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LA crónica

¿QUIÉN ES MARIO MORENO?

Humberto Arenal
| La Habana
 


El autor junto a Mario Moreno, Cantinflas

En 1956 fui a México de vacaciones. Siempre había querido ir pero hasta entonces no tuve la oportunidad. Había leído bastante su literatura. Conocía algo la obra de don Alfonso Reyes, el teatro de Rodolfo Usiglí, la novela Los de abajo de Azuela, la pintura de los tres grandes —Rivera, Siqueiros, Orozco— del movimiento muralista mexicano. Conocía algo de la música de Silvestre Revueltas. Y desde mi adolescencia me encantaban las canciones y boleros de Agustín Lara. También había leído una historia de México que mi madre me había regalado. Es decir, no era un ignorante total pero yo sabía que México era mucho más. Más que Cultura (así con mayúscula) fui abierto a conocer la vida del país. Algo que me interesaba especialmente, y todavía me interesa, era su cine. Era un fanático del Indio Fernández, y hasta tenía la esperanza de conocerlo, lo que no pude lograr. Otro cineasta que me interesaba era Cantinflas.

Mi amigo el periodista Carlos Mora, me dijo que si quea conocer a Cantinflas y tal vez entrevistarlo, él me lo podía viabilizar. Era muy amigo del responsable de relaciones públicas del actor y podía lograr una entrevista con relativa facilidad. Acepté encantado. A los pocos días concertó una cita. Cantinflas estaba allí en la oficina de su productora de películas Posa Films. La entrevista fue algo formal al principio pero el actor se encargó —con su gracia natural y viva simpatía— de romper el hielo. Le hice algunas preguntas pero me dijo que esa mañana tenía el tiempo limitado, que si quería que lo acompañara a donde iba en su automóvil. Me habló mucho de Cuba, que le gustaba la música cubana, de algunos amigos que tenía. Pensaba volver pronto a trabajar en la televisión. Llegamos a un lugar en el centro de la ciudad en que era imposible avanzar en el automóvil y me dijo que nos bajáramos; le encantaba caminar, hablar con la gente del pueblo, con los múltiples amigos que tenía en todas partes.

Mientras avanzábamos lo saludaba todo el mundo y él respondía sonriente, amable; se detenía a charlar breve­mente con alguien. Tenía el habla y el andar muy ágil. Me decía: “Yo soy un hombre de origen humilde, no lo olvido nunca. Por eso mi pueblo me quiere.” Otro cómico mexicano, años después, me dijo que esa era una pose, sobre todo porque había un periodista extranjero al lado. Puede ser, pero yo no lo recibí así en ningún momento. Ese personaje del “peladito” de hondas raíces populares, viene de una convivencia, de una observación, de una experiencia vital; no de una pose publicitaria, creo yo.

Nos volvimos a ver pocos días después en que me invitó a cenar en un restaurante que era de su propiedad. Fue un anfitrión perfecto, cordial, sin poses de “estrella” viaje a México. Yo sé que era un hombre muy rico enton­ces pero hay muchas maneras de serlo. Él asumía esa privilegiada posición económica y social con naturalidad. Me habló de sus comienzos en el circo, muy modestos por cierto. Fue aprendiz de todo. Payaso, acróbata, contorsionista, bailarín, cantante y actor cómico. Decía que el circo le había dado mucho, aprendió sobre todo a “domar” al público, que es muy exigente. “El circo fue mi escuela —me dijo—, mi maestro y hasta mi tutor. Le debo mucho.” Allí formó pareja con el actor Manuel Medel, padre de la actriz cubana Rosa María Medel, hija de nuestra famosa vedette Rosita Fornés. Medel y Cantinflas después fueron figuras importantes de los teatros de variedades de México. Hasta que saltaron al cine. Yo le hablé con entusiasmo de la primera película Ahí está el detalle (1940) y lo regocijó que la recordara tan bien. Hasta hizo un chiste muy suyo: “Mano, qué en ‘de­talle’ recuerdas Ahí está el detalle.” Era un cómico natural, espontáneo, ágil. Su gran y sostenida popularidad ha estribado en sus cualidades que lo acercan a todos los públicos. Sus películas no envejecen, los jóvenes de hoy me dicen que les gustan tanto como a los que aprendimos a admirarlo hace cincuenta años.

