
dos o tres días después se tuvo que ir de Cuba. Y
recuerdo esa frase que dijo él:
"Machado no es otra cosa
que el primer estúpido de Cuba como el Príncipe de Gales
no tiene otro mérito que ser el primer elegante del
mundo." No se me olvidará jamás esa frase.
-¿Era un buen orador?
-Sí, era un buen orador, claro, no piense usted en Martí
ni piense usted en los grandes profetas que ha tenido la
elocuencia cubana, pero era un buen orador, muy
exaltado, y silabeaba un poco, era un poco ceceante, las
palabras las dividía y subdividía, pero con un gran
fuego comunicante. Y cuando decía estas palabras así,
pues, inmediatamente el pueblo respondía con grandes
alaridos, con un fervor que parecía semejante al que se
oía en la emigración revolucionaria cuando se oía a don
Manuel Sanguily o a José Martí. En aquella época yo
tenía una gran curiosidad, decisión y aplicación por
todas estas inquietudes de tipo revolucionario. Este
proceso lo he contado en mi novela. Antes de que se me
vaya de la cabeza les quiero recordar algo que para mí
ha sido un orgullo reciente. Algunos amigos míos
mexicanos me han contado, que durante los últimos
motines estudiantiles de México, al volcar los ómnibus,
las máquinas, los estudiantes en señal de protesta,
tenían abierto mi libro Paradiso y lo leían en
alta voz frente a las autoridades, precisamente por el
capítulo donde yo describía una manifestación
estudiantil. Declaro que esto, como intelectual que soy,
es muy patético para mí, porque es una manifestación
verdaderamente inteligente que me recordaba aquellos
momentos donde La Fontaine comparaba la afluencia del
agua de una fuente a sí mismo, es decir, ir a un motín
estudiantil leyendo un libro donde se habla de una
protesta estudiantil, me pareció colmo y pasmo de la
inteligencia. Y como una pequeña vanidad de escritor
—que la tengo como todo el mundo— le confieso que me
sentí halagado.
-En
Paradiso usted liga ambas manifestaciones.
-La que yo
vi de niño, casi en el recuerdo que se alejaba
y la que después volví a ver el 30 de septiembre, ya una
cosa dentro de ella, viendo aquel proceso de
conspiración.
-¿Y el líder que aparece?
-Es Mella. Pudiéramos decir que la protesta la dirige
Mella, pero va desenvolviéndose en el tiempo hasta que
llega el 30 de septiembre, que es la que yo llevo de la
Universidad hasta la calle Gervasio, porque al llegar a
la calle Gervasio donde había una estación de policía,
los policías, la gendarmería, sale ya disparando tiros
al aire. Ahí fueron detenidos Masiques, Marinello,
Saumell, toda esa gente que la policía llega y le echa
mano. Y los demás que somos muchachos, que teníamos
diecisiete, dieciocho años, pues nos vamos por ahí
corriendo, dando gritos. Había un piquete de policías
que ya era fuerte. Machado que como ustedes saben era un
hombre terrible no estaba con chiquitas, es decir, las
manifestaciones estudiantiles las acababa a balazos.
Yo
recuerdo que desde que llegamos allí, salió la policía
disparando salvas, y hubo heridos, y hubo hechos de
sangre, pero esto se revelará siempre en la historia
espiritual de nuestro país, la enorme fuerza que tuvo el
sacrificio, en qué forma prendió esto, cómo este
estudiante muerto convulsionó todo el país y cómo fue
una manera de acontecimiento creador. Todavía los ecos
de ese hecho nos nutren, todavía nos acompañan. Todavía
parece que nos dan fuerza, que nos fortalecen en el
oscuro camino.
-¿Cómo veía usted desde su mundo poético la generación
del 30?
-La generación del 30 tiene varias manifestaciones, y
quizás yo, porque eso depende más bien del sociólogo, no
sea el más indicado. Cuando se verifica el año 1930 no
se puede olvidar que yo tengo veinte años, soy un
muchacho y estoy en estado de formación.
Entonces, hay los grupos creadores, los grupos
oportunistas y los grupos que no somos grupos porque
formamos parte de tipos, de maneras especiales de
psicología que entramos en la historia por un camino muy
peculiar. Hay los casos como Trejo, de personas que
quedan como un gran ejemplo para nuestra historia, mucha
gente de aquella época que murieron, fueron asesinados,
perseguidos, otros, que tuvieron tiempo e indignidad
para llegar al poder y desde el poder demostraron su
falta de calidad, porque viendo la gobernación de los
auténticos donde hombres que inclusive tenían brillantes
antecedentes revolucionarios, el poder los deslumbró de
tal forma que fueron nada más que unos corrompidos
administradores de la cosa pública y unos pillastres. Yo
veo esto como un poeta. Tengo el sentido de que las
generaciones poéticas no son una crítica hacia atrás,
una crítica hacia las generaciones que fueron, sino una
proyección hacia delante, como por ejemplo en la
Biblia, cuando se habla de las veinte generaciones
que serán necesarias para llegar al Rey David, para
llegar al precursor de Cristo, es decir, faire autre
chose, faire le contraire, que es la característica
de las generaciones, hacer otra cosa, hacer lo
contrario. Como creo haber dicho más de una ocasión,
todas las generaciones, en lo que tienen de históricas,
cantan en la gloria, todas ellas añadieron un fragmento
alícuota, añadieron algo a la interpretación
porvenirista de nuestro país. Ese pequeño germen
creador, esa pequeña médula de saúco, en definitiva es
el secreto de la historia, eso creo que lo aportamos las
generaciones de poetas, de escritores que empezamos a
trabajar después del año 30 en distintas revistas, como
por ejemplo, Verbum, Espuela de Plata, Nadie Parecía
y después en la revista Orígenes, que a mi manera
de ver, salvaron la situación cubana y pueden
presentarse ante la posteridad con una obra hecha y con
un recto sentido de nuestros deberes históricos.
Si no
se hizo más culpa fue de los tiempos, pero hubo el ánimo
decidido de lanzar la flecha bien lejos.
1970
Notas:
*Fragmento de una entrevista de Rosa
Ileana Boudet a José Lezama Lima. Tomado de Alma
Mater [La Habana], no. 115, septiembre de 1970, pp.
4-9. Reproducido por Carlos Espinosa. Cercanía de
Lezama Lima. La Habana, Editorial Letras Cubanas,
1986, pp. 374-381.
Tomado de Mella: cien años, de
próxima aparición por la Editorial Oriente y Ediciones
La Memoria del Centro Cultural Pablo de la Torriente
Brau.
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