Hay algo que quiero confesar con sinceridad: creo que Cantinflas nunca tuvo un guionista ni un director a la altura de su gran talento; en esto no fue riguroso.

Cuando hablamos de Charles Chaplin —un tema obligado— le dije que por lo que había leído Chaplin era un perfeccionista, capaz de filmar una misma escena veinte o treinta veces. Que en la marcha modificaba sus guiones y les exigía a los otros actores resultados óptimos. Buscaba la perfección y la lograba. Sin establecer comparaciones que hubieran resultado enojosas, quise parear a uno y otro. Creo que cogió la alusión porque dijo sonriendo con humildad: “Chaplin es un genio, un tipo úni­co. Ojalá que yo fuera así.” No recuerdo lo que le contesté pero sí recuerdo bien que le dije que leí alguna vez que Chaplin había afirmado que él, Cantinflas, era el mejor cómico del mundo. Yo no sé si lo dijo o lo ha inventado alguien —dijo haciendo un gesto muy expresivo con las manos—, pero si lo dijo yo no creo que sea así. El mejor de todos es él.

De Chaplin he aprendido mucho.” Todo esto resultaba muy gratificante. Estaba ante una celebridad mundial, que aceptaba su verdadera estatura, sin ai­res de grandeza. Él sabía bien lo que era y no necesitaba apoyarse en Chaplin.

Después hablamos de lo que fue noticia de primera plana. Acababa de firmar un contrato para hacer el personaje de Paspartout en la versión cinematográfica que hizo el norteamericano Michael Todd de la famosa novela Alrededor del mundo en 80 días, de Julio Veme. Ya tenía el guión y lo estaba estudiando. Aunque sabía inglés, no le iba a ser fácil hablarlo con naturalidad. Muchos de los lectores habrán visto esta película y pienso que estarán de acuerdo conmigo en que fue un buen trabajo de Cantinflas. Para mí era evidente que apreciaba la oportunidad que tenía de triunfar en Hollywood, en una película en inglés, al lado de afamados actores como David Niven y el famoso actor y director del cine mudo Buster Keaton, que él no sabía entonces que se convertida en un tenaz crítico y enemigo suyo, como me lo manifestó años después en una entrevista en Nueva York. Cantinflas estaba entusiasmado con el personaje, con el guión, con la oportunidad de trabajar con un director de fama mundial, con la posibilidad que representaba esa nueva faceta de su trabajo. Creo que esperaba demasiado y que no necesitaba de esa película para probarle al mundo su talento. Que yo sepa no hizo nunca más una película en inglés, ni fuera de México. Se dijo entonces que le interesaba tanto el papel y la película porque había invertido una gruesa suma de dinero para su realización. Tal vez fuera cierto, yo no se lo pregunté.

Publiqué entonces una crónica en la revista Visión relacionada con la película y su participación y se la hice llegar. Me mandó una carta amable. Cuando fue un tiempo después a Nueva York, me llamó por teléfono y nos vimos. Me pidió que le mostrara algunas partes de la ciudad que no conocía. Era un día espléndido de primavera. Caminamos mucho. Dimos vueltas por Broadway, especialmente por la zona de los grandes teatros y cines. Cuando llegamos a Times Square (la calle 42 y Broadway) me dijo:

“Este es el corazón de esta gran ciudad.” Y tenía razón. Después me dijo que quería caminar por la Quinta Avenida, que como se sabe, están las grandes tiendas, las oficinas más lujosas, y los transeúntes mejor vestidos, especialmente las mujeres más fastuosas. Estaba fascinador “Esto es increíble, manito, el que no ha estado aquí no lo puede creer. Y después agregó en un tono serio y reflexivo: “Pero pienso en los muchos que aquí viven muy mal. De ahí surgí yo.” Un poco después entre la multitud surgió un hombre que lo reconoció y le dijo en español:

“¿Usted es Cantinflas, verdad?”, y respondió muy sonriente, satisfecho: “Pos eso dicen, mano.” Este incidente lo dejó perplejo, no podía creer que en esa sofisticada y populosa calle, hubiera un hispano —era puertorriqueño— que lo hubiera reconocido. Me afirmó que se lo contaría a su gente cuando llegara a México.

Nos vimos una vez más en México. Cantinflas siempre resultó una persona amable, inteligente, modesta y genio. Las circunstancias y el tiempo nos alejaron y lo sentí mucho.

Del libro Encuentros, Ediciones Unión 2002.

